Capitulo treinta y cuatro
CAPITULO TREINTA Y CUATRO
A penas había girado para aparcar delante de la destilería cuando todos bajaron del coche.
Las luces de las farolas brillaban en la acera desierta, pero el local estaba a oscuras por dentro, tal y como esperábamos. Aunque pegamos la cara al cristal, las pocas luces tenues que había solo proyectaban sombras en el interior. Llamé a la puerta.
—¡Señora Schultz! —grité.
—¡Señora Schultz! —repitieron los demás mientras unos cuantos aporreábamos la puerta y los escaparates.
Corrimos hacia la parte de atrás del edificio. Con cada paso, la sensación era peor. La luz de encima de la puerta trasera que conducía a la sala de catas parpadeaba y zumbaba. Toqué el timbre y oí que sonaba dentro.
Baz golpeó la puerta.
—¡Chet! Déjanos pasar.
—¿Crees que la tiene dentro? —preguntó Archie, cada vez con más preocupación en la voz.
Unos faros nos deslumbraron. Instintivamente, nos apelotonamos detrás de los pilares del pequeño porche de Roman para escondernos. De repente caí en la cuenta de que no íbamos armados.
Las luces se apagaron y oímos el portazo de un coche y unos pasos que se acercaban. Me asomé por detrás del pilar. Era Roman.
—¡Roman! —Casi me eché a llorar al verlo.
—Chicos, ¿qué hacéis ahí? —preguntó.
Le hice un resumen de lo sucedido.
—¿Chet? No me lo creo —dijo.
—¿Nos dejas entrar para asegurarnos? —le pregunté.
—Claro, pero tengo las llaves en casa. ¿Por qué pensáis que es Chet?
Lo seguimos escaleras arriba.
—Creemos que Chet no es su verdadero nombre y que se llama Arthur —explicó Baz.
—¿Sabes cómo se llama? —preguntó Archie.
—Claro, aparece en el contrato y en los papeles fiscales. Se llama Arthur Stevens. Su mote viene de su segundo nombre, Chester —nos explicó Roman.
—¿No se apellida Jillcott? —pregunté. La decepción cayó en mi pecho como una losa.
—No. Ya os dije que no conocía a nadie que se apellidara Jillcott. Su apellido es Stevens. Si la señora Schultz ha desaparecido, será mejor que llamemos a la policía.
—Ya os dije que teníamos que dejárselo a la policía —intervino Thomas.
Los demás miramos a Thomas mientras Roman abría la puerta de su casa y todos entrábamos. Cuando pulsó el interruptor, un moderno sistema de luces de riel iluminó un acogedor apartamento que recordaba un poco a su tienda, en una combinación de negro y gris oscuro con sofás de cuero marrón.
—Ya hemos hablado con el detective Heath. No quiere que nos metamos en esto, pero pensábamos que era Chet —dije—. Tiene que serlo.
—Si Chet se ha dado cuenta de que la señora Schultz lo ha descubierto, ¿por qué iba a quedarse por aquí? No tiene lógica —dijo Roman.
—A lo mejor se largó a casa de sus padres en Alameda después de que lo viéramos en su apartamento y le contáramos que íbamos detrás de Arthur Jillcott —dije sacudiendo la cabeza mientras recordaba que yo misma lo había fastidiado todo.
—No creo que se haya ido a casa de sus padres —dijo Thomas—. Jeremy me contó que él y su hermano odiaban a su padrastro.
—¿Padrastro? ¿Significa eso que Arthur podría ser medio hermano o hermanastro de Jeremy? —dijo Baz.
—Jeremy contaba que su madre se había casado varias veces…
—¡Entonces su hermano podría tener un apellido diferente!
—Dejadme que eche un vistazo en la destilería —Roman se dirigió a la puerta.
—No vas a ir solo. Podría estar ahí. Vamos todos —insistí.
—Vale, pero entraremos por la puerta principal para al menos ver dónde nos metemos.
Bajamos la escalera a toda prisa y rodeamos de nuevo el edificio.
—Archie, Thomas y tú quedaos aquí —le di mi teléfono—. Si llama el detective Heath, dile que estamos inspeccionando la destilería. No os pongáis en peligro.
—¿En peligro yo? Sois vosotros quienes vais a entrar —dijo.
Archie y Thomas permanecieron junto al coche mientras Roman abría la puerta y entrábamos. Lo seguí de cerca agarrada con un dedo a la presilla de su pantalón. Baz venía justo detrás de mí. Cualquiera que nos hubiera visto desde fuera habría pensado que estábamos bailando la conga.
Las luces tenues que se quedaban encendidas por la noche iluminaban lo justo para poder ver.
Nos asomamos por detrás del mostrador de caja y miramos en un rincón oscuro, donde una silueta me detuvo el corazón unos instantes hasta que me di cuenta de que era el saco de comida de Cuqui.
Señalé la puerta corredera que daba a la sala de catas. Estaba cerrada.
—¿Sueles tenerla cerrada? —le susurré al oído a Roman.
Él asintió.
—De todos modos, vamos a mirar.
—¿Y si va armado?
Roman agarró una botella de hidromiel por el cuello, para usarla como bate en caso necesario. Yo agarré otra y la levanté por encima de mi hombro, lista para golpear, pero sin querer le di a Baz en la cabeza.
—¡Ay! —Baz se frotó la cabeza.
—Uy, perdona —dije.
—Sirve como arma, sí —dijo él mientras agarraba otra.
Roman abrió la puerta despacio y encendió la luz.
Aunque la sala se iluminó, todo permaneció inmóvil. Roman se acercó con sigilo a la barra, pero no había nadie detrás. Ni rastro de Chet ni de la señora Schultz. Todos bajamos las botellas.
—No están aquí. Tampoco hay señales de pelea —dijo Roman mientras volvía a mirar a su alrededor.
Tenía razón. Nada parecía fuera de lugar.
—¿Dónde ha podido llevársela? ¿Y por qué? —Mi exasperación era tal que estaban a punto de saltárseme las lágrimas.
—A lo mejor no es lo que crees —trató de consolarme Roman.
—Tiene que ser él. Todo encaja —dije.
Sonaron unas pisadas en la tienda y volvimos a levantar las botellas.
Archie y Thomas aparecieron por la puerta corredera armados con sendas botellas.
—Hemos pensado que podríais necesitar refuerzos. ¿Nada? —dijo Thomas mientras todos bajábamos las botellas.
—No —contestó Roman.
Baz y Roman se dejaron caer en el sofá. Soltamos las botellas de hidromiel en la mesa de centro, pero yo seguí deambulando por la sala.
—¿Dónde estarán? —Archie le puso voz a mi silenciosa desesperación.
Thomas colocó el teléfono justo delante de él, con el brazo estirado y, sin dejar de mirarlo, avanzó por la sala de catas. Se dio la vuelta, avanzó unos pasos más y volvió en dirección contraria.
—¿Qué haces? —le pregunté.
—Estoy buscando a Cuqui. Parece el juego de frío-caliente. —Siguió caminando como un robot por detrás de la barra.
—¿De qué habla? —preguntó Roman.
—Hemos seguido el rastro de Cuqui gracias a su collar —le expliqué—. Por eso pensamos que Chet podría estar aquí.
—Por allí —Thomas señaló la puerta de detrás de la barra.
—¡La sala de elaboración de hidromiel! —gritó Roman y se levantó de un salto.
Los demás corrimos hacia la puerta armados con las botellas mientras Roman buscaba entre las llaves.
Qué estúpidos habíamos sido. Un sótano sin ventanas: el escondite perfecto.
Roman abrió la puerta. Las luces fluorescentes, que se activaban con el movimiento, apenas parpadearon en aquel espacio de techo bajo.
Descendimos a toda prisa los cinco escalones y avanzamos como caballeros del rey Arturo, empuñando las botellas como espadas, sin pensar en lo que Chet podría tener preparado para nosotros.
Encontramos a la señora Schultz apoyada contra la pared del fondo, sentada sobre la cama de Cuqui, con el perrito en el regazo. Ambos se despertaron.
—Ya me habéis encontrado —dijo la señora Schultz con voz de sueño.
Archie, Baz y Roman corrieron hacia ella para ayudarla. Yo me apoyé en Thomas, mareada por la repentina sensación de alivio.
—Gracias. Este suelo duro es lo peor para unas rodillas viejas. ¿Os ha dicho Chet que estaba aquí? —preguntó.
—¿Por qué nos lo iba a decir? ¿No es él quien te ha dejado aquí encerrada? —pregunté.
—Sí, me encerró en cuanto se dio cuenta de que sabía que su hermano trabajó para Phoebe. Pero nos dejó un poco de agua a Cuqui y a mí. Y un vaso por si quería servirme hidromiel. Chet sabía que Roman me encontraría por la mañana. Me he bebido un par de vasitos. Espero que no te importe, Roman.
—Señora Schultz, por mí como si se lo bebe todo —dijo Roman mientras la ayudaba a levantarse.
La llevamos a la sala de catas para que descansara en uno de los cómodos sillones de cuero y nos sentamos a su alrededor.
Cuqui pasó de unas rodillas a otras hasta que por fin se acomodó en las de la señora Schultz.
Roman se escabulló por detrás de la barra y al momento volvió con un vaso de agua para ella.
—A no ser que prefiera otro vaso de hidromiel… —Le pasó el agua.
—Puede que necesite algo más fuerte que el hidromiel, pero de momento tomaré agua. —Le dio un buen sorbo.
—¿Está bien? —le pregunté. Aunque estaba sentada justo a su lado, yo seguía aterrorizada.
—Estoy bien —insistió mientras acariciaba al perro de manera distraída—. Me preocupa más Chet.
—¿No fue él quien mató a Phoebe? —Thomas habló por primera vez desde que encontramos a Cuqui.
—Sí, pero parecía consternado.
—Bueno, no me extraña. No tardarán en atraparlo —murmuró Thomas.
—¿Qué ha pasado, señora Schultz? —pregunté con delicadeza.
—Estaba a punto de montarme en la bici para volver a casa cuando vi que las luces de la destilería seguían encendidas y me acordé del hidromiel de tarta de manzana que Roman nos dio a probar.
Como me ofreció unas botellas para la noche de póquer, me acerqué a recogerlas, aunque sabía que la tienda estaba cerrada.
Chet me dejó pasar y me dijo que Roman había dejado reservadas varias botellas para mí.
Ambos vinimos a la sala de catas y yo me quedé esperando junto a la barra mientras él bajaba a la sala de elaboración para buscarlas.
Sobre la barra había una carpeta. Cuqui llegó por detrás sin que yo me diera cuenta y, al darme la vuelta, tiré la carpeta con el bolso y los papeles se desperdigaron por todas partes. Parecían documentos legales.
—Chet y yo estábamos montando una sociedad para que él se hiciera con una parte del negocio. Redacté un acuerdo para que él lo firmara. Hoy mismo le di los papeles —explicó Roman.
—Pues esos papeles serían. El caso es que, mientras los recogía, vi el nombre de Chet: Arthur Chester Stevens.
Reconocí el nombre de Arthur al instante, ya que Thomas mencionó ayer los nombres del hermano y la hermana de Jeremy cuando íbamos a la comisaría.
Pero como el apellido no era el mismo que el de Jeremy, no supe qué pensar y te llamé, Willa.
—¡Ojalá hubiera llevado el teléfono encima y hubiera respondido! —Estaba furiosa conmigo misma.
—No te preocupes, tú qué ibas a saber. —La señora Schultz me dio un golpecito en la rodilla.
—¿Qué pasó luego? —preguntó Archie.
—Chet me vio agachada junto a los papeles y me oyó al teléfono. Por desgracia, puse en marcha mis dotes interpretativas demasiado tarde y, no sé muy bien cómo, él se dio cuenta de que yo lo sabía.
—Chet venía en el coche con nosotros cuando le hablé de Jeremy a A. J. y también pudo oírme hablar con Roman cuando estuve aquí hoy —dije—. Sabía que estábamos investigando a su familia.
—Chet no le ha hecho nada malo, ¿verdad, señora Schultz? —preguntó Archie.
—No, no. Me hice la tonta, pero me quitó el teléfono y me llevó a la sala de elaboración. Cuqui me siguió. Cerró la puerta con llave, pero al cabo de un momento vino otra vez para dejarnos agua y un vaso, la cama de Cuqui y un cuenco con comida para perros. Intenté que hablara, pero no lo conseguí.
—¿No dijo nada? —preguntó Roman.
—Me pidió disculpas y me explicó que tú llegarías por la mañana. Y me dejó aquí encerrada con Cuqui.
Tecleé el nombre de Heath en mi móvil una vez más. Para mi sorpresa, esta vez contestó.
—Hemos encontrado a la señora Schultz —le dije—. Chet la había encerrado en la sala de elaboración de hidromiel. Ella está bien, pero tienes que encontrar a Chet. Es la persona que buscas.
—Lo sabemos. Hemos contactado con la madre de Jeremy y conseguimos el nombre completo de Arthur.
Como ya va por su tercer marido, el apellido nos despistó.
La mujer no tiene contacto con él, pero acudimos a nuestra base de datos para localizar su lugar de trabajo: la destilería y La Gaceta .
Tenemos a la policía de Alameda emplazada en su casa por si aparece por allí.
¿Le dio Chet alguna pista a la señora Schultz sobre hacia dónde se dirigía? —preguntó Heath.
—No. ¿Habrá vuelto a su casa? —le dije, recordando que era allí donde lo habíamos visto por última vez.
—Justo ahora estamos en su apartamento. Parece que ha venido con prisa a recoger unas cuantas cosas. Tampoco está en casa de Ginger. Ha huido. Quedaos donde estáis. Vamos para allá.