Capítulo treinta
CAPÍTULO TREINTA
M e quedé sentada un ratito más para estar segura de no encontrarme con Ginger al salir. Roman entró en la sala de catas.
—¿Cómo fue la cosa? —preguntó.
—¿Se ha ido ya?
—Sí. No parecía muy contenta con Chet.
—No era mi intención meter a Chet en un lío. A esa chica no le caigo demasiado bien.
Se sentó a mi lado en el sofá.
—¿De verdad crees que fue ella?
—No lo sé. Pudo ser ella o Thomas o Lou…
—¿Lou? ¿El del colmado?
—Es una larga historia. También está A. J.
—Espera. ¿No manipuló alguien los frenos de su coche y os amenazó a los dos?
—Es complicado. Por un momento creí que el antiguo ayudante de Phoebe era el asesino, pero resulta que tiene una coartada sólida.
—¿Qué te hizo pensar que fue él?
—Había una foto… —Me concentré en la historia que nos contó Archie sobre aquella foto.
—¿Willa?
—Había una foto, pero ya no la hay.
—No me entero.
—Se llama Jeremy Jillcott. Tiene una coartada, pero quizá…
—Conozco esa cara, Willa. Los engranajes de tu cabeza no paran de girar.
—Pensé que su coartada demostraba que era inocente, pero quizá envió a alguien para que la matara. Le envió una foto a Phoebe que desapareció después y que nunca se ha incluido como prueba. Estaba dispuesta a descartar a Jeremy, pero ¿dónde ha ido a parar esa foto?
Saqué el teléfono y busqué la foto que tenía de Jeremy Jillcott.
—¿Recuerdas haber visto a este chico por aquí la semana pasada, antes de la presentación de Phoebe, o a alguien que se le parezca? Thomas me dijo que tiene un hermano y una hermana.
Roman la contempló.
—No sé decirte, podría haberlo visto y no acordarme. Siento no resultarte útil.
Nos reclinamos a la vez en el sofá, hombro con hombro. Era la primera vez que estaba tan cerca de él sin sentir un cosquilleo. Me sentía cómoda, que era también agradable.
—Me resultas útil solo por estar aquí —dije.
En su cara se esbozó una sonrisa lenta y, antes de darme cuenta, el cosquilleó volvió. Eso explicó mi siguiente arrebato:
—¿Quieres salir a cenar luego?
—Me encantaría, pero esta noche voy a visitar el nuevo almacén. Ese del que te hablé, en Penngrove, ¿te acuerdas?
—Ah, sí. Qué emoción. Espero que cumpla tus expectativas.
—¿Aplazamos la cena?
—Se nos acumulan las cenas aplazadas.
—Tienes razón. Hay que hacer acopio para el invierno, que está a la vuelta de la esquina —dijo con un guiño.
—Esta semana es la fiesta de la cosecha.
—Sí —contestó sin dejar de mirarme a los ojos.
Unos ladriditos explotaron nuestra burbuja romántica y nos alertaron de la presencia de Cuqui justo antes de que bajara los escalones para ver qué se cocía en la sala de catas. Chet entró tras él.
—Perdonad. Es como si supiera que este es el único sitio donde no puede entrar. —Chet lo tomó en brazos.
—Intentaremos tener la puerta cerrada —dijo Roman sin alterarse.
Mucho más tranquila, me despedí de Roman y de Chet antes de volver a ¿Qué Sería?
Al acercarme a mi tienda, reconocí la figura robusta de Baz, con su camiseta de La Ferretería de Carl y sus vaqueros holgados, junto al mostrador de las degustaciones.
Estaba hablando de la sopa de queso a la cerveza con una señora mayor mientras Archie y la señora Schultz cobraban.
—Estoy deseando llegar a casa para prepararla. A Earl le va a encantar —dijo la clienta. Se despidió de ellos y pasó por mi lado con una sonrisa.
—Basil, eres un vendedor excelente, te lo digo por si alguna vez te planteas cambiar de profesión —le dijo la señora Schultz a Baz. Como había sido profesora suya, era la única que podía permitirse llamarlo por su nombre completo, aparte de su madre.
—Me volvería loco si tuviera que quedarme quieto en un sitio, pero las condiciones laborales sí que me gustan. —Se sirvió otro poco de sopa.
—Sabrás que esa sopa lleva otro tipo de queso además del cheddar —le advertí. Poco a poco, iba acostumbrándolo a distintos quesos, ya que me había propuesto ampliar sus horizontes queseros.
—La cerveza lo camufla —contestó—. Te estaba esperando.
—¿Qué pasa? —Confiaba en que Ginger no le hubiera dicho nada sobre nuestra conversación. No nos encontrábamos en nuestro mejor momento.
—¿Podemos hablar? —me preguntó.
—Todo controlado por aquí —dijo Archie en referencia a la tienda. Había poca clientela.
—Gracias —contesté. Llevé a Baz a mi despacho.
Me senté en el brazo de mi viejo sofá de cuero, que ocupaba todo el espacio del apretado despacho. Baz se dejó caer en la silla junto al escritorio y la giró para mirarme.
—Lo siento —dijimos al unísono.
No pude evitar sonreír. Era imposible guardarle rencor.
—No tendría que haberte puesto en la tesitura de interrogar a Ginger —dije—. Espero no haber estropeado nada entre vosotros.
—No te preocupes por eso. ¿Por qué no me contaste lo de los frenos de A. J. y lo de la amenaza? Me he enterado por uno de mis clientes. Está en boca de todo el pueblo. Podrían haberte matado.
—Tal vez sí. O tal vez no.
—¿Qué quieres decir?
—Heath cree que A. J. pudo fingir el accidente para evitar sospechas sobre él.
—Guau. ¿Y tú qué crees?
—No lo sé. Me dio la impresión de que pisaba el freno y parecía asustadísimo, pero ya sabemos lo bien que se le da mentir después del paripé que montó con las fotos. Heath dice que también es posible que alguien manipulara los frenos de forma remota.
—¿Un pirateo informático?
—Exacto. Dice que es poco probable, pero no imposible.
—Pero para eso tienes que ser ingeniero informático o algo por el estilo.
Ingeniero informático. ¿No dijo Ginger que estudiaba ingeniería en la Universidad de California antes de entrar en la escuela de cocina? Me pregunté en qué clase de ingeniería estaría matriculada, pero no quise planteárselo a Baz justo ahora que acabábamos de hacer las paces.
—No parece que nuestra lista de sospechosos se haya reducido —dijo él mientras mis sospechas sobre Ginger volvían a avivarse.
—Pues no. —Era una suerte volver a contar con Baz para esclarecer el asesinato—.
Ah, ya he resuelto el misterio de los libros que aparecieron en el contenedor.
Fue Lou quien los tiró. —Comencé a relatarle a un Baz boquiabierto la relación de Lou con Phoebe y lo que este me había contado sobre Ginger—.
Por eso sospeché de Ginger, pero ¡no sabes lo que ella me contó después!
—Le expliqué entonces que Lou había dejado la escuela de cocina por culpa de Phoebe y que me había mentido.
—No me extraña que tengas esto hecho un desastre. Tienes un montón de cosas que hacer. —Baz se fijó en el desorden del despacho.
—Ya, pero esto es por culpa de Cuqui.
—Ah, ¿dónde está ahora Tosco?
—¿La señora Schultz y Archie no te lo han dicho? Lo he llevado a la destilería. Chet me dijo que él se va a encargar de cuidarlo.
—Ah. —Baz se cruzó de brazos.
—¿Recuerdas que te lo dije? Y como me diste a Cuqui, pensé que estabas de acuerdo.
—Sí, claro que estoy de acuerdo. De todos modos, no podía llevarlo siempre al trabajo, así que mejor. —El mohín de su boca me indicó lo contrario.
—Bueno, puedes ir a visitarlo siempre que quieras.
Baz soltó una carcajada.
—Lo que me faltaba es ir a visitar a un perro.
—Allá tú, pero está justo enfrente.
—¿Sabe Chet que le gusta el pienso seco mezclado con la comida húmeda? ¿Le has llevado el juguete azul que pita? Es su favorito. A lo mejor me paso por allí para asegurarme.
—Buena idea.
Salimos del despacho y pasamos por el almacén hasta la tienda.
—¿Sois otra vez amigos? —preguntó la señora Schultz desde el mostrador de caja, donde estaba limpiando.
—Nunca dejamos de serlo —dijo Baz pasándome el brazo por el cuello para darme un abrazo que parecía más un movimiento de lucha libre.
—Me encanta recibir cariño, pero menos es más. —Me zafé de su achuchón.
—Ahora que el equipo está de nuevo al completo, intentemos resolver esto de una vez por todas —dijo Archie. Era la primera vez en varios días que recuperaba su habitual optimismo.
No quería desanimarlo, pero había que ser realista.
—Ya me gustaría a mí, pero nuestra lista de sospechosos es más larga que nunca.
—¿Ha averiguado algo Heath del acosador? —preguntó Baz.
Le hablé de Jeremy y reflexionamos sobre las posibles razones de que la foto desapareciera.
—Thomas dijo algo sobre Jeremy cuando nos acercamos ayer a la comisaría, pero nada que no supiéramos —dijo la señora Schultz.
—La policía está siguiendo otra pista. —Le conté a Baz lo que Heath me había dicho sobre las claves de la cámara de seguridad. Los propietarios nunca habían cambiado esa clave, de manera que cualquiera que hubiera alquilado alguna vez la casa podría haber borrado las imágenes.
—¿No podemos conseguir la lista de los inquilinos de la casa? —preguntó.
—Heath dice que están investigando esa lista. No había sospechosos evidentes en ella, pero están examinando a todos los inquilinos por si existe algún tipo de conexión con Phoebe. Es una lista larga.
—Genial. —El entusiasmo de Archie se esfumó.
—Habrá que tener paciencia y dejar que el detective Heath haga el trabajo de campo —dijo la señora Schultz.
Todos le dimos la razón, pero yo seguía pensando en las distintas posibilidades. La paciencia no es mi punto fuerte.