Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2) Capítulo veintitrés #2
70%

Capítulo veintitrés #2

—Hemos buscado aberturas en la valla. No hay forma de entrar.

La puerta trasera estaba cerrada con llave desde dentro.

También hemos preguntado por las llaves.

Los propietarios solo dejaron un juego de llaves que seguían en el bolso de Phoebe.

Y, antes de que me lo preguntes, hemos investigado también a los propietarios. De momento, no son sospechosos.

Eso complicaba mis teorías.

—¿Y si Thomas mandó hacer otro juego de llaves?

La voz de Heath se relajó. Su enfado se estaba disipando.

—Es posible. Solo dos personas pudieron acceder a las llaves a través de Phoebe. Y Thomas es una de ellas.

—¿Quién es la otra?

Heath me lanzó una mirada rápida y volvió a centrarse en la carretera. Entendí lo que quería decir. La otra persona era Archie.

—Sabemos que no es Archie, por eso tenemos que centrarnos en los demás sospechosos —insistí—. Sabemos que las imágenes de la cámara de seguridad no son concluyentes porque no hay imágenes de cuando Thomas llevó la comida esa noche. La pregunta es: ¿por qué no?

Esta vez hubo un ligero gesto de aprobación en su cara.

—Buena pregunta.

—Cuando me planteé la posibilidad de instalar un sistema de vigilancia, me dijeron que accedería a las imágenes a través de mi teléfono móvil mediante un código.

El sistema me avisaría si había movimiento en la cámara y grabaría durante el tiempo que yo eligiera.

Me explicaron que solo la persona que tuviera ese código podría borrar las imágenes.

—Al decirlo en voz alta me estaba respondiendo a mí misma—.

Thomas dijo que hablaron de la comida cuando estaban solos, ya que ella no quería dejar rastro por escrito de la conversación.

¿Crees que pudo detener la grabación ella misma, cuando Thomas fue a visitarla el viernes por la noche, como medida de precaución?

—Buena deducción.

—Si solo hacía falta acceder a su teléfono, cualquiera que entrara en la casa después de Archie pudo detener la grabación.

—Podría borrar su entrada, pero no su salida… El móvil de Phoebe lo tenemos nosotros.

—¿Y si el asesino conocía la clave y borró las imágenes de manera remota? Es probable que Thomas instalara la aplicación en el móvil de Phoebe y, en consecuencia, que supiera el código. Archie me dijo que Phoebe era incapaz de hacer nada sola.

—Pero para entrar en el sistema no basta con instalar la aplicación y saber el código. El propietario de la casa tuvo que introducir su clave personal para darle permiso a Phoebe, una clave distinta a la que le dio a ella.

—Bueno, alguien encontró el modo de acceder.

—Había demasiadas posibilidades—. El asesino sabía dónde estaba Phoebe.

Eso sitúa a Thomas y A. J. en lo más alto de la lista de sospechosos.

Y no nos olvidemos de Ginger. Phoebe pudo haberla llamado esa tarde.

Quizá quiso que su antigua amiga le echara una mano.

—Eso explicaría que la mataran en el breve intervalo de tiempo que se quedó sola, pero no hay ningún registro de llamadas al número de Ginger. A lo mejor fue simple cuestión de suerte que Archie no estuviera allí cuando entró el asesino.

Se me cortó la respiración.

—Ay, Heath, eso no se me había ocurrido. Si el asesino no sabía que Archie estaba con ella ese día, podría haberlo pillado dentro de la casa ¡y lo habría matado también! —La culpa que sentía por haber metido a Archie en ese lío se cubrió de autorreproche. Miré por la ventanilla y contuve el llanto.

—Oye. —Heath me puso una mano en la pierna—. Pero eso no ha pasado. Archie está bien.

—Es un chaval de diecinueve años sospechoso en una investigación por asesinato. Cómo va a estar bien.

Su mano volvió al volante. Redujo la velocidad al enfilar Main Street.

Me recompuse a medida que nos acercábamos a mi tienda y le expliqué a Heath que la caja de libros de Phoebe estaba en la puerta que daba al callejón lateral. Detuvo el coche justo delante, en el mismo sitio donde A. J. y yo habíamos planeado nuestra desastrosa excursión, y apagó el motor.

—Esa es la caja —le indiqué cuando nos bajamos del coche—. Huele un poco mal, pero los libros parecen intactos, salvo por el detalle de que están firmados por Phoebe.

—No creo que saquemos nada en claro de ahí, pero me los llevaré a la comisaría por si contienen alguna pista sobre quién se los llevó. ¿Qué vas a hacer ahora? —No era una pregunta casual.

—Tenemos que terminar la carroza antes de la fiesta de la cosecha de este fin de semana.

La respuesta pareció apaciguarlo.

—Sé que es un poco tarde para decir esto y tal vez no debería hacerlo —comenzó a decir. Luego vaciló—. Pero tengo que ser sincero sobre cómo me siento. —Se acercó más a mí sin apartar sus ojos oscuros de los míos.

Noté que se me aceleraba el corazón. Percibí el leve aroma de su colonia e inspiré para intentar captar mejor los embriagadores matices cítricos y amaderados.

—Dime. —Me salió apenas más fuerte que un susurro.

Dudó un instante más y por fin habló.

—No hagas estupideces.

¿Cómo?

Retrocedí. La atracción se rompió de inmediato, como si acabaran de cortar un cable.

—Sé que no servirá de nada —continuó—, pero tengo que decirlo. Pensé que si te mantenía un poco al tanto de la investigación evitaría que te metieras en situaciones peligrosas, pero parece que no es así.

No dije nada mientras me recuperaba del bofetón provocado por mis ideas absurdas.

—Willa, ¿qué puedo hacer para convencerte?

Por fin me atreví a mirarle a los ojos.

—Exculpar a Archie.

Él fue el primero en apartar la mirada. Se frotó la nuca, tal vez para liberar tensión, y se llevó las manos a la cintura ahuecando la chaqueta, su habitual postura de frustración.

—Tengo que volver a la comisaría para interrogar a A. J. y a Chet.

—Ya me contarás cómo va la cosa —dije.

No me hizo gracia la risita sarcástica que soltó mientras se enfundaba unos guantes de látex y metía la caja de libros en el coche.