Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2) Capítulo veintinueve
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Capítulo veintinueve

CAPÍTULO VEINTINUEVE

V olví dentro y puse al día a Archie y a la señora Schultz sobre lo que Heath acababa de contarme o, mejor dicho, sobre los detalles que ellos no habían conseguido captar mientras pegaban la oreja.

Y parecía que alguien más quería meter baza en la conversación: Cuqui apareció por la puerta del almacén.

Lo tomé en brazos y recibió las caricias de todos.

—Claro que sí, pequeñín. Ya es hora de que te lleve a la destilería para que te diviertas un poco —le dije a la simpática bola de pelo.

—¿A Baz no le importa que Chet cuide de Cuqui? —preguntó Archie mientras dejaba que Cuqui le lamiera la mejilla.

—Todavía no se lo he dicho. Ayer tuvimos un pequeño desencuentro.

—¿Basil y tú? ¿Por qué? —La señora Schultz pareció sorprendida.

—Yo quería que le preguntara a Ginger por Phoebe, pero como a Baz le gusta Ginger, se niega a considerarla sospechosa.

—Las gafas del amor pueden resultar peligrosas —observó la señora Schultz.

—Lo sé. No quiero que sufra ningún daño ni que corra peligro si al final fuera ella la asesina. La última vez que hablé con Chet de este asunto me dijo que Ginger se negaba a hablar de Phoebe. Me pregunto si eso habrá cambiado después de que Chet saliera anoche de la comisaría…

—¿Se lo vas a preguntar? —repuso la señora Schultz con escepticismo.

—Como voy a llevarle a Cuqui, intentaré sacarle el tema. Aunque antes tendré que dorarle un poco la píldora.

—¿Qué tal con un poco de queso? —Archie levantó la tapa de la olla eléctrica.

—Buena idea. Prepárame un recipiente con sopa para Chet mientras yo voy a buscar la comida y los juguetes de Cuqui.

Pensé que el pobre Cuqui merecía tener una maletita perruna para hacer frente a tanto ajetreo y deseé que lo quisieran mucho cuando encontrara un hogar definitivo. Nunca se quejaba por más que lo lleváramos de acá para allá.

Con las cosas del perro y la sopa, crucé la calle acompañada de Cuqui. Un hombre acechaba junto a la puerta principal con una gorra de los Oakland Athletics calada hasta los ojos. Cuando me acerqué, oí que siseaba mi nombre, y me sobresalté.

Era A. J. No llevaba su habitual chaqueta y nunca lo había visto con sombrero. Los rizos negros se enroscaban alrededor de la gorra.

—Ostras, A. J., menudo susto me has dado.

Echó un vistazo a ambos lados de la acera y se detuvo para mirar con recelo a una pareja que salía de una tienda de segunda mano y a una mujer que empujaba un carrito calle arriba.

—He visto a ese detective en tu tienda. ¿Te ha dicho algo de mi coche? —dijo en voz baja.

—¿Algo como qué?

—Como si han encontrado algún tipo de prueba sobre quién intentó matarnos —susurró la palabra «matarnos» y se caló la visera de la gorra aún más.

—Me ha dicho que lo están investigando.

—¿Nada más?

No sabía si estaba paranoico porque alguien había intentado matarlo o si quería disimular afirmando que alguien había intentado matarlo. En cualquier caso, se le daba bien ir de incógnito.

—Venga ya, dame alguna información —suplicó—. Un quid pro quo .

—La última vez que hablamos de intercambios, me mentiste.

—Te mentí sobre la información que tú me diste sobre la casa, pero la información que yo te di era cierta.

—No veo la diferencia.

Intenté esquivarlo, pero me cortó el paso y se apresuró a decir:

—Vale, empiezo yo. ¿Te acuerdas del primer ayudante de Phoebe del que me hablaste? Ese que se marchó sin que nadie volviera a saber nada de él…

Me detuve.

—¿Jeremy? ¿Qué has averiguado? —Necesitaba saber qué me había ocultado Heath.

—¿ Quid pro quo entonces?

Solté un gruñido.

—Venga, sí. ¿Qué sabes de Jeremy?

—Su nombre completo es Jeremy Jillcott. Está en rehabilitación en Austin, Texas, en uno de esos centros de internamiento de cuidados intensivos donde no está permitido salir ni recibir visitas durante los primeros noventa días. Lleva allí al menos dos meses.

—¿Cómo lo has averiguado? He sido incapaz de encontrar nada sobre él.

—Como periodista, puedo presumir de ser más hábil investigando que una quesera. En cualquier caso, Jeremy es un callejón sin salida.

La decepción me embargó. Heath tenía razón, su coartada era irrefutable. Eso explicaba que dejara de ser ayudante de Phoebe y que Thomas no lo encontrara. Tuvo que sufrir una recaída.

—¿Y bien? —dijo A. J.

—Y bien qué.

—¿Dónde está mi quid pro quo ? ¿Qué te ha dicho el detective de mi coche?

—Ya te lo he dicho. Siguen investigando.

—Venga ya. Ya os he visto cómo estáis juntos. Ha tenido que darte más información.

—¿Qué quieres decir con «cómo estáis juntos»? —Ahora era yo quien escrutaba la acera por temor a que alguien nos oyera.

—Soy periodista. Observo a la gente. Os acercáis mucho. Os he visto hablar en voz baja con las cabezas muy juntitas. Ahí hay algún tipo de relación.

Protesté con un balbuceo:

—No… no hay ningún tipo de relación.

—Oye, eso es asunto tuyo. Yo solo quiero saber sobre lo mío.

—¿Quieres un consejo? —dije y capté toda su atención. Se inclinó hacia mí mientras yo le susurraba—: Sería mejor que le quitaras el precio a tu gorra. —Le di un golpecito a la etiqueta blanca que le colgaba de un lado.

Se quitó la gorra para tirar de la etiqueta hasta arrancarla y volvió a encajársela lo más abajo que pudo.

Enfurruñado, se alejó sin una palabra más y sin una caricia a Cuqui.

Me encogí de hombros con la vana esperanza de que se estrellara contra una farola con esa gorra ridícula calada hasta los ojos.

Me detuve en la puerta de la destilería.

Necesitaba hablar con Chet, pero me sentía mal por haber hecho que la policía lo interrogara después de que yo delatara a A.

J. Ahora tenía que pedirle otro favor. ¿Era mi sopa de queso a la cerveza tan deliciosa como para que confiara en mí después de todo eso?

El tintineo de una campanilla en la puerta anunció mi llegada con Cuqui, la sopa y la esperanza de que alguna de esas dos cosas ablandara a Chet.

La destilería de hidromiel El Valle de Oro tenía un aire industrial, con su suelo de hormigón, sus vigas pintadas de gris y su ladrillo visto.

La austeridad del local hacía que la atención de los clientes se centrara en las elegantes botellas traslúcidas de hidromiel, alineadas sobre estanterías de madera, que cubrían un amplio abanico de tonos dorados, con sabores que se extendían desde el fresco néctar de pera a la grosella negra, más intensa.

El local parecía tranquilo: en la tienda solo estaban Roman y Chet. Me alegró ver que Chet sonreía al verme entrar, al igual que Roman, aunque tal vez fuera por Cuqui. Era difícil no sonreír al verlo.

—Aquí lo tienes. Espero venir en buen momento —anuncié.

Chet se acercó y me lo quitó de los brazos. Cuqui movió la cola con nerviosismo, tanto que casi se cae. Para no sentirme despreciada, quise creer que Cuqui prefería a los hombres. Solté la bolsa de la comida y los juguetes.

—Me has leído la mente —dijo Roman—. Estaba a punto de ir a tu tienda. Mañana haremos una cata y necesito una bandeja de quesos. —Entonces se inclinó y dijo en voz más baja—: Y así tenía una excusa para verte.

—No la necesitas —contesté.

Me dio la impresión de que mi respuesta le sorprendió tanto como a mí. Con las cejas levantadas, asintió:

—Tomo nota.

—Espero que no haya problema con que Chet cuide de Cuqui hasta que encontremos una ubicación definitiva para él.

—Nos vendrá muy bien para el negocio, siempre y cuando no entre en la sala de catas —dijo Roman.

—Hasta le he comprado una camita —añadió Chet, señalando un cojín mullido junto a la caja registradora.

Roman se fijó en el recipiente con sopa que llevaba en la mano.

—¿También has traído comida?

—No te emociones. En realidad es para Chet.

—¿Para mí? —Chet soltó a Cuqui en el suelo y le dejó explorar la tienda.

—Es sopa de queso a la cerveza. Espero que la disfrutes —expliqué.

—Seguro que sí, pero ¿por qué?

—Siento haberte metido en un lío con A. J. ayer. Lamento haberte acusado de participar en la mentira de A. J. y que la policía te interrogara.

Chet se echó a reír y aceptó la sopa.

—No es culpa tuya. Fue A. J. quien sacó las fotos y quien mintió.

—Espero no haber metido la pata al mencionárselo a Ginger. Resulta que ayer me encontré con ella al volver y pensé que lo sabría, dado que tú y ella os escribisteis antes de que sucediera el accidente de coche.

—Bueno. No le dije nada porque no quise preocuparla.

—Uy, lo siento.

—No pasa nada. Ya he aprendido que se altera con facilidad.

Sonó una campanilla, pero la ignoré.

—¿Y qué dijo Ginger de todo eso?

—¿Sobre qué? —preguntó una voz por detrás de mí.

Me di la vuelta y vi que Ginger acababa de entrar en la destilería.

Tierra, trágame.

—Hola, Ginger. No sabía que estabas aquí —dije con una sonrisa en la cara.

—Ya lo veo. Mira, Willa, si tienes algo que preguntarme, pregúntamelo a mí directamente.

No necesitas a Chet de intermediario. —Su coleta alta rebotó mientras se acercaba a nosotros, vestida con una minifalda vaquera y una camiseta de la librería y cafetería Lee y Más, y con una pequeña bolsa de papel en la mano que le pasó a Chet.

—Te he traído el almuerzo. —Se fijó en el recipiente que Chet tenía en la mano—. ¿Eso qué es?

—Sopa. Me la ha traído Willa.

Estaba claro que yo cada vez le caía peor.

—Tienes razón —le dije a Ginger—. Tendría que haber hablado contigo. ¿Podemos hacerlo ahora?

—Podéis ir a la sala de catas —propuso Roman y se dirigió hacia la parte de atrás de la tienda para abrirnos la puerta. Me encantaba que estuviera de mi parte.

Aunque noté la reticencia de Ginger, dejó que la condujera a la otra sala. Roman encendió las luces y cerró la puerta al salir. Por fin, Ginger se sentó en una de las butacas de cuero.

—¿Por qué les preguntas a Chet y a Baz cosas sobre mí? —dijo antes de que terminara de sentarme en el sofá, enfrente de ella.

—¿A Baz?

¿Le habría contado Baz que yo sospechaba de ella?

—Anoche me preguntó por Phoebe. Ahora tú le preguntas por mí a Chet. Así que imagino que le dijiste a Baz que me interrogara a ver qué podía sacarme.

De forma inevitable, me alegré de que Baz le hubiera preguntado por Phoebe después de nuestra discusión, aunque no deseaba que eso se interpusiera en su reciente amistad…, siempre que ella no fuera una asesina, claro.

—No, no le dije nada. Seguro que Baz solo quería sacar algún tema de conversación —mentí por una buena causa—. Pero dado que eres quien conocía a Phoebe desde hace más tiempo, tenía más preguntas sobre ella.

—Ya te lo dije: llevábamos años sin hablar. Fuimos a la escuela de cocina juntas y luego tomamos caminos separados. La gente hace eso, ¿sabes? Tampoco mantengo amistad con mis compañeros de la Universidad de California y allí pasé el mismo tiempo que en Sadler.

—Pero cuando te enteraste de que Phoebe quería verte, según me contó Chet…

—Me callé, aunque demasiado tarde. Los ojos profundos de Ginger se entornaron.

Oh, oh… Iba a tener que compensar a Chet con algo más que una sopa de queso a la cerveza—.

Créeme, Chet no tenía ni idea de por qué se lo pregunté, pero me contó que parecías estar enfadada con Phoebe y que no querías verla.

Ginger suspiró y apartó la vista.

¿Había sido demasiado directa? Me dio la impresión de estar interpretando el papel de poli malo sin querer. Ella volvió a mirarme.

—Está bien. Después de la escuela de cocina no montamos una cafetería juntas porque ella insistió en que el veganismo no era rentable.

Había cambiado de planes sin avisarme y se había presentado al casting del programa de televisión.

Y, años después, ahí estaba ella, autoproclamándose reina del veganismo.

Así que, en efecto, tienes razón, no quise verla cuando vino al pueblo.

—Es normal que no quisieras quedar con ella, sobre todo si te robó algunas recetas…

—¿Qué? ¿Por qué dices eso?

—Vi las recetas de ortigas en su primer libro de cocina y Lou me contó que tú le enseñaste mucho sobre cocina vegana.

—¿Lou? —Soltó una risa forzada—. Supongo que lo diría para protegerse. Fue él quien dejó Sadler por culpa de Phoebe.

—¿No dejó la escuela por el infarto de su padre?

—No. Lo del infarto fue meses después.

—¿Estás segura?

—Segurísima. Lo recuerdo porque me enteré en su tienda.

Yo ya vivía aquí. Personalmente, creo que le daba mucha vergüenza volver a clase porque se dejó engatusar por ella de un modo increíble.

Quedó como un bobo, aunque casi todos los chicos reaccionaban así con ella.

Bueno, ya la viste. Phoebe recibía toda la atención, tanto de los alumnos como de los profesores.

—¿Más que tú? —Un rato antes, cuando entró en la destilería, me fijé en que tanto Chet como Roman admiraban su esbelta figura.

—Yo no tengo lo que ella tenía. No era solo su apariencia.

Phoebe lograba que todo el mundo quisiera agradarla para formar parte de su círculo más cercano.

Pero una vez dentro, era como quedar atrapado en una red.

—Miró por detrás de mí y me di cuenta de que sus pensamientos estaban muy lejos de allí.

—¿Por qué no defendiste a Lou entonces?

—Yo no sabía quién había robado a quién. No fue hasta más tarde… —Se quedó callada.

—¿Hasta que te robó las recetas de tu abuela?

—Tengo que volver a la cafetería. —Ginger abandonó su butaca, pero se dio la vuelta al llegar a la puerta—. Para contestar la pregunta que sé que te gustaría hacerme: yo no maté a Phoebe Winston. —Se sirvió de ambas manos para abrir la puerta de granero y salió de la sala de catas.

Supongo que era de esperar que se mostrara tan a la defensiva. No había admitido que Phoebe le hubiera robado las recetas de su abuela, pero los indicios eran claros. Era una pena que Phoebe se hubiera servido de todas sus virtudes para aprovecharse de los demás.

Y lo de Lou fue toda una revelación. Ginger y él no tenían reparos en señalarse el uno al otro. Por mi parte, eso significaba que no podía fiarme de ninguno de los dos.