Capítulo veintiséis
CAPÍTULO VEINTISÉIS
L a figura se hizo a un lado cuando la luz de la farola le iluminó la cara.
—Lou. —Me llevé la mano al corazón, que estaba latiendo a toda pastilla, y me calmé un poco. Sin embargo, aún sentía cierta inquietud.
—Perdona. Estaba a punto de llamar a la puerta. No sabía bien dónde localizarte. —Parecía serio. Aunque claro, tampoco es que Lou fuera la alegría de la huerta—. Tenemos que hablar.
Antes de que me diera cuenta, pasó por mi lado y entró. Lo seguí y la puerta se cerró tras de mí, lo cual me recordó, quizá demasiado tarde, que estaba aislada del resto del mundo. Solo estábamos Lou y yo.
—¿Qué puedo hacer por ti, Lou? —le dije sin querer adentrarme más en las entrañas del almacén.
—¿Es este tu despacho? —Vi que se paraba en el umbral. Parecía un poco extrañado.
Cedí y entré. Su cara de sorpresa me hizo reevaluar la disposición de aquel estrecho y desordenado cuarto.
En el suelo estaban las dos cajas del último libro de Phoebe.
Guernsey descansaba sobre la silla de oficina y el sofá estaba tomado por mi rueda falsa de cheddar y por los demás elementos decorativos de la carroza, además de los materiales sobrantes.
Tampoco ayudaba que Cuqui estuviera convirtiendo en confeti el papel de seda que había dejado a su alcance sin querer.
—Vayamos mejor a la tienda —le dije a Lou. Cogí los adornos que no quería que se estropearan y los trasladé a una estantería del almacén, aunque era difícil que Cuqui diera a mis trozos de queso azul de poliestireno reciclado un aspecto peor del que ya tenían.
Conduje a Lou por la puerta batiente que llevaba hasta la cocina y encendí las luces al máximo nivel de intensidad.
A solas con Lou, aquel espacio situado al fondo de la tienda y por lo general acogedor parecía apartado e inquietante.
No me saqué el teléfono del bolsillo cuando nos sentamos en la mesa rústica uno enfrente del otro.
Él llevaba una camisa de manga corta blanca e impoluta y me di cuenta de que era la primera vez que lo veía sin el delantal del colmado.
—¿Qué pasa? —pregunté con los nervios a flor de piel. No se trataba de una conversación corriente entre vecinos.
Se inclinó hacia delante y cruzó los brazos sobre la mesa.
—Yo tiré los libros —dijo sin más preámbulos.
Su confesión resultaba discordante, pese a que mi intuición me decía que había sido él.
—¿Por qué?
Frente a él, esperando la confesión que traía preparada para mí, me percaté del hombre vulnerable que era y que yo no había visto con anterioridad.
Miré más allá de su perpetua cara de mal genio y de sus ojos clarísimos, de su nariz ancha y de la piel aún en buen estado pese al sol californiano.
La señora Schultz tenía razón: era su actitud lo que le hacía parecer mayor.
—Detesto a la gente como Phoebe Winston —comenzó a decir—.
Ya sabes, esa que no da palo al agua. El éxito les llueve del cielo.
Atraen a la gente y se creen con derecho de explotarla a su antojo.
—Hizo una pausa y miró hacia los grandes escaparates de la parte delantera de la tienda—.
Ese día, mientras barría la acera, vi su enorme todoterreno aparcado en doble fila delante de nuestros locales.
Me acerqué para decirle que no podía bloquear el paso a nuestros clientes de esa manera.
Tuvo la poca vergüenza de decirle a su esbirro que «alejara a sus seguidores».
¿Un seguidor yo? ¡No se acordaba de mí! Poco después, cuando volví a ver el coche delante de mi negocio, me acerqué para decirle que yo no era ningún seguidor, pero fue Archie quien se bajó del vehículo.
Iba a trasladar una caja de libros a tu tienda y dejó el maletero abierto.
Sé que fue un acto ruin, pero cuando me llevé los libros y los tiré a la basura, me sentí mejor. Y no me arrepiento.
—¿Qué te pasó con Phoebe en la escuela?
Por una fracción de segundo, aparentó sorpresa.
—Supongo que ya lo sabes. En caso contrario, no me lo preguntarías.
—Me gustaría oír tu versión.
—Durante mi último semestre, coincidimos en la misma clase.
Ella siempre mostraba mucho interés por lo que yo hacía.
Me alababa, me decía que ojalá a ella se le ocurrieran platos tan ingeniosos como los míos.
Cuando le conté lo que iba a preparar para el examen final, me dijo que sonaba tan bien que le apetecía probarlo.
Así que la invité a mi casa. Yo pensaba que me admiraba como a una figura paterna, nunca me había pasado algo así.
Pero en realidad lo que quería era ver cómo preparaba la receta.
Phoebe aprendía rápido, eso hay que reconocerlo.
No creo que anotara nada, pero cuando llegó el momento del examen, preparó lo mismo que yo.
Fue entonces cuando me di cuenta de que se había aprovechado de mí.
—¿Por eso abandonaste el curso?
—No. Ya te dije que mi padre sufrió un infarto. —Me fijé en que se apretaba los delgados brazos con las manos.
—Sí, lo siento —murmuré—. ¿Y por qué has decidido contarme la verdad sobre los libros ahora?
—Me daba apuro haberte mentido. Si no la hubieran matado, lo habría reconocido con orgullo, pero dadas las circunstancias, suena bastante mal.
—Deberías contárselo al detective Heath.
—¿Por qué? Esto no tiene nada que ver con el asesinato.
—Heath sabe lo de los libros. Es un cabo suelto que hay que atar.
—¿Se lo contaste tú? —Gruñó Lou.
Me alejé un poco y agarré el teléfono con fuerza.
—Sí. No quería causarle problemas a nadie, pero pensé que la policía debía saberlo. Y es mejor para ti que se lo cuentes por voluntad propia antes de que sea él quien te interrogue. —Quería que Lou percibiera que ambos estábamos en el mismo bando.
—¿Y por qué cree que fui yo? ¿Tú le diste la idea?
Tragué saliva.
—No. Pero los libros estaban en tu contenedor. Seguro que os interrogará a ti y a Carl. —No quise ponerle al corriente de los correos electrónicos que Olive Berns le había proporcionado a Heath.
—Ah. —Siguió tan tieso como un palo y con el mismo gesto adusto, pero noté que se relajaba un poco—. Entonces iré a verlo mañana, creo.
Movió las piernas hacia un lado para levantarse del banco. Lo seguí de nuevo hacia el almacén.
—Lou, dado que conocías a Phoebe de la escuela, ¿tienes alguna idea de quién pudo matarla?
—No. Pero es una pena, porque me habría encantado verla retorcerse después de que se publicaran esas fotos. Mi enhorabuena a A. J.
—¿Cómo sabes que fue A. J. quien hizo las fotos?
—Aparecieron en su periódico, ¿no? Es el único que haría algo así. Phoebe se merecía un poco de karma, aunque no tanto como el que recibió. Yo la odiaba, pero no deseaba su muerte.
Me alegré de oírle decir eso, pero me sentí mucho mejor cuando se fue y percibí el agradable sonido de la puerta al cerrarse.
A Lou no le importaba lo más mínimo admitir su aversión por Phoebe, que concordaba con los correos electrónicos que le había enviado a Olive.
Pero ¿por qué se confesaba ante mí? ¿Sería porque se sentía mal, como había dicho, o porque quería asegurarse de que no sospechaba de él?
¿Acaso quería que dejara de hacer preguntas, tal y como ponía en la nota amenazante?
Sentí que Cuqui correteaba entre mis piernas. El sonido de la puerta debió de sobresaltarlo. Le habría venido bien llevar un cascabel en su elegante collar para evitar que lo pisáramos o nos tropezáramos con él.
—Te prometí algo de cena. Vámonos a casa, anda.
A esa hora, era probable que Roman ya estuviera inmerso en su hidromiel, así que regresé al plan inicial de concederme una sesión de cuidados.
Nadie que me conozca se sorprendería al saber que mi noche de relax no consistía en una bañera con burbujas.
Para mí, el queso era la vía más directa a la relajación.
Volví a la tienda en busca de una variedad de queso frotado con té que había comprado a una lechería de Utah.
Elaborado con leche de vacas Jersey, el teahive , cremoso, cítrico e intenso, era el queso perfecto para una cena ligera.
Rellenaría con él uno de los panecillos de arándanos que Hope me había traído y añadiría unas gotas de mermelada para completar mi delicioso tentempié.
Con el frío otoñal, de camino al apartamento, me dieron ganas de una taza de earl grey para acompañar mi piscolabis. Lo único que en ese momento necesitaba era sentarme con mi cena especial delante de la tele y ver Rebeca por enésima vez.
La luz se encendió en cuanto Cuqui y yo empezamos a subir la escalera, lo cual me permitió ver bien la carroza.
Los pocos adornos que habíamos dejado seguían intactos.
Mientras subía, me fijé en la bolsa de comida y juguetes que estaba en el porche junto a mi puerta.
Mi felicidad interna cesó. Parecía que Baz seguía en sus trece.
Cuqui olisqueó la bolsa mientras yo abría la puerta.
—¡Willa!
Sobresaltada, me di la vuelta y vi a Thomas al final de la escalera. Comenzó a subir sin esperar mi permiso.
—¡Cuqui! —Lo levantó. Cuqui parecía mucho más dispuesto a estar en brazos de aquel Thomas sobrio—. ¿Sigue contigo?
—¿Qué querías que hiciera? ¿Has venido a llevártelo?
—La verdad es que no.
—¿A qué has venido entonces? —De pronto, recordé que él no sabía que yo aún lo consideraba sospechoso. Nos habíamos despedido en buenos términos. Lo mejor sería seguir cayéndole bien, de manera que cambié el tono—. ¿Fue todo bien en la comisaría?
—De eso quería hablar contigo —dijo.
Nos quedamos frente a la puerta un tanto incómodos. Cuqui se puso a ladrar porque quería entrar.
—Bueno, pasa. ¿Te importa coger esa bolsa?
Dejé que Thomas entrara en mi apartamento; parecía lo más apropiado, dado que Baz y yo también habíamos irrumpido en su habitación de hotel. Claro que, en ese caso, no había posibilidad de que yo fuera una asesina.