Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2) Capítulo quince
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Capítulo quince

CAPÍTULO QUINCE

M iré nuestra carroza prácticamente vacía con incredulidad. Baz salió de su apartamento con una rebanada del bizcocho verde en la mano.

—¿Qué pasa?

—Creo que nos han vuelto a quitar cosas de la carroza.

Bajé la escalera para evaluar los daños.

Baz también bajó. Con una mano sostenía el bizcocho y con la otra a Cuqui, que se apoyaba en su pecho como un bebé.

La vaca Guernsey estaba sola con un par de cuñas de queso de poliestireno.

La botella gigante de hidromiel y la rueda de queso que acabábamos de fabricar habían desaparecido.

—Increíble. ¿Cómo vamos a trabajar así? ¿A vosotros os han robado algo?

—A nosotros no. Sharice dijo que la otra noche vio que unos adolescentes arrojaban a un contenedor algo que parecía el adorno de una carroza. ¿Se considera robo si no se lo quedan?

—Supongo que es vandalismo. ¿Y qué hacéis vosotros para que no os roben vuestras cosas?

—Como vamos a usar mi camioneta como plataforma, aún no hay nada montado, porque la uso para trabajar.

La noche antes del desfile tendremos que colocarlo todo encima.

Iremos justos de tiempo, pero en vista de la cantidad de robos que está habiendo, parece lo más sensato.

Hemos tardado mucho en preparar los libros de papel maché.

—¿Habéis usado papel maché? Madre mía.

—Yo no, lo mío solo es la madera. He fabricado una estantería y me ocuparé también del letrero. Sharice y Ginger son las locas de la creatividad.

—Es verdad, Sharice es una artista. No me extraña que la librería siempre esté tan bonita.

En una ocasión, Sharice me contó que abrió la librería de segunda mano hacía casi una década como complemento a su carrera de ilustradora.

Baz se quedó mirando el trozo de bizcocho que llevaba en la mano. Su color verde intenso no era el habitual de un dulce de desayuno… ni de un bizcocho en general, a no ser que se hubiera echado a perder.

—¿Quieres probarlo? —Me lo tendió.

—No, no. Te lo ha traído a ti.

Baz se lo llevó a la nariz y volvió a mirarlo como si fuera a convertirse en algo peligroso.

—¡Pruébalo ya! —lo animé.

Le dio un mordisquito. Arrugó la nariz.

Me eché a reír.

—¿Cuánto te gusta esa chica, Baz?

Bajó la vista de nuevo y le dio un buen bocado. Cerró los ojos con fuerza como si le estuvieran realizando una intervención médica dolorosa.

—Mucho, ¿eh? —dije convencida.

En cuanto tragó, se pasó la lengua por los dientes para quitar cualquier resto de comida.

Me acerqué y agarré un pellizquito para probarlo, esperando lo peor, aunque el sabor resultó ser ácido y primaveral.

—Tienes el paladar de un crío. Sabe a bizcocho de limón.

—Pero no está dulce —protestó.

—Es un desayuno saludable y vegano, no cereales Froot Loops. Mira, puede que tengas que acostumbrarte a estas cosas si alguna vez tienes el valor de decirle a Ginger cómo te sientes.

—Oye, si no saliera con Chet, le propondría una cita. No soy como tú y Roman.

—¿Qué quieres decir?

—Pues que lleváis seis meses dando vueltas como buitres sobre un vertedero. A ver si de una vez admitís que os gustáis y dais un paso al frente.

—A Roman le gustan todas.

—No tanto como tú.

—Somos amigos. Como tú y yo.

—Para nada. Entre nosotros no hay tensión sexual.

—Vale, tienes razón. Pero me refiero a que somos solo amigos. De momento está bien así. —Señalé con la cabeza a Cuqui, que seguía en sus brazos—. Parece que le gusta el bizcocho de ortigas. —Me alegré de cambiar de tema.

Baz miró hacia abajo y vio que la lengüita rosa de Cuqui buscaba el bizcocho y alcanzaba un trozo.

Le dio una palmadita en la cabeza en señal de aprobación.

—Eres un buen compinche, Tosco —le dijo. Y luego a mí—: No lo cuentes.

—Tengo mejores cosas de las que preocuparme —contesté mirando la carroza. Llegados a ese punto, las posibilidades de acabarla antes del desfile eran bastante escasas, sobre todo porque en ese momento mi prioridad era demostrar la inocencia de Archie—. Oye, respecto a Ginger…

—No quiero hablar de ella. Deja que lleve a Tosco a casa y que coja el taburete con escalones para echarle un vistazo a los contenedores por si estuvieran allí las piezas de la carroza que faltan —propuso Baz.

—Gracias.

Mientras lo esperaba, pensé lo que me acababa de decir sobre Roman y yo.

Admito que me mantenía a cierta distancia de Roman por su fama de donjuán.

¿Significaba eso que estaba asustada o más bien que era una chica lista?

No pude evitar preguntarme si la química que había entre nosotros desaparecería una vez que cediéramos a ella.

¿Acaso ese miedo me impedía ir más allá de nuestra amistad?

Baz volvió con un taburete de tres escalones. Permanecí tras él en el callejón mientras él miraba el interior del contenedor.

—Aquí no hay nada. —Bajó e inspeccionó el contenedor del reciclaje—. Aquí tampoco. Revisemos el que está en el callejón de Carl.

Bordeamos la espalda del edificio hasta el callejón del otro lado, donde se encontraban los contenedores que compartían La Ferretería de Carl y El Colmado de Lou. Baz se subió de nuevo al taburete y abrió la tapa de uno de ellos. Se inclinó y hurgó dentro.

—¿Ves algo?

—No hay ninguna rueda de cheddar , pero mira lo que he encontrado. —Con un gruñido, levantó una caja y le dio la vuelta.

De inmediato, reconocí el logo de la editorial.

Era una caja llena de libros de Phoebe. Baz la dejó caer al suelo.

Tenía las solapas remetidas, lo cual indicaba que alguien había abierto la caja y la había vuelto a cerrar.

Aparté una hoja pocha de lechuga y abrí la caja para mirar su interior.

En efecto, contenía al menos una decena de libros nuevos.

Abrí uno de ellos, que estaba firmado por Phoebe.

—Son los libros que estaban en el coche de Phoebe el día que vino a mi tienda. Traía unos cuantos ya firmados.

—Lo sé. Te ayudé a llevar las cajas desde detrás del mostrador hasta tu despacho el viernes por la noche, ¿te acuerdas? ¿Alguien se los llevó?

—Anoche seguían allí. Es probable que esta caja la cogieran del maletero del coche de Phoebe mientras Archie trasladaba los libros a la tienda.

—A lo mejor eran de la librería. Después de lo sucedido con Phoebe, tal vez decidieran deshacerse de todos los ejemplares.

—¿Los tendrían en el negocio de Sharice? Lee y Más es una librería de segunda mano…

—Como Phoebe estaba en el pueblo, tal vez hicieron una excepción.

—Pero este es el contenedor que comparten Carl y Lou, no el de la librería.

Como no se nos ocurrieron más teorías, Baz agarró el taburete y yo la caja de libros.

—¿Qué vas a hacer con ellos? —me preguntó.

—Le contaré a Heath que los hemos encontrado. Quizá quiera echarles un vistazo. —El mal olor continuaba, pese a que nos habíamos alejado de la basura.

—¿Quieres que lo lleve yo? —Me tendió el taburete a cambio.

—Gracias, pero puedo sola. —Levantar palés de queso me mantenía en buena forma. Aquella caja no era nada del otro mundo—. Ahora que trabajáis juntos en la carroza, ¿recuerdas si Ginger ha mencionado algo sobre Phoebe últimamente? ¿Ella sabía que venía al pueblo? ¿Dijo algo?

—No. Creo que me acordaría si hubiera dicho algo sobre ella. ¿De qué se conocían?

Le puse al día sobre la relación entre ambas chicas y sobre las recetas con ortigas.

—Si Phoebe le robó las recetas, pudo darle motivos a Ginger para asesinarla.

—Qué exageración. ¿No me dijiste que su primer libro salió hace cinco años?

—Sí, pero Phoebe tuvo mucho éxito con él. Quizá Ginger estaba enfadada y celosa. ¿Por qué no quiso ver a Phoebe cuando vino al pueblo?

—No lo sé. Sin embargo, aunque tuvieras razón sobre el robo de recetas, eso no implica que Ginger la matara por unas ortigas. —Baz se llevó la mano a la garganta con gesto alarmado—. ¿Es eso lo que he comido?

Ignoré su pregunta.

—Alguien tiene que saber la verdad sobre su distanciamiento.

Baz se encogió de hombros.

—Pregúntale a Chet. —De pronto abrió mucho los ojos y chascó los dedos—. ¡Oye! A lo mejor fue él quien mató a Phoebe para vengar las ortigas de su novia.

—Es una teoría. —Me negué a dar pábulo a su comentario impertinente. Era obvio que no iba a tomarse en serio mi hipótesis de la receta robada.

Llegamos al pie de su escalera.

—Voy a soltar el taburete y a recoger a Tosco antes de ir a la cita que tengo esta mañana. Nos vemos luego. —Comenzó a subir los escalones.

Asentí con la cabeza a modo de despedida y llevé los libros a la puerta lateral de la quesería.

Como olían demasiado mal para dejarlos dentro, los solté en el suelo contra el marco de la puerta.

Los únicos vehículos que entraban en el callejón eran los camiones de reparto y de la basura, por lo que parecía poco probable que se los llevaran.

Por si acaso, cerré las solapas de la caja.

—¿Qué hay ahí?

Me di la vuelta sobresaltada. Era A. J., que tenía una especie de don para pillarme desprevenida. Seguro que lo había aprendido en la facultad de periodismo. No estaba dispuesta a decirle nada sobre los libros.

—Cosas de la tienda —mentí.

—Han estado robando adornos de las carrozas. Es mejor que no dejes nada en la calle.

—Es que no tengo las llaves, pero gracias por el consejo. ¿Qué te trae por aquí?

—Me han dicho que vas por ahí preguntando sobre el asesinato de Phoebe Winston.

—¿Te lo ha contado Chet?

—Chet es amigo mío, pero no ha sido él. Tengo mis fuentes.

—¿Y qué más te da?

—Que en ese caso seríamos dos. ¿Quieres que pongamos en común nuestros recursos?

Era una oferta tentadora, pero necesitaba pensarlo. Después de todo, el propio A. J. estaba en mi lista de sospechosos. Pareció leerme la mente.

—También he oído que crees que tengo algo que ver con las fotos que publiqué en el periódico. —Se apartó los rizos rebeldes de los ojos y se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta militar verde.

—Parece lo más lógico.

—Puede que ayudaras a resolver el último asesinato que se cometió en el pueblo, pero en este vas bastante desencaminada.

—Me cuesta creer que alguien dejara las fotos sin una nota y sin pedir nada a cambio —dije.