Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2) Capítulo veinticinco #2
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Capítulo veinticinco #2

Archie había acordado con Hope, mediante mensajes de texto, que comprarían algo de cena juntos.

—Hemos quedado en la esquina dentro de unos minutos —nos dijo.

—¿Una cita? —pregunté con cara de sorpresa.

—Nah, es solo para cenar —contestó él, aunque esquivó mi mirada.

Archie y Roman recogieron el material, y yo me hice cargo de Guernsey, que al día siguiente volvería a su sitio en la puerta de ¿Qué Sería?

Con los brazos cargados y junto a Archie en su monopatín, enfilamos el callejón seguidos de Cuqui.

En la puerta lateral de la tienda nos encontramos con Hope.

Iba vestida con vaqueros rotos, jersey con los hombros descubiertos y tacones: sin duda, el atuendo propio para una cita.

—Hola, chicos —dijo ella—. Te he traído un par de panecillos de arándanos, Willa. Vi cómo los mirabas la otra mañana en la panadería.

—¿Tanto se me notó? —Me eché a reír mientras cogía la bolsita de papel—. Eres muy amable, gracias.

—También es para pedirte disculpas por lo de esta mañana. Espero no haber creado una situación incómoda cuando la señora Berns nos oyó hablar de ella enfrente de la escuela.

—No te preocupes, no pasa nada. De hecho, nos ha proporcionado información interesante. No teníamos ni idea de que Lou, el del colmado, hubiera asistido a Sadler.

—Eso os lo podría haber contado yo.

—¿Tú lo sabías?

—Fue muy amable conmigo cuando se enteró de que me había matriculado allí. Insistió en que acabara y consiguiera el título a toda costa. Él lamentaba no haber terminado el programa.

—Creía que sí que había terminado. La asociación de antiguos alumnos le ha pedido dinero para el mantenimiento de la escuela.

—Les mandan los folletos a todo el mundo que ha asistido a clase alguna vez. De hecho, yo los recibo y solo estoy en el primer semestre. Todo el mundo dice que Olive Berns es un pitbull en lo referente a la recaudación de fondos.

—¿Te contó Lou algo más sobre Sadler o sobre Phoebe?

Hope sacudió la cabeza.

—No mucho. Lou no es demasiado hablador. De hecho, me sorprendió que me contara algo.

Empezaban a picarme los brazos por el espantapájaros.

—Gracias, Hope. Marchaos ya. Roman y yo nos ocuparemos de guardar las cosas.

—¿Seguro? —preguntó Archie.

—Marchaos. Todo controlado.

—Gracias. —Archie nos pasó el material a Roman y a mí, se colocó el monopatín bajo el brazo y ambos se alejaron.

Roman y yo entramos torpemente en el almacén con Cuqui pisándonos los talones.

—Qué monos. Me alegra que queden para cenar —dije mientras miraba por encima de los trastos que llevaba en los brazos para dirigirme al despacho.

—Hablando de cena, ¿quieres que pillemos algo de comer antes de que me pase el resto de la noche embotellando hidromiel? —preguntó Roman.

Parecía una oferta agradable, pero el hidromiel ya hacía efecto en mi organismo y temía quedarme dormida sin querer.

—Gracias, pero han sido unos días de locos. Me voy a regalar una noche de relax en casa. Voy a ver Rebeca y me iré a la cama pronto.

—¿Quién es Rebeca?

—La película Rebeca . De Alfred Hitchcock.

—No la he visto.

—¿Qué? Pues no sabes lo que te pierdes. Yo la he visto por ti y por todos los que no la hayan visto.

—Bueno, te mereces un descanso después del día que has pasado. ¿Seguro que estás bien?

Asentí.

—Cansada, nada más. ¿Otro día mejor?

—Claro.

Sentí alivio al soltar los trastos sobre el viejo sofá de mi despacho. Había poco espacio en el suelo de ese cuarto estrecho y sin ventanas. Roman tuvo que rodearme para soltar también sus cosas. Al hacerlo, presionó levemente su pecho contra mi espalda.

—Perdona —murmuró. Noté su aliento en la oreja.

El tiempo se detuvo y, simultáneamente, el instante pasó como un destello. Roman se apartó y salimos del despacho hasta el almacén, más espacioso.

—Hay otra cosa que quería preguntarte —dijo—. Ehh…

Al principio no me miró a los ojos. ¿Seguía preocupado por el incidente del coche? ¿Iba a ser como Heath al advertirme de nuevo sobre los peligros de investigar?

—¿Quieres venir conmigo a la fiesta de la cosecha? —preguntó por fin.

No era la pregunta que yo esperaba.

—Pero ¿no vamos en la misma carroza? —contesté sin pensar.

—Sí, a ver, me refiero a si quieres que vayamos juntos a ver la hoguera después de cerrar los puestos. Como… como una cita, ya sabes.

¿Una cita? Intenté recomponer la cara de sorpresa que sabía que tenía antes de responder:

—Me encantaría.

—Estupendo. Disfruta de tu noche de relax. Hablamos pronto. —Recuperó el desenfado y la seguridad en sí mismo. Empujó la puerta y se marchó por el callejón.

De repente me sentí más ligera, como un globo aerostático al despegar, alimentada solo de endorfinas. Roman me había pedido salir. Odiaba admitir que Baz tenía razón.

Baz. Suspiré y la decepción apagó mi euforia.

¿Seguirían raras las cosas entre nosotros?

En otras circunstancias le habría escrito para contarle mis novedades.

Pero en esa ocasión dejé el teléfono donde estaba, en el bolsillo de mis vaqueros.

De todos modos, seguro que me habría regañado por no ir a cenar con Roman.

Y tal vez hubiera tenido razón, una vez más.

¿Por qué no había aceptado la invitación para cenar con él?

Coloqué la manta de punto de mi abuela sobre el sofá del despacho y Cuqui se subió encima al instante para acurrucarse.

—Después te traigo algo de cena —le prometí tras cambiar impulsivamente mis planes.

Atravesé el almacén y abrí la puerta del callejón, pero una figura apareció entre las sombras y me detuvo en seco cortándome el paso. De mi garganta emergió un grito ahogado.