Capítulo treinta y dos
CAPÍTULO TREINTA Y DOS
N os apretujamos en el coche para pararnos tres calles más abajo, frente al edificio de La Gaceta de Glen .
Según me explicó Deandra, la sede del periódico se quedaba abierta hasta horas intempestivas, y esa noche no era una excepción.
Entramos a toda prisa y le dimos un buen susto a Deandra, que estaba en su mesa.
—¿Qué pasa? —dijo.
—¿Dónde está A. J.? —pregunté.
—No… no lo sé. Se marchó hace un rato. ¿Ha pasado algo? —¿Sabes a qué nombre corresponden sus iniciales? ¿Su nombre real es Arthur Jillcott?
—Dios, no lo sé. ¿A qué viene todo esto?
—Lo siento, no tengo tiempo de explicártelo, Deandra. ¿Hay algún modo de averiguarlo? Créeme, podría ser cuestión de vida o muerte.
—Supongo que lo podéis consultar en su expediente laboral.
—Estupendo. ¿Nos lo puedes dar? —Miré a mi alrededor en busca de algún archivo.
—Los expedientes están almacenados en la oficina central.
—Vale, ¿y dónde está eso?
—En Santa Rosa, pero a esta hora ya no hay nadie allí.
—¿Y no están informatizados?
—Las únicas personas con acceso a ellos trabajan en la oficina principal.
La pescadilla que se muerde la cola.
—¿Y ahora qué? ¿Cómo vamos a averiguar si A. J. es Arthur Jillcott? —se lamentó Archie.
—¿Quién es Arthur Jillcott? —preguntó Deandra.
No le hice caso.
—Deandra, tenemos que encontrar a A. J. ¿Sabes dónde vive?
—Lo siento, eso tampoco lo sé. Pero tengo su número. ¿Quieres que lo llame?
—Inténtalo. Si contesta, no le digas que lo estamos buscando. Intenta averiguar dónde está, nada más.
Deandra llamó mientras todos esperábamos. Con cada tono, el corazón me latía más rápido. Saltó su buzón de voz.
—Si tiene a la señora Schultz, no va a contestar los mensajes —dijo Baz.
—Cuelga. Gracias de todas maneras —le dije yo.
—¿Alguien quiere explicarme qué pasa? —insistió.
—Cuando todo esto acabe, ya te lo contaré —contesté.
Volvimos al coche con paso lento.
—¿Cómo vamos a encontrar a A. J. ahora? —preguntó Archie.
Sus ojos me suplicaban que hiciera algo, pero no me quedaban ideas.
—Tal vez Chet lo sepa —sugerí—. Aunque tampoco sé cómo encontrarlo a él.
Baz se sacó el teléfono del bolsillo de los vaqueros.
—Ginger —dijo a modo de explicación.
Mientras él la llamaba, miré mi móvil. No había mensajes ni llamadas de Heath.
—¿No creéis que deberíamos acudir a la policía? —dijo Thomas.
—Le dejé un mensaje al detective Heath, pero tal vez deberíamos denunciar la desaparición. —Notaba que pasaban los minutos y no sabía si con cada uno de ellos la señora Schultz se encontraba en un peligro mayor.
Baz colgó.
—Ginger no sabe nada de Chet, pero me ha dicho que vive en el barrio de Old Mill, en River Street. Apartamento 207. También me ha dado su número de teléfono.
Baz tecleó los números mientras nos montábamos de nuevo en el coche. Al cabo de dos tonos, saltó el buzón de voz de Chet. Encendí el motor y Baz le dejó un mensaje.
En menos de diez minutos llegamos a Old Mill, donde habían reconvertido unos almacenes de principios de siglo XX en estudios y lofts de un dormitorio.
Aparqué en el primer sitio libre que encontré, a unas diez plazas de la puerta del Edificio 200, a pesar de que había carteles por doquier que indicaban SOLO RESIDENTES .
—Espero que esté en casa —dijo Archie.
—Dejo la llave en el portavasos. Archie, quedaos aquí tú y Thomas por si hay que mover el coche. Solo faltaría que se lo llevara la grúa o que nos lo dejaran encerrado. Volvemos enseguida.
Mientras Baz y yo nos acercábamos, vimos que Chet se disponía a entrar en el portal.
—Ahí está. ¡Chet! —lo llamé.
Se detuvo con la puerta abierta. Baz y yo corrimos hacia él.
—Gracias a Dios que te hemos encontrado —dije. No le di oportunidad de intervenir, aunque su ceño fruncido indicaba que tenía varias preguntas—. Necesitamos encontrar a A. J. ¿Sabes algo de él?
—Hace tiempo que no. ¿Por qué? —Dejó que la puerta se cerrara.
—Antes de nada, ¿sabes cuál es su verdadero nombre? ¿A. J. son las iniciales de Arthur Jillcott?
—¿Qué ha pasado?
Parecía lógico que se asustara al percibir nuestro pánico. Le expliqué nuestras teorías de la forma más abreviada posible.
—Oh. Madre mía.
—Sé que es tu amigo, pero existen muchas posibilidades de que él matara a Phoebe y de que ahora haya raptado a la señora Schultz. —Al decirlo en voz alta, un escalofrío helado me recorrió la espalda. Chet se rascó la frente y sacudió la cabeza con incredulidad—. ¿Sabes dónde vive? —pregunté.
—Ah, sí. —Salió de su asombro para responder—. Tiene alquilada la mitad de un dúplex en Quarry Ridge.
—Estupendo. ¿Por qué no nos acompañas? A lo mejor nos viene bien tu ayuda.
Nos dimos la vuelta en dirección al coche.
—Esperad, no puedo —gritó Chet sin moverse del sitio.
Nos dimos la vuelta para mirarlo.
—¿Que no puedes ayudarnos a encontrar a A. J. y a la señora Schultz? ¿Por qué?
—Yo, eh… No quería decíroslo, pero Cuqui se ha perdido.
—¡Ay, no! —exclamó Baz.
—Salimos a pasear, pero se soltó de la correa y desapareció. Iba a buscar una linterna para mirar debajo de los arbustos.
Primero desaparecía la señora Schultz y ahora Cuqui. Casi había alcanzado mi límite.
—De acuerdo, será mejor que lo busques —le dije.
Chet nos dio la dirección de A. J. y nos deseamos buena suerte antes de separarnos.
Baz sacó de nuevo el teléfono.
—¿A quién vas a llamar ahora?
—A la comisaría para ver si está Shep y, por si acaso, pedirle que venga a la casa de A. J. —dijo Baz.
—Buena idea. Y que informe a Heath de lo que está pasando.
Le dejó un mensaje a Shep y volvimos al coche.
Baz conocía bien la calle donde se encontraba el dúplex de A.
J., de manera que me guio hasta un barrio donde las casas estaban casi a pie de calle, solo separadas de la acera por un pequeño camino de entrada.
Reduje la velocidad para iluminar los números de las casas con los faros.
Justo cuando localicé el número de la casa de A. J., Archie exclamó:
—¡Esa es!
Una intensa luz amarilla iluminaba el estrecho porche delantero y los cuatro escalones que ascendían a él. En la barandilla se apoyaba un hombre que fumaba un cigarrillo. No distinguí quién era, pero no tenía los característicos rizos de A. J.
Aparqué junto al bordillo, delante de otro coche, y nos acercamos todos juntos a la casa. El hombre se irguió. Por detrás de él, la luz se filtraba a través de las cortinas de la ventana y la puerta estaba entreabierta. Las ventanas de la planta de arriba estaban completamente oscuras.
—¿Vive aquí A. J. Stringer? —pregunté desde el primer escalón.
El hombre señaló hacia arriba.
—En la planta de arriba. La escalera está detrás de mí, por esta puerta.
Subimos al porche.
—Pero no está en casa —continuó.
—¿Seguro? —preguntó Archie.
—Es una casa vieja, siempre lo oímos llegar. Por lo general no viene antes de las nueve. En ese sentido es un vecino estupendo, prácticamente solo viene a dormir.
Otro fracaso.
Dentro se oyó una puerta.
—¡Martin, la cena está lista! —gritó una mujer desde el interior de la casa y, a continuación, se oyó un portazo.
Martin le dio una calada profunda al cigarrillo y lo apagó en un platito lleno de colillas y ceniza situado en equilibrio sobre la barandilla. Nos hizo un gesto con la cabeza a modo de despedida, entró y cerró la puerta.
—¿Ahora qué? —preguntó Archie.
—Wil, a lo mejor nos estamos yendo por las ramas, ni siquiera sabemos si es él —dijo Baz con un deje de frustración.
—Pero tiene lógica. Lo sabía todo sobre Jeremy Jillcott y me insistió que era absurdo sospechar de él. Está claro que no quería que siguiéramos investigando a su hermano.
Temía que descubriéramos su secreto y se ha largado. Pero ¿y la señora Schultz?
Me sonó el teléfono. Con las prisas, casi se me cae al sacarlo del bolsillo. El nombre de Heath destelló en la pantalla. A toda prisa, respondí.
—¡Heath! ¿Recibiste mis mensajes?
—Sí. Hemos enviado un coche a casa de la señora Schultz. El grupo de póquer ya está allí, pero ella no. Tenemos a todo el personal buscándola y también estamos investigando a Arthur Jillcott.
—Estamos delante de la casa de A. J., pero él no está. Creemos que es él.
—Ya me lo ha dicho Shep. Marchaos a casa. Nosotros nos ocupamos.
—¿Vais a investigar a A. J.?
—Willa.
—Pero…
—Vete a casa.
—No tenemos personal suficiente para rescataros. Estamos centrados en localizar al asesino de Phoebe y posible secuestrador de la señora Schultz. Te pido por favor que no te metas en líos para que yo pueda hacer mi trabajo.
—Vale, vale.
—Hablamos luego. —Colgó.
—Quiere que volvamos a casa —les dije a los demás.
—Supongo que es buena idea —asintió Thomas con evidente alivio.
—¿Tiene idea de dónde podría estar la señora Schultz? No podemos dejar de buscarla —dijo Archie—. ¿Y A. J.? ¿Cree que es Arthur Jillcott?
Los buzones metálicos, uno encima del otro, brillaban bajo la luz del porche. Llevada por una corazonada, levanté la tapa del suyo y metí la mano. Noté que había tres cartas y las saqué.
Un folleto publicitario iba dirigido a A. J. Stringer, pero el segundo sobre nos facilitó la respuesta que buscábamos.