LO QUE EL LAGO SABÍA PRÓLOGO LO QUE EL LAGO SABÍA
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LO QUE EL LAGO SABÍA

LO QUE EL LAGO SABÍA

Por F.C. ROSALES

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PRÓLOGO LO QUE EL LAGO SABÍA

El último día en el lago, no lloré cuando subí al coche. Llorar habría sido más fácil.

Habría significado que estaba dejando algo atrás, que podía señalar el dolor con el dedo, ponerle nombre y guardarlo en una caja junto con los trajes de baño húmedos, las sandalias llenas de tierra y las pulseras que prometían cosas que nadie sabía cumplir.

Pero no lloré.

Me quedé quieta, con una mano en la puerta abierta y la otra sosteniendo la correa de mi bolsa, mirando el agua como si el lago pudiera devolverme una respuesta que llevaba semanas escondiéndome.

El motor estaba encendido.

Él esperaba en silencio.

No me apuró. No hizo bromas. No intentó salvarme de la despedida.

Solo me dejó mirar.

Y quizá por eso entendí que no estaba perdiendo mi verano.

Estaba llevándomelo conmigo.

El lago brillaba bajo el sol de la mañana, inmenso, quieto, casi arrogante en su manera de saberlo todo antes que yo.

Había sido testigo de mis primeras veces: de mis miedos, de mis huidas, de las mentiras que me conté para sobrevivir, de los besos que escondí como si esconderlos los hiciera menos reales.

También había sido testigo de la mañana en que dejé de correr en círculos y corrí hacia alguien.

Hacia una vida. Hacia mí.

Respiré profundo.

Detrás de mí, una voz conocida rompió el silencio.

—¿Lista?

Sonreí sin voltear todavía.

La ciudad me esperaba al otro lado: ruidosa, incómoda, exigente, llena de café malo, guardias imposibles y futuros que no cabían en una maleta.

Antes, eso me habría dado miedo. Ese día no.

Porque, por primera vez, no sentí que tenía que elegir entre la niña que se escondía en el lago y la mujer que estaba aprendiendo a vivir en el mundo real.

Podía llevarme ambas.

El lago, por supuesto, ya lo sabía.