Capítulo diecisiete #2
Olive desplomó los hombros y suspiró. En comparación con la última vez que la vi, parecía más afectada.
De nuevo iba vestida de negro, en esta ocasión algo desaliñada, como si con las prisas hubiera cogido una blusa del montón de la ropa para lavar.
A mí me había pasado eso alguna vez. La señora Schultz sostenía que, para ocultar las arrugas de la ropa, lo mejor eran los pañuelos.
—Pobre perro. Phoebe nos ha dejado a todos en la estacada, ¿verdad? —Continuó subiendo los escalones.
Los problemas en los que se había visto inmersa Phoebe y su posterior muerte habían afectado mucho a Olive, aunque no por el afecto que pudiera sentir hacia ella. Miré a Baz y me encogí de hombros mientras Archie y yo seguíamos a Olive y lo dejábamos fuera del edificio con Cuqui.
Olive nos condujo con paso enérgico por el vestíbulo.
—Gracias por ayudarnos a reparar la debacle del sorteo con esta cesta —dijo.
—Encantada de echar una mano —mentí. Si no hubiera sido por la implicación de Archie en todo ese asunto, me hubiera desentendido de todo lo relacionado con Phoebe Winston.
Archie y yo la seguimos a lo largo de dos tramos de escaleras y un pasillo mientras sus tacones bajos y cuadrados repiqueteaban sobre el suelo de baldosas con pasos cortos y rápidos. Archie estiró los brazos para que le pasara la cesta, pero rechacé su ofrecimiento.
Aquel bonito edificio histórico albergaba unos espacios viejos y estrechos, y el despacho de Olive Berns no era una excepción. Además, la situación se agravaba con una mesa cubierta de marcos de fotos. Busqué un lugar despejado para dejar la cesta.
Olive, que parecía agotada después de andar, miró las pilas de marcos con un gesto de exasperación en el rostro enrojecido.
—Creo que hemos conseguido quitar todas las fotos de las paredes en las que aparecía Phoebe. Ahora necesito un lugar donde guardarlas.
—Si quieres, las coloco en un rincón —propuso Archie.
—Gracias, te lo agradecería. No necesito verlas constantemente sobre mi mesa.
Archie comenzó a trasladar con cuidado los marcos de dos en dos hasta un rincón del despacho. Cuando una pequeña parte de la mesa quedó despejada, deposité la cesta de quesos con alivio, ya que su peso parecía haber aumentado durante ese rato.
—Ha sido costoso eliminar su nombre y sus fotos de los folletos, y hemos tenido que renovar la web.
—Se desplomó en la silla. Cuanto más hablaba, peor cara tenía—.
He dedicado toda mi carrera a llevar la escuela Sadler a lo más alto.
No es fácil competir con el Instituto Culinario de Napa y ahora, por culpa de dos instantáneas de unos paparazzi , todo se ha derrumbado.
—¿Le has dado alguna información relevante al detective Heath? —Me senté en la silla opuesta sin que ella me la ofreciera.
—¿El detective Heath? —Parecía confusa y apenas me prestaba atención mientras ordenaba la mesa.
—¿No dijiste que la policía había estado aquí?
—Ah, sí. Pero era un hombre demasiado joven para ser detective.
—¿El agente Shepherd, quizá?
—Shepherd, exacto, ese era. ¿Lo conoces?
—Sí. —Lo conocía, más que nada, por participar en las mismas investigaciones que él, pero omití esa parte.
—En ese caso, ¿podrías hacerme el favor de llevarle esto a la comisaría?
—Hurgó entre una pila de carpetas y sacó una de ellas, que me tendió—.
Me pidió que buscara cualquier cosa que indicara algún tipo de resentimiento hacia Phoebe Winston.
Recuperé algunos correos electrónicos que habíamos recibido a lo largo de los años donde se quejaban de nuestra relación con ella.
Recibimos bastantes durante su época más polémica, hará unos tres años.
—¿Crees que podrían contener alguna pista que conduzca al asesino? —Me moría de ganas de mirar el contenido de la carpeta, pero Olive acabó con mis esperanzas.
—La única amenaza que recibimos fue la de quitarnos financiación si seguíamos utilizando el nombre de Phoebe, pero la fama que recibió la escuela compensó la fuga de esas pocas personas que dejaron de aportar dinero.
Ni siquiera son amenazas, sino más bien quejas, pero he decidido enseñárselas a la policía de todos modos.
No quiero que los agentes vuelvan a la escuela.
Y si pudieras ahorrarme el viaje a Yarrow Glen, te lo agradecería.
—Claro. —Porras. Intenté no mostrar mi decepción—. Ayer me dijiste que Phoebe y Ginger eran muy amigas. ¿Estaban en la misma clase y cocinaban juntas?
—Estaban en el mismo programa, de manera que coincidirían en la mayoría de las clases, sí.
—¿Crees que es posible que Phoebe viera algunas de las recetas de Ginger y las utilizara como inspiración para su primer libro de cocina?
—Los chefs suelen recibir inspiración unos de otros, pero siempre existe una línea muy fina. De hecho, creo que algo así fue lo que pasó entre Phoebe y Louis Pimbley.
—¿Quién es Louis Pimbley?
—El alumno del que te hablé, ¿recuerdas? El que acusó a Phoebe de robar las recetas para el examen final.
—Ah, ¡te has acordado de su nombre!
—Sí, gracias a esos correos electrónicos. Había varios mensajes suyos que me refrescaron la memoria. Parece que le gusta quejarse.
—Deberías contarle a la policía que tenía una conexión personal con Phoebe —dije mientras tomaba nota mental para buscar el nombre de Louis Pimbley más tarde.
—¿Crees que es importante? Eso sucedió hace años…
—Si seguía enviando correos a la escuela para quejarse de Phoebe Winston, es obvio que no lo había olvidado. ¿Qué pasó después de que él la acusara del robo?
—Ella lo negó todo y dijo que fue él quien se copió de su trabajo. Les pedimos a ambos que crearan otro plato. Al final no fue demasiado grave, solo un asunto de envidia.
—Se lo contaremos a la policía cuando entreguemos la carpeta.
—Espero que eso no implique otra visita de los agentes para hacer más preguntas.
—Señora Berns, ¿sabe usted quién es este de la foto?
—Archie se acercó desde el rincón con una de las fotos enmarcadas y la dejó en la mesa para que la viéramos.
Era una instantánea donde Phoebe aparecía en una especie de cocina industrial rodeada por una decena de espectadores entusiastas.
Tenía el pelo distinto y no iba tan arreglada como cuando la vi en la tienda, pero deslumbraba igual.
Aunque no hubiera estado en el centro de la foto con toda aquella gente mirándola, habría llamado la atención.
Olive analizó la imagen.
—Parece estar tomada en una de nuestras cocinas, así que tuvo que ser poco después de su aparición en el programa Dale caña , hará cinco o seis años.
Fue la única vez que Phoebe accedió a asistir a la jornada de puertas abiertas para futuros alumnos.
¡Y cobrando! ¿No os parece increíble? La mayoría de nuestros antiguos alumnos vuelven para dar charlas de manera gratuita, ya que son actividades informales. Invitamos a muchos de ellos.
—¿Conoce a este tipo? —Archie le dio un golpecito al cristal para señalar a un chico que estaba detrás de Phoebe.
No sabía dónde quería llegar, pero miré más de cerca la foto, al igual que Olive.
El chico aparentaba veintipocos años, tenía el pelo castaño y una constitución delgada.
Destacaba entre los demás porque vestía con chaqueta, mientras el resto llevaba ropa informal.
Miraba a Phoebe como los demás: con admiración.
Olive lo examinó y sacudió la cabeza.
—No, lo siento, no sé quién es. Aquel año la asistencia a las jornadas fue espectacular, pero muchos de los que vinieron solo querían ver a Phoebe y no tenían ninguna intención de matricularse en Sadler.
—Entonces, ¿no fue alumno de la escuela? —insistió Archie.
—Si lo fue, no lo recuerdo. Aunque no tengo tanto trato con los alumnos que vienen a tiempo parcial como con los que estudian a tiempo completo.
—¿Puedo llevarme la foto? —preguntó Archie haciendo caso omiso de mi mirada inquisitiva.
—Lo siento, es propiedad de la escuela. Pero si quieres una foto de Phoebe, puedes coger un folleto de la caja que está en el suelo. De hecho, puedes llevarte todos los que quieras. Mi intención es deshacerme de ellos.
—No pasa nada. Gracias de todos modos.
—Mirad, siento dejaros, pero tengo un montón de cosas que hacer, como ya imagináis —dijo Olive—. Todo esto ha sido una pesadilla para la escuela Sadler. —Miró el caos de su oficina.
—Por supuesto —contesté. Agarré la carpeta de la mesa y me levanté.
—Gracias de nuevo por donar la cesta y por llevar esos correos electrónicos a la policía. —Su sonrisa volvió.
—Un placer.
Esta vez no mentía. Tenía ganas de echarles un ojo a esos correos, pero en cuanto salimos del despacho, lo primero que hice fue interesarme por el interrogatorio de mi amigo a Olive Berns.
—¿A qué ha venido todo eso? —le pregunté nada más llegar a la escalera.
—¿Lo del chico de la foto? Es el seguidor que le mandó la foto a Phoebe.
—¿Cómo?
Archie bajó las escaleras a toda prisa y yo lo seguí.
—Tengo que contárselo al detective Heath —dijo.
—Espera, espera. —Lo alcancé por fin en el vestíbulo—. Tenemos que subir y recuperar esa foto.
—La tengo en el móvil. —Me lo acercó para que la viera—. La saqué en cuando vi al chico, por si acaso.
—Archie, ¡acabas de encontrar al acosador!
Heath no tendría más remedio que creerle.