Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2) Capitulo veintidós
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Capitulo veintidós

CAPITULO VEINTIDÓS

L a carretera serpenteaba junto a un arroyo.

Eso lo recordaba bien. No había semáforos ni gente.

En ninguna de las dos ocasiones en que había ido a la casa nos habíamos cruzado con ningún coche.

Sabía que no tendría oportunidad de escapar y que el coche no se iba a detener. Aun así, tenía que encontrar el modo.

Como si A. J. me leyera el pensamiento, el coche parecía ir cada vez más rápido y, cada vez que había una curva, se arrimaba al borde de la carretera sin arcén.

No sabía qué decirle para que nos dejara marchar. Ahora parecía nervioso y agarraba el volante con más fuerza.

—A. J. —empecé.

—No funcionan los frenos —soltó.

—¿Cómo? —Vi que pisaba el pedal, pero el coche no aminoraba la velocidad.

En ese momento nos sacudíamos de un lado a otro. Con solo tomar mal una curva, acabaríamos en el arroyo o contra un árbol. En la siguiente curva, me estampé contra la puerta.

Chet por fin desvió su atención del teléfono.

—¿Qué pasa?

—¡No sé qué pasa! —A. J. dejó de prestar atención a la carretera para mirar el pedal del freno y de nuevo la carretera.

—¡Mete una marcha más corta! —gritó Chet desde el asiento de atrás.

Las manos de A. J. parecían pegadas al volante.

Miré el panel de marchas situado entre nosotros.

Me fijé en el freno de mano y, sin pensarlo dos veces, tiré de él.

El coche derrapó. Noté que A. J. intentaba mantener el control del vehículo con las manos en el volante, pero todo giraba sin parar, como en el tiovivo cuando tenía ocho años. Busqué algo a lo que agarrarme.

El sonido de los neumáticos contra la grava retumbó en mis oídos justo antes de pararnos en seco. Salí despedida hacia delante, pero el cinturón de seguridad me retuvo clavándoseme en la clavícula.

Nos quedamos de piedra, como si el más mínimo movimiento fuera a poner el coche en marcha otra vez.

Con la respiración entrecortada, A. J. separó con cuidado las manos del volante, puso el coche en punto muerto y apagó el motor.

Nos miramos unos a otros, luego cada uno se revisó a sí mismo y después miramos a nuestro alrededor.

No sé cómo, A. J. se las había apañado para dirigir el coche hacia una zona de hierba alta.

—Bien hecho, tío. Has controlado como un Fórmula 1. —Chet le dio dos golpecitos en el hombro. Aunque intentaba relajar el ambiente, vi que el sudor le empapaba la frente.

A. J. soltó un largo suspiro y a continuación una risa nerviosa.

—¿Qué ha pasado? —pregunté.

—No lo sé. No me había dado problemas desde que arreglé la transmisión hace unos meses. Los frenos tendrían que haber funcionado. ¿Estáis bien, chicos?

Ambos asentimos. En el momento en que la adrenalina comenzó a descender y sentí cierto alivio, recordé lo que había descubierto justo antes de que los frenos se estropearan. A. J. me había mentido. Todavía tenía que escapar de él.

Toqueteé el cinturón de seguridad y el pestillo, como una adolescente en una película de miedo. Al darme cuenta de que no estaba cerrado, salí del coche. A. J. y Chet me siguieron. A. J. se quitó la chaqueta y la echó sobre el asiento del copiloto. Tenía la camisa empapada en sudor.

—Voy a llamar a un Uber —dije distanciándome de ellos con el móvil en la mano, bien visible, a modo de arma—. También puedo llamar a Baz. Él sabe que estoy con vosotros en caso de que me pase algo —mentí.

—¿Qué quieres decir con eso de «en caso de que me pase algo»? —preguntó Chet—. A. J. acaba de salvarnos.

—Sabía cómo llegar a la casa; eso significa que fue él quien sacó las fotos esa noche —dije—. O que los dos estáis en el ajo.

—Lo que dices es una locura —dijo Chet mientras se dejaba caer sobre la hierba. Era obvio que no le daba ningún crédito a lo que acababa de oír—. Venga, volvamos a casa.

A. J. se inclinó hacia delante con las manos sobre los muslos. Pensé que iba a vomitar.

—¿Estás bien, A. J.? —preguntó Chet.

A. J. se enderezó, pero los hombros se le desplomaron. Se apartó de la frente los rizos empapados en sudor. Parecía agotado.

—Fui yo. Yo hice las fotos —dijo. A continuación, se apresuró a añadir—: Pero yo no la maté.

Chet parecía aturdido.

Esta vez no iba a ser tan ingenua.

—Si solo hiciste las fotos, ¿por qué no te atribuiste la autoría?

—Los seguidores de Phoebe son unos fanáticos. Pensé que se pondrían violentos conmigo. Además, no sabía si ella es de las que van por ahí demandando a la gente. Lo único que buscaba era un poco de reconocimiento para el periódico.

Quise saber los detalles.

—¿Cómo supiste dónde se alojaba?

—Alguien me metió en la chaqueta una nota con su dirección.

—Tío… —Chet sacudió la cabeza.

Ni siquiera su amigo parecía creerle.

—¿Te metieron una nota en la chaqueta? ¿Junto con las escrituras del puente de Brooklyn? —pregunté con retintín.

—¡Lo juro! Había una nota. Lo que sospecho es que Thomas sabía quién era yo desde el principio y me la puso en el bolsillo porque no le estaba permitido darme la dirección. Así no se vería comprometido.

—¿Cómo sabías que Phoebe estaría comiendo carne?

—No lo sabía. Por eso creo que fue Thomas quien me dio el soplo. Quería que fuera a la casa justo esa noche.

Caminé por delante del coche para asimilar lo que A. J. me acababa de contar. Un minuto antes, estaba convencida de que él era el asesino, pero tenía que reconocer que lo que decía tenía sentido.

Chet se levantó para alejarse un poco de A. J.

—Siento haberte mentido —le dijo A. J.—. Era periodismo, nada personal.

Chet se detuvo a varios metros de él sin darse la vuelta. Noté que la traición le había afectado.

A. J. parecía derrotado, pero aún me quedaban varias preguntas por hacer.

—¿Por qué me has hecho traerte hasta aquí cuando ya sabías dónde estaba la casa?

—No podía volver a buscar más información sin delatarme. Necesitaba decir que eras tú quien me había indicado la ubicación.

—Entonces, ¿te estabas aprovechando de mí para publicar una noticia?

—Nos estábamos aprovechando el uno del otro.

Ese fue el trato, ¿no? ¿Crees que no sé lo de Archie?

—Sentí que se me encendía la cara con solo oír el nombre de mi amigo—.

No soy un monstruo, solo soy periodista.

A menos que la policía me indique lo contrario, quiero enterarme de todo antes de acusar a nadie —dijo.

—Te lo agradezco —respondí. ¿Me había equivocado con él?

—Y agradecería que tú hicieras lo mismo —añadió.

—Tendrías que darle la nota a la policía.

—No puedo —contestó.

—Tienes que dársela.

—La tiré.

—¿Qué?

—En ese momento no quise que hubiera pruebas que me relacionaran con las fotos, así que esa misma noche me deshice de la nota.

No quería pistas que revelaran mi fuente, porque pensé que Thomas me había hecho un favor.

Hasta que asesinaron a Phoebe. Ahora pienso que me tendió una trampa.

—Yo me mantenía escéptica—. Mira, cuando seguí a Thomas desde El Sótano hasta el vestíbulo del hotel, me dijo que Phoebe nunca me concedería una entrevista.

Por eso, cuando encontré la nota un poco más tarde y fui a su casa, supe que tendría que conformarme con sacar unas cuantas fotos robadas.

Tuve mucha suerte con las ventanas de la casa, pero no con la valla.

Aun así, podía tomar buenas fotos con el teleobjetivo.

Y entonces me fijé: estaba comiendo costillas.

Thomas tenía que haberlo organizado todo.

—¿Por qué no se lo contaste a la policía? —pregunté.

Chet por fin se dio la vuelta para mirarnos. Parecía que también le interesaba la respuesta.

—Porque todo me hacía parecer culpable, ¿no crees?

—dijo A. J. con irritación—. Además, cuando nos enteramos de que estaba muerta, ya me había inventado lo de las fotos anónimas.

Copié las imágenes en una memoria externa, las dejé en la mesa de Deandra e hice como si no supiera nada de ellas.

¿Cómo iba a decirles a Chet y a Deandra que había mentido?

Con ojos apagados y vacilantes, miró a Chet, que seguía sin decir nada. Me dio la sensación de que esa mentira pondría a prueba la amistad entre ellos.

—Tendrás que explicárselo a la policía. Si el detective Heath lo averigua antes de que tú se lo digas, sí que parecerás culpable —le advertí.

—Yo no la maté. Lo juro.

Ahora que el corazón me latía a un ritmo normal, volví a verlos a ambos con los mismos ojos de siempre. De momento, decidí creer a A. J. en lo concerniente a las fotos y el asesinato.

—En cualquier caso, tenemos que volver a casa —dije.

—Chicos, si queréis, pillad un Uber vosotros, yo tengo que esperar a la grúa. Tendré que pagar por un vehículo de sustitución —se quejó para sí mismo—. ¿Me cubrirá esto el seguro?

—Deberías leer tu propio periódico, A. J. Hace poco publicasteis un artículo sobre el servicio de asistencia en carretera de la Asociación del Automóvil —le dije.

A. J. chascó los dedos.

—Yo tengo contratado ese servicio.

Se agachó junto al asiento del copiloto para buscar en la guantera. Cuando volvió a levantarse, miraba con cara de asombro el trozo de papel que sostenía en la mano.

—¿Qué pasa? —Chet se acercó a su lado para ver de qué se trataba—. ¿Qué demonios…? ¿Dónde has encontrado eso?

—Estaba en la guantera.

Presa de la curiosidad, yo también me acerqué:

DEJAD DE HACER PREGUNTAS

O SERÉIS VOSOTROS LOS DOS SIGUIENTES .

Nos miramos unos a otros. Busqué una respuesta en la cara de ambos.

—¿Creéis que alguien ha tocado los frenos a propósito? —preguntó A. J.

Yo ya tuve una experiencia con una nota amenazante en el pasado y sabía exactamente lo que significaba.

—A. J., alguien ha intentado matarte.

A. J. palideció. Esta vez creo que sí que estuvo a punto de vomitar.