Capítulo treinta y tres
CAPÍTULO TREINTA Y TRES
B az leyó el sobre por encima de mi hombro.
—Alan Feckle Jr.
—Alan Junior, A. J. —Hice la conexión.
—¿Estás diciendo que entonces no es él? —Archie se tiró del pelo con frustración.
—Lo siento, chicos. —Acababa de perder un montón de tiempo.
—La idea era buena, porque A. J. Stringer no es su verdadero nombre —trató de consolarme Baz.
—Pero tampoco es Arthur Jillcott. —Llamé de nuevo a Heath para que no perdieran el tiempo con A. J. Como de costumbre, saltó el contestador.
Volvimos al coche. Esperaba que al colocarme detrás del volante se me ocurriera dónde ir, pero lo cierto es que mi confusión no disminuyó.
—Voy a probar de nuevo con el teléfono de la señora Schultz. —Archie sacó el teléfono, pero en ese momento fue el móvil de Thomas el que sonó.
—Son los propietarios de la casa de alquiler de Phoebe —anunció. Contestó y activó el altavoz—. ¿Hola? Soy Thomas.
—Hola —dijo la voz al otro lado del teléfono—.
Se nos ha ocurrido algo que tal vez sea útil.
Mi mujer me acaba de decir que hay una persona más que tuvo acceso a la contraseña y que no aparece en la lista.
No es un inquilino, por eso olvidamos apuntarlo.
Lo contratamos un par de veces hace varios años. Se llamaba Arthur.
—¿Su apellido era Jillcott? —chillé hacia el teléfono.
—Puede que sí. Lo siento, han pasado años desde entonces.
Le arrebaté el teléfono a Thomas.
—¿Para qué lo contrataron? Tal vez eso nos pueda ayudar a dar con él.
—Se quedó en nuestra casa varios días para cuidar a nuestro perro. Otro rodeo.
—De acuerdo, gracias. Si dieran con su apellido, ¿le importaría llamar de nuevo a Thomas? —pregunté.
—Claro.
—Gracias.
La llamada finalizó.
—Eso no nos aclara nada —protestó Baz—. ¿Sabéis si los cuidadores de perros se anuncian en internet? Podríamos buscar así a Arthur Jillcott.
—Quién sabe… —Era lo único que podía hacer para no lanzar el teléfono en un ataque de frustración. Se lo pasé a Thomas.
—¿Y ahora? —preguntó Archie. Lo miré por el espejo retrovisor. Sus ojos suplicaban respuestas, pero yo no las tenía.
—¿No crees que deberíamos cumplir con las órdenes del detective Heath? —dijo Thomas.
—No puedo quedarme sentado sin hacer nada —dijo Archie—. Yo voy a seguir buscándola, aunque sea solo.
—No tienes que ir solo —le dije a Archie.
—No vamos a tirar la toalla —coincidió Baz.
—Pues yo creo que deberíamos hacerle caso a la policía —murmuró Thomas.
—No tienes por qué acompañarnos, Thomas. No he querido decirlo antes, pero deberías saber que Cuqui ha desaparecido. Chet lo está buscando.
—¿Ha desaparecido? —gritó en tono acusatorio.
—Si quieres, puedes ayudar a Chet. Te dejaremos en su apartamento.
—Puedo buscarlo desde aquí. —Sacó el teléfono.
—¿Cómo?
—El rastreador —apuntó Archie.
—El collar de Cuqui tiene un aparato de seguimiento —explicó Thomas.
Baz y yo nos dimos la vuelta para observar a Thomas, que entró en la app de su teléfono y abrió un mapa.
—¿Dónde está? —preguntó Baz cuando vio el círculo rojo parpadeante.
Thomas pulsó el círculo.
—Pleasant Avenue, número noventa y cinco.
Me quedé desconcertada.
—Esa es la destilería. Pero Chet había dicho que lo perdió frente a su apartamento. Vive bastante lejos de la destilería. Es demasiada distancia para que un perro tan pequeño llegue andando.
—Quizá ya lo haya encontrado —dijo Thomas.
—Nos vendrá bien una ayuda extra para buscar a la señora Schultz —añadió Archie.
—Claro. Y puede que Roman ya haya vuelto del almacén. Vamos a la destilería —coincidí.
Nos dirigimos hacia el centro del pueblo en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos. Tenía la esperanza de que Roman o Chet aportaran alguna idea sobre el posible paradero de la señora Schultz.
—Espero que Cuqui no se haya hecho daño durante el rato que ha estado perdido —se quejó Thomas—. Tendríais que haber buscado a alguien que entendiera de perros.
—Seguro que está bien, Thomas —espeté—. Oye, tú tampoco sugeriste nada para cuidar de él. Me lo largaste a mí y he hecho lo que he podido. —Mi preocupación por la señora Schultz empezaba a desbordarse y me encantaba redirigir mi frustración hacia Thomas.
Archie se incorporó en el asiento de atrás.
—¿No dijo Chet, cuando aceptó quedarse con Cuqui, que él antes cuidaba perros?
—Es verdad, sí que lo dijo. O sea, que estaba más que cualificado para cuidar de él. Cualquier perro puede perderse —le dije a Thomas.
—No me refería a eso. Chet nos dijo que trabajaba cuidando perros. A lo mejor él era el cuidador del que nos habló el propietario de la casa de alquiler —dijo Archie.
—¿Chet? —contesté con escepticismo.
Baz sopesó la idea.
—Antes, cuando lo vimos, estaba un poco raro.
—Porque se había perdido Cuqui, nada más —dije.
—Dijo que se le había soltado de la correa, pero no llevaba ninguna correa en la mano… Y Cuqui nunca se aleja mucho. Además, nos explicó que iba a su apartamento para buscar una linterna, ¿por qué no usó la linterna del móvil? —preguntó Baz.
—A lo mejor no lo llevaba encima. No sé. Además, no se llama Arthur —argüí.
—Es probable que tampoco se llame Chet, igual que yo no me llamo Baz. ¿Alguien sabe su apellido?
Yo no lo sabía. Por el retrovisor vi que Archie y Thomas también lo negaban.
No me entraba en la cabeza que Chet hubiera podido matar a Phoebe o secuestrado a la señora Schultz, pero pisé un poco más el acelerador.
—¿Cómo podría haber averiguado la señora Schultz que el nombre de Chet era Arthur? —dije para tratar de entender algo.
—Ya sabes que a ella le gusta llamar a la gente por su nombre completo. A lo mejor se lo preguntó —dijo Baz.
Noté que se me formaba un nudo en el estómago a medida que Baz hablaba y todo cobraba más sentido.
—Pero la señora Schultz tenía prisa por llegar a casa para preparar su noche de póquer.
—¿No quería que sus amigas probaran el nuevo hidromiel que Roman ha elaborado? —preguntó Archie.
—Ay, Archie. Tienes razón. Seguro que fue a la destilería cuando salió de la tienda.
Pisé a fondo el acelerador.