Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2) Capítulo diecisiete
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Capítulo diecisiete

CAPÍTULO DIECISIETE

M e costaba creer que los árboles de Júpiter que cubrían las aceras de Pleasant Avenue se mostraran más vistosos que en primavera y verano, cuando estaban en plena floración, pero sus flameantes hojas otoñales resultaban igual de espectaculares.

Era mi primer otoño en Yarrow Glen y no me sentía decepcionada.

Era una suerte que ¿Qué Sería? se ubicara en una calle tan pintoresca llena de tiendas y cafeterías.

Algunos de los escaparates tenían maceteros con flores, otros tenían toldos, pero todos ofrecían un encanto único ensalzado por la mezcolanza de los edificios con azotea remodelados que constituían las ocho manzanas del centro del pueblo.

Aún me emocionaba un poco ver mi tienda desde la calle. Y esta vez me alegré todavía más, ya que Archie y Baz estaban en la puerta jugando con Cuqui. Crucé la calzada para ir con ellos.

—Qué alegría verte, Archie. —Sobre todo, me alegraba verlo sonreír.

—Hola, Willa. Baz me llamó para preguntarme algunas cosas sobre Cuqui… Sobre Tosco, quiero decir. Ha sido una buena excusa para salir de casa —replicó Archie que, en cuclillas, tiraba de un juguete que Cuqui tenía en la boca. Cogió al perro en brazos y se levantó.

—¿Ya has vuelto de tu cita de hoy? —le pregunté a Baz.

—Ha resultado ser un arreglo fácil, de manera que tendré libre el resto de la mañana.

—Acabo de ver a Chet y se me ha olvidado preguntarle si su casero le ha dado permiso para quedarse con el perro. Lo siento.

—No pasa nada —contestó Baz—. Ya se lo preguntarás mañana o cuando sea.

—Lo veré más tarde, en La Gaceta . Se lo preguntaré entonces.

—Baz me ha contado lo de los libros aparecidos en el contenedor —cambió de tema Archie.

—Creemos que alguien los sacó del coche de Phoebe mientras tú traías las otras cajas a la tienda. ¿Viste a alguien ese día en las inmediaciones?

Miró hacia el lugar donde estuvo aparcado el coche, delante de El Colmado de Lou, como para recrear la escena mentalmente.

—Había gente en la acera, pero no vi nada sospechoso.

—Parece que tiraron esos libros al contenedor antes de que publicaran las fotos. Eso significa que en ese momento ya había alguien que le guardaba rencor a Phoebe.

—¿Tienes alguna idea de quién? —preguntó Archie.

—Hay una persona que conoce a Phoebe desde hace mucho tiempo y que pudo tener razones para odiarla.

—¿Te refieres a Ginger? —preguntó Baz.

—Ginger recibió un mensaje de texto de Phoebe en el que le informaba de su visita al pueblo. Ella dice que no se vieron, pero me pregunto…

—No sé, Wil. —Baz sacudió la cabeza con escepticismo—. ¿Por robar recetas?

—Olive Berns dijo que cuando Phoebe era estudiante la acusaron de robar una receta para el examen final; no resulta descabellado que también se las robara a Ginger.

—Entonces hay más gente con resentimiento hacia ella.

—Cierto. Le prometí a Olive Berns que prepararía una cesta de regalo para el sorteo de la Escuela de Cocina Sadler.

Si se la llevamos al campus, podríamos preguntarle si se acuerda de alguien más que estuviera en Sadler en la época de Phoebe.

Igual nos habla de otras personas que tuvieron conflictos con ella.

—Me apunto —dijo Archie.

El silencio de Baz y su concentración en Cuqui daban a entender que seguía enfurruñado por lo de Ginger.

—Baz, ¿te da tiempo a acompañarnos?

Por fin me miró.

—Sí, me da tiempo. Os acompañaré solo para estar presente cuando comprobéis que os equivocáis respecto a Ginger.

—No pretendo echarle la culpa a Ginger. Solo necesitamos aumentar la lista de sospechosos de Heath.

—Vale, vale. —Baz se relajó—. Yo conduzco. A Tosco le gusta mi camioneta.

—Venga, pues vámonos. —Eché a andar hacia el aparcamiento, pero me detuve al darme cuenta de que no me seguían—. ¿Qué pasa?

—¿No se te olvida algo? —preguntó Archie.

—Tienes razón. Debería llamarla antes para asegurarme de que está allí. —Saqué el teléfono.

—¿Y qué tal si le llevas la cesta? —Añadió Archie.

—¡La cesta! Archie, ¿qué haría yo sin ti?

Recorrimos la autopista de Sonoma para salir del valle por el norte durante casi media hora hasta que llegamos a Santa Rosa, donde se encontraba la Escuela de Cocina Sadler.

Antes de la visita de Phoebe, había leído algo sobre esa facultad para documentarme.

Su prestigio estaba eclipsado por el del Instituto Culinario de Napa, lo cual explicaba el entusiasmo de la escuela por tener una antigua alumna famosa.

Seguimos las indicaciones del GPS hasta el campus, que parecía consistir en tres edificios antiguos y amplios rodeados de césped, unos cuantos árboles y varios aparcamientos.

Los carteles enviaban a los visitantes al aparcamiento más alejado, que se encontraba detrás del de los alumnos y el personal.

Baz nos dejó a Archie y a mí delante del edificio, y se marchó a aparcar.

—¿Archie? ¿Eres tú, Willa? ¿Qué hacéis aquí? —Una voz femenina se dirigió a nosotros.

Eché un vistazo por el lateral de la gran cesta de regalo envuelta en celofán que llevaba en los brazos y me sorprendí al ver a Hope, la amiga de Archie, que se acercaba a nosotros.

Nos conocíamos de la panadería situada al final de nuestra calle, pero su gran sonrisa iba dirigida a Archie.

Ambos se gustaron durante un tiempo, pero al final y hasta donde yo sé, quedaron solo como amigos.

Aunque me enviaba el pan a diario, llevaba meses sin verla.

Supuse que estaría muy ocupada dirigiendo el negocio ella sola.

Como siempre, llevaba mechas de colores en el pelo rubio corto a juego con el esmalte de uñas, en esta ocasión de un tono rosa fluorescente.

Le expliqué que llevábamos una cesta de regalo para Olive.

—¿Y tú qué haces aquí? —pregunté.

—¿No te lo he dicho? Se ha apuntado a clase aquí —contestó Archie por ella.

—Qué maravilla.

—¿Recuerdas que siempre quise convertir la panadería Hora de Levantarse en una confitería? Bueno, pues decidí que en vez de contratar a alguien, aprendería yo a elaborar dulces sofisticados. Empecé a recibir clases de repostería en septiembre —dijo con orgullo en la voz.

—Enhorabuena. Me parece fabuloso. —Eso explicaba su ausencia. Cuando la conocí, subestimé su capacidad para gestionar la panadería que había heredado de su madre con solo veintiún años, así que me sorprendió favorablemente la noticia.

—Gracias. Para mí también ha sido terapéutico, ahora que mi tía Vivían no está. —Al mencionar a su tía, su mirada se apagó.

—Fueron muchos cambios de golpe. Tendría que habértelo dicho antes, pero si alguna vez necesitas algo, no tienes más que decírmelo. Sé que Archie te sirve de mucha ayuda, pero que sepas que yo también estoy aquí.

—Gracias, Willa. Venir a clase me ha ayudado mucho. No sabía que me gustara tanto hacer pasteles. Debo de llevarlo en la sangre. —Volvió a sonreír al pensar en su madre, que falleció cuando Hope solo tenía trece años.

—Tu madre estaría orgullosa —le dije convencida.

—A Hope también se le da fenomenal decorar. No sabes las tartas que hace —comentó Archie con entusiasmo.

—Me gusta mucho, pero me deja muy poco tiempo libre. Siento haber estado tan perdida últimamente —le dijo a Archie.

—No pasa nada. Nosotros también hemos estado muy liados con la muerte de Phoebe Winston. ¿Sabías que iba a dar una charla en ¿Qué Sería? el día que murió?

—¡Es verdad, se me había olvidado! Aquí no se hablaba de otra cosa el sábado, cuando publicaron las fotos. Fue casi imposible recibir clase.

Recordé lo devastada que estaba Olivia tras la muerte de Phoebe… Sobre todo, por el impacto negativo que tendría en la escuela.

—¿Tenéis clases los sábados?

—La escuela Sadler está orientada hacia un modelo de alumnos poco convencional, de manera que ofrece clases los fines de semana y también en horario nocturno.

Estaba centrada en la información que pudiera tener Olive, pero quizá Hope también pudiera contarnos algo acerca de Phoebe.

—¿Alguna vez te han mencionado algo sobre cómo era ella cuando estudiaba aquí? Sé que eso fue antes de que tú llegaras, pero…

—Nunca oí nada negativo sobre ella hasta lo de las fotos.

Ahora todos dicen que nunca se creyeron esa historia de la Phoebe «nueva y mejorada» y que siempre fue una farsante.

Pero antes los profesores solo decían cosas buenas de ella y excusaban los malos comportamientos que la prensa le atribuía.

La señora Berns la tiene prácticamente en un altar.

—¡Olive! —grité para saludar a la mujer de la que hablábamos, que justo en ese momento apareció por detrás de Hope sin que nos hubiéramos percatado de su llegada.

—Hola. —Se unió al grupo.

—Eh… Tengo que irme a clase. Te llamaré, Archie. —Hope subió las escaleras a toda prisa y entró en el edificio, de manera que Archie y yo nos quedamos, un tanto incómodos, con Olive.

Olive le restó importancia al comentario que acababa de oír.

—No la culpo. El nombre de Phoebe está en boca de todos, especialmente desde que la policía de Yarrow Glen estuvo aquí ayer.

Estuve haciendo horas extra para valorar los daños causados por esas fotos.

¡No tenía ni idea de que la habían asesinado!

¿Quieres soltar eso en mi despacho? —El cambio de tema me pilló tan desprevenida que tardé un momento en darme cuenta de que se refería a la pesada cesta que sostenía en los brazos.

—Sí. —Comenzamos a subir los escalones que conducían a la entrada del edificio—. Este es Archie, por cierto. Trabaja conmigo. Y ese de allí es Baz —añadí al ver que se acercaba acompañado de Cuqui.

—Lo siento, el perro no puede entrar —dictaminó Olive. Volvió a mirarlo—. Se parece al perro de Phoebe.

—Y lo es. Estamos cuidando de él solo de manera temporal —expliqué. Empezaba a darme cuenta de lo famoso que era ese perro.