Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2) Capítulo doce
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Capítulo doce

CAPÍTULO DOCE

E ntre mi memoria y la memoria de Baz, solo nos confundimos de camino una vez antes de llegar a aquella casa de alquiler tan apartada en la que habíamos estado la tarde anterior.

Era fácil perderse en una carretera tan mal señalizada y me arrepentí de no haber apuntado la dirección el día anterior para introducir las coordenadas en el GPS .

Conduje despacio, cortando con las luces largas la oscuridad de aquella carretera tranquila y sinuosa, hasta que llegamos a nuestro destino.

Busqué un lugar donde dejar el coche, ya que no había arcén.

Un poco más adelante, a menos de cien metros, había un descampado de tierra pequeño, suficiente para dejar mi Honda, aunque al salir Baz se enredó con la maleza que lindaba con la puerta del copiloto.

Me serví de la linterna que llevaba en la guantera para volver por la carretera solitaria hasta la casa.

La luz del porche delantero iluminaba el Range Rover de alquiler que seguía en el camino de acceso, así como el coche patrulla de la policía y una furgoneta claramente señalizada con la palabra Forense.

Las luces del interior estaban encendidas.

Apagamos la linterna y nos dirigimos hacia el lateral de la propiedad.

—Siguen examinando la casa —dijo Baz, como si no fuera evidente.

—Imaginé que estaría precintada, pero no se me pasó por la cabeza que los forenses siguieran dentro.

—En cualquier caso, sería mejor hacer esto de día, ¿no te parece?

—¿Quieres esperar en el coche con Cuqui? Uy, Cuqui se nos adelanta. Ni siquiera a él le da miedo rodear la casa.

A pesar de no verlo en la oscuridad, noté el gesto de resignación de Baz.

La luna y la iluminación del jardín proporcionaban suficiente contraste como para que avanzáramos entre las sombras de la maleza.

Bordeamos la verja de hierro forjado que rodeaba el perímetro de la propiedad, entre los árboles del bosque, hasta el lateral opuesto, donde unos matorrales frondosos nos cortaron el paso.

Cuqui gimió. Se había quedado atrapado entre las ramas. Me agaché para agarrarlo, pero me clavé unas espinas en las manos. Volvió a ladrar. Sus alaridos agudos retumbaron por el jardín.

—Shhh. Ya está, ya está —susurré para tranquilizarlo sin que nos oyeran desde la casa—. Tenemos que sacarlo de ahí, Baz.

Baz se puso a cuatro patas.

—Ten cuidado, no le vayas a hacer daño —advertí sin necesidad.

Estiró los brazos por debajo del arbusto, pero volvió a sacarlos con las manos vacías.

—¿Dónde ha ido? —preguntó Baz.

Oímos más ladridos agudos, pero esta vez no entre los arbustos. Me atreví a mirar por encima de la maleza y vi que algo se movía al otro lado de la verja. ¡Cuqui había entrado!

—Tenemos que atraparlo —le susurré a Baz.

Baz metió la cabeza entre las ramas espinosas donde un momento antes había intentado agarrar a Cuqui.

—¡Ay! —Sacó la cabeza—. No puedo meterme ahí.

—Pero tuvo que ser por ahí por donde entró el asesino. A la porra. Voy a intentarlo yo.

Encendí la linterna. El círculo de luz iluminó un pequeño agujero entre las hojas lustrosas de color vino.

Tenía el tamaño justo para que una marmota o un perro tan pequeño como Cuqui lo atravesara.

Iluminé un poco más adentro con la linterna y tanteé con la mano libre.

No había más que espinas, que se me clavaban en la cara y en las manos.

El arbusto, probablemente un agracejo, crecía pegado a la verja.

El único espacio por el que se podía pasar era entre los barrotes, el hueco justo para Cuqui.

La luz trasera se encendió y una parte del jardín quedó bañada por su fulgor.

Con torpeza, apagué la linterna. Vimos la silueta de alguien junto a la puerta corredera de cristal.

Baz y yo permanecimos agachados, tan quietos como dos gnomos de jardín, con la esperanza de que los arbustos nos camuflaran.

Cuqui, en silencio, se había puesto a correr en círculos por el césped, fuera del alcance de la luz.

Con esa postura, me empezaban a arder los muslos, aunque eso no era lo peor: en breve necesitaría hacer pis. El juego del escondite siempre provocaba ese efecto en mí cuando era pequeña y, según parecía, también de mayor.

La luz se apagó y, al cabo de un momento, la figura se apartó del ventanal. Nos atrevimos a levantarnos, con poca colaboración por parte de mis temblorosas corvas.

—¡Cuqui! —susurré.

Lo llamé chasqueando los labios y Baz hizo lo propio hasta que el perro regresó. Nos apartamos del arbusto para que cruzara de nuevo la reja. A continuación, lo agarré y me lamió como si se alegrara de volver de su gran aventura.

Baz me lo quitó para asegurarse de que no se había hecho daño, una tarea casi imposible con semejante oscuridad.

Volvimos a mirar hacia el interior de la casa, por donde se movían varias figuras.

—La casa tiene un montón de ventanas —comenté—. De noche se ve prácticamente todo desde aquí.

—Eso le vino de perlas a quien sacó las fotos de Phoebe.

—Seguro que sí. La casa está apartada, pero esos ventanales sin cortinas no son lo mejor para alguien que busca privacidad, ¿verdad?

—Desde delante no se aprecia. Seguro que Phoebe no se fijó muy bien en las fotos cuando decidió alquilarla.

—Archie me dijo que fue Thomas quien la alquiló.

—Una elección interesante.

Baz y yo nos quedamos mirando la casa y a la gente de dentro durante unos minutos más y nos alegramos de que ya no se interesaran por lo que sucedía fuera.

Cuando volvimos al coche, retomamos las conjeturas.

—No parece que haya otro modo de acceder que no sea trepando por la valla —dijo Baz.

—Pero no hemos terminado de rodear la casa. Y es posible que Thomas planeara algo de antemano.

—Eso es verdad. ¿Y si dejó una escalera en el suelo para usarla después?

Me acordé de que, aunque así hubiera sido, los remates en punta de lanza de los barrotes convertían la verja en un obstáculo peligroso.

—¿Y luego cómo salió sin que las cámaras lo captaran? —pregunté.

—Ya… ¿Y cómo se deshizo de la escalera?

—Claro, porque no tenía coche para transportarla.

Baz asintió a regañadientes.

—Lo único que nos llevamos son unos cuantos arañazos.

Encendimos la luz del techo para ver cómo estaba Cuqui. No parecía haber sufrido daños. Sin embargo, Baz y yo parecíamos haber perdido un combate de lucha libre contra una hoja de papel afilada. ¿Por qué los cortes más pequeños son siempre los que más escuecen?

Baz parecía comodísimo con Cuqui acurrucado sobre sus piernas.

—Parece que le gustas mucho —dije.

—Sí, también era el favorito de Bella —contestó refiriéndose al perro que tuvo de pequeño—. Los animales me adoran, para qué te voy a engañar.

—Oye, necesitamos un hogar temporal para Cuqui. El perro de Archie no se lleva bien con él —dije.

—¿Por qué me da la impresión de que acabaré haciéndote un favor?

—A Cuqui le gusta estar acompañado y en la quesería no puede entrar. ¿No podrías quedártelo un par de días?

—No sé cómo me he metido en este embrollo, la verdad.

—Acabas de decir que eras el favorito de Bella —le recordé.

—Ya, pero yo no me ocupaba de ella.

—Tienes casi treinta años. Creo que te las arreglarás.

—No tengo comida para perros.

—Archie trajo un poco. Está en mi apartamento. Te la daré cuando lleguemos a casa. Y también trajo juguetes para él. —Baz bajó la vista y lo miró sin contestar—. Anda, solo hasta que Chet se haga cargo de él… —Traté de convencerlo.

—¿Y Chet qué tiene que ver aquí?

—Se ha ofrecido a cuidarlo hasta encontrarle un hogar definitivo, pero antes tiene que pedirle permiso al casero.

—De acuerdo.

—¿Seguro? La tienda está cerrada mañana, así que puedo quedármelo un día más, solo que…

—Mañana solo tengo un par de citas. Puedo llevármelo ya.

—Genial, gracias. —Me pregunté por qué había cambiado tan rápido de parecer. ¿Acaso quería competir con Chet?

Apagué la luz del techo y arranqué el coche con la esperanza de llegar a casa antes de que cambiara de opinión, ya que no parecía demasiado entusiasmado con su decisión. Esta vez sí que vi que tenía el gesto torcido, aunque también me di cuenta de que no paraba de acariciarle la orejita a Cuqui.