Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2) Capítulo dieciséis
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Capítulo dieciséis

CAPÍTULO DIECISÉIS

C omo ¿Qué Sería? cerraba los lunes, ese día me daría tiempo a desayunar algo más que mis habituales expresos acompañados de un delicioso pedacito de queso.

Por supuesto, eso no significaba eliminar el queso del menú.

El gouda curado con el que me había dado un homenaje la semana anterior pedía a gritos que lo terminara.

También me quedaban algunas manzanas frescas que la señora Schultz me trajo de una excursión.

Aunque el cheddar era el acompañamiento clásico de la manzana, me pareció un buen momento para que el sabor intenso del gouda brillara con la fruta otoñal.

Saqué un poco de masa de hojaldre del congelador.

También era la hora del desayuno de Loretta.

El alto taburete metálico donde reposaba su pecera redonda era uno de los objetos vintage que había heredado de mi abuela.

Yo lo llamaba «la isla de Loretta» y siempre lo colocaba en el salón, cerca del televisor, pero alejado de la luz directa del sol.

Esparcí un poco de comida en la pecera y le di los buenos días.

Como respuesta, ella sacudió la cola roja.

Esa mañana parecía animada, en apariencia recuperada del ajetreo del día anterior en la tienda.

Cuando terminé de ducharme y ponerme presentable, el hojaldre ya se había descongelado.

Corté la lámina de masa en triangulitos.

Troceé una manzana granny smith grande y la mezclé con cebollino picado y un poco de azúcar para eliminar la acidez.

Coloqué una pequeña cantidad de mezcla encima de cada triángulo junto con un cubito del sabroso gouda.

Envolví las porciones como si fueran sobres y las metí en el horno.

Mientras esperaba a que los sobrecitos se doraran, pensé en los libros de Phoebe que Baz había encontrado en el contenedor. Si se los quitaron del maletero el viernes por la tarde, quien los tiró tenía que odiarla antes de que salieran a la luz sus hábitos carnívoros. ¿Sería Ginger?

Esa cuestión tendría que esperar, porque antes debía contarle a los demás que habían vuelto a robarnos piezas de la carroza.

Empecé a escribir un mensaje a Roman, pero las palabras de Baz resonaron en mí.

Puede que Baz estuviera en lo cierto y fuera absurdo mantener tantas distancias con Roman…

, aunque me llamara «peleona». Había preparado sobrecitos de queso y manzana de sobra, y quizá él pudiera aconsejarme sobre el mejor modo de preguntarle a Chet sobre Ginger.

El instinto me dijo que mis sobrecitos otoñales estaban listos antes de que sonara el temporizador.

Los dejé enfriar durante unos minutos antes de meterlos en un recipiente para llevárselos a Roman a su apartamento, justo encima de su tienda.

Salvo El Colmado de Lou, todos los negocios de nuestro tramo de Pleasant Avenue cerraban los lunes, incluida la destilería de hidromiel, situada justo enfrente de mi quesería.

Mientras llamaba a su puerta y esperaba, ensayé un saludo informal y la explicación de por qué le llevaba el desayuno.

Hola. Pasaba por el barrio… No, ambos vivimos en el mismo barrio.

Estos sobrecitos rellenos de queso me han recordado a ti… No. A nadie le gusta que lo recuerden con un triángulo relleno de queso.

Bueno, de todos modos no me abría la puerta.

Miré el móvil para comprobar la hora antes de volver a llamar.

Eran casi las diez, un buen momento para ir a casa de cualquiera, aunque fuera su día libre.

A menos… A menos que hubiera pasado la noche con alguien.

Ay, Dios mío, quizá por eso no me abre. A lo mejor hay una mujer en su apartamento.

¿Cómo no lo he pensado antes? ¿Por qué estoy plantada en su puerta con unos sobrecitos de queso?

Me di la vuelta, eché a correr escalones abajo y, al doblar la esquina estuve a punto de derribar a Chet, que venía en dirección contraria.

—Perdón —nos disculpamos al mismo tiempo mientras nos separábamos. Por suerte, los sobrecitos no parecieron sufrir daños.

—¿Buscas a Roman? —me preguntó Chet.

—Bueno, eh… Yo solo… Eh… —Lo último que quería era que Roman se enterara de que era yo quien había interrumpido su mañana romántica.

—Está probando el nuevo hidromiel. —Chet movió la cabeza para que lo siguiera hacia la parte trasera de la destilería.

Torcí el gesto para mí misma por haber sacado conclusiones erróneas movida por los celos y acompañé a Chet por la puerta trasera de la destilería, que daba directamente a la sala de catas.

Ya había estado allí otras veces para llevar las bandejas de quesos que maridaran con el hidromiel durante las catas concertadas con sus clientes.

A diferencia de la decoración industrial del resto de la tienda, esa zona era acogedora, aunque sin perder el toque masculino.

Las ventanas con travesaños de la pared exterior aportaban luz natural a la sala, que estaba separada de la tienda por una puerta corredera estilo granero.

Junto a las paredes, unas mesas de cóctel altas y redondas colocadas en forma de herradura envolvían un conjunto sofá y sillones de cuero gastado colocado en el centro.

El principal foco de atención de la sala era la impresionante barra de madera de nogal negro tallada a mano con ocho taburetes.

En la pared verde aceituna de detrás, había un gran cuadro con la marca El Valle de Oro.

El hidromiel se exhibía con sencillez justo debajo, en una única estantería de cristal.

Roman apareció por una puerta situada en un rincón detrás de la barra.

Yo ya había estado en aquella especie de sótano sin ventanas donde almacenaban el hidromiel en grandes tanques hasta que estaba listo para embotellarlo, así como el estocaje de botellas.

La sorpresa provocó en Roman una de esas lentas sonrisas suyas que terminaban en un hoyuelo que amenazaba con derretir mi compostura.

—Me alegro de verte por aquí —me dijo.

—He preparado sobrecitos de queso y manzana. — Qué vergüenza . Olvida lo que te dijo Baz. Era más fácil hablar con él solo como amigo—. También son para ti, Chet. —Dejé el envase sobre la barra y le quité la tapa.

—Gracias. —Chet cogió uno de inmediato.

—Traigo malas noticias sobre la carroza —les dije.

—Ah. —Chet se llevó una esquina del hojaldre a la boca para sujetarlo con los labios y desapareció por detrás de la barra. Cuando volvió a aparecer, traía mi rueda de queso de cartón y su botella falsa de hidromiel.

—¡Pensé que las habían robado!

Guardó las piezas de nuevo donde estaban y, con las manos ya libres, agarró el sobre de hojaldre y le dio un bocado.

—Perdona, tendría que haberte avisado —dijo con la boca llena—. Qué bueno está esto.

—Anoche todo terminó tan rápido que decidimos traer la decoración de la carroza en vez de dejarla en la plataforma sin una buena sujeción —terminó de explicar Roman.

—No, si me parece genial. Me alegro de que no hayan desaparecido —dije con alivio.

—No nos quedó espacio para traer con nosotros tu vaca espantapájaros.

—No pasa nada. Guernsey sigue allí.

—Supusimos que nadie se la llevaría —dijo.

—¡Oye! —No pude evitar sentirme algo ofendida, a pesar de que era cierto.

—Perdona. No lo decía por nada en concreto.

—Ya, ya. Me estoy replanteando mi ofrecimiento del desayuno.

Se apresuró a agarrar uno de los hojaldres otoñales antes de que me diera tiempo a cambiar de opinión, mientras Chet iba a por el segundo.

Probé uno. El suave crujido de la manzana cocida en contraste con la sedosidad del queso en el interior de la masa hojaldrada constituía un bocado la mar de placentero. Tomé otro.

—¿Qué tal Archie? —preguntó Roman.

—Anoche le escribí y esta mañana también. Aparenta valentía, pero tiene que estar asustado. La única manera de ayudarlo que se me ocurre es averiguar quién mató a Phoebe.

—Ojalá pudiera echarle una mano —dijo Chet.

—A lo mejor puedes. Ginger es la única que conocía bien a Phoebe, aparte de su ayudante. ¿Qué te ha contado de ella?

—En realidad, nada. Nunca me ha hablado de ella.

—¿No le transmitiste el mensaje de que Phoebe quería verla?

—Claro que sí. Ginger me dijo que había recibido un mensaje de texto de Phoebe, pero no quería quedar con ella.

—¿Y te contó por qué?

—Se lo pregunté, pero me contestó que prefería no hablar del tema. Más tarde insistí, pero no me hizo caso, así que no volví a sacar el tema.

Roman murmuró:

—Tío listo. —Él y Chet chocaron los puños.

Daba la impresión de que hubiera pasado algo más grave que la simple pérdida de contacto a lo largo del tiempo que Ginger decía. Algo que ni siquiera le había contado a su novio. Eso significaba que Chet no sabía si Phoebe le había robado las recetas o no.

Sobre la barra sonó un teléfono móvil y Roman lo alcanzó.

—Esperaba esta llamada, tengo que contestar —explicó. Se apartó para responder.

Era el momento perfecto. Prefería hablar con Chet sobre A. J. sin que Roman se preocupara.

—Chet, ¿crees que podrías quedar conmigo y con A. J. a las tres en La Gaceta ?

—Claro. Termino aquí dentro de un par de horas. ¿Por qué?

Aunque Roman parecía muy metido en su conversación telefónica, me aseguré de que no nos oyera.

—A. J. y yo vamos a acercarnos a la casa que alquiló Phoebe —le expliqué a Chet.

Levantó las cejas con gesto de sorpresa.

—¿En serio? ¿Estáis trabajando juntos en el caso?

—Bueno, no acabo de estar cien por cien segura de su inocencia, pero si él no es el culpable podría resultarme útil. Y ahí es donde entras tú. Me sentiría mucho más segura si tú nos acompañaras.

—Conozco a A. J. desde hace un par de años. A veces resulta un tipo molesto, pero no es un asesino.

—No está en la cabecera de mi lista de sospechosos, pero si Roman, el detective Heath o incluso Baz se enteran de que he ido a esa casa sola con A. J. me darán una chapa tremenda. ¿Me harás ese favor?

—Claro, no hay problema.

—Estupendo. Nos vemos entonces en La Gaceta . Ah, y no se lo cuentes a nadie. —Miré a Roman, que seguía al teléfono.

—Entendido —dijo Chet guiñando un ojo—. Mi novia también se mete siempre en mis asuntos. Aunque a mí me compensa.

—Roman no es mi novio —balbucí.

—Ah, perdona. Creí que había algo entre vosotros. ¿Y entre tú y Baz?

—No. Solo somos amigos.

—Ah, pues Ginger está segura de que estáis juntos.

—Es un amigo leal, nada más.

—Cómo que nada más. La lealtad lo es todo.

—Tienes razón. Dice mucho de una persona. Tuve la suerte de tener un hermano que era así.

—¿Era?

—Murió en un accidente de coche hace ocho años.

—Qué duro, lo siento. Yo también perdí al mío. No de ese modo, pero sé lo que se sufre.

—Lo siento. No se lo deseo a nadie.

Roman, que acababa de colgar, se acercó a mi lado.

—Perdonad, pero era una llamada de trabajo importante. Tenía que contestar.

—¿Va todo bien? —le pregunté.

—He pensado alquilar un almacén para expandir la elaboración de mi hidromiel.

El tipo con el que hablaba tiene un espacio que me podría servir.

Hemos quedado mañana por la noche para ir a verlo.

Está más lejos de lo que me hubiera gustado, pero el precio es bueno.

¿Puedes cerrar la tienda mañana por la noche, Chet?

—Claro, yo te cubro —dijo Chet.

—¡Expandiendo el negocio! Roman, estoy muy orgullosa de ti —exclamé.

—Gracias. Todo es gracias a Chet, que quizá se una al negocio. —Roman le dio una palmadita en la espalda.

—Creía que solo lo hacías por diversión —le dije a Chet—. Así que esa es la razón de que te quedes en Yarrow Glen. Qué bien.

—Reconozco lo bueno cuando lo veo. Roman no me dejará entrar en el negocio hasta que lo sepa todo sobre la elaboración del hidromiel. Por eso estamos trabajando juntos en un nuevo sabor.

Chet y Roman sonrieron a la vez.

—Entonces os dejo que continuéis, chicos.

Roman me acompañó a la puerta trasera.

—Intentaré acercarme luego para trabajar un rato en la carroza —dijo.

—Me parece muy bien. Escríbeme antes para ver si estoy por allí. Tengo que ir antes a hablar con varias personas.

—Sé que quieres ayudar a Archie, pero ya sabes lo peligroso que es ir por ahí haciendo preguntas.

—Te pareces al detective Heath. ¿Cómo sabes que voy a ir a preguntar por el asesinato de Phoebe? —Me miró sin molestarse en contestar. No le iba a hacer cambiar de opinión—. Tendré cuidado —prometí.

Allí de pie, en el umbral, estábamos a pocos centímetros el uno del otro.

—Si necesitas refuerzos, aquí estoy. Por si no lo sabes, me encanta ser tu socio —dijo.

—¿Serás el Stabler de mi Benson? —dije haciendo referencia al dúo de la serie Ley y orden , en el que había mucha química.

¿He dicho eso en voz alta?

—Cuando quieras.

Me limité a asentir, temerosa de abrir la boca y que se me escapara algún otro comentario que me dejara en evidencia. Me marché y no volví a respirar hasta que oí que la puerta se cerraba tras de mí.