Capítulo catorce
CAPÍTULO CATORCE
E l lunes, después de haber hablado con el detective la noche previa, me sentí más optimista.
O tal vez fuera efecto del segundo expreso.
Me pasé toda la mañana pensando en la noche anterior y en Heath.
Uf. Era un hombre enigmático, más aún después de haber visto una parte de su casa.
¿Puede que me estuviera tomando su apacible intensidad natural por química?
En cualquier caso, aquello era distinto a las chispas que saltaban con Roman.
Este último era divertido y coqueto, tanto que parecía más un rasgo de su personalidad que algo relacionado conmigo.
Y estaba claro que Heath seguía enamorado de su difunta mujer.
Tal vez lo que yo consideraba mariposas en el estómago cuando estaba cerca de ellos solo fuera nerviosismo, ya que ambos me hacían sentir insegura.
Un golpeteo en la puerta interrumpió mi debate interno sobre si prepararme o no un tercer café.
Me acerqué y pegué el ojo a la mirilla, pero no había nadie.
Tras otra sucesión de golpes, me di cuenta de que era la puerta de Baz la que estaban aporreando.
Como no oí que nadie abriera, salí al porche.
De inmediato, tuve que cruzar los brazos para protegerme del frío octubre que me recibió.
Vi que una mujer con el pelo castaño rojizo recogido en una gruesa coleta bajaba por la escalera.
Al oírme, se dio la vuelta. Era Ginger. Sus ojos de mirada profunda mostraron sorpresa.
Volvió a subir los escalones hasta el porche.
Solo nos separaba la barandilla, ya que meses atrás Baz había quitado una celosía que, aunque aportaba privacidad, nos parecía un estorbo durante nuestras frecuentes conversaciones.
En ese momento vi por qué estaba tan colado por Ginger.
Ni sus mallas ni la camiseta deportiva de nailon ocultaban un centímetro de su trabajada figura.
En la mano llevaba un vaso transparente con una bebida verde viscosa y algo ovalado envuelto en papel encerado.
—Perdona. Cuando salgo a correr se me olvida la hora. No quería despertarte —dijo mientras me miraba de arriba abajo.
¿Despertarme? ¿Por qué sabía que yo no había salido a correr también?
Ambas llevábamos mallas, aunque mi sudadera amplia de la Universidad de Oregón me llegaba hasta la mitad del muslo.
Quizá fuera por las pantuflas de borreguito…
o por el rímel del día anterior, que como siempre habría impregnado mis ojeras hinchadas.
De manera inconsciente, me pasé las manos por los ojos y por la cabeza despeinada.
Soy mucho menos crítica con mi aspecto matutino cuando solo me concentro en llegar hasta la cafetera.
—¿Sabes dónde está Baz? —La mirada de Ginger se detuvo en mi puerta.
—Es probable que esté paseando con Cuqui —me apresuré a responder para eliminar cualquier duda sobre la posibilidad de que estuviera en mi casa.
—¿Quién es Cuqui?
—El perro de Phoebe Winston. Baz lo va a cuidar durante una temporada.
—Ah.
¿Su despreocupación era real o no le afectaba en absoluto mi mención a Phoebe? Aproveché la oportunidad que se me acababa de presentar.
—Siento lo de Phoebe. —Como su única respuesta fue una mirada de perplejidad, añadí—: Dijo que erais muy buenas amigas desde la escuela de cocina.
—Fuimos amigas durante los dos años que estudié en Sadler, pero desde entonces apenas habíamos hablado.
—¿Ah sí? Phoebe me contó que se había puesto en contacto contigo para veros mientras ella estaba en el pueblo.
—Sí, es cierto. No he mantenido el contacto con nadie de la escuela. De hecho, ayer fue la primera vez que vi a Olive Berns desde que me gradué. Me pidió que hiciera una demostración de cocina vegana para el sorteo de los antiguos alumnos.
—Me lo comentó. Me dijo que cuando estudiabas en la escuela ya deseabas abrir una cafetería vegana.
—Sí. Me crie siendo vegetariana y en la facultad fue cuando comenzó mi pasión por el veganismo.
Por eso dejé la Universidad de California y me matriculé en la escuela de cocina.
A mis padres no les hizo mucha gracia. Se suponía que iba a seguir los pasos de mi hermano mayor, que es ingeniero.
No dejan de recordarme lo bien que le va a él en el trabajo mientras yo sigo detrás del mostrador de una cafetería librería que ni siquiera es vegana, aunque he incluido algunos platos veganos en la carta.
Recordé el largo viaje que tuve que recorrer hasta cumplir mi sueño de montar una quesería y de repente sentí cierta afinidad con ella.
—Yo me pasé años trabajando en distintas queserías antes de abrir mi propia tienda. Lo conseguirás.
—Gracias.
Durante un momento, se hizo un silencio incómodo. Con afinidad o no, todavía tenía que resolver el asesinato de Phoebe.
—Olive me dijo que planeaste montar una cafetería con Phoebe.
—Bueno yo no diría que lo planeáramos. De vez en cuando hablábamos de ello, nada más.
—¿Hubo alguna razón para que al final no la montarais?
—Ella no era vegana, así que tampoco tenía mucho sentido. ¿Por qué te interesa tanto?
Glup . Tenía que improvisar. Por suerte, ya me había tomado dos cafés.
—Solo quería que supieras que estoy a tu disposición para cualquier consejo que necesites, dado que yo misma he montado un negocio hace poco tiempo.
—Ah, gracias, muy amable.
Seguía pareciendo desconfiada, tal vez porque no creía que mi ofrecimiento fuera sincero.
Lógico. ¿Por qué seguía sospechando de ella?
Quizá solo fuera una mujer decidida que trabajaba para alcanzar su sueño.
Me llevé la mano a la tripa, que de repente sentí revuelta.
Mi madre siempre decía que el cargo de conciencia se siente en el estómago, no en el cerebro.
Me dieron ganas de contarle a Ginger que mi ofrecimiento era auténtico siempre y cuando no hubiera matado ella a Phoebe, pero lo más probable era que eso tampoco le sentara muy bien.
—¿Esa es la razón de que te mudaras a Yarrow Glen? —decidí preguntar—. Este pueblo tiene fama de promover el pequeño negocio.
—Ajá.
Era evidente que su locuacidad había mermado por mi culpa. Traté de remediarlo.
—Y aún no hay ningún sitio vegano —dije—. ¿Lo que traes son productos veganos? —Señalé el vaso de cristal con lo que parecían algas batidas y el pan envuelto que llevaba en la mano.
—Después de correr, he pasado por casa para recoger mi batido energético. Estoy intentando que Sharice me deje introducirlo en la carta de bebidas.
Me puso el vaso debajo de la nariz y noté un tufillo a vinagre de manzana rancio mezclado con algo herboso. Sharice Greene, la propietaria de la librería de segunda mano con una cafetería adjunta, que era donde Ginger trabajaba, sabía lo que hacía al mantener esa bebida fuera de la carta.
—Hummm —dije con una sonrisa, asintiendo y conteniendo la respiración hasta que apartó el vaso.
Levantó la hogaza que llevaba en la otra mano.
—Le he traído esto a Baz para que lo pruebe. Nunca pide nada vegano en la cafetería, solo el café helado de siempre. Es un bizcocho de limón y ortigas.
—¿Ortigas? —Mi radar se disparó.
—No son muy populares en nuestro país, pero cuando mis bisabuelos vivían en el extranjero, mi abuela las usaba para cocinar. Heredé su libro de recetas, que dedica una sección entera a las ortigas: pesto, sopa de menta y hasta pudín. He pensado que, como la madre de Baz es inglesa, quizá le guste.
Vi que en el primer libro de recetas de Phoebe aparecían tres recetas con ortigas; una de ellas era el bizcocho de limón y ortigas. ¿Era pura coincidencia? Sacudí la cabeza para salir de mis pensamientos.
—Seguro que lo devorará —mentí por educación. Baz no era de los que arriesgaban con la comida.
—Tú estás montando la carroza con Chet, mi novio, ¿verdad? —preguntó Ginger.
—Sí. Mi tienda se ha asociado con la destilería de hidromiel.
—No le digas que he estado aquí, ¿vale?
—Ah, claro, no te preocupes. —No se me había ocurrido que Chet fuera un tío celoso.
Un tarareo llegó hasta nosotras y dejamos de hablar.
Agucé el oído y reconocí la melodía de inmediato, Build Me Up Buttercup , y la voz que la entonaba.
¡Baz! En vez de la letra del estribillo, repetía el nombre Cuqui una y otra vez al compás de la música.
Fue subiendo la escalera, con Cuqui en brazos, cantándole.
Al vernos, cerró la boca y se llevó a Cuqui al pecho.
—¿Qué hacéis vosotras dos ahí? —preguntó.
Hay que reconocer que mantuvo bastante bien la calma. Por lo general no se quedaba cortado, pero esa vez estuvo muy cerca.
Ginger le hizo el inevitable arrumaco al adorable perrito antes de contestar la pregunta de Baz. Ninguna de las dos mencionó su cancioncilla.
—Sharice y yo hemos despejado la agenda para trabajar un rato en la carroza.
Íbamos a escribirte, pero ninguna de las dos tenemos tu número.
—La Ferretería de Carl, donde Baz trabajaba como manitas autónomo, se había unido a la librería cafetería Lee y Más para la preparación de la carroza—. ¿Estás disponible esta tarde?
—Puedo acercarme después de mi última cita en el trabajo, no sé exactamente a qué hora.
—Vale. Cuando puedas. ¿Nos pasamos los teléfonos para que me mandes un mensaje cuando acabes?
—Claro.
—Ah, y te he traído esto. —Le mostró el bizcocho de ortigas envuelto.
—¡Gracias! —Baz soltó a Cuqui en el suelo y este se puso a correr en círculo alrededor de sus piernas como si se persiguiera a sí mismo.
Baz miró el bizcocho y cada uno tecleó su número en el teléfono del otro. Yo seguía allí, algo incómoda, en mi lado del porche, en plan sujetavelas.
Se devolvieron los móviles y Ginger le dio a Cuqui un último achuchón. Dijo adiós con la mano, no sé si incluyéndome a mí, mientras bajaba la escalera. Ginger no me daba buena espina.
Tarareé en voz baja «Cuquicu, cuquicu-cuquicu, cuquicu» tal y como había hecho él, mientras Ginger se alejaba.
—Podrías haberme avisado —dijo Baz cuando la chica dobló la esquina y ya no podía oírnos.
—No supe que eras tú hasta que fue demasiado tarde. Pero no creo que tengas de qué preocuparte. —Apreté los labios y levanté las cejas.
—¿Qué? —Baz me miró con los ojos entornados.
—No he dicho nada. —Fingí inocencia.
—¿Otra vez con la misma historia? Está saliendo con Chet.
—Pero te trae bizcocho y me pide que no se lo cuente a su novio.
Baz hizo caso omiso a mi comentario.
—De todos modos, hay otra cosa sobre Ginger que debes saber —comencé. Revelarle que tal vez estuviera en mi lista de sospechosos no iba a ser tan divertido.
—Voy a entrar un momento a cortar un trozo de bizcocho. Todavía no he desayunado. ¿Le echas un ojo a Tosco?
—¿Tosco?
—He decidido que no se va a llamar Cuqui. Al menos mientras esté conmigo.
—Vale. Tendrás que cantarle otras canciones entonces.
—No es eso. Bueno, en parte sí… No me puedo quitar esa canción de la cabeza. Lo más importante es que, al ser un perro pequeño, necesita un nombre más duro. Sé lo que se siente al ser el más bajito de primaria teniendo un nombre raro. No es fácil llamarse Basil cuando eres pequeño.
—No creo que Cuqui vaya a ir a primaria.
—Eso da igual. Será más feliz si lo llamamos Tosco, créeme.
Me reí por lo bajini.
—¿Y ahora qué le vas a cantar?
Volvió a ignorarme y entró en su apartamento. Cuqui se puso a dar golpecitos en la puerta con la pata.
—No pasa nada, precioso. Ven aquí que te acaricie —le dije.
Se subió a la silla de plástico de Baz, que estaba junto a la barandilla, y pareció disfrutar de mi atención. Abrí la silla de playa y me senté mientras seguía acariciándole entre los barrotes. Me di cuenta de que le estaba cantando otra vez, de manera inconsciente. Jolín. Baz tiene razón .
La mayoría de las mañanas, me quedaba allí un rato, con la primera taza cafeínica y caliente del día, para absorber el aire y las vistas del Valle de Sonoma.
Esa mañana olía a pino y eucalipto. En mi reducido porche solo cabían una silla de playa y una mesita auxiliar, pero frente a él había una extensión de bosque protegido con un sendero que llevaba al parque.
En esa época del año, los robles exhibían sus hojas amarillas y las colinas redondeadas de detrás destellaban unos tonos rojizos y naranjas entre los árboles de hoja perenne.
Mientras Cuqui, alias Tosco, seguía acurrucado tan a gusto en la silla, me levanté y me acerqué al borde del porche para disfrutar mejor del panorama. El sol ya había ascendido entre las montañas lejanas y emanaba sus brillantes colores en largas pinceladas que cruzaban el cielo.
Pensé en las recetas con ortigas. Ginger dijo que no era un ingrediente muy conocido, ¿qué probabilidad había de que Phoebe escogiera una receta de bizcocho de ortigas para su libro de cocina?
Olive me contó que acusaron a Phoebe de robarle la receta a un alumno para el examen final, de manera que tal vez fuera algo habitual en ella.
Quizá Phoebe utilizó las recetas de Ginger en el primer libro y a raíz de eso se pelearon.
¿Sería esa la razón por la que la mataron?
Mientras seguía contemplando a Ginger como posible sospechosa, bajé la mirada hacia el aparcamiento y me fijé en la carroza.
—No puede ser verdad.
Los gamberros habían vuelto a actuar.