Capítulo diecinueve
CAPÍTULO DIECINUEVE
L ou casi siempre estaba en su tienda y ese día no era una excepción. En ese momento reponía las granadas de los cajones junto a la puerta. Al oír que me acercaba, se dio la vuelta y se tiró de los pantalones, que llevaba por debajo del delantal.
—Buenas, Willa. Menudo día, ¿eh?
—Hace una temperatura ideal.
Nos veíamos casi a diario —ya fuera porque él barría la acera de la tienda o porque yo entraba a comprar algo—, pero hasta ahí llegaba nuestra relación.
Lo poco que sabía de él era a través de otros vecinos de Yarrow Glen que vivían allí desde hacía mucho más tiempo que yo.
Nuestros intercambios diarios se limitaban a unos cuantos comentarios cordiales.
—Todo lo de hoy es fresco —dijo, siempre tan comercial. Su pelo canoso me daba a entender que tenía casi la edad de la señora Schultz.
—Tiene todo muy buena pinta. Las peras, los plátanos, los pomelos… Mira, parezco Barrio Sésamo . ¡Con la P! —Me eché a reír, pero él no pareció verle la gracia a mi comentario.
¿Cómo podía sacar el tema de Phoebe? Oye, otra palabra que empieza por P: ¡Phoebe! No, no funcionaría. Me fijé en lo bonito que era su espantapájaros: alto y con un peto verde.
—Qué bien te ha quedado el espantapájaros. Podría aprender de ti, porque el mío es un churro.
—No es difícil hacer un espantapájaros con forma de calabacín —contestó, impasible ante mi piropo.
—Habrá quien diga lo mismo de una vaca. —Una vez más, solo me hice gracia a mí misma.
El silencio se alargó hasta volverse incómodo—.
Hemos trabajado en nuestra carroza para la fiesta de la cosecha, pero nos han robado piezas.
Me han dicho que han sido unos chavales que luego las han tirado a la basura.
Me preguntaba si tú también habías sufrido algún daño.
—He dejado que mis empleados se ocupen del proyecto. No tengo tiempo para esas cosas. Vamos a medias con la panadería, así que la carroza está en Hora de Levantarse, pero nadie me ha contado que se hayan llevado nada.
—¿Y unos libros? ¿Has visto a alguien tirando libros a la basura?
Lou volvió a concentrarse en las granadas.
—No he visto nada.
—Te lo pregunto porque esta mañana encontré una caja de libros de Phoebe Winston en tu contenedor.
Hubo una pausa antes de que comenzara a hablar.
—¿Le has preguntado a Carl? El contenedor también es suyo —dijo sin darse la vuelta.
—No, no le he preguntado —contesté. Si había llegado hasta allí, no me iba a detener—. Pensé que tal vez supieras algo, ya que fuiste a Sadler con ella.
Había terminado de colocar todas las granadas y tuvo que mirarme. Buf. Eso no se parecía en nada a nuestros habituales intercambios cordiales. De hecho, en ese momento la cordialidad brillaba por su ausencia.
—A veces se me olvida lo pequeño que es Yarrow Glen —dijo volviéndose hacia mí.
Era inevitable que los cotilleos corrieran como la pólvora en un pueblo tan pequeño—.
Sí, asistí a Sadler. Llámalo crisis de la mediana edad.
Dado que mi padre aún dirigía el colmado sin planes de jubilarse, se me ocurrió meterme en otra cosa para ver si cuajaba.
Pero el destino no lo quiso así. Mi padre había abierto el colmado cuando yo tenía nueve años y le puso mi nombre.
¿Dónde me creía que iría? Al final sufrió un infarto y me hice cargo de la tienda.
—Lo siento. Siempre que lo he visto por aquí tenía buen aspecto.
—Ha bajado el ritmo y se queja de su vida en la residencia, pero aún se encuentra lo bastante bien como para venir conmigo a la tienda todos los días para decirme lo que tengo que hacer.
—A algunos padres les cuesta soltar.
A mis padres les habría gustado que me quedara en su granja lechera de Oregón, pero a mí aquello nunca me entusiasmó tanto como a mi hermano.
Cuando él murió, no soportaba estar allí.
Casi diez años después, estaba segura de haber tomado la decisión correcta, aunque en aquel momento pareciera una opción egoísta.
—Lo que le cuesta soltar es el colmado, no a mí —protestó Lou—. En cualquier caso, hasta ahí llega mi historia en la Escuela de Cocina Sadler.
Estaba claro que no iba a hablar de los problemas que tuvo con Phoebe.
—¿Por qué no mencionaste que conocías Phoebe cuando te conté que iba a hacer una presentación en mi quesería?
—Nunca me cayó bien esa chica y a ti se te veía muy ilusionada. No quería ser aguafiestas.
—Un gesto muy amable… — Suponiendo que fuera cierto , pensé—. Entonces también coincidirías allí con Ginger, ¿no?
—Ginger era quien de verdad tenía talento. Tenía algo especial y Phoebe se dio perfecta cuenta de ello. A ella no la pisoteó, como hizo con todos los demás, porque sabía que algún día le resultaría útil.
—¿A qué te refieres?
—Phoebe competía con todos. Y no había necesidad, porque allí íbamos todos a aprender. Pero ella lo que quería era ganar.
—¿Ganar qué?
—A saber… Siempre tenía que ser la primera de la clase, la favorita de los profesores, la mejor de la escuela…
, pero en realidad no lo era y ella lo sabía.
Llegó arriba a base de pisotear a otros.
No me extraña que terminara en ese programa de televisión, porque estaba diseñado para gente como ella.
Sé que suena viejuno, pero esta generación de jóvenes venera a los ganadores sin tener en cuenta cómo han ganado.
En ese reality Phoebe mostró su verdadera cara y, sin embargo, se hizo famosa en vez de granjearse el desprecio de la gente.
—No obstante, he oído que ella y Ginger fueron muy amigas en la escuela —dije.
—Phoebe jugaba con la bondad natural de Ginger, que siempre la ayudaba.
¿Sabías que la vegana era Ginger? Es una de las razones por las que destacaba en la escuela.
Cuando me enteré de todas esas estupideces sobre el veganismo de Phoebe, supe que eran mentira.
Phoebe se mantenía cerca de Ginger porque la necesitaba.
Intenté advertir a Ginger, pero era demasiado buena para verlo.
—¿Sabes qué pasó para que su amistad terminara?
—Ginger tuvo que ver la luz. Era cuestión de tiempo.
Me pregunté si fue solo una cuestión de tiempo o si su ruptura se debió a algo más serio.
—¿Y seguro que no sabes nada sobre los libros que estaban en tu contenedor? —volví a preguntar.
—No sé más. Tengo que volver dentro.
—De acuerdo. Que tengas buen día.
—Igualmente.
Y así, de ese modo, retomamos nuestros comentarios cordiales.
Me acerqué hasta la puerta de la librería Lee y Más, en cuya cafetería trabajaba Ginger.
Ese día estaba cerrada, por eso no me sorprendió la ausencia de luz y actividad en el interior del local.
Pensé en lo que Lou me había contado sobre Phoebe y Ginger, que confirmaba la existencia de algo más que aún se me escapaba.
Sin embargo, dudaba de la veracidad de sus palabras cuando afirmó no saber nada sobre los libros hallados en su contenedor.
Quizá Heath consiguiera sacarle la verdad o, tal vez, cuando se identificara al acosador de Phoebe, quedara demostrado que esto no tenía nada que ver ni con Lou ni con Ginger.
Mientras los sospechosos danzaban por mi cabeza como hadas de azúcar, oí un tintineo.
Era la señora Schultz cruzando la calle desde la destilería en su bicicleta retro marca Huffy con una cesta de flores en el manillar.
Nos encontramos en el aparcamiento de bicis situado delante de ¿Qué Sería?
, donde cerró el cable de seguridad enganchado en los radios de las ruedas.
Su vestimenta era más informal de lo acostumbrado, con vaqueros y una blusa por fuera con las mangas anchas, pero seguía llevando su habitual pañuelo.
—Roman le ha guardado la bici, ¿verdad? —observé después de que nos saludáramos.
—Sí, ha sido muy amable. También venía a preguntar si trabajaremos hoy en la carroza.
—Claro. Los demás dijeron que se pasarían más tarde.
Nos dirigimos juntas hacia la parte trasera del edificio, aunque yo no estaba de humor para crear quesos de cartón. Me senté en la parte baja de mi escalera y le puse al día de las novedades.
—Sí que has tenido una mañana productiva… Dos sospechosos nuevos —dijo ella.
Le hice sitio para que se sentara a mi lado, pero declinó mi ofrecimiento.
—¿Conoce bien a Lou? Más o menos tiene su misma edad, ¿no, señora Schultz?
—Qué va. Él tiene unos diez años menos que yo, solo que su pelo gris y su carácter gruñón le hacen parecer mayor. Lo he conocido un poco mejor a raíz de mi trabajo en ¿Qué Sería?, porque cerca de mi casa hay otra tienda que es donde siempre he comprado —añadió.
—¿Y a Ginger, de la librería cafetería? —pregunté—. ¿La conoce?
—Muy poco —contestó la señora Schultz—. No fue alumna mía en el instituto, así que no sé mucho sobre ella.
—Se trasladó aquí después de estudiar en Sadler. Intenté que me hablara de Phoebe, pero no quiso. Olive y Lou me han contado algunas cosas sobre la amistad entre Phoebe y Ginger, pero sigo pensando que me faltan datos.
—¿Eso significa que Ginger también es sospechosa?
—Tenemos que considerar sospechoso a todo el mundo hasta que Archie quede absuelto.
La única forma de estrechar el círculo es averiguar qué pasó la noche antes del asesinato.
¿Quién tomó esas fotos? Thomas se negó a admitir que fueran reales, pero todos vimos las bolsas y los recipientes de La Barbacoa de Mac el Bocazas en esa casa.
—Sí que los vimos, sí. —La señora Schultz tenía la mirada perdida.
—¿Qué pasa, señora Schultz?
—Estaba pensando en las obras de teatro que dirigía en el instituto. Cuando se abría el telón, nos gustaba que toda la utilería estuviera en su sitio sobre el escenario. Ahora que lo pienso, la casa me recordó un poco a eso.
—¿Está diciendo que alguien pudo colocarlo todo para que nos fijáramos bien en las bolsas de comida?
—¿Por qué otra razón iban a estar por ahí desperdigadas?
—Creo que tiene razón, lo que significa que la comida, las fotos y el asesinato están conectados.
—La pregunta es, ¿quién es el conector? —dijo la señora Schultz.
—Solo hay una forma de averiguarlo. Vamos a dar una vuelta en coche.