Capítulo veinte #2
—Lo siento. Es la primera vez que lo preparo —contesté.
—No me refiero al bocadillo, sino al engaño. No me gustó verme envuelto en ese asunto.
La señora Schultz y yo nos miramos, sorprendidas de haberlo ablandado. Me acerqué con cuidado.
—¿Fue mentira desde el principio?
—Ella no quería que lo fuera, pero la culpa es mía.
—¿Y eso por qué?
—De repente anunció que se hacía vegana, justo después de recibir todos esos comentarios positivos por el vídeo de Cuqui.
Dijo que era algo que tenía pensado hacer.
Entonces la marca Vegueso la llamó porque buscaban un rostro famoso para su producto y ella había publicado varias recetas veganas en su primer libro de cocina.
Le prometieron un contrato para un nuevo libro, a condición de que las recetas fueran veganas y se prepararan con su queso.
Así que se hizo pasar por vegana para conseguirlo. Estaba desesperada por mejorar su fama.
—¿Y entonces te encontró en Vegueso y te contrató? —Recordé lo que Thomas me había contado.
—Sí. Por eso digo que fue culpa mía. Me contrató porque pensó que podría ayudarla con ese asunto del veganismo, pero yo no sabía casi nada.
Solo comía vegano durante las horas de trabajo.
Intentó hacerse vegana, de verdad que lo intentó, pero no fue capaz.
Jeremy y yo tratamos de ayudarla, pero no duró mucho.
—La otra vez ya me hablaste de Jeremy. ¿Seguro que no te acuerdas de su apellido? ¿De dónde es? —Quizá había llegado el momento de investigarlo un poco más a fondo.
—No llegué a saberlo. Solo trabajamos juntos un par de meses. Hablábamos cuando Phoebe no estaba delante, así que nos conocimos poco. Creo recordar que era de Alameda.
—¿Y todavía crees que Phoebe no lo despidió? Porque dijiste que se fue de repente. A lo mejor pasó algo entre él y Phoebe… ¿Discutieron alguna vez?
Thomas sacudió la cabeza despacio.
—No que yo sepa. Ella nos gritaba cuando le daba la gana, pero eso era algo habitual. No creo que Phoebe me mintiera cuando dijo que se había marchado.
Por suerte, había vuelto a mirar el bocadillo mientras le daba otro mordisco, porque no pude evitar poner cara de fastidio. Intentar sacarle información a Thomas era como exprimir un limón seco. La señora Schultz debió de percibir mi frustración.
Con ternura, le tocó el brazo.
—¿Recuerdas cuándo te enteraste de que Jeremy se había ido? ¿Qué pensaste en ese momento sobre su marcha?
Thomas se quedó pensativo.
—Pensé que se habría ido para ver a su familia más a menudo.
Se había distanciado de ellos… Aunque odiaba a su padrastro, había retomado el contacto con su hermano y su hermana.
Por eso, cuando Phoebe anunció que Jeremy se había marchado, pensé que tendría que ver con ellos, ya que trabajando con ella no le quedaba tiempo para visitarlos.
Phoebe quería estar segura de que la acompañábamos todo el tiempo. No teníamos mucha vida fuera.
—Puede que a Jeremy le molestara eso —dije.
—No creo. Estaba tan comprometido con Phoebe como yo. Sabíamos que estaba destinada a ser más que una escritora de libros de cocina y queríamos ayudarla a conseguirlo. Cuando hablábamos de ella la llamábamos Phoenix en vez de Phoebe, porque había resurgido de sus cenizas. —Sonrió al recordarlo.
—¿Y cómo lo hizo? ¿Cómo consiguió que un libro de recetas con queso vegano se convirtiera en lo que se convirtió?
—Vegueso pagaba las facturas, pero Phoebe aspiraba a más.
Su buena fama volvía a despegar y esta vez no quería que cayera.
Intentó publicar otro libro sobre su vida, pero el editor no estaba convencido, de manera que le dejaron combinar ambas ideas en un segundo libro.
Cuando acabara la gira promocional del libro, tenía previsto abandonar todo el tema del veganismo para dedicarse a algo de mayor envergadura.
—¿Su marca personal de autenticidad?
Thomas asintió.
—¿Y no le parecía contradictorio?
—Bueno, ya sabéis eso de «finge hasta que lo consigas».
Ella creía que si promovía la idea de autenticidad por encima de todo lo demás, el abandono del veganismo se percibiría como una vuelta a su yo auténtico y la gente lo aceptaría.
Lo de la chef vegana era solo un trampolín.
Quería fraguarse un nombre para montar un imperio propio.
—Thomas se encorvó en el banco—. Y lo habría conseguido. Tenía todo lo necesario.
—Alguien quiso asegurarse de que eso no ocurriera. ¿Quién sabía que ibas a La Barbacoa de Mac el Bocazas? ¿Se lo dijiste a alguien?
—¿Estás de broma? Qué va. Eso quedaba entre Phoebe y yo. Pagué en efectivo y ni siquiera hubo mensajes de texto de por medio. Era su restaurante favorito cuando estudiaba en Sadler.
—Pues alguien más tuvo que saberlo. A no ser que fuera un enorme golpe de suerte para quien tomó las fotos. ¿Estás seguro de que no le dijiste nada a A. J. sobre el restaurante ni sobre la ubicación del alojamiento de Phoebe?
—Segurísimo. No es algo que se me escape en una conversación y menos con una cerveza en la mano. Después de que tú aparecieras, me siguió hasta el vestíbulo del hotel, pero me negué a hablar con él y fingí que subía a mi habitación.
—¿Crees que te pudo seguir hasta La Barbacoa de Mac y luego hasta la casa de Phoebe?
—Vi que volvía a El Sótano, pero quizá él también fingiera. Tendría que haberme dado cuenta de que tramaba algo. Antes de que te acercaras, intentó hablar conmigo de Phoebe como si no supiera quién era yo.
—¿Y le contaste algo?
—No quise hablar de ella. Cuando Phoebe me contrató firmé un acuerdo de confidencialidad, de manera que no podía decirle nada, aunque quisiera, fuera periodista o no.
—¿Un acuerdo de confidencialidad? —intervino la señora Schultz.
—Sí. En líneas generales, decía que podía demandarme si alguna vez hablaba de su vida privada.
Es normal que ese tío intentara sacarme información.
Phoebe nunca le habría concedido una entrevista.
People ya publicaba reportajes sobre ella.
Jamás se habría molestado en atender a vuestro periodicucho gratuito.
Eso último irritó a la señora Schultz, que se vio obligada a abandonar su papel de poli bueno.
—Si Phoebe era tan importante, ¿por qué accedió a presentar su libro aquí, en Yarrow Glen? ¿Acaso no era la quesería igual de insignificante?
—La escuela de cocina se puso en contacto con ella para que participara en la recaudación de fondos anual. Todos los años la llamaban, pero este año Phoebe pensó que le vendría bien para vender libros. Y también estaba Ginger.
—¿Ginger fue una de las razones de que viniera? —pregunté. Por fin llegábamos a algo.
—Phoebe quería volver a verla. Decía que habían sido grandes amigas en la escuela de cocina. Sabía que Ginger se había trasladado aquí después de graduarse. Y Vegueso patrocinaba el viaje si la presentación se hacía en tu tienda, porque tú vendías su queso. Eran suficientes razones para venir.
Ahora estaba segura de que Ginger no había sido del todo sincera conmigo.
Phoebe aún pensaba que eran amigas. Ella y Chet seguían en El Sótano cuando me marché de allí con mi medio bocadillo Reuben, de manera que Ginger no pudo seguir a Thomas hasta la casa para hacer las fotos.
Sin embargo, que ella no hiciera las fotos no demostraba su inocencia en el asesinato del día siguiente.
Era posible, incluso, que la propia Phoebe la invitara. Pero ¿cómo encajaban las fotos en eso?
Thomas se levantó.
—No quiero seguir hablando. No le vais a contar nada a ese periodista, ¿verdad?
—No tienes de qué preocuparte. No le diremos ni pío.
—Aunque tenía un pacto con A. J., no me apetecía nada compartir esa información con él.
Ya le iba a enseñar la casa que Phoebe había alquilado y era él quien me debía algo a cambio—.
Pero deberías contarle a la policía que le llevaste la comida a Phoebe.
—¿A la policía? —gimió.
—Están malgastando recursos que podrían dirigir en otra dirección para resolver el caso —dije.
—Creí que habías dicho que la policía ya sabía que fui yo quien compró la comida.
Uy.
—Bueno, era una corazonada. Y, de todos modos, lo averiguarán.
—Sabes que es lo correcto, Thomas. ¿Quieres que te acompañe a la comisaría? —propuso la señora Schultz. Thomas dudó—. No tienes que temer al detective Heath. Ladra más que muerde.
Sabía que la señora Schultz se lo ofrecía de corazón, no como parte de su interpretación. Un poco a regañadientes, Thomas se marchó con ella a la comisaría, aunque no antes de dar buena cuenta de la mitad del bocadillo.
Llevé el plato al fregadero. Con curiosidad, le di un mordisco a la otra mitad que aún estaba intacta.
El sabor picante del jalapeño se atenuaba un poco con la cremosidad de los quesos.
Aunque se había enfriado, noté lo adictivo que podía resultar ese plato, aunque seguía tan llena que no me lo pude terminar.
Recogí la cocina y pensé en lo que Thomas nos acababa de contar.
¿Debía creer que, aunque comprara la carne para Phoebe, no fue él quien tomó las fotos incriminatorias?
¿Tal vez Ginger aprovechó la angustia que Phoebe sentía en esos momentos a causa de las fotos para matarla?
Recordé que A. J. volvió a El Sótano para recoger su abrigo olvidado.
Puede que siguiera a Thomas. Puede que trabajaran juntos.
O puede que ninguno de los dos hiciera las fotos.
Una mirada al reloj me indicó que era hora de ir a La Gaceta .
La única manera de encontrar alguna respuesta era confiar en A.
J., aunque fuera una perspectiva aterradora.