Epílogo
EPÍLOGO
L as llamas bailaban de un modo hipnótico en la fogata y cambiaban de forma y de color.
Los aromas de los puestos de comida sobrepasaban las colas de clientes que esperaban para comprar rosquillas de sidra recién horneadas, palomitas de mantequilla y sidra de manzana fría o caliente.
La mayoría de los habitantes de Yarrow Glen y también muchos turistas se habían congregado para disfrutar de las últimas horas de la exitosa fiesta de la cosecha.
Huelga decir que Guernsey no había ganado el concurso de espantapájaros, pero sí la posición de honor en la parte delantera de nuestra carroza.
Sin embargo, fue Archie quien recibió la mayor parte de la atención al desfilar con su disfraz de queso justo detrás.
Entre las llamas oscilantes, vi un rostro atractivo que reconocí al instante. El detective Heath y yo nos miramos. Rodeó la fogata para acercarse a mi lado.
—Hola, detective. —Quise que no se me olvidara la faceta de «detective».
Mi saludo formal le provocó una sonrisa en los labios.
—Willa —se limitó a decir.
—Qué sorpresa tan agradable verte por aquí. —Era cierto y no podía dejar de sonreír.
—¿Sorpresa por qué? —Parecía que mi comentario le había hecho gracia.
—No te pega asistir a fiestas de pueblo.
—¿Por qué no me pega?
—Ah, no sé. A las fiestas no se suele venir de traje —dije con sorna.
Heath hizo un gesto como para darme la razón.
—Vengo directamente de la comisaría.
—¿No te tomas ni siquiera el sábado libre? Acabas de resolver un asesinato.
—Hay un montón de papeleo pendiente.
—Entonces, ¿ya está cerrado el caso? ¿No hay ningún fleco suelto?
—Chet ha corroborado la confesión que grabó A. J. También se le han atribuido algunas huellas dactilares que encontramos en la casa y que no habíamos identificado hasta que se las hemos tomado.
—¿Por qué no parece todo tan estupendo como debería? Siento tristeza por Chet y por su hermano.
—Cuando se atrapa a los malos no todo es de color de rosa, pero es lo que hay que hacer. —Asentí—. Sabes, al final habríamos conseguido toda la información sin necesidad de que os pusierais en peligro —dijo, aprovechando su altura para mirarme desde arriba con severidad.
—¿Es tu forma de darme las gracias?
Sacudió la cabeza despacio, pero la sonrisa que se presagiaba en sus labios apareció de nuevo.
—De acuerdo. Hiciste un buen trabajo, ¿vale?
—Hicimos un buen trabajo. Creo que formamos un buen equipo, ¿no te parece?
Inclinó la cabeza para evadir mi pregunta.
—He oído que Shep encontró ayer a los adolescentes responsables de los desperfectos en las carrozas —dije.
—Shep se entera de todo lo que pasa en el pueblo y al final averiguó quiénes eran. Ha esperado el momento oportuno para pillarlos con las manos en la masa.
—¿Qué les va a pasar? —Ahora que la tensión de asesinato había desaparecido y que el desfile había sido un éxito, las gamberradas juveniles no parecían tan importantes.
—Necesitan ocupar su tiempo con algo para no meterse en líos. En lugar de presentar cargos contra ellos, los hemos alistado en el comité de Buenos Vecinos. Ya los verás por el pueblo ayudando en los festejos, plantando flores y barriendo las aceras.
—No creo que Lou permita que barran delante de su tienda.
—Espero que no se ponga muy borde con ellos. Al fin y al cabo, él también tiró al contenedor cosas que no eran suyas. Tal vez nos sorprenda y se convierta en mentor de alguno de esos chavales —observó Heath con optimismo.
—Siempre estoy abierta a las sorpresas agradables.
—¡Detective! —Roman, vestido con vaqueros y un jersey informal, se acercó a nosotros con el par de bebidas calientes que había ido a buscar. Me dio un vaso de papel y le tendió el otro a Heath—. ¿Quieres sidra caliente? Puedo ir a por otra.
—No, gracias. Os dejo que disfrutéis.
Por un instante, Heath y yo cruzamos la mirada. Esos ojos ya me habían atrapado otras veces, pero esta vez no parecían querer soltarme. Su sonrisa de decepción, justo antes de alejarse, me hizo pensar que no todo eran imaginaciones mías y me dejó algo intranquila.
—Salud —dijo Roman, sacándome de mi estúpido ensimismamiento. Brindamos y bebimos.
—No es hidromiel de tarta de manzana, pero se puede beber —dije mientras la canela picante me calentaba la garganta.
—No voy a seguir con ese sabor. Me da mal rollo. —Miró fijamente su vaso de papel.
—Siento lo de vuestra sociedad. Sé que tenías muchas ganas de expandir el negocio.
—Se ve que no tengo buen ojo para elegir compañeros de negocio, ¿no crees?
—A lo mejor es la manera que tiene el universo de decirte que puedes hacerlo tú solo.
Una sonrisa torcida dibujó un hoyuelo en su mejilla.
—Menos mal que para elegir amigos tengo mejor ojo. —Me pasó un brazo por encima y me apreté contra él.
Oímos unos saludos alegres antes de divisar a un esqueleto fluorescente sin cabeza que se acercaba hacia nosotros desde la oscuridad, que resultó ser Baz con un disfraz compuesto por una sudadera con capucha y pantalones.
Estaba flanqueado por la señora Schultz y por Ginger, que se unieron rápidamente a nosotros junto al fuego.
Supuse que Baz estaría encantado de que Ginger hubiera decidido quedarse a la fiesta, sobre todo porque antes había tenido que convencerla para que participara en el desfile.
Ella aún no daba crédito a lo que acababa de descubrir sobre Chet.
—Parece que tu taller de calabazas de Halloween ha sido todo un éxito.
He visto un montón de calabazas talladas increíbles —dije.
Conocía el talento de Baz con la madera, de manera que no tendría que haberme sorprendido que también creara obras de arte con calabazas y que enseñara a los demás a hacerlo.
—La gente parecía divertirse, gracias a mis dos fantásticas ayudantes —contestó Baz señalando con un pulgar a la señora Schultz y con el otro a Ginger.
—Lo único que he hecho yo ha sido procurar que nadie se hiciera daño con esas herramientas tan afiladas.
Prefiero que la sangre de Halloween siga siendo falsa —intervino la señora Schultz.
Vestida también para la ocasión, llevaba un cárdigan adornado con lunas llenas y brujas, y un fular con gatitos negros—.
Los verdaderos artistas son Ginger y Basil.
—Al final, me alegro de que Baz me convenciera para quedarme —dijo Ginger sonriéndole.
Ginger parecía la protagonista de una de esas películas del canal Hallmark para toda la familia, con las mejillas sonrosadas y un atuendo otoñal perfecto: botines de ante, mallas y un jersey ajustado burdeos en el tono exacto de su pelo.
Crucé los dedos por que fuera una película de amor y Baz interpretara por fin el papel romántico.
—Ha sido divertido y hemos recaudado algo de dinero para la protectora de animales de granja —continuó Ginger.
—Enhorabuena —Roman levantó su vaso.
—No estaba seguro de qué organización elegir antes de empezar, de modo que Ginger me dio la idea —Baz le devolvió la sonrisa.
—Conozco a la gente que dirige la institución. Hacen un trabajo muy bueno —añadió ella.
Aunque el ambiente era muy cordial en general, aún me sentía incómoda con Ginger. No quería cometer con ella el mismo error que había cometido con Heath: esperar demasiado tiempo para pedir perdón.
—Oye, Ginger, te debo una disculpa. Siento haber sospechado de ti tras la muerte de Phoebe.
Eso solo sirvió para acentuar la incomodidad, hasta que ella contestó:
—Espero que la gente no piense que tuve algo que ver por culpa de Chet…
—Por supuesto que no. Ninguno lo creemos.
Los demás corroboraron mis palabras.
—En realidad no nos conocemos; no puedo reprocharte que sospecharas de mí. Disculpas aceptadas —dijo.
—Gracias, muy amable. Sin embargo, sí conozco a Baz y él no sospechó de ti ni un segundo. Tendría que haberle hecho más caso.
—Un momento, ¿qué ha sido eso? —Baz se llevó la mano a la oreja y se inclinó con exageración para que repitiera mi confesión.
Le di un empujón mientras me reía. Sin querer, tropezó con Thomas, que en ese momento pasaba por detrás con Cuqui en brazos.
—Thomas, ¿cómo es que sigues en el pueblo? Pensé que te habrías marchado en cuanto te dieron permiso —dije.
—Me enteré de que en este lugar medio muerto por fin hacían algo divertido y decidí quedarme un poco más. No está tan mal.
Examinó el parque. Nuestros puestos cerraban al anochecer, pero la atmósfera festiva se acentuaba con la oscuridad.
El sendero que serpenteaba entre la hierba estaba bordeado por farolillos que proyectaban formas de hojas, bellotas y calabazas.
El parque estaba salpicado por luces naranjas y fantasmas de tela que colgaban de los árboles.
Nuestros espantapájaros, colocados cerca de las balas de paja, tenían un aspecto siniestro bajo las farolas.
Baz, la señora Schultz y yo le rascamos las orejas a Cuqui.
—¿Vas a quedártelo? —le pregunté a Thomas.
—Sí. Ahora solo estamos los dos.
—¿Te parece bien, Baz?
—Sí. De todos modos habría sido complicado llevármelo a todos mis trabajos —dijo.
Luego, dirigiéndose a Cuqui—: Lo pasamos bien mientras duró, ¿eh, Tosco?
—Acercó la cara y Cuqui le lamió la nariz, un último beso de despedida—.
Ya he hablado antes con Thomas y me ha prometido que lo cuidará bien. ¿Verdad, Doolittle?
—Ahora somos uña y carne —dijo Thomas refiriéndose a él y Cuqui. El perro dirigió sus besos entonces hacia Thomas—. Y tendré mucho tiempo para él. El editor de Phoebe me ha ofrecido un contrato para escribir un libro sobre mi experiencia con ella.
—¡Vaya! ¿Y has aceptado? —dije sorprendida—. ¿Será un libro de revelación de secretos?
—Quiero que la gente conozca el lado bueno de Phoebe, pero ahora que ya no está es como si el hechizo que tenía sobre mí se hubiera roto.
Veo las cosas desde otro ángulo, sobre todo después de enterarme de cómo trató a Jeremy.
Por cierto, me gustaría visitarlo en el centro de rehabilitación; quizá quiera participar en el libro. Me gustaría ayudarlo.
—Estoy segura de que te lo agradecerá —dijo la señora Schultz.
—Me alegro de que Baz se haya tropezado contigo, así puedo darte de nuevo las gracias. Nunca te lo llegué a preguntar… ¿Por qué viniste a La Gaceta esa noche? —le pregunté.
—Cuqui y yo estábamos al otro lado de la calle, en Hablemos de Tacos, tal y como tú nos sugeriste.
Allí me encontré con Deandra. Vi que entrabas en el edificio de La Gaceta y, cuando acabamos de cenar, pensé en devolverte a Cuqui.
No podía llevármelo al hotel. Y Deandra me dijo que lo más seguro es que estuvieras en la planta de arriba con A. J. Fue de chiripa.
—Menuda suerte. Creo que tú y Cuqui estabais destinados a estar juntos.
—Espero hacerlo bien. No estoy acostumbrado a estar solo. Por lo general siempre soy la sombra de alguien —dijo.
—Vas a estar fenomenal solo, Thomas —dije.
—Fuiste tú quien le indicó a todo el mundo la dirección correcta. Eres un héroe —le dijo la señora Schultz.
—Guau, gracias. —Tal vez fuera el reflejo de la luz en sus gafas, pero tenía los ojos algo húmedos.
Archie apareció, ya sin el disfraz de queso, acompañado de Hope.
—¡Aquí estáis! Tendríais que haber venido con nosotros al Recorrido Fantasmal del Bosque Encantado —nos dijo.
—¡Qué miedo! ¡Ha sido lo mejor! —coincidió Hope, que seguía aferrada al brazo de Archie. Esta vez llevaba unas llamativas mechas naranjas en el pelo corto y las uñas pintadas también de naranja y decoradas con motivos de casas encantadas.
Thomas de repente se escondió detrás de Archie, que no era el mejor lugar para ocultarse, dada su delgadez. Archie miró hacia atrás.
—Se aleja por el sendero. No corres peligro.
—Estoy huyendo de A. J. Acabo de verlo. Me busca para escribir un reportaje, pero prefiero guardar la información para mi libro. Me voy, chicos. Cuidaos.
Tras unas palabras de despedida por nuestra parte y unos lametones extra de Cuqui, Thomas se escabulló.
—Esta fiesta de la cosecha ha sido una idea genial —declaró Baz.
—Y nuestras carrozas han sido un éxito —añadió Archie.
Me alegré mucho de ver que había recuperado su personalidad vitalista.
Por mi parte, había seguido el lema de la señora Schultz y para la ocasión me había puesto un jersey rojo de ochos que hacía juego con el estado de ánimo que deseaba tener, aunque esta vez mis emociones no necesitaban que nadie las convenciera.
La calidez que sentía no solo se debía a la fogata y la sidra.
Mi corazón estaba arropado por el amor hacia mis amigos y hacia la comunidad.
Cuando A. J. publicó la noticia en La Gaceta , dos días antes, muchos vecinos con los que solo me había cruzado por la calle o que habían venido alguna vez a la tienda acudieron para ver si la señora Schultz y yo estábamos bien.
No me importó que A. J. adornara la historia para quedar como el héroe del momento.
Yo no necesitaba recibir más atención. Lo que quería era recuperar la normalidad.
Ahora que habíamos conseguido que la fiesta de la cosecha fuera un éxito, que mis amigos estaban a salvo y felices, que Heath y yo teníamos una buena relación, que Roman y yo estábamos más unidos, por fin sentía que todo iba como tenía que ir.
Hasta mis antojos de queso inducidos por el estrés habían desaparecido.
—¡Roman! —Una voz lo llamó desde la oscuridad. Una mujer ataviada con un vestido de punto ceñido y zapatos de cuña se acercó sibilante y abrazó a Roman. Hasta que no se separaron no me di cuenta de que se trataba de Angela, la antigua recepcionista de La Parrilla del Damasco.
—Chicos, ya conocéis a Gia, ¿no? —nos dijo Roman.
¿Gia? No pude evitar fijarme en que ella había dejado el brazo en la cintura de Roman más tiempo del necesario después del abrazo.
Se presentó a los demás y a mí me ignoró.
—Me llamo Angela, pero mis amigos me llaman Gia.
—Claro, de La Parrilla del Damasco —recordó Baz mientras la saludaba con la cabeza. La primavera anterior, él y yo habíamos pillado a Angela y a Derrick, su jefe, enrollándose en la zona de los contenedores de basura del restaurante.
—Ya no trabajo allí. He encontrado un trabajo mucho mejor —dijo. Sus labios burdeos oscuro se separaron en una enorme sonrisa.
—Gia va a sustituir a Chet. Trabajará conmigo en la destilería —dijo Roman con una sonrisa a juego con la de ella.
Mientras todos les daban la enhorabuena, esbocé una sonrisa. Me recordé a mí misma que la vida era maravillosa, aunque no pude reprimir el repentino antojo de un reconfortante trocito de queso de ¿Qué Sería?