Capítulo treinta y seis
CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
L a puerta de La Gaceta estaba abierta. La recepcionista seguía ausente de su puesto en el mostrador, lo cual, dada la hora, tampoco era de extrañar. La lámpara de la mesa de Deandra estaba encendida, pero en su cubículo no había rastro de su ordenador portátil ni de su bolso.
—¿Hola? —dije en voz alta.
Nadie contestó. ¿Era el inquietante silencio de la redacción lo que me erizó los pelos de la nuca?
Me dirigí al habitáculo del fondo y subí la escalera.
Esta vez la puerta de la segunda planta estaba cerrada, pero oí una voz amortiguada al otro lado.
Estaba decidida a sonsacarle algunas respuestas a A. J.
Abrí la puerta de golpe e irrumpí en la sala. A. J. se sobresaltó como si le hubieran suministrado una descarga eléctrica a través de la silla donde estaba sentado en medio de la estancia. Lógico. A pocos pasos, frente a él, estaba sentado Arthur Chester Stevens.
Chet también se sorprendió con mi repentina aparición. Se levantó de la silla. Me fijé en que tenía una bolsa de viaje junto a los pies.
—Así que estabais los dos metidos en esto —dije mirando a uno y a otro a la vez que intentaba que semejante escena tuviera sentido.
—¿Juntos en qué? —me preguntó Chet. Hizo un esfuerzo para comportarse de manera natural, pero no dejaba de mirarnos a A. J. y a mí alternativamente. A. J. estaba demasiado callado para ser él.
—Hemos encontrado a la señora Schultz —solté.
—¿Ya? —Chet se dejó caer en la silla—. ¿Cómo has sabido dónde encontrarme?
—No sabía que estabas aquí. He venido a ver a A. J.
—Será mejor que no dejes la historia a medias —le dijo A. J. a Chet.
—Demasiado tarde. Ya no hay tiempo. —Chet se inclinó hacia delante y se llevó la cabeza a las manos.
—Claro que hay tiempo —insistió A. J.—. Nadie va a venir a por ti, ¿verdad, Willa? —A. J. abrió mucho los ojos y me miró con insistencia.
No tenía ni idea de a qué se refería, pero no quería decirles que nadie más sabía que yo estaba allí.
—La policía está buscando a Chet —dije—. Saben que mató a Phoebe por lo de su hermano Jeremy.
—Willa —contestó A. J. en tono reprobatorio.
A. J. estaba inquieto. De pronto caí en la cuenta de que estar allí a solas con un asesino y su cómplice no era una buena idea. Comencé a alejarme en dirección a la puerta.
—Voy a…
—Quieta —dijo Chet mientras se levantaba de nuevo. Esta vez sostenía una pistola. Mientras yo centraba mi atención en A. J., él tuvo que haberla sacado de la bolsa de viaje, que ahora estaba abierta.
De manera instintiva, levanté las manos. Ahora sí que tenía los pelos de la nuca de punta.
Chet empujó la silla para hacerla rodar hasta donde estaba A. J.
—Siéntate ahí —me ordenó.
A. J. se estremeció cuando el cañón del arma pasó por delante de él. No era, en absoluto, lo que yo había imaginado.
—¿A. J. es… es tu rehén? —tartamudeé.
—No. Solo quería contarle la historia de mi hermano. Jeremy no tiene la culpa de esto. Lo… lo siento —dijo refiriéndose a la pistola—. Pero no puedo dejar que te vayas, porque irás directa a la policía.
—Oye, no vamos a decir nada que no quieras que digamos —le aseguró A. J.
—Confío en ti, A. J., siempre has sido leal. Pero Willa… Siéntate ahí.
—De acuerdo. —Me dirigí hacia la silla—. Si me siento, ¿dejarás de apuntarnos con eso? —pregunté.
No contestó, pero de todos modos obedecí. Al sentarme, miré a A. J., que estaba a mi lado. ¿Cómo no me había dado cuenta de la mala cara que tenía? Los rizos, que le caían sobre la frente, estaban empapados. Una lucecita roja brilló entre sus dedos. Tenía una minigrabadora en la mano.
—¿Sigues grabando? —le preguntó Chet.
—Sí. —A. J. levantó el aparato para que Chet viera que la luz roja seguía encendida—. Me estabas hablando de tu infancia con tu medio hermano antes de que tu madre se casara por tercera vez.
Chet asintió.
—Exacto. Fue entonces cuando las cosas cambiaron.
Gerard tenía mucho dinero. Era demasiado controlador, pero nuestra madre nunca había tenido un centavo.
Los dos lo odiábamos, pero Jeremy se rebeló.
Empezó a faltar al colegio y a juntarse con malas compañías.
Era mi hermano mayor, yo lo admiraba, pero a mí también me dio de lado.
Gerard decidió que Jeremy estudiaría el último curso en una escuela militar porque necesitaba enderezarse.
Fue entonces cuando se escapó y nunca más volvió.
»Me gradué al cabo de dos años y, cuando me marché a la universidad, empecé a buscarlo por mi cuenta.
Lo encontré un año después, pero estaba destrozado.
Traté de ayudarlo y volvió a desaparecer.
Cuando me gradué en la universidad y me puse a trabajar en la empresa tecnológica, empecé a ganar mucha pasta.
La mayoría de mis amigos se compraban coches deportivos y una casa, pero yo vivía con dos compañeros de piso y ahorraba todo lo que podía.
En lo único que gasté dinero fue en el barco, pero eso era para los dos.
A Jeremy le encantaba el agua. Me pasaba la vida buscándolo.
Pensaba que si lo encontraba, podría ayudarlo.
Iríamos a navegar juntos y encontraríamos el modo de salir adelante.
Chet acercó una tercera silla, colocada junto a su mesa, para sentarse. Tenía la pistola apoyada en las rodillas, apuntando hacia un lado. Sin embargo, aún la sostenía con fuerza. Continuó:
—Al final fue Jeremy quien me encontró a mí.
Se había rehabilitado y trabajaba para Phoebe.
Me sentí muy orgulloso de él. Parecía estar muy bien.
No nos veíamos mucho. Él ponía excusas, pero ahora, al echar la vista atrás, me doy cuenta de que Phoebe lo mantenía aislado para poder manipularlo a su antojo.
Parecía controlar todo lo que hacía, casi como una novia posesiva.
Me di cuenta de que estaba enamorado de ella, pero era su jefa.
Él insistía en que era feliz así y, como ya no consumía droga ni alcohol, tuve que creerlo.
Yo estaba quemadísimo en el trabajo y no me importaba el dinero, ya que antes solo lo quería para él, y él ya no lo necesitaba.
Por eso dejé el trabajo y me vine a vivir una vida más sencilla a Yarrow Glen.
Pensé que, al estar menos ocupado, lo vería más a menudo, pero él seguía absorbido por Phoebe.
Ella estaba hundida y Jeremy intentaba sacarla de aquel embrollo y arreglar la situación.
Hablaba como si aquello fuera su vida entera.
Recuerdo que me preocupé. Pero luego empecé a ver el nombre de Phoebe de nuevo en la prensa rosa, como si hubiera resurgido.
Pensé que todo iba bien hasta que un día Jeremy me llamó para contarme que Phoebe lo había despedido.
Él había sido siempre leal y estuvo a su lado en los peores momentos para ayudarla a recuperarse.
Sin embargo, Phoebe no quería que, si alguien descubría su pasado de adicción a la droga, lo relacionaran con ella.
Mi hermano no se avergonzaba de su pasado, nunca lo ocultó.
Y Phoebe, en vez de sentirse orgullosa de que él hubiera salido de la calle y de las adicciones, lo utilizó en su contra.
Chet se levantó con rapidez y la silla salió rodando. A. J. y yo dimos un repullo, pero él no pareció darse cuenta. Prosiguió:
—Le dije que se viniera a vivir conmigo aquí, a Yarrow Glen.
Él estaba fatal. Decía que la quería. Entonces volvimos a perder el contacto.
La siguiente vez que tuve noticias suyas fue hace varias semanas.
Había recaído, tal y como yo temía, pero había vuelto a rehabilitación.
Me sentí muy orgulloso de que hubiera buscado ayuda una vez más.
Y se lo dije. Pero también estaba muy enfadado con ella.
La culpa de la recaída de mi hermano la tenía Phoebe.
—Le hizo una señal a A. J.— Ya puedes apagar eso.
Quería que grabaras la historia de mi hermano, no la mía.
—Claro, Chet. Lo que tú digas. —A. J. pulsó el botón y le mostró que la luz roja estaba apagada.
¿Qué pensaba hacer Chet ahora? Teníamos que conseguir que siguiera hablando.
—¿Estaba todo planeado antes de que ella viniera a Yarrow Glen? —pregunté. No quise usar la palabra «asesinato».
—No había nada planeado. —Se apoyó en la abarrotada mesa—.
Lo único que hice fue mandarle una foto de Jeremy.
Quería que lo recordara, que recordara lo que le había hecho.
No debería haberlo echado como si fuera basura.
Justo entonces me enteré de que venía al pueblo.
Pensé en plantarle cara, pero no sabía cómo.
Ese día, cuando fui a tu tienda, era cierto que estaba buscando a Ginger y, al ver a Phoebe, no supe qué hacer.
Fingí no conocerla. Tampoco tenía ni idea de que Ginger y ella se conocieran.
—¿Ginger nunca te habló de ella?
—Ni una palabra. Pero ese día vi cómo trataba Phoebe a su ayudante y supe que a Jeremy lo habría tratado igual.
Me puso enfermo. Los seguí hasta su alojamiento y vi que era la misma casa donde yo había trabajado como cuidador de perros un par de años atrás.
Thomas estaba con ella, así que me marché.
»Esa misma noche había quedado con Ginger en El Sótano y le pregunté por Phoebe.
Me contó que se había burlado de su idea de abrir una cafetería vegana y que le había robado algunas de las recetas de su abuela para publicarlas en su primer libro.
El anuncio de su veganismo fue otro bofetón para Ginger.
Y encima, Phoebe creía que seguían siendo amigas, lo cual confirmaba que era una persona espantosa y que la recaída de Jeremy había sido culpa suya.