Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2) Capítulo veinte
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Capítulo veinte

CAPÍTULO VEINTE

L a carretera que llevaba a La Barbacoa de Mac el Bocazas discurría entre unos bosquecillos de robles y laurel del color de las naranjas sanguinas y los calabacines amarillos.

El restaurante de Mac estaba algo apartado, pero su comida merecía el trayecto.

Dejé el coche en el aparcamiento de grava, que empezaba a animarse con la clientela del mediodía.

Aunque seguía llena por los sobrecitos de manzana y queso que había comido esa mañana, el aroma a costillas y pecho de ternera lentamente asados a la brasa que se elevaba por el aire de finales de otoño me despertó el apetito.

—Es divino —dijo la señora Schultz sin preámbulos cuando llegamos al mostrador del restaurante al aire libre.

Ya había cola. Me hubiera gustado llevar una foto de Thomas para mostrársela al personal y, aunque busqué en las redes sociales, no encontré ninguna. Cuando llegó nuestro turno, se lo describí a la mujer encargada de tomar nuestra comanda.

—La policía estuvo aquí ayer con una foto suya —nos dijo—. Los viernes por la noche no paramos un segundo y, a menos que fuera un cliente habitual, ninguno lo habríamos recordado. Nadie se fijó en él, lo siento.

—De acuerdo. Gracias de todos modos.

—¿Quieren pedir algo? —preguntó la empleada.

La señora Schultz y yo nos miramos.

Unos diez minutos más tarde, estábamos sentadas en una de las mesas de pícnic del patio comiendo unas costillas dulces y ahumadas, bañadas en una untuosa salsa barbacoa, acompañadas por un pan de maíz y unos cremosos macarrones con queso.

Identifiqué el gruyer mezclado con el cheddar de la pasta, aderezada con una pizca de pimentón picante.

Mac era el único restaurante de la zona que mostraba respeto por la guarnición.

Cuando dejé de concentrarme en la variedad de platos deliciosos que teníamos delante, me acordé de contemplar las extensas vistas de los viñedos rebosantes de color. Todos mis sentidos estaban colmados.

La señora Schultz se colocó una servilleta encima del pañuelo, a modo de babero, y se remangó para disfrutar sin restricciones de la comida.

—Al menos el viaje ha servido para algo —dije. La carne se desprendía del hueso con solo morderla.

—No tenemos pruebas de que Thomas estuviera aquí, pero eso él no lo sabe. ¿Y si intentamos hablar con él? —sugirió.

—Creo que no soy santo de su devoción. Y Baz tampoco es que le cayera muy bien. —Le narré nuestra visita a Thomas durante la noche anterior.

—Deja que esta vez te acompañe yo y hagamos de poli bueno y poli malo. Tú ya eres el poli malo, pero si yo empatizo con él y defiendo a Phoebe, tal vez se abra un poco.

—Merece la pena intentarlo.

Cuando estuvimos llenas, utilizamos varias de las toallitas para manos que nos proporcionaron, que parecían del tamaño de una Barbie, y nos examinamos la una a la otra para asegurarnos de que no nos quedaba salsa barbacoa en la cara, en la ropa ni en los dientes.

Tomé nota mental de no acudir nunca a ese lugar en una primera cita.

Cogimos de nuevo el coche para ir a hablar con Thomas, pero la recepcionista nos informó de que lo había visto salir unos quince minutos antes.

Decidimos olvidarnos de Thomas y avanzar un poco con la carroza, ya que solo faltaban cinco días para la fiesta de la cosecha.

Antes del asesinato de Phoebe, estaba deseando que llegara el día del desfile, pero ahora costaba pensar en algo que no fuera encontrar al asesino.

Cuando nos aproximamos a nuestro edificio de Pleasant Avenue, la señora Schultz me dio un golpecito en el brazo con el dorso de la mano.

—¿Ese no es Thomas?

Miré hacia donde ella señalaba. Un hombre con el pelo oscuro que se parecía mucho a Thomas, con vaqueros y camisa de manga larga abotonada en las muñecas, se inclinaba sobre nuestros maceteros y aplastaba los crisantemos rojos para mirar por el escaparate.

—Es él. —Aparqué el coche en diagonal frente a la tienda.

—Tú sígueme la corriente —ordenó la señora Schultz—. ¿Thomas? —gritó mientras nos bajábamos del coche.

Él se dio la vuelta.

—¿Todo el pueblo está cerrado hoy o qué? —La voz le borboteaba por la exasperación—. Estoy harto de estar encerrado en el hotel y más harto todavía de la comida de El Sótano. Esto parece un episodio malo de The Twilight Zone .

Hasta ahí podíamos llegar.

—Te voy a decir dos cosas. Una: no hay episodios malos de The Twilight Zone . Y dos: Yarrow Glen es uno de los lugares más bonitos del país. —Me sentía a la defensiva cuando atacaban mi pueblo adoptivo. Llevaba allí menos de un año, pero ya era mi hogar.

—Ya, Willa, pero Thomas tiene razón. Seguro que lo tuyo es por voluntad propia, que es muy distinto a tener que quedarte aquí por obligación —repuso la señora Schultz—.

Sobre todo, después de lo que has pasado…

—Le dio a Thomas un golpecito en el hombro—.

Íbamos a preparar una de las recetas de Phoebe para almorzar en su honor. ¿Te gustaría acompañarnos?

Resultaba un poco desconcertante que la señora Schultz mintiera con tanto desparpajo, pero supuse que sería fruto de sus dotes teatrales.

Aunque no podía pensar en comer nada más, me apresuré a abrir la puerta antes de que Thomas pusiera reparos.

Era nuestra oportunidad para sonsacarle más información.

Le hice pasar el primero. Por detrás de él, la señora Schultz me miró y levantó los pulgares.

Nos dirigimos hacia la cocina y le ofrecí un asiento en la mesa rústica.

Se quedó de pie; por un momento creí que cambiaría de opinión y se marcharía, pero entonces me di cuenta de que tenía los ojos llorosos.

—La última vez que estuve aquí todo era tan distinto… —Su voz emanaba melancolía.

—Lo sentimos mucho. ¿Prefieres que vayamos a otro sitio? —preguntó la señora Schultz.

—No, me parece una idea bonita. ¿Qué receta pensabais preparar?

Me decanté por una de las recetas que Phoebe había elegido para la presentación, aprovechando que tenía todos los ingredientes. Aunque había quitado sus libros de las estanterías, me acordaba bastante bien de los jalapeños asados con queso.

Metí en el horno unos jalapeños previamente cortados y vaciados.

Daba la casualidad que tenía guardado un poco del queso crema vegano a las finas hierbas que usé para las bolas con pecanas.

Lo saqué de la nevera y dejé que se atemperara antes de untarlo sobre dos rebanadas de pan chapata del día anterior.

Para entonces Thomas ya había empezado a hablarle a la señora Schultz sobre Phoebe.

Yo prestaba atención mientras añadía lonchas de queso amarillo Vegueso al pan.

Examiné los jalapeños. Ya empezaban a oscurecerse y abombarse, así que los saqué del horno y los dejé enfriar.

Thomas parecía agotado de tanto recordar.

Ninguna de las anécdotas aportaba información sobre el posible asesino.

—El bocadillo ya casi está. Es la receta de jalapeños asados que ella iba a preparar —le dije a Thomas.

—Phoebe estaba muy orgullosa de ese libro. Decía que impulsaría su carrera —contestó. Se apoyó en la isla y observó cómo le daba los últimos toques al plato.

—¿Sabes algo de cómo surgió su primer libro de cocina? ¿Cómo se le ocurrieron las recetas?

—Eso fue antes de que yo trabajara con ella. Por entonces era Jeremy quien la ayudaba. Uf, ¡y yo que imaginaba que estaría siempre a su lado!

—Tal vez haya algún trabajo por ahí que no sea tan exigente —dije con la torpe intención de hacerle sentir mejor.

—A ver, Willa, seguro que Phoebe era una jefa excelente, ¿a que sí, Thomas? —intervino la señora Schultz, aún metida en su papel de poli bueno.

Thomas por fin se sentó a la mesa.

—Nunca había momentos aburridos, eso es innegable.

—Y tenía que ser muy glamuroso viajar por todo el país —añadió ella.

—Hombre, yo no lo describiría como glamuroso. Había mucho que organizar.

—Pero eso no lo podía hacer cualquiera. La ayudaste a llegar a lo más alto. —Resultaba interesante ver cómo la señora Schultz utilizaba la técnica de Phoebe para adular. Después de todo, tal vez la señora Schultz no había estado tan hechizada por ella como parecía.

—Era un trabajo duro, no digo que no. Pero apuesto a que miles de tíos habrían dado lo que fuera por ser el confidente de Phoebe Winston.

Al bocadillo solo le quedaban unos cuantos segundos en la sartén para que el pan se dorara. Cuando estuvo listo, se lo serví a Thomas y me senté junto a ellos en la mesa.

—¿Y vosotras no coméis? —preguntó.

Me llevé la mano a la tripa hinchada.

—Hemos desayunado muy tarde. —Decidí meterme tanto en el papel como la señora Schultz—. Thomas, ¿y qué confidencias te hacía Phoebe? ¿No te diría que en realidad no era vegana?

—¡Cómo eres capaz de decir eso! ¡Sobre todo ahora que acabas de preparar una de sus recetas! —Thomas torció el gesto.

—Admiro tu lealtad, Thomas. No me extraña que te desvelara sus secretos más íntimos y profundos —dije con la esperanza de que compartiera alguno con nosotras.

—Mi lealtad hacia ella no va a cambiar por el simple hecho de que ya no esté.

—La lealtad es maravillosa, pero la verdad también es formidable.

Te han identificado como la persona que recogió la comida en La Barbacoa de Mac el Bocazas —me marqué ese farol.

Le había preparado el almuerzo, pero ya era hora de ir al grano—.

La policía le mostró tu foto al personal del restaurante.

Recuerdan haberte visto esa noche por allí.

Thomas tragó saliva y miró fijamente el bocadillo intacto.

—Eso es imposible. —Su negativa sonó estridente.

—Thomas, lo entendemos. Solo hacías tu trabajo —dijo la señora Schultz en tono tranquilizador.

—A la policía le resultaría de gran ayuda que les confirmaras que fuiste tú quien le llevó la comida —dije, bajando un tono—. ¿No es eso lo que quieres, que se haga justicia?

—Por supuesto que sí.

Le dio un mordisco a la comida y pidió agua. Sospeché que para ganar tiempo y pensar. Bebió de la botella que le ofrecí mientras esperábamos a que dijera algo más.

—No me gustó —dijo por fin.