Capitulo treinta y cinco
CAPITULO TREINTA Y CINCO
A l cabo de unos minutos, el detective Heath apareció con Shep y le ordenó a otro agente que precintara la sala de elaboración de hidromiel. Los forenses llegaron poco después.
—¿Está usted bien? —le preguntó Heath a la señora Schultz—. ¿Necesita ir al hospital?
—Por supuesto que no —contestó ella.
Nos apartamos de la señora Schultz para que dos médicos la atendieran. Cuqui seguía en su regazo. Los médicos sacaron el material sanitario y le pusieron un tensiómetro en el brazo.
—No hace falta, de verdad —protestó ella—. Lo más seguro es que haya sido peor para Cuqui, que está acostumbrado a estar siempre entre algodones.
—¿Chet no dijo nada sobre hacia dónde se dirigía? —Heath repitió la pregunta anterior, esta vez dirigiéndose directamente a la señora Schultz.
—No, lo siento, no dijo nada —contestó ella.
—La presión arterial y los niveles de oxígeno son buenos —le dijo una médica a la señora Schultz mientras le quitaba el tensiómetro del brazo y el pulsioxímetro del dedo.
—Ya les he dicho que estoy bien.
—Aun así, podemos llevarla al hospital si lo desea —dijo la médica.
—¿Para qué? Gracias, pero ya pueden irse.
Los sanitarios recogieron el equipo y se marcharon.
El detective Heath retomó el tema.
—Todos conocéis a Chet. ¿Sabéis de algún sitio donde pudiera haber ido?
—Si no está en casa de Ginger… —Carente de ideas, sacudí la cabeza.
—Tiene un barco —nos recordó Roman.
—¿Dónde está atracado? —preguntó Heath.
—En un puerto cerca de Alameda. Eh… —Roman chascó los dedos mientras hacía memoria—. Safe Harbor. Eso es.
—Señora Schultz, ¿está en condiciones de ir con el agente Melman a la comisaría para prestar declaración? —preguntó Heath.
—Por supuesto —contestó ella.
Heath se volvió hacia el agente Shepherd.
—Shep, tú te quedas conmigo.
—Detective, no le haga daño a Chet —imploró la señora Schultz.
—Señora Schultz, me alegro de que Chet no le haya hecho nada, pero tiene un arma registrada a su nombre y hay una caja fuerte vacía en su apartamento. Es un fugitivo, podría ir armado y ser peligroso. —Heath se volvió hacia Shep—. Vamos.
—Tened cuidado —grité.
Heath asintió y los dos hombres salieron de la sala.
—La acompañaré a la comisaría —le dije a la señora Schultz.
—Yo también —añadió Archie.
—No seáis bobos. No tiene sentido que os paseéis toda la tarde esperándome en un pasillo.
—No va a ir sola —insistí.
—Dejad que yo la lleve —dijo Roman—. Me siento fatal por no haber sospechado de Chet, ni siquiera cuando dijisteis que era él.
—Nadie tiene la culpa —dijo la señora Schultz—. Nos ha engañado a todos. Hasta a A. J., el reportero de investigación.
—Aun así quiero ir con usted —insistió Roman.
Baz intervino:
—Puede que necesites estar aquí mientras la policía trabaja. Deja que vaya yo. Cuando termine de declarar, la llevaré a casa.
—Nunca había tenido tantos hombres peleándose por mí —bromeó la señora Schultz—. No me importaría que fuera así siempre. —Su sonrisa nos permitió relajarnos un poco.
Cuando ella se levantó, Cuqui saltó de su regazo. Pese a sus protestas iniciales, de repente parecía algo débil, una palabra que anteriormente jamás habría asociado con la indomable señora Schultz.
—Yo también voy —insistió Archie.
Cuqui ladró dos veces cuando Baz y Archie se dispusieron a marcharse.
—¿Qué hacemos con él? —dijo Baz refiriéndose al perro.
Lo tomé en brazos.
—Ya pensaremos algo. Vosotros cuidad de la señora Schultz.
Los tres se marcharon acompañados del agente Melman.
—Me parece increíble que por fin hayamos averiguado quién mató a Phoebe. Pensé que me sentiría de otro modo —dijo Thomas mientras observaba al grupo salir.
—Sí, es un poco abrumador —dije. Por desgracia, yo ya tenía experiencia en eso.
—No estoy seguro de qué hacer ahora. —Thomas se levantó y permaneció en mitad de la sala como un niño perdido—. Supongo que volveré al hotel para cenar algo. De repente me muero de hambre.
Le pasé el perro a Thomas.
—¿Y si te lo llevas a cenar?
—¿Yo? ¿Voy a quedarme yo a cargo del perro?
—Sí, Thomas, tú lo cuidarás bien.
Ambos se miraron. Los grandes ojos negros de Cuqui derretían cualquier tipo de objeción.
—Vale. Pero Phoebe nunca nos dejó darle otra comida que no fuera alimento para perros. ¿Crees que le gustarán las hamburguesas de El Sótano?
—Si no, que sepas que le encantan las carnitas de Hablemos de Tacos.
Mientras Thomas se alejaba con Cuqui, oí de refilón que alababa su buen gusto.
Me di la vuelta hacia Roman, aprovechando que nos habíamos quedado solos él y yo… con los dos policías. El habitual brillo de sus ojos había desaparecido.
—No es culpa tuya —le aseguré—. Fui yo quien le reveló a Chet prácticamente todas las pistas a medida que las descubría. Hasta quise que me acompañara para protegerme de A. J. y le pedí perdón por haber pensado que tenía algo que ver con las fotos.
—Esperemos que el detective Heath lo atrape.
—¿Señor Massey? —Una agente de policía lo llamó desde la sala de elaboración de hidromiel.
—Te dejo. Hablamos mañana. —Le apreté la mano.
Salí de la destilería con gran pesar. Tendría que haberme sentido eufórica por haber resuelto el asesinato, pero no había nada que celebrar, dado que el culpable era Chet. Y sin la detención de Chet, aún faltaba algo.
Al salir a la calle, la ráfaga de aire fresco me sentó bien.
Estaba demasiado nerviosa para volver a casa.
Necesitaba moverme. Dejé el coche delante de la destilería y caminé hacia Main Street, donde se encontraban el complejo de seguridad pública y mis amigos.
Las ideas se me aclaraban al caminar y quería ordenar todas las pistas.
Chet se acercó a Phoebe el mismo día que ella llegó a mi tienda.
Seguro que ya sabía quién era ella. Y Phoebe tal vez lo reconociera también, porque preguntó: «¿Te conozco?
». Aunque en ese momento pensé que estaba siendo sarcástica.
Tal vez Jeremy le había enseñado una foto de su hermano en algún momento y Chet le resultó familiar.
¿La esperaría en la puerta de ¿Qué Sería?
el viernes para seguirla en coche hasta la casa de alquiler?
Tuvo que hacerlo. Y entonces se dio cuenta de que era la propiedad donde él había trabajado como cuidador de perros.
Conocía la distribución de la casa, con todas aquellas ventanas en la parte trasera.
Me pregunté si también le habría tendido una trampa a A.
J. para que le hiciera las fotos a Phoebe.
Pudo ser él quien le metió la nota anónima en el bolsillo del abrigo aquella noche en El Sótano.
¿Cuánto sabía A. J. sobre su gran amigo Chet?
Me quedé en la esquina de Pleasant Avenue con Main Street. Podía girar hacia la izquierda, hacia el complejo de seguridad pública, para reunirme con Baz y Archie, o girar a la derecha, hacia La Gaceta , para ver si estaba allí A. J. Quería más respuestas. Giré a la derecha.