Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2) Capítulo treinta y uno
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Capítulo treinta y uno

CAPÍTULO TREINTA Y UNO

B az volvió al trabajo y nosotros estuvimos atareados con clientes a lo largo de todo el día. Como la sopa de queso a la cerveza se acabó, preparamos una segunda tanda para tocar a una ración cada uno después de cerrar.

—Supongo que recordaréis que esta noche no me quedo a trabajar en la carroza —dijo la señora Schultz mientras hacía inventario de los quesos refrigerados—. Es mi noche de póquer.

—Claro, no se preocupe. Roman tiene una cita fuera del pueblo, así que mejor cancelamos la reunión. A usted la esperan en casa, ¿verdad? ¿No quiere irse ya? Archie y yo nos ocuparemos de cerrar, ¿eh, Archie?

—Claro, no hay problema. Usted me cubrió esta semana, señora Schultz. —Archie le tendió la mano para que le pasara la hoja de inventario.

—Váyase, señora Schultz, y diviértase —insistí.

—De acuerdo. Os lo agradezco. Siempre hay muchas cosas que hacer antes de que vengan mis amigas —dijo la señora Schultz.

Le pasó la carpeta sujetapapeles a Archie y se cambió el delantal por el anorak antes de salir por la puerta principal. Volví a echar la llave.

—¿Por qué no trabajamos tú y yo en la carroza de todos modos? —preguntó Archie.

—¿Te apetece?

—Mi madre está muy plasta últimamente. No me deja en paz desde el asesinato. Llevo tiempo diciéndolo, pero de verdad que necesito irme de casa.

Me reí por lo bajini. La madre de Archie era una madre osa, aunque también era cierto que todos nos mostrábamos muy protectores con él.

—La carroza tiene que estar terminada para el fin de semana, así que me parece estupendo. Esta noche nos quedamos tú y yo.

Tras cuadrar la caja, pasé una mopa por el suelo pulido mientras recordaba con tristeza lo bien que habrían quedado las alfombras Aubusson color carmesí que tanto me gustaban.

Pero como lo de la presentación de Phoebe había salido regular, por no decir fatal, tenía que dejar de quejarme y esperar un poco más para comprarlas.

Y ni siquiera podía plantearme la posibilidad de hacer alguna otra actividad en la quesería hasta que el asesinato de Phoebe quedara resuelto.

Después de varias tareas más, la tienda quedó preparada para el día siguiente.

—¿Estamos listos? —Nos quitamos los delantales y me dispuse a apagar las luces.

—Sí. Uy, no te olvides de Guernsey.

—¡Es verdad! —Abrí la puerta principal y Archie salió para recoger el espantapájaros—. Hace una noche ventosa. Menos mal que te has acordado.

Archie agarró a Guernsey, pero se detuvo en seco.

—¿Por qué sigue ahí la bici de la señora Schultz?

Tenía razón. La inconfundible bicicleta rojo cereza con su cestita de flores seguía enganchada al soporte, debajo de la farola, en el mismo lugar donde la había aparcado por la mañana.

Solo vivía a ocho manzanas y siempre volvía a casa en bici.

A veces Baz se ofrecía para llevarla en su camioneta, pero incluso entonces, a no ser que lloviera, ella rechazaba el ofrecimiento.

Miramos a ambos lados de la calle, pero no había ni rastro de ella. Las aceras estaban vacías, ya que el flujo de peatones y coches disminuía en cuanto daban las seis y cerraban los negocios.

Me palpé los bolsillos.

—Me he dejado el teléfono dentro.

Volvimos al interior con el espantapájaros. Busqué mi móvil, pero Archie ya había sacado el suyo del bolsillo de las bermudas y estaba marcando el número de la señora Schultz. Puso el altavoz. Sonó una sola vez y se cortó. Volvió a llamar. Un tono y, de nuevo, silencio.

La cara de Archie reflejó mi preocupación. Aparté la desagradable sensación de que algo no iba bien. Tenía que haber una explicación lógica para que la bicicleta de la señora Schultz siguiera en la acera y para que su teléfono estuviera apagado.

—Deja que intente llamarla yo. Voy al despacho a por mi teléfono.

No había razón alguna para que el resultado fuera distinto desde mi móvil, pero aun así lo intenté. Fui a buscarlo y volví a la tienda mientras tecleaba.

—Tengo un mensaje suyo. —Dejé que mis nervios se calmaran mientras pulsaba el botón del buzón de voz. Archie y yo sonreímos aliviados.

La voz de la señora Schultz decía: «Willa, creo que sé quién mató a Phoebe. Arthur…». El mensaje se cortó.

—¿Ya está? —dijo Archie dejando de sonreír—. ¿Qué ha dicho? ¿Arthur?

Mi nerviosismo subió como en un ascensor y esta vez llegó hasta la planta de arriba. Volví a poner el mensaje. Parecía como si alguien la hubiera cortado.

—Voy a llamar a Heath. —Tecleé su nombre en los contactos y esperé unos segundos interminables hasta que dejó de sonar.

Saltó el contestador—. Heath, soy Willa.

Llámame en cuanto oigas este mensaje. Creemos que a la señora Schultz se la ha llevado alguien que se llama Arthur.

Tenemos que averiguar quién es ese Arthur.

—Colgué—. Vamos a la comisaría en el coche —le dije a Archie—. Tal vez Heath esté allí.

Salimos por la puerta principal y cerré rápidamente con llave. Rodeamos el edificio por el callejón y, al llegar a los pies de mi escalera, casi nos chocamos con Baz.

—Acabo de llegar. Iba a verte —me dijo. Se fijó en nuestra cara de pánico—. ¿Qué pasa?

Con la respiración entrecortada, logré decir:

—Súbete al coche. Te lo explicamos por el camino.

Archie le puso a Baz el mensaje de la señora Schultz mientras yo sobrepasaba el límite de velocidad en dirección al complejo de seguridad pública.

Detuve el coche junto al bordillo, delante de la comisaría, y eché el freno de mano. Corrimos hacia la puerta como almas que lleva el diablo, pero no se abrieron. Por la noche cerraban las instalaciones.

Archie vio un teléfono de emergencias al lado de la puerta. Lo descolgué y al otro lado sonó un operador.

—Policía de Yarrow Glen. ¿Es una emergencia?

—Una amiga nuestra ha desaparecido. ¿Está ahí el detective Heath?

—¿Nombre?

—¿Cómo?

—Que cuál es su nombre.

—Willa Bauer. Por favor, no tenemos tiempo. ¿Puede dejarnos entrar para que hablemos con el detective Heath?

—¿La persona desaparecida es menor de edad?

—No, pero…

—¿Cuánto tiempo lleva desaparecida?

—Unos… ¿treinta minutos? No contesta al teléfono y sabemos que le ha pasado algo malo.

—¿Quiere presentar una denuncia por desaparición?

—No. Necesito hablar con el detective Heath.

—Le paso. Aguarde unos instantes.

—No, espe… —Saltó de nuevo el buzón de voz del detective Heath y colgué—. ¿Dónde está este hombre cuando lo necesito?

—¿Cómo podemos averiguar quién es Arthur? —preguntó Archie.

Me puse a darle vueltas.

—A ver, chicos, ¿sabéis de algún Arthur? No tenemos ningún sospechoso con ese nombre, ¿verdad?

Archie y Baz sacudieron la cabeza.

—¿Alguna vez os ha mencionado a algún Arthur el detective Heath? —preguntó Baz—. ¿Alguien relacionado con el caso?

—A mí no —contestó Archie.

—Heath dijo que estaban revisando la lista de los inquilinos que habían tenido acceso a la contraseña de la cámara de seguridad. Tal vez haya un Arthur en esa lista —sugerí.

—¿Y cómo hacemos para que la policía nos proporcione esa lista? —preguntó Baz.

—La policía no nos la va a dar. Tenemos que ponernos en contacto con los propietarios de la casa —decidí.

—Podemos buscarlos en internet. ¿Os acordáis cuando estábamos junto a la carroza y Roman dijo que los nombres de los propietarios aparecían en la relación de propiedades en alquiler? —Archie ya había sacado el teléfono y estaba tecleando «alquiler vacacional en Yarrow Glen».

—Tendría que haber buscado la relación de casas de alquiler esa misma noche. ¿Por qué no lo hice? —Me puse a caminar de un lado para otro con impaciencia mientras me lo recriminaba en silencio.

Archie levantó la vista de su teléfono.

—La teoría de que los propietarios estuvieran involucrados no cuadraba. Esa es la razón.

Recordé aquella conversación.

—¡Eso es! Fue Thomas quien alquiló la casa. Está a su nombre. Él tendrá el número de teléfono de los propietarios.

Corrimos hacia el coche y salimos pitando hacia el hotel. Cuando irrumpimos en el vestíbulo, Constance se sobresaltó.

—¿Has visto a Thomas? —le chillé a la pobre.

—Está en El Sótano —contestó al percatarse de mi urgencia.

Echamos a correr por el pasillo, abrimos de golpe la puerta roja y bajamos los escalones. Thomas, completamente ajeno a la situación, estaba solo en una mesa tomándose una cerveza. Lo rodeamos.

—Thomas, tienes que ayudarnos. La señora Schultz ha averiguado quién mató a Phoebe —balbuceé.

—¿Qué? —Nos miró uno a uno mientras intentaba entender la razón de nuestro pánico.

—Creemos que el asesino de Phoebe ha raptado a la señora Schultz —dijo Baz con más claridad.

Thomas abrió mucho los ojos y puso cara de comprender.

—¿Cómo puedo ayudaros?

—Necesitamos que llames a los propietarios de la casa que alquilaste para Phoebe y les preguntes si la lista que le han pasado a la policía incluye a un tal Arthur. Es lo único que tenemos.

Thomas sacó el móvil y buscó el contacto. Llamó, activó el altavoz y explicó rápidamente lo que necesitaba.

El hombre que había contestado al teléfono dijo:

—No lo recuerdo. Un momento, lo miro en la lista. Cariño, ¿dónde está la lista de inquilinos que le dimos a la policía? —Nos agolpamos con impaciencia alrededor de Thomas mientras la pareja buscaba la lista—. Aquí está. —Contuvimos la respiración—. No, no hay ningún Arthur. Lo siento.

—De acuerdo. Gracias de todos modos. —Thomas colgó.

Abatida, me dejé caer en una silla. Archie y Baz hicieron lo mismo.

—Estaba convencida de que estaría en esa lista. —Traté de elegir otra posibilidad del montón de información que teníamos del caso, pero la cabeza me daba vueltas. No podía pensar con claridad—. ¿Quién será ese Arthur?

—El hermano de Jeremy se llama Arthur —dijo Thomas casi con indiferencia.

—¿Qué? —Apreté a Thomas por el brazo como si así fuera a salir más información—. ¿Por qué no nos lo has dicho antes?

—No tiene por qué ser el Arthur del que estáis hablando —contestó.

—Sería mucha casualidad que no lo fuera. —Baz le arrebató la cerveza y le dio un buen sorbo.

—¿Pero cómo iba a saber la señora Schultz lo de Arthur? —dije—. Nos dijiste que Jeremy tenía un hermano y una hermana, pero no nos dijiste cómo se llaman.

—Estoy casi seguro de que se lo dije ayer a la señora Schultz cuando fuimos juntos a la comisaría —dijo Thomas.

—Y ahora nos lo dices a nosotros —refunfuñó Baz.

—Lo siento, ha salido en la conversación.

—De acuerdo. Entonces ella sí que sabe su nombre. ¿Cómo ha dado con él? —pregunté.

—¿Y cómo vamos nosotros a dar con él? —Archie tamborileó la mesa con nerviosismo.

—Es probable que lo hayamos tenido todo este tiempo delante de las narices, pero en su lugar yo he investigado a Ginger, a Lou, a A. J…. —me reproché.

—Para ser sincero, me hubiera gustado más que fuera A. J. Stringer —dijo Thomas—. No me gusta ese tío.

—A. J. Stringer —repetí—. Me contó que antes era periodista autónomo—. ¿ Stringer no significa eso en inglés?

—Ni idea —dijo Baz.

Thomas y Archie, confusos, se encogieron de hombros.

—¿A vosotros os parece un nombre real? —pregunté. De repente, las piezas encajaron—. A. J. tiene las mismas iniciales de Arthur Jillcott, el hermano de Jeremy Jillcott.

Nos miramos unos a otros mientras asimilábamos el descubrimiento. Archie, Baz y yo nos levantamos de un salto sin decir una sola palabra más y nos dirigimos a la puerta con Thomas detrás.