Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2) Capítulo treinta y seis #2
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Capítulo treinta y seis #2

»Fui yo quien te metió la nota en el bolsillo cuando te dejaste la chaqueta en la mesa —le dijo a A.

J.—. Cuando hablaste de Phoebe, vi que eras consciente de que no había cambiado a mejor.

Te indiqué cómo encontrarla porque quería que la pillaras desprevenida y la entrevistaras, para que todo el mundo supiera lo falsa que era.

Que en ese momento estuviera comiendo carne no fue más que un golpe de suerte.

La casa y la comida… Todo se alineó para destapar que era un fraude.

Siguió hablándole a A. J.:

—Cuando me enseñaste las fotos, sabía que eras tú quien las había sacado, pero tuve que fingir lo contrario.

Me sentía pictórico. Pensaba que eso ya era suficiente venganza.

Pero luego, a medida que lo pensaba, empecé a temer que Phoebe encontrara la manera de salir airosa del entuerto, como ya lo había hecho antes.

Por eso fui a la casa el sábado. Vi que Archie salía en ese momento, así que seguí conduciendo y encontré un sitio donde esconder el coche entre los matorrales.

—¿Cómo entraste? —pregunté.

—En la verja de la entrada, le expliqué a Phoebe que era el hermano de Jeremy y que conocía el modo de ayudarla. Como seguía sin abrirme, le conté que también era el novio de Ginger y que ella quería echarle una mano. Debía de estar tan desesperada que me dejó entrar.

Chet caminaba de un lado para otro. Yo no le quitaba ojo a la pistola.

—En cuanto Phoebe me abrió la puerta de la casa, se echó a mis brazos —continuó Chet—.

Estaba borracha y en bata. Dijo que nada de eso habría pasado si hubiera seguido con Jeremy.

Dijo tantas cosas buenas de él que empecé a pensar que me había equivocado.

Que quizá ella también estuviera enamorada de él, que lo echó porque él había vuelto a engancharse.

Yo no conocía bien a mi hermano. Phoebe me hizo creer que me había equivocado con ella.

Luego dijo que era el destino, que Jeremy le acababa de mandar una foto suya por correo.

Phoebe no sabía que era yo quien se la había mandado.

Fue arriba a buscar la foto y me dijo que la acompañara.

»Le conté que Jeremy estaba en rehabilitación, que había sufrido una recaída.

Supuse que ella querría ayudarlo, pero en cuanto oyó que estaba ingresado de nuevo, me pidió que ocupara yo el lugar de mi hermano, que necesitaba a alguien inteligente que la sacara de ese lío.

Contesté que no podía hacerle eso a Jeremy.

»Entonces cambió de táctica. Cogió el vaso de tequila, se metió en la bañera y me pidió que la acompañara.

¿No es increíble? Le daba igual mi hermano.

¡Ni siquiera me preguntó cómo estaba! Lo único que le importaba era ella.

Le dije que ni loco, que lo único que quería era que me devolviera la foto.

En cuanto la rechacé, su actitud cambió.

Me dijo que le había pedido a Archie que tirara la foto a la basura. Y se echó a reír.

Chet tensó los labios y luego el puño. Yo no dejaba de mirar la mano que sostenía la pistola deseando que no la apretara tanto como para pulsar el gatillo.

—Me puse tan furioso que ni siquiera sé lo que pasó después —continuó—.

Lo siguiente que recuerdo es que me desperté de repente y, sin saber cómo, yo estaba en su baño con la camisa mojada.

Phoebe estaba bajo el agua, muerta. Mientras me secaba como podía, oí que sonaba su teléfono.

Era Thomas, que estaba fuera y quería entrar.

Fue una suerte, porque, de no ser por eso, no me habría acordado de que mi imagen también se había grabado.

La contraseña era fácil de recordar: el número de la casa.

Todavía no me creo que no hubieran cambiado la contraseña en todo este tiempo, porque en caso contrario habría tenido que jaquearle el teléfono, lo cual me habría llevado más tiempo.

—¿Igual que jaqueaste el coche de A. J. para manipular los frenos? —supuse.

—Sí. En ese momento no le estaba mandando mensajes a Ginger.

Lo siento, tío —le dijo a A. J. Supongo que por mí no lo sentía tanto.

Volvió a arrastrar la silla hasta el centro y se sentó una vez más—.

No sabía que Willa tiraría del freno. Estaba a punto de detener el coche cuando derrapamos.

Como sabía que eras tú quien había hecho las fotos, quise quitarte el marrón de encima.

Supuse que si recibías una amenaza, nadie sospecharía de ti.

También pensé que así te asustarías, Willa.

Pretendía que solo fueran treinta segundos sin frenos y después hallaría el modo de que uno de vosotros encontrara la nota en la guantera.

—Entiendo, colega. Te lo agradezco —dijo A. J.

Levanté la vista de la pistola para mirar a A. J. El sudor que tenía sobre el labio superior era una clara muestra de que solo trataba de aplacar a Chet. Aún sujetaba la grabadora con fuerza.

Chet se apartó el pelo detrás de la oreja. Aproveché esa pausa para preguntarme cómo iba a salir de esa. Sabía que a nadie se le ocurriría venir a La Gaceta para buscar a Chet. De momento, tenía que hacer que siguiera hablando.

—Entonces, ¿qué pasó después de que…? —Me detuve de nuevo para no utilizar el verbo «matar»—. Después de que borraras el vídeo de la cámara de vigilancia donde aparecías.

—Miré en la basura y encontré la foto de Jeremy.

La necesitaba más que nunca, para que nadie nos conectara con el asesinato.

Esperé a que Thomas se marchara de la puerta antes de irme y utilicé la vieja app de mi teléfono para borrar las imágenes de mi partida.

No cerré con llave y dejé allí el móvil de Phoebe para implicar a Thomas.

Pensé que la policía lo detendría y que ahí terminaría la historia.

Pero la cosa se enredó cuando interviniste tú, Willa.

—Se inclinó y cerró la cremallera de la bolsa sin soltar la pistola.

A. J. y yo nos miramos. La narración había terminado. ¿Qué suponía eso para nosotros?

—La policía sabe que has sido tú, Chet —dije.

—¿Por qué creéis que os he contado la historia de Jeremy? Si me pasa algo, quiero que todo el mundo sepa que Phoebe merecía morir, pero Jeremy no me pidió que la matara. Él no tiene nada que ver.

—¿Te vas a entregar?

—Tengo un barco que lleva atracado demasiado tiempo. —Chet se levantó—. Tengo que llegar hasta él, pero necesito ayuda.

—Puedes contar conmigo —contestó A. J. de inmediato.

—Para mí, la lealtad lo es todo, y tú has sido un amigo leal, A. J. —dijo Chet—. Sin embargo, creo que Willa tendrá que acompañarme. Por si las moscas.

—Ah, no creo que haga falta —dije—. Mejor me quedo aquí con A. J.

—No te haré daño a no ser que la policía venga a por mí. De ese modo sabré que A. J. guardará silencio. Y si me pasa algo, A. J., ya sabes lo que tienes que hacer.

—La historia de Jeremy está aquí, a buen recaudo. —A. J. levantó la mano con la grabadora y la bajó al instante. Demasiado tarde. La luz roja brilló entre sus dedos.

Chet se quedó mirándola. Se acercó a A. J. con la pistola en la mano. A. J. se reclinó en la silla todo lo que pudo. Chet le arrebató la grabadora.

—¡Has vuelto a encenderla!

—No… no, no la he encendido —balbució A. J.

Chet tocó los botones y reprodujo la última parte de la grabación. Volvió a sonar un fragmento de su confesión.

—¡Ha sido sin querer! —A. J. gritó—. Te lo juro. Podemos borrar eso.

—Creía que podía confiar en ti.

—¡Claro que puedes!

—No, no puedo. No puedo confiar en ninguno de los dos. —Retrocedió hasta su bolsa de viaje mientras nos apuntaba alternativamente con la pistola—. No puedo arriesgarme a llevaros a los dos conmigo, así que no tengo alternativa.

De repente, la puerta se abrió y Cuqui irrumpió ladrando.

Sobresaltado, Chet se dio la vuelta. Me levanté de la silla y la empujé con todas mis fuerzas para que rodara hasta él.

Con el golpe, Chet perdió el equilibrio y se cayó sobre la bolsa de viaje que estaba en el suelo.

La grabadora y la pistola se le escaparon de las manos y salieron despedidas por el suelo.

Intentó reptar hasta la pistola, pero A.

J. y yo nos apresuramos a detenerlo lanzándonos sobre él.

—¿Qué pasa aquí? —Thomas estaba perplejo junto a la puerta.

—Thomas, ¡ayúdanos a inmovilizarlo! —grité.

Vino corriendo y se sentó encima de Chet, con las rodillas entre sus escápulas, mientras A. J. le sujetaba las manos contra la espalda. Yo agarré la pistola con la esperanza de no tener que usarla. Cuqui no paraba de corretear entre nosotros.

Deandra entró entonces, una sorpresa más, ya que no estaba en el edificio cuando yo llegué.

—¿Qué pasa?

—Llama a la policía —dije—. Tenemos al asesino de Phoebe Winston.