Capítulo veinticinco
CAPÍTULO VEINTICINCO
M e quedé paralizada durante varios minutos. A decir verdad, estaba conmocionada. Baz y yo nunca habíamos discutido. Me parecía increíble que nos hubiera abandonado de ese modo.
Archie y la señora Schultz aparecieron por el callejón, ella en bici y él en monopatín.
—Oye, ¿has empezado sin nosotros? —gritó Archie.
Me alegré al ver sus rostros amistosos, pero el dolor por Baz se acrecentó; la investigación no giraba en torno a mí, sino en torno a Archie. Decidí no contarles nada sobre el arrebato de Baz. No quería crear resentimiento entre ellos.
Al ver a Archie, Cuqui se revolvió en mis brazos, pero intenté no tomármelo de manera personal.
—¿Qué hace Cuqui aquí contigo? —Archie agarró al perro, que estaba feliz—. Pensé que Baz empezaba a encontrarle el tranquillo.
—Chet me ha dicho que puede quedarse con Cuqui. —Era cierto, aunque esa no era exactamente la razón de que estuviera conmigo—. El detective Heath me ha contado que interrogó a Thomas en la comisaría —le dije a la señora Schultz.
—Parecía nervioso cuando íbamos hacia allá, pero al llegar pareció relajarse —contestó ella mientras se bajaba de la bici.
—¿Vosotros dos os habéis encontrado en la comisaría? ¡No me digáis que habéis estado allí todo este tiempo! —le dije a Archie.
—No, yo salí de allí hace varias horas. He escrito a la señora Schultz por si quería venir a trabajar en la carroza. Hemos pensado que tal vez podamos acabarla esta noche.
—¿De verdad te apetece? —le pregunté.
—Así no pienso en otras cosas —contestó él.
—Creo que será una distracción para todos —añadió la señora Schultz.
No pude estar más de acuerdo.
Cogimos el material que acababa de sacar del almacén y nos repartimos las tareas.
Mientras la señora Schultz fijaba un cartel de madera de ¿Qué Sería?
en la parte de atrás, yo cuestionaba la verosimilitud de los pedazos de queso azul que intentaba hacer y que se parecían más a unas palomitas de maíz gigantes que a cualquier otra cosa.
—¿Qué tal con el detective Heath? —le pregunté a Archie después de ponernos manos a la obra.
—No le impresionó demasiado nada de lo que le enseñé. —Archie parecía desanimado.
—Él es así. No da una sola muestra de lo que está pensando.
—Pues entonces deberíamos encontrar al acosador nosotros mismos —anunció la señora Schultz. Levantó el taladro y lo pulsó en el aire.
Nos reímos de su fanfarronada.
—Sin embargo, tienes razón —dije—. Quizá deberíamos prestarle más atención al acosador de Phoebe. Ella dijo que prefería alojarse en un lugar apartado para que los periodistas no la molestaran, pero tal vez fuera una excusa.
—No obstante, cuando interrogaste a Thomas, dijo no saber nada de ningún acosador. ¿No crees que Phoebe se lo habría contado? —señaló la señora Schultz.
—Es posible que sí —contesté—. Aunque a lo mejor Phoebe tenía miedo de ese tío y no quería admitirlo.
No iba a descartar la participación del acosador con la misma facilidad que la había descartado Heath.
La señora Schultz y Archie levantaron la mano de repente y saludaron con gesto sonriente.
Me di la vuelta y vi a Roman, que se acercaba con el cheddar de cartón y una bolsa de tela llena de cosas.
Levantó el queso para devolver el saludo, pero sin la sonrisa que yo esperaba.
Cuqui se acercó a él, dio una vuelta alrededor de sus piernas y volvió con Archie.
—Chet me ha escrito para contarme lo sucedido en el coche de A. J. ¿Estás bien? —dijo Roman.
—¿Qué ha pasado? —preguntó la señora Schultz. Las sonrisas se esfumaron.
—Estoy bien, gracias —contesté.
—¿Qué ha pasado? —repitió Archie.
Empecé a relatar el accidente y les conté que A. J. había confesado ser el autor de las fotos comprometedoras de Phoebe comiendo costillas.
—Menos mal que el coche no volcó ni cayó al arroyo —dijo Archie.
—Esa carretera es peligrosa incluso si los frenos funcionan bien —añadió la señora Schultz.
Ambos me abrazaron de manera espontánea.
—Lo sé, pero estoy bien. Gracias por preocuparos, chicos. —No me sentía cómoda recibiendo tantas muestras de afecto y cambié de tema con mucho gusto—. ¿Qué llevas en esa bolsa? —le pregunté a Roman.
Roman miró la bolsa como si se hubiera olvidado de ella.
—Es la primera colaboración entre Chet y yo. —Sacó una botella de aspecto corriente, no como las que utilizaba para vender su hidromiel, que eran más sofisticadas—. Es cyser , una combinación de hidromiel y sidra. Este sabe a tarta de manzana. ¿Quién quiere probarlo?
Todos nos ofrecimos voluntarios. Por un momento, olvidamos nuestras manualidades y sacamos las sillas de debajo del porche.
—¿Qué vas a hacer ahora? —me preguntó Roman mientras abría la botella y nos sentábamos en círculo junto a la carroza.
—¿Con qué? ¿Con A. J.? —contesté.
—Con la investigación del asesinato. Podrían haberte matado. Llegados a este punto, podría ocuparse la policía, ¿no crees?
—La nota iba dirigida a dos personas, pero no sé si la otra persona es Chet o soy yo.
—¿Eso importa? Podrías haberte hecho mucho daño o haber muerto. ¿No es hora de abandonar la investigación y dejar que se ocupe la policía? —insistió Roman.
—Roman tiene razón. Sé que lo haces por mí, Willa, pero no quiero que te hagan daño —intervino Archie.
Yo tampoco quería, pero no estaba lista para abandonar.
—No hay peligro en discutir las posibles teorías entre nosotros, ¿no? Eso aún podemos hacerlo.
—Y si se nos ocurre algo, se lo contaremos al detective Heath —añadió Archie.
Todos asentimos.
—Probablemente sea lo mejor —convino la señora Schultz—. Ahora que el detective Heath ya sabe que Thomas le llevó la comida a Phoebe y que A. J. hizo las fotos, se hará una idea más clara de lo sucedido la noche anterior a su muerte. Seguro que pronto dará con el asesino.
—Es una canallada que A. J. mintiera respecto a las fotos. —Roman sirvió el hidromiel en los vasos de plástico que había traído.
—¿Chet lo sabía? —preguntó Archie.
—A. J. dijo que no —les expliqué—. Y Chet pareció muy dolido. A. J. dejó la memoria externa en la mesa de Deandra para que pareciera anónima. A. J. los engañó a los dos.
—Me habría sorprendido mucho que Chet hubiera estado metido en algo así —dijo Roman.
—A mí me sorprende que él y A. J. sean tan amigos. Parecen muy distintos. A. J. es como una rata en un laberinto, siempre en busca del siguiente trozo de queso. Chet parece más relajado, como tú.
—Me da la impresión de que Chet era muy parecido a A. J. antes. Me contó el horario tan brutal que tenía cuando trabajaba en una de esas empresas enormes de Silicon Valley.
—Me extrañó que un tío con dos trabajos de media jornada pudiera permitirse un barco —dijo Archie—. Y yo aquí sin poder salir de casa de mi madre…
—Lo estás haciendo muy bien, Archie —dijo Roman dándole un golpecito en el hombro.
—Roman tiene razón. Ese es el problema cuando nos comparamos con otras personas. No conocemos sus antecedentes —dijo la señora Schultz.
—Sabias palabras, señora Schultz —añadí yo.
—A lo mejor es positivo que él y A. J. sean amigos. Chet podría contagiarle algo bueno —dijo la señora Schultz, siempre optimista.
—Ojalá conociera mejor a nuestro redactor jefe de La Gaceta . Él mismo me contó algunas cosas de su vida, pero me sigue pareciendo muy misterioso. ¿Tú qué sabes de él, Roman? —pregunté.
—No hemos tenido mucha oportunidad de hablar. Recuerdo la época en que La Gaceta buscaba un nuevo redactor jefe. Resultó polémico que contrataran a alguien de fuera del pueblo. Fue cuando me vine a vivir aquí, hará unos tres años.
—¿No sabes nada de su familia ni de su lugar de origen? ¿Nunca has hablado con él sobre esos temas mientras tomabais algo en El Sótano?
Roman sacudió la cabeza despacio.
—A veces charlábamos, pero él sobre todo hablaba de Los Ángeles en general. Lo habitual era que él hiciera las preguntas, supongo que por deformación profesional.
—A mí me dijo que allí trabajaba como autónomo, pero no sé más. A lo mejor podrías preguntarle a Chet.
—Claro —accedió Roman mientras nos pasaba los vasos de hidromiel.
—¿Qué has dicho que es esto? ¿Cyser? —La señora Schultz examinó la botella que Roman sostenía en la mano.
—No tiene etiqueta, es una botella de muestra. Es una variedad de hidromiel con manzana —explicó Roman.
—¿Cómo la sidra? —preguntó Archie.
—Se fermenta con miel, como el hidromiel, de manera que es más dulce que la sidra. —Roman se disculpó por haber traído vasos de plástico, cosa que a ninguno nos importaba—. Tú solo puedes mojarte los labios, Archie.
Archie inspeccionó su vaso con el ceño fruncido.
Me has servido menos cantidad que el elixir bucal que uso por la noche.
—Lo siento, tío. No quiero fomentar el consumo de alcohol en menores.
—Por la expansión del negocio de Roman con su nuevo socio —propuse antes de que nadie bebiera.
Él devolvió el brindis.
—Y por ti, por Chet y por A. J., que habéis salido ilesos.
—Y por que el detective Heath resuelva pronto el caso —añadió la señora Schultz.
—¡Me mojo los labios por eso! —bromeó Archie y todos nos echamos a reír.
Chocamos nuestros vasos y bebimos.
—A mis amigas del póquer les encantaría esta bebida —dijo la señora Schultz relamiéndose.
—Pásese por la destilería. Acabamos de empezar a embotellar. Puedo darle varias botellas que tengo listas en el almacén.
—Estaré encantada de comprártelas, Roman.
—No hace falta. Así me ayuda a correr la voz sobre este nuevo sabor.
La señora Schultz levantó de nuevo el vaso y le dio otro sorbo.
Rechazó que le rellenara el vaso, ya que tenía que volver a casa en bici.
Roman y yo, en cambio, abrimos una segunda botella mientras avanzábamos con la carroza.
¿Era mi visión alterada por el hidromiel o Guernsey empezaba a tener buen aspecto?
Antes de darnos cuenta, las farolas de la calle se encendieron y comenzamos a frotarnos los brazos por el repentino frío nocturno.
La señora Schultz tenía que hacer la compra para su próxima noche de póquer, que tendría lugar al día siguiente, de manera que, tras un saludo con la mano y un golpecito al timbre de la bici, se marchó.