Capítulo trece
CAPÍTULO TRECE
L e pasé a Baz la bolsa de comida y los juguetes por encima de la barandilla que separaba nuestros porches. Cuqui parecía más contento que Baz con el nuevo alojamiento.
Fui a mi apartamento y escribí a Archie para decirle que Cuqui estaba bien y para preguntarle cómo le había ido en la comisaría con el detective Heath. Su respuesta: «No me han detenido. Eso ya es una buena noticia».
En esa ocasión no había mucho que agradecer. Ya era hora de hablar con Heath para aclarar las cosas.
Eran cerca de las nueve. Me pregunté si Heath seguiría en la comisaría.
Volví a montarme en el coche, aunque esta vez procuré ir más despacio por el callejón.
Al llegar al final de nuestra tranquila manzana, giré a la izquierda por Main Street y dejé atrás el viejo ayuntamiento para estacionar en el aparcamiento compartido con la iglesia.
Crucé la calle para dirigirme al complejo de seguridad pública que albergaba el parque de bomberos y la comisaría de policía.
Al acercarme a la entrada de cristal, vi lo poco iluminado que estaba el interior; no me sorprendió, por tanto, que las puertas no se abrieran cuando tiré de ellas.
Probé con todas, pero no hubo suerte. De mala gana, volví al aparcamiento, aunque no quería montarme de nuevo en el coche.
No estaba dispuesta a esperar hasta el día siguiente para hablar con él.
Volví a mirar los edificios del complejo y, justo entonces, me fijé en un coche oscuro que salía del aparcamiento adyacente donde solo accedían vehículos de la policía.
Sin embargo, ese no era un coche patrulla: parecía el Dodge Charger de Heath.
—¡Heath! —grité sin pensar—. Por supuesto, no me oyó. El coche continuó sin detenerse. Por inercia, decidí seguirlo.
Por suerte, el tráfico era fluido y conseguí alcanzarlo justo al salir del centro, cuando el semáforo se puso verde.
Pasamos por delante de un viñedo y entramos en una calle residencial.
En ambas aceras había casitas con el césped bien recortado, algunas de ellas con cercas de madera.
No era el tipo de barrio donde imaginaba que viviría, pero en realidad, ¿qué sabía yo de él?
De no ser por la barra luminosa del parabrisas trasero, que de vez en cuando destellaba con la luz de mis faros, habría empezado a pensar que me había equivocado de coche y que estaba siguiendo a otro.
Dondequiera que viviera, parecía haber escogido el camino más largo para llegar a casa.
Por fin, dejamos atrás aquel barrio y llegamos hasta una gasolinera, pero Heath sorteó los surtidores y se detuvo frente a la tienda de comestibles, en una zona amarilla donde estaba prohibido aparcar. No apagó el motor.
No estaba dispuesta a esperar a que Heath comprara lo que quiera que se le hubiera antojado a esas horas de la noche. Aparqué en una plaza de aparcamiento vacía y salí del coche. Por fin apagó el motor y bajó del vehículo como si me estuviera esperando.
—¿Qué estás haciendo? —dijo con brusquedad.
Y pensar que al principio me resultaba molesta su excesiva educación…
—Necesito hablar contigo. Te he seguido desde la comisaría.
—Ya lo sé. Me he dado cuenta de que alguien me seguía al cabo de unos kilómetros, pero no sabía que eras tú.
—Ay, lo siento. No quería asustarte. Bueno, tampoco digo que te haya asustado. Me refería a que no ha sido aposta.
—¿Me seguías sin querer? ¿Cómo es eso?
Relajó la postura y se metió una mano en el bolsillo.
—No, a ver… No te he vigilado para seguirte hasta tu casa. Ha coincidido que he visto salir tu coche de la comisaría justo cuando iba allí para hablar contigo.
—No estoy de servicio. ¿No puede esperar hasta mañana?
—No, no puede esperar. ¿Hablamos ahora mejor?
Si quieres te compro un refresco de cereza.
Grande. Lo que haga falta. Pero no puedo permitir que Archie sea sospechoso.
No solo es absurdo…, sino que también es por mi culpa.
—Se me quebró la voz en contra de mi voluntad.
Tragué saliva para deshacer el nudo que se me había formado en la garganta, el único dique que retenía mis lágrimas.
Como no me atreví a mirar a Heath, no tenía ni idea de lo que pasaba tras sus ojos oscuros.
Me puso una mano en el brazo para apartarme de la gente que entraba y salía de la tienda.
—Hablemos en otro sitio —dijo—. Sígueme, pero esta vez sígueme aposta, anda.
En ese momento percibí una chispa de guasa en su cara. Asentí y lo seguí hasta su casa.
Su hogar, de una sola planta, se encontraba en una calle secundaria tranquila con pocos vecinos, en lo que parecía un terreno de un par de hectáreas. Me sentí más serena al seguirlo por la puerta principal.
Cuando encendió las luces, de ponto me avergoncé de haber invadido su intimidad.
Me condujo hasta un amplio salón con focos encastrados y techos altos.
Era minimalista a más no poder: si perdías allí las llaves, las encontrabas al segundo.
Lo único que le daba vida eran unos cuadros grandes y lóbregos de figuras abstractas que contrarrestaban la blancura de las paredes.
Jamás habría tomado a Heath por un coleccionista de arte.
—Está todo muy recogido para no esperar visita —dije.
—Porque casi nunca estoy en casa. Pero prométeme que no vas a mirar el fregadero.
Me reí entre dientes.
—Prometido. —Aunque sin intención de mentir, no pude evitar mirar por encima de su hombro hacia la cocina abierta, separada del salón por dos escalones. Parecía tan impecable como el resto de la casa.
—¿Quieres alguna cosa? ¿Algo de beber? —preguntó—. Lo siento, me he quedado sin refresco de cereza.
—¿Lo ves? Deberías haber aceptado mi invitación. Un vaso de agua, por favor.
Una vez allí, me di cuenta de que estaba demasiado nerviosa para hablar con él. Necesitaba ordenar mis ideas. En su casa no podía mostrar la indignación que había sentido un rato antes, cuando me dirigía a la comisaría.
—Siéntate —sugirió.
Me dejó en el salón. Al rodear la mesa de centro para dirigirme al sofá cuadrado de estilo moderno, una estrecha librería, situada en un rincón, captó mi atención. Veamos qué lee el detective Heath en su tiempo libre .
Recorrí los lomos con la mano. Dashiell Hammett…
, Walter Mosley…, Raymond Chandler…, Mickey Spillane…
Me pregunté si se consideraría a sí mismo un detective duro, como los investigadores de esas novelas.
Mi mirada se desvió hacia uno de los estantes superiores, en el que solo había una foto enmarcada de una hermosa mujer, cuya melena, negra, larga y sedosa, le tapaba un ojo.
El otro ojo brillaba de placer mientras se reía de la persona que le hacía la foto. Sospeché que sería Heath.
Lo oí carraspear y me di la vuelta. Estaba detrás de mí con un vaso de agua.
—Me… me intrigaba saber qué lees cuando estás en casa. ¿Son tus ídolos?
—Mi hermana me regaló esos libros para llenar la estantería. Tiene mucho sentido del humor.
Asentí y volví a mirar la foto.
—¿Es ella?
—¿Mi hermana? No —se detuvo—. Es Abby, mi mujer. Falleció hace un par de años. Estos cuadros son suyos. Señaló hacia las paredes.
—Guau. Era una gran artista.
—Sí que lo era…, entre otras muchas cosas. —Me pasó el vaso de agua.
Lo acepté y me senté en el sofá.
—Siento que falleciera.
Se acomodó en la butaca a juego que estaba enfrente, no en el sillón cómodo que tenía pinta de ser su favorito. Se miró los zapatos y mientras, con aire ausente, le dio vueltas a la alianza de oro que llevaba en el anular izquierdo.
Tiempo atrás, a los pocos días de conocernos, le hice un comentario cruel porque pensaba que estaba casado. Desde entonces había querido disculparme, pero hasta ese momento no se me había presentado la oportunidad. Pasé la mano por el suave terciopelo del sofá mientras pensaba qué decir.
—Bueno, ¿y cuál es el asunto por el que me has seguido hasta mi casa un domingo a las nueve de la noche? —preguntó.
Y así, sin más, volví a perder la oportunidad de disculparme. ¡Porras! Dejé el agua en la mesa de centro de teca que nos separaba y procedí a abordar el asunto por el que estaba allí.
—Algo tiene que estar mal en las grabaciones de la casa que alquiló Phoebe. ¿No existe la posibilidad de que alguien entrara por la puerta trasera sin que las cámaras lo captaran?
—Sí.
No esperaba que me diera la razón.
—Ah. Vaya, estupendo. Entonces la grabación donde se ve que Archie es el último en abandonar la casa no es concluyente.
—Ni es concluyente ni deja de serlo —añadió.
—¿Y Thomas? Él alquiló la casa. Tuvo que estar allí antes, por lo que conocía su distribución.
Es posible que también conociera una manera de entrar o que escondiera una escalera de mano para pasar por encima de la verja en alguna zona menos protegida.
Y estuvo allí después de que Archie se fuera, eso ya lo sabes.
—Sí, lo sabemos. Aparece en las imágenes llamando al telefonillo.
—¿Y cuánto tiempo estuvo fuera de cámara? ¿Lo suficiente como para matarla?
—¿Cómo sabes que estuvo fuera de cámara? ¿Has estado interrogando a gente otra vez, Willa?
—Solo a Thomas. Es el sospechoso más obvio, ¿no? Phoebe lo trataba como a un criado, pero él estaba obsesionado con ella. Incluso pareció celoso cuando ella le pidió a Archie que acudiera a la casa ese día.
—Willa. —Me miró fijamente.
Sabía que me iba a regañar, como ya hizo la última vez que metí las narices en una investigación y estuvieron a punto de matarme.
—No es lo mismo que la otra vez —contesté antes de que expusiera sus argumentos—. Se trata de Archie. Sé que no fue él. Y tú también lo sabes.
—Seré sincero. Las cosas no pintan bien para él. Necesito encontrar pruebas contra alguien para cuestionar las pruebas contundentes que tenemos contra él.
—Entonces deja que te ayude.
—Ni de broma. No puedes entrometerte en una investigación policial.