Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2) Capítulo veintitrés
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Capítulo veintitrés

CAPÍTULO VEINTITRÉS

N os olvidamos de la grúa y del Uber, y en su lugar llamamos al detective Heath, que llegó en su coche seguido de Shep, que conducía un coche patrulla. Heath siempre me desconcertaba: me provocaba seguridad y nerviosismo a partes iguales.

Me miró sin decir una sola palabra antes de leer la nota. Con guantes de látex, la metió en una bolsa de pruebas. A. J. le explicó lo sucedido.

—¿Cuándo fue la última vez que miraste en la guantera? —le preguntó el detective Heath.

A. J. se pasó la mano por la mata de pelo rizado.

—Yo qué sé… Puede que hace meses. No me acuerdo.

—¿Dónde guardas el coche?

—Por lo general está aparcado enfrente de mi casa o en el aparcamiento situado en Main Street oeste.

—¿Lo dejas cerrado?

—Por la noche sí, pero mientras trabajo está abierto. Allí siempre hay puestos de comida y mucha gente, y me llevo el bolso a todas partes.

—De manera que cualquiera podría haber metido esa nota en la guantera —intervine.

Shep levantó el capó del Jeep y examinó el interior.

—¿Sabes qué buscas? —le preguntó Heath.

—Ni idea —contestó Shep.

Una grúa aparcó enfrente del coche. Era la grúa de Richie, Richie Musculitos, como yo lo apodé cuando Baz me lo presentó. En el pueblo era casi tan conocido como Shep y se llevaba bien con todos. Además, se sentía especialmente orgulloso de sí mismo.

Descendió de la grúa y se acercó a nosotros con los brazos ligeramente separados por culpa de sus abultados bíceps.

En silencio, me saludó como siempre, levantando las cejas con una mirada rápida seguida de un movimiento de cabeza.

Lo saludé con la mano. Intercambió apretones de manos masculinos acompañados de abrazos con A. J. y Chet.

—¿Otra vez la transmisión? —dijo mirando el coche.

—No, tío. Los frenos —contestó A. J.

—Buf. Me alegro de que estéis bien. ¿También ha venido el detective?

Eso significa que sois VIP —bromeó. Ya tenía suficiente experiencia como para saber que no debía hacer preguntas, al menos delante de Heath.

Era muy amigo de Shep y la policía recurría a él cuando había colisiones y casos delictivos—.

¿Dónde hay que llevarlo? —le preguntó a Heath.

—Llévalo al depósito de la comisaría. Tenemos que examinarlo con más calma —contestó el detective.

—De acuerdo. —Comenzó a colocar el vehículo en la plataforma de la grúa.

—¿Cuándo recuperaré el coche? —le preguntó A. J. a Heath.

—Cuando acabemos. —Heath se volvió hacia Chet—. ¿Tienes algo que aportar a lo sucedido?

—Pues no. Estaba escribiéndole un mensaje a Ginger sin prestar atención cuando salí despedido hacia la puerta. Entonces me di cuenta de que íbamos demasiado rápido y A. J. dijo que no funcionaban los frenos.

—¿Dónde ibais los tres juntos?

Temía esa pregunta. Nos miramos, miramos al suelo, al cielo…, a todas partes menos a Heath.

—Me resulta imposible pasar por alto que estamos en la carretera que lleva a la casa de Phoebe Winston —apuntó Heath. Fue la única vez que me miró.

—Creo que A. J. tiene algo que decir al respecto —dije, arrojándolo a los leones. Me había engañado, así que cada uno a lo suyo.

A. J. me fulminó con la mirada y suspiró con resignación.

—Fui yo quien le sacó las fotos de Phoebe esa noche mientras comía carne en la casa de alquiler.

Heath no pareció demasiado sorprendido. Una vez más, su cara de póquer, siempre tan oportuna.

—Vas a tener que venir a comisaría para que te interroguemos. ¿Quién más lo sabía? —le preguntó Heath a A. J., aunque nos miró a Chet y a mí.

—Ellos no sabían nada. Nadie más lo sabía.

—Chet, ¿te importaría acompañar a A. J. a comisaría para revisar la declaración que nos ofreciste el domingo acerca de las fotos? —le preguntó Heath.

—No hay problema —contestó Chet.

—Podéis marcharos con el agente Shepherd —ordenó Heath.

—Vamos, chicos —dijo Shep.

—Déjame que coja el bolso de la parte de atrás del coche —dijo A. J. mientras se dirigía hacia el Jeep.

—No. Ahora es una prueba —dictaminó Heath.

—Tengo allí la cámara y el cuaderno. ¿Quieres dejarme sin trabajo?

—Eso casi lo consigues tú solo. —Heath le hizo un gesto con la cabeza a Shep, que se los llevó a los dos.

De ese modo, nos quedamos solos Heath y yo junto a la carretera. Puse mi cara más inocente, como si acabáramos de encontrarnos en la parada del autobús.

—Te llevo a casa —me dijo con tono cortante. Mi fingida inocencia no provocaba ningún efecto en él.

Permanecimos en silencio durante varios largos minutos. Por muy incómodo que fuera el silencio, sabía que sería peor confesarle lo que hacía allí con A. J. y Chet. Quizá fuera mejor no decir nada.

Pasaron otros cinco minutos más. Buf. Mi propósito de estar callada se fue al garete frente a su técnica de psicología inversa de no interrogarme. Aunque tal vez fuera mi sentimiento de culpa lo que me hizo desembuchar. Heath me escuchó, pero no siguió callado mucho tiempo más.

—No sabías si A. J. era sospechoso o no, pero te montaste en un coche con él —repitió sin motivo. ¿Por qué sonaba mucho peor cuando lo decía él?

—Pero hice que Chet nos acompañara —contesté sin demasiado énfasis.

—¿Y vuestro plan era traspasar el cordón policial e intentar entrar en la casa?

—No. Solo queríamos saber cómo se entra, pero no queríamos entrar.

—Claro, no es lo mismo. ¿Y cuándo lo planeasteis?

—Planear suena demasiado… planeado.

—Willa. —Apartó un momento la vista de la carretera para mirarme. No iba a dejar que me saliera con la mía.

—Lo hemos hablado esta mañana —confesé.

—¿Alguien os oyó?

—No que yo sepa. Supongo que existe esa posibilidad porque estábamos en la acera, junto a mi tienda. ¿Crees que esto ha pasado porque íbamos a la casa? A. J. ha estado haciendo preguntas sobre el asesinato, que yo viniera con él en el coche ha podido ser solo una coincidencia.

—¿Has leído la nota?

—Pues claro.

—Decía: «Dejad de hacer preguntas o seréis vosotros los dos siguientes». Los dos.

—¿Crees que yo soy una de esos «dos»? Daba por hecho que se refería a Chet.

—Si alguien os oyó hablar o si A. J. o Chet le han contado vuestros planes a alguien más, puede que te hayan colocado en el punto de mira. Les preguntaremos con quién más han hablado del tema. ¿Cuándo se enteró Chet?

—Le pedí que nos acompañara cuando lo vi esta mañana en la destilería. —Traté de recordar—. Me dijo que Ginger siempre quiere saber dónde está; puede que a ella sí que se lo haya contado. —Todos los caminos parecían conducir a Ginger—. ¿Sabes que Ginger asistió a la escuela de cocina con Phoebe?

—Sí, lo sabemos.

—Ah, ¡y los libros del contenedor! —Recordé.

—¿Qué libros?

Procedí a darle todos los detalles de la mañana en que Baz encontró la caja de libros de Phoebe firmados en el contenedor situado entre La Ferretería de Carl y El Colmado de Lou.

—Puede que los robaran del maletero de Phoebe. Archie metió las cajas en ¿Qué Sería?, dio dos viajes y dejó el maletero abierto. Tenía el coche aparcado delante del colmado —expliqué.

Me quedé mirándolo desde el asiento del copiloto a la espera de algún gesto de emoción ante ese nuevo hallazgo. Por supuesto, me llevé un chasco.

—Hemos recibido denuncias por varios robos de piezas de carrozas que han aparecido en los contenedores. Lo de los libros podría ser otra gamberrada —dijo Heath, que no estaba dispuesto a secundar mis teorías.

No iba a rendirme.

—O pudo tirarlos alguien que odiaba a Phoebe Winston. Creo que fueron Ginger o Lou. Has visto los correos electrónicos de Olive Berns, ¿no?

—Hablaremos con Lou.

Me fijé en su perfil mientras él miraba la carretera. Nada. Ni una pizca de entusiasmo.

—Vale. ¿Y qué pasa con el acosador? ¿Hay alguna forma de saber quién es el chico de la foto? —pregunté.

Detecté una pausa antes de que Heath me respondiera:

—Lo investigaremos.

—Has hecho una pausa antes de hablar. ¿Por qué?

—No he hecho ninguna pausa.

—Claro que la has hecho. No seguirás dudando de la existencia de esa foto, ¿verdad?

A ver, Archie identificó al chico en otra foto distinta…

¡en la que aparece con Phoebe Winston! Tenía pinta de acosador, todo enchaquetado para ella, acechándola en un acto público.

A lo mejor Phoebe le prestó atención en algún momento y él creyó algo que no era.

Luego, cuando no tuvo más noticias suyas, se lo tomó a mal.

Y por eso le mandó la foto. El mensaje era: «¿Te acuerdas de mí?

». Está claro que le molestaba mucho que ella lo ignorara.

—Extendí las manos por delante de mí para enfatizar que le acababa de entregar una teoría creíble en bandeja de plata.

Me miró.

—Ya te he dicho que lo investigaremos.

—¿En futuro? —pregunté.

—Exacto. Lo investigaremos.

—¿Y por qué no lo estáis investigando ya? ¿Por qué lo posponéis? Ese tío podría ser la clave.

—Lo investigaremos. Nuestros efectivos son limitados. Ese chico misterioso es una posibilidad remota y tenemos más sospechosos.

—Exacto. También está Thomas. ¿Alguien ha hablado con él esta tarde? Ha confesado que fue él quien le llevó la comida a Phoebe esa noche. La señora Schultz lo acompañó a la comisaría para que os lo contara.

—Sí, ya hemos hablado con él.

Silencio.

—De nada —dije.

Su voz se volvió más profunda.

—No voy a darte las gracias por ponerte en peligro para sonsacarle confesiones a la gente.

—No era mi intención —dije con la sensación de estar recibiendo una reprimenda—.

Pero el hecho es que ya sabemos lo que pasó el viernes por la noche.

Thomas estuvo en esa casa varias veces antes del asesinato y pudo explorar el perímetro de la propiedad.

Las dos cámaras de seguridad se encuentran en la parte delantera, así que solo necesitaba encontrar el modo de acceder por detrás al día siguiente.

—¿Crees que no estamos trabajando en esa línea? ¿De verdad, Willa? ¿Eso crees?

Esta vez, cuando se volvió para mirarme, su irritación era visible. Fui yo quien apartó la mirada.

—Claro que estáis trabajando en esa línea, pero…