Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2) Capítulo veintiocho
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Capítulo veintiocho

CAPÍTULO VEINTIOCHO

P or lo general, la señora Schultz y Archie venían a trabajar pocos minutos antes de abrir la tienda, pero esa mañana ambos llegaron más temprano.

Creo que todos deseábamos volver a la rutina para sentir el bienestar de la normalidad.

Quería que Archie se tomara todos los días de permiso que necesitara, pero era maravilloso tenerlo de vuelta.

Como nos sobraba un poco de tiempo, decidí que las muestras de degustación de ese día incluirían algún elemento otoñal y reconfortante. Probamos suerte con otro queso a la cerveza, en esa ocasión en forma de sopa.

Cuando coloqué a Guernsey en la puerta para recibir a los clientes, el olor de la cebolla, la zanahoria y el apio guisados ya había impregnado el aire, hasta que añadí la cerveza Yuengling, cuyo aroma malteado neutralizó el de la verdura.

Dejamos que el alcohol se consumiera antes de incluir el caldo de pollo, la salsa Worcestershire y la mostaza de Dijon.

Después de incorporar la leche, Archie añadió el ingrediente más importante: el queso.

Estaba ansioso por usar la batidora de mano para que la mezcla con cheddar añejo quedara homogénea.

La señora Schultz escribió la receta y cortó las copias en forma de tarjeta mientras Archie y yo terminábamos de preparar la sopa de queso a la cerveza antes de que llegaran los clientes.

—Tengo noticias esperanzadoras sobre el chico de la foto que vio Archie —anuncié al tiempo que rallaba un poco de gouda ahumado para añadir intensidad al sabor del cheddar .

—¿Sobre el acosador? —contestó Archie expectante, despegando la mirada de la cazuela de sopa.

—Es el antiguo ayudante de Phoebe, Jeremy.

Archie y la señora Schultz tardaron un minuto en digerir la noticia.

—Tenemos que contárselo al detective Heath —dijo Archie. Se metió la mano libre en el bolsillo de las bermudas cargo para sacar su teléfono.

—Ya le mandé un mensaje anoche explicándoselo.

—¿Cuál es el apellido de Jeremy? Podemos buscarlo en internet —sugirió.

—Ya lo he intentado, pero no he encontrado nada. Thomas no conoce su apellido. Me dijo que no les permitían tener redes sociales personales, pero esta mañana se me ha ocurrido que tal vez Jeremy apareciera en las redes sociales de Phoebe.

—Ya lo busqué en su cuenta de Instagram, antes de encontrar la foto en el despacho de Olive Berns, y no había nada.

Eché un vistazo al interior de la cazuela. El queso estaba fundido y completamente integrado con los demás ingredientes. Con cuidado, trasladé la cazuela al mostrador de degustaciones y volqué su contenido en una olla eléctrica para conservar el calor.

La señora Schultz seguía pensando en la investigación, incluso mientras amontonaba las tarjetas con la receta y reunía los vasos de papel para que los clientes probaran la sopa.

—Es posible que, si hubo mal rollo entre ellos, Phoebe borrara las fotos donde él aparecía —comentó—. ¿Quieres que la lave? —dijo señalando la cazuela.

—Vale, pero antes… —Agarré tres cucharas de plástico de debajo del mostrador. En la cazuela quedaba un resto de sopa que no cabía en la olla eléctrica.

La aterciopelada sopa me acarició la lengua y descendió por la garganta con todo su sabor intenso y ahumado concentrado en una sola cucharada. Los tres repetimos la operación antes de que la señora Schultz se llevara la cazuela al fregadero.

Me quedé en el mostrador y saqué el ordenador portátil.

—Tal vez, ahora que sabemos a quién buscamos, lo encontremos por algún sitio. No perdemos nada por volver a mirar. Tenemos que remontarnos varios años.

Abrí la tapa y busqué la cuenta de Instagram de Phoebe. Archie tardó un rato en retroceder en las publicaciones, pero cuando por fin lo hizo, nos pusimos a inspeccionar las fotos.

—No lo veo por ningún lado —confirmó Archie—. Ni a Thomas tampoco.

—No me sorprendería que el ego de Phoebe no le permitiera compartir protagonismo con sus ayudantes.

—¿Creéis que el detective Heath irá tras Jeremy por considerarlo sospechoso? —Los ojos de Archie reflejaban miedo y esperanza al mismo tiempo.

Como invocado solo por nombrarlo, el elegante detective entró por la puerta principal.

—¿Qué haces aquí? —Cerré el portátil y lo guardé bajo el mostrador. No estaba de humor para ser educada si lo que pretendía era llevarse de nuevo a Archie. Este de pronto había adoptado un tono más pálido del habitual, de manera que casi parecía traslúcido.

—He recibido tu mensaje —me dijo.

Oí que a Archie se le escapaba un suspiro. La señora Schultz se acercó a nosotros por delante del mostrador con el paño de cocina en la mano.

—Hablemos mejor allí detrás —me dijo Heath, como si yo no fuera a contarles a Archie y a la señora Schultz, con pelos y señales, todo lo que él me dijera.

Guie a Heath hasta la pequeña cocina y nos sentamos en el banco de la mesa rústica. Nuestras rodillas se rozaron por accidente mientras nos girábamos para colocarnos cara a cara.

La última vez que habíamos estado tan cerca fue cuando bailamos juntos en El Sótano. El recuerdo de esa noche de la anterior primavera me aceleró el corazón. Aumenté un poco el espacio entre nosotros.

Me pregunté cómo haría para ir siempre tan arreglado a cualquier hora.

De vez en cuando se le veía una barbita incipiente en el fuerte mentón, pero siempre empezaba el día perfectamente afeitado, como esa mañana.

Daba igual cuántas horas llevara trabajando, siempre tenía el pelo negro y espeso en su sitio y el traje sin una sola arruga.

Apoyó las manos en los muslos: hasta sus uñas parecían más cuidadas que las mías.

También me di cuenta de que no llevaba el anillo de casado.

¿Se estaría sanando por fin de la muerte de su mujer?

Se inclinó hacia delante y salí de mi ensimismamiento. Habló en voz baja:

—Gracias por contarme lo de los libros. Interrogamos a Lou y admitió haberlos tirado.

Asentí. No vi razón para contarle que Lou también me había visitado a mí.

—¿Crees que está involucrado en algo más?

—Sigue en nuestro radar. Y Ginger también.

—Entonces ninguno de los dos tiene coartada.

Volvió a poner su cara de póquer. No necesitaba que me lo confirmara; si todavía los consideraba sospechosos era porque no tenían coartada. Continué:

—¿Qué averiguaste sobre la información que te proporcioné anoche? —pregunté.

—Hemos investigado y no tenemos ninguna pista que seguir.

—¿Qué quieres decir? ¿Crees que es casualidad que Jeremy trabajara para ella, que se marchara en extrañas circunstancias, que le mandara esa foto que tanto la asustó y que luego ella apareciera muerta? ¿Vas a pasar todo eso por alto?

Heath vaciló.

—Jeremy tiene una coartada. —Y antes de que me diera tiempo a reaccionar, añadió—: Solo comparto esta información contigo para que entiendas que detrás de todo esto hay mucho trabajo policial. Solo porque no nos veas investigar no significa que no investiguemos. ¿Lo entiendes?

—Sí, lo entiendo.

—Estupendo —asintió con satisfacción.

Yo también asentí para mostrar que estaba de acuerdo. Ahora que nos entendíamos, esperé, pero no pasó nada.

—Bueno, ¿eso es todo? ¿No tienes nada más que contarme? —le pregunté.

—Es todo. Jeremy no es sospechoso.

—Una vez me dijiste que no me fiara demasiado de las coartadas.

—Su coartada es irrefutable.

—¿Y no me vas a contar por qué? He sido yo quien te ha puesto sobre esa pista.

—Te lo agradezco y, como ya te he dicho, la estamos investigando. ¿Puedes confiar en mí por una vez?

Era una buena pregunta. Dejaría ese asunto en sus manos, pero no estaba dispuesta a abandonar del todo.

—¿Y has averiguado algo sobre el coche de A. J.?

—Hemos mandado que revisen los frenos. Están en perfectas condiciones y funcionan a las mil maravillas.

—¿Cómo es posible? Estoy segura de que él intentó detener el coche.

—¿Estás segura de que pisaba el freno?

Pensé en el accidente y me di cuenta de que no estaba segura.

—Fue todo muy rápido.

—Es posible que tu adrenalina rellenara los huecos de lo que él decía que estaba pasando.

—¿Crees que fingió para desviar la atención? Me parece demasiado arriesgado.

—No habría sido tan arriesgado si tú no hubieras accionado el freno de mano.

—No pensé que fuera a derrapar. Pero tienes razón. Pudo fingir que había perdido el control del coche hasta que yo accioné el freno. Eso significaría que él mismo colocó la nota en la guantera. ¡Podríamos habernos matado! Menudo horror.

—Existe otra posibilidad: que alguien lo manipulara de forma remota.

—¿Cómo es posible algo así?

—Alguien podría haber controlado el coche mediante un ordenador. Para eso había que conocer las coordenadas del GPS . Si alguien sabía dónde ibais, pudo haber encontrado el coche y alterado los frenos.

—¿Cómo?

—Esos coches tienen funciones digitales: llamadas telefónicas, conexión a redes wifi, elementos de navegación… Eso hace que el coche esté expuesto a posibles ataques informáticos. Es poco probable, porque haría falta saber muy bien lo que se está haciendo, pero es una posibilidad.

—¿Se puede saber con certeza?

—No, no se puede saber. No hay una caja negra que nos diga lo que ha pasado en el sistema informático del coche, de manera que es solo una suposición.

—Increíble. ¿Entonces nunca sabremos si A. J. fingió el accidente o si alguien lo provocó desde fuera?

—Seguimos revisando el coche para estudiar las distintas posibilidades. Como es un modelo antiguo, estamos analizando si el sistema se actualizó para hacerlo compatible con los nuevos modelos, que tienen dispositivos de seguridad más avanzados.

La idea de que alguien hubiera accedido de forma remota al coche me parecía aún más espeluznante. Por una vez me alegré de tener un coche viejo sin ninguna parafernalia digital.

—Si es posible acceder así al sistema informático de un coche, lo mismo pasará con las cámaras de vigilancia de la casa donde se alojó Phoebe, ¿no? Se controlaban a través de su teléfono móvil —dije.

—Después de hablar con los propietarios, se nos presenta otra posibilidad. Ellos nunca se molestaron en cambiar la contraseña, que siempre fue la misma cada vez que alguien alquilaba la casa.

—No me fastidies.

—Como la contraseña era solo para la cámara y no servía para abrir la verja ni las puertas de la casa, no le dieron demasiada importancia.

Imaginaron que los inquilinos borrarían la app con el código de acceso cuando se marcharan y no le vieron sentido a cambiar la contraseña cada vez que venía alguien nuevo.

—Eso significa…

—Que todo aquel que hubiera alquilado la casa alguna vez tenía acceso a las grabaciones y podía borrar la última.

—Genial.

—Nos han facilitado una lista de personas y estamos investigando si alguna tiene relación con Phoebe. La buena noticia es que empezaron a alquilarla hace solo un año, antes vivían ellos en la casa.

—¿En esa lista no hay nadie destacable? ¿Ninguno de nuestros sospechosos?

—Nadie a quien le hayamos echado el ojo. Va a llevarnos algún tiempo.

—Eso significa que aún no hay nada definitivo.

—Aún no, pero lo habrá.

La cabeza me daba vueltas como una máquina tragaperras con los nombres de los sospechosos, uno detrás de otro: Lou, Ginger, A. J. Todavía no sabía lo que habían averiguado sobre Jeremy, pero no lograba reunir pruebas suficientes contra ninguno de ellos.

—¿Qué hacemos ahora? —le pregunté a Heath.

—Tú, nada. Porque esa información sobre Jeremy no la has conseguido quedándote quietecita como me dijiste, ¿a que no?

—No fui yo quien acudió a Thomas. Fue él quien vino a mi apartamento anoche sin que yo lo invitara.

—¿Crees que eso hace que me sienta mejor?

Me quedé sin argumentos. Lo acompañé a la puerta y permanecimos un momento frente a la tienda.

Los crisantemos de la jardinera junto al escaparate se habían recuperado después del meneo que les había dado Thomas el día anterior: la única buena noticia de la mañana.

Mi mejor sospechoso, Jeremy, había resultado ser un fracaso, y encima Heath estaba de nuevo molesto conmigo.

—En cualquier caso, te alegrará saber que me he quedado sin pistas.

—Muy bien. Estoy seguro de que mientras tanto estarás entretenida con la inminente fiesta de la cosecha. Me da la impresión de que tienes un espantapájaros que terminar.

Se alejó antes de que me diera tiempo a defender a Guernsey.