Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2) Capítulo veintiuno
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Capítulo veintiuno

CAPÍTULO VEINTIUNO

Accedí directamente a una planta baja diáfana dividida en cubículos, como un cómic de Dilbert, salvo el mostrador junto a la puerta.

La mujer mayor que estaba detrás, vestida de manera informal con vaqueros y una camisa de manga larga, estaba recogiendo sus cosas.

Se levantó y se colocó las asas del bolso en el hombro antes de percatarse de mi presencia.

—¿Puedo ayudarla? —preguntó con bastante educación.

—He venido a ver a A. J. Me está esperando. —Ya no había vuelta atrás.

—Suba por las escaleras situadas en el habitáculo del fondo.

—Gracias.

Asintió con la cabeza y pasó por mi lado en dirección a la puerta, seguramente para que nada más interrumpiera su pausa de la tarde.

De camino a la escalera, eché un vistazo al cubículo más cercano.

No había nadie en él, pero una foto familiar enmarcada sobre una mesa abarrotada de cosas me indicó que se trataba del espacio de trabajo de Deandra.

Su mesa solo estaba a unos pasos de la puerta, como ella misma me había dicho.

La sala estaba sorprendentemente silenciosa, salvo por los suaves golpeteos de los teclados y el sonido de lo que parecía una bolsa de patatas fritas.

En mi imaginación, las redacciones de los periódicos bullían de actividad y ruido: teléfonos sonando por encima de los fuertes chasquidos de las máquinas de escribir.

Sin duda, había visto demasiadas películas antiguas.

La Gaceta de Glen no era el Washington Post .

Era un periódico gratuito que se publicaba tres veces por semana y que cubría lo sucedido en el pueblo.

Lo más probable es que no hubiera ninguna noticia urgente sobre la feria de la cosecha que requiriera atención inmediata.

El único suceso relevante era el asesinato de Phoebe y, como Deandra me había dicho, A.

J. era quien lo cubría. ¿Había alguna razón más vil que el ego para que se hubiera asignado la noticia a sí mismo?

Encontré el cuarto que me había indicado la recepcionista al fondo del edificio, donde había una salida de emergencia y una escalera que me condujo a una puerta abierta.

Al otro lado divisé un espacio diáfano con una única ventana a cada lado que daba a las fachadas de estuco de los edificios adyacentes.

No sabía dónde fijar la mirada, como si acabara de toparme con un montón de baratijas en un mercadillo de segunda mano.

Sobre una gran mesa de roble se extendía un caos de carpetas, periódicos y un teclado suelto sin monitor.

A medida que me acercaba, me fijé en varias tazas desparejadas, algunas de ellas usadas como lapiceros y otras con restos de café.

Dos sillas de oficina con ruedas flanqueaban un escritorio donde una pantalla de ordenador, cubierta de notas adhesivas rosas como una varicela, dividía en dos el desorden.

Reconocí la bolsa de lona de A. J. en una de las sillas.

En el mismo espacio confuso había un segundo puesto. Chet estaba sentado delante de un monitor enorme de espaldas a mí. Al oírme entrar, giró la silla para verme.

—Hola, Willa.

—¡Hola! Me alegro de verte. —Me acerqué a él aliviada.

La austeridad de su espacio de trabajo contrastaba con el desorden de la mesa de A.

J. La pantalla del ordenador descansaba sobre una mesa normal que hacía las veces de escritorio.

Al lado había una suculenta solitaria en una maceta de barro y su teléfono móvil.

Me pregunté cómo era posible que A. J. y Chet fueran amigos, dadas las aparentes diferencias entre ellos.

Su móvil sonó para anunciar la llegada de un mensaje y no pude evitar una mirada furtiva. En la pantalla apareció el nombre de Ginger. Él hizo caso omiso.

—¿Está A. J. por aquí? —pregunté.

—Sí. —Su teléfono volvió a sonar con la llegada de otro mensaje de Ginger. Él lo agarró—. Disculpa un momento… —Hizo rodar la silla unos cuantos pasos y contestó con otro mensaje.

De repente, como de la nada, apareció A. J. Me pregunté si esa costumbre suya de andar a hurtadillas entre la gente me resultaría más llevadera cuando trabajáramos juntos.

—¿Tenéis pasadizos secretos aquí o qué? —pregunté.

—El baño. —Señaló una puerta que no había visto al entrar—. ¿Estamos listos para irnos? —Siempre tenía una energía nerviosa, como si estuviera preparado para echar a correr en cualquier momento, cosa que a veces hacía.

—Supongo que sí —contesté—. Chet, ¿quieres acompañarnos? —Procuré sonar espontánea para que A. J. no sospechara que ya se lo había pedido antes.

Chet levantó la vista del teléfono.

—Claro, ¿por qué no? —contestó sin revelar nada más.

—Voy a coger mi bolsa —dijo A. J. antes de acercarse un momento a su mesa.

Articulé un silencioso «gracias» mirando a Chet y nos reunimos con A. J. en el umbral. Miré con desconfianza la cámara que guardaba en el bolso mientras lo seguíamos escaleras abajo y salíamos de la redacción.

Tuve que apretar el paso para seguirle hacia el aparcamiento público situado al fondo de la calle en la acera de enfrente.

Los nervios volvieron a hacer acto de presencia en cuanto me senté en el asiento del copiloto de su Jeep Cherokee, un modelo antiguo con una abolladura en el guardabarros trasero.

Chet se sentó detrás. Aún no estaba segura de estar haciendo lo correcto al dejar que A.

J. viera la casa, pero era un riesgo que tenía que correr si quería sacar a Archie de la lista de sospechosos, aunque implicara saltarme algunas de las reglas de Heath.

Además, hasta donde yo sabía, A. J. no tenía ningún motivo para matar a Phoebe.

—Gira por Valley Road hacia el oeste —dije cuando arrancó. Siguió mis indicaciones y avanzamos en un silencio incómodo—. Bueno ¿y quién crees que mató a Phoebe? —pregunté. Ya que le iba a llevar a la casa, quería que me diera algo a cambio.

—Eso dependerá de lo que encontremos ahora —contestó con aire distraído—. Apostaría por su ayudante, Thomas. Seguro que tenía algún tipo de obsesión extraña con ella.

—Thomas mencionó a otro ayudante de Phoebe, un tal Jeremy, pero no sé qué pensar. Dejó el trabajo pocos meses después de que él empezara a trabajar con Phoebe, lo cual me sonó un tanto sospechoso.

—¿Qué tiene de sospechoso?

—Trabajaban juntos todo el tiempo, ambos totalmente comprometidos con Phoebe, según me aseguró Thomas.

Sin embargo, Jeremy se fue de repente sin decir nada.

Phoebe dijo que Jeremy había conseguido otro trabajo, pero ¿por qué no se lo dijo él mismo a Thomas?

Y si Jeremy estaba tan comprometido con ella, ¿por qué se fue?

—¿Y cuál es tu teoría?

—Creo que, o bien lo echaron, en cuyo caso Jeremy sería un sospechoso, aunque eso sucediera hace casi tres años, o bien Thomas me mintió y se deshizo de él para ser el favorito de Phoebe.

—Yo me decantaría por lo segundo —dijo A. J.—. ¿Qué más sabes de él? Se llama Jeremy ¿qué más?

—Esa es otra. Thomas dice que no sabe su apellido. Cree que es de Alameda. —Alcé la voz para que Chet me oyera desde el asiento de atrás—. ¿Qué te parece, Chet? —Miré hacia atrás. Chet tenía la cabeza agachada y escribía en el móvil—. ¿Chet?

Levantó la vista.

—Ay, perdona. Ginger no me deja en paz. Se suponía que íbamos a quedar esta tarde. ¿Qué decías?

—Da igual. —Ginger me había dado a entender que Chet estaba siempre controlándola, pero parecía que en sentido contrario sucedía lo mismo. Empecé a pensar que tal vez Baz tuviera la suerte, sin saberlo, de que ella estuviera ya ocupada. Cambié de tema.

—¿Has hablado con el casero sobre Cuqui?

—Ah, sí. Se me olvidó contártelo. Me ha dicho que no hay problema. Y Roman me ha dicho que Cuqui puede estar en la destilería siempre que no entre en la sala de catas. Y a ti no te importa que venga al periódico, ¿verdad, A. J.?

—Supongo que no —contestó A. J. sin entusiasmo.

—Uf, estupendo —dije—. Eso nos ayuda mucho.

Al mirar por la ventanilla me di cuenta de que casi habíamos llegado a la carretera sin señalizar que Baz y yo nos habíamos saltado la noche anterior.

Si la memoria no me fallaba, estaba justo después de la gasolinera.

Me disponía a decirlo cuando A. J. redujo la marcha y giró a la derecha.

Iba a corregirle, pero me di cuenta de que había tomado el camino correcto que llevaba a la casa de alquiler de Phoebe.

—¿Cómo sabías…?

Mi confusión dio paso a una certeza que no quise admitir.

No había forma de que A. J. conociera la ubicación de la casa, a menos que hubiera estado allí antes.

Se me revolvió el estómago. Lo miré, pero no me contestó.

Sabía que había oído el principio de mi pregunta, pero volví a empezar para que no hubiera lugar a dudas:

—¿Cómo sabías dónde girar?

—El detective ese nos dio la dirección —explicó con poca convicción.

—Eso no es verdad. —Conocía a Heath demasiado bien para saberlo—. Sabes cómo llegar a la casa.

A. J. se esforzó por mirar hacia la carretera. No necesitaba consultar mi bola 8 mágica para saber la respuesta: «Las perspectivas no son muy buenas».