Capítulo once
CAPÍTULO ONCE
B az y yo entramos en el Hotel Yarrow Glen como ya hicimos dos noches antes, aunque esta vez con un acompañante peludo. Vimos que Constance charlaba en el mostrador de recepción con una pareja que se estaba registrando, a juzgar por el equipaje que tenían al lado.
Con una empleada como Constance Yi, el hotel no necesitaba conserje.
La chica menuda de veinticuatro años, oriunda de Yarrow Glen, no solo era capaz de informar a los huéspedes sobre el modo de llegar a cualquier parte, sino que también conocía la historia y los cotilleos de cada lugar y de sus habitantes.
Y te lo contaba todo, tanto si querías como si no.
La pareja pareció aliviada cuando nuestra presencia interrumpió el monólogo de la recepcionista.
Le dieron las gracias y se dirigieron deprisa hacia la escalera.
—Si lo desean, puedo meter el equipaje en el ascensor del personal y llevárselo yo misma a la habitación —les gritó.
—No, no. No hace falta —dijo la mujer mientras subían de buena gana las maletas por la escalera para escapar.
Constance se encogió de hombros y nos prestó atención.
—Oh, ¡qué monada! —dijo mientras rodeaba el mostrador para acariciar a Cuqui.
Llevaba una blusa impoluta de seda color ciruela por dentro de unos pantalones negros que se ajustaban a su silueta menuda.
—Gracias. Y eso que hoy ni siquiera me he afeitado —contestó Baz en broma.
Constance se burló de él.
—Me refería al perro. Pero no permitimos la entrada de perros al hotel, a menos que se trate de perros guía.
—Es el perro de Phoebe Winston —expliqué con la esperanza de que eso le otorgara suficiente caché como para dejarlo pasar.
—Ya, me pareció reconocerlo. ¿No es increíble?
La pillan comiendo costillas de La Barbacoa de Mac…
¡y luego aparece asesinada! —No me sorprendió que Constance supiera lo del asesinato: siempre era una de las primeras en enterarse de todo lo que pasaba—.
Heath, el detective ese tan mono, vino por aquí a preguntar por su ayudante personal, Thomas Doolittle —continuó—.
Luego subió a interrogarlo. El señor Doolittle lleva encerrado en su habitación desde entonces.
No para de llamar a recepción para pedir cerveza.
Estoy segura de que hoy ya he completado el número de pasos diarios.
—De manera inconsciente, se tocó el lujoso dispositivo para el seguimiento de la actividad física que llevaba en la muñeca.
—¿En qué habitación está? Necesitamos hablar con él sobre el perro —dije.
—Lo siento, pero no tengo permiso para facilitar esa información.
Además, él me ha dado instrucciones rigurosas de que no quería hablar con nadie.
A. J. Stringer lo ha intentado dos veces hoy.
—Su teléfono sonó y una de las luces rojas parpadeó.
Constance se dirigió al otro lado del mostrador—.
Aquí está otra vez. —Apretó el botón y cogió el auricular.
Me incliné un poco para ver los números escritos a mano en el teléfono. El hotel solo contaba con nueve habitaciones para huéspedes y el botón que ella había pulsado era el 6.
—Sí, señor Doolittle. Ahora mismo se la subo —colgó.
—¿Habitación número 6? —confirmé.
—¿Cómo…? Ah.
—¿Por qué no nos dejas que le subamos nosotros la cerveza?
Llamamos a la puerta de la habitación número 6 con la esperanza de que la cerveza que Baz sostenía en la mano suavizara la impresión que se llevaría Thomas al vernos.
Desde dentro, una voz nos invitó a pasar.
Las cerraduras del histórico hotel aún se abrían con una llave maestra antigua, de manera que el pomo de madera cedió con facilidad y la puerta se abrió hacia dentro.
Thomas estaba tumbado en la cama sobre la colcha arrugada.
Las circunstancias —y es probable que también influyeran las cervezas— habían suavizado su imagen de Clark Kent.
Su musculatura, que ya se intuía bajo la camisa de botones, era más evidente en camiseta blanca y vaqueros.
El día anterior estaba tan repeinado que parecía que iba a hacerse la foto del instituto; sin embargo, ahora parecía que se hubiera pasado los dedos por la cabeza varias veces, pero no un peine.
Su rostro manifestó una infinidad de emociones en pocos segundos. Su sorpresa se convirtió en un gesto de desdén hasta que vio el perro de Phoebe.
—¡Cuuuquiii!
Saltó como pudo, con los brazos extendidos para agarrarlo.
El antiguo somier metálico crujió con su peso cuando volvió a la cama sin dejar de hacerle arrumacos a Cuqui.
Hundió la cara en su pelaje blanco y lo estrujó en un abrazo.
Cuqui se quedó inmóvil y nos miró con ojos redondos y suplicantes para que lo liberáramos.
—Te hemos traído otra cerveza —dije.
Baz le tendió la botella y el vaso alargado como si fueran un rescate a cambio del perro.
Funcionó. Soltó a Cuqui para agarrar la cerveza y el perro se fue corriendo a la esquina de la cama opuesta. Thomas pasó del vaso y bebió directamente de la botella.
Miró al perro con el ceño exageradamente fruncido.
—Mi última conexión con Phoebe.
Baz, con el vaso vacío aún en la mano, movió un sofá situado delante a la ventana para que pudiéramos sentarnos. Cuqui saltó con heroicidad desde la cama y empezó a arañarnos los tobillos. Lo tomé en brazos y lo coloqué en el poco espacio libre que quedaba entre nosotros.
—Este es mi amigo Baz —le expliqué a Thomas al caer en la cuenta de que no se conocían. Ambos se saludaron con la cabeza—. Hemos venido a ver cómo estabas. Queríamos saber cómo te va.
—Estaría mejor si pudiera irme a casa. Pero el detective ese me ha dicho que tengo que quedarme por aquí. Todo este asunto es una pesadilla. —Thomas se apoyó en el cabecero de la cama.
—Sentimos lo de Phoebe. Parecíais muy unidos.
—Nadie la conocía tan bien como yo. Y ya no está. Ni siquiera llegamos a celebrar nuestro tercer aniversario. —Su voz estaba cargada de tristeza.
—Pero ¿erais pareja? —Me daba miedo preguntarlo, pero no me quedaba otra.
—Me refiero a nuestro aniversario de trabajo.
—Bueno, nadie te juzgaría si hubiera habido algo más —dijo Baz de hombre a hombre.
—Está claro que tonteábamos. Bueno, tonteaba ella…, cuando le apetecía. —Le dio otro sorbo a la cerveza—. Me contrató cuando recuperó su prestigio. Ella no quería que nada se interpusiera en su camino. Nunca nos enrollamos, pero teníamos un vínculo especial. De eso no cabe duda.
Parecía querer hablar de ella.
—Cuéntanos cómo era, Thomas.
Apretó la cerveza contra el pecho.
—Era la persona más dinámica que he conocido en mi vida.
Y era capaz de hacerte sentir la persona más importante del planeta.
—Sonrió y volvió a llevarse la botella a los labios.
Cuando la bajó, su sonrisa había desaparecido—.
También podía hacerte sentir como la última mierda del universo, pero eso solo servía para que te esforzaras más en el trabajo, ¿sabes?
Yo no hubiera reaccionado así, pero asentí de todos modos.
—¿Sabías que era mentira que fuera vegana? —preguntó Baz sin paños calientes.
Thomas se tensó y se irguió por completo al ver interrumpido su paseo por el recuerdo.
—Phoebe siempre intentaba dar a sus seguidores lo que querían. Los adoraba.
Vale, eso era una no-respuesta.
—¿Y sus seguidores querían que fuera vegana? —pregunté.
—Querían que fuera más amable. Eso formaba parte de su resurrección. ¿Te has pasado por las redes sociales? Ayer querían quemarla en la hoguera. Ahora que ha muerto, celebran vigilias por ella. Son muy volubles. Lo único que ella quería era ganarse el corazón de la gente.
—¿Sabes si alguno de sus seguidores la acosaba? —pregunté.
—Eso mismo me preguntó la policía. ¿Creen que la mató un seguidor? —Por un momento pareció que dejaba de compadecerse de sí mismo lo suficiente como para contemplar esa posibilidad.
—Alguien le mandó una foto y no estamos seguros de por qué —expliqué.
—La policía no me enseñó ninguna foto. Pero sus seguidores estaban enfurecidos. O la adoraban de un modo obsesivo o la troleaban sin piedad, pero no sabía que alguien la acosara. Me lo habría contado. En cualquier caso, todos parecieron disfrutar con su caída. —Puso cara de asco.
—¿Qué sabes sobre las fotos donde aparecía comiendo carne? —preguntó Baz.
—¿Qué quieres que sepa?
—No te vi muy sorprendido cuando te las mostré —le dije con calma—. ¿Fuiste tú quien le llevó la comida de La Barbacoa de Mac el Bocazas? Porque ella no correría el riesgo de pedirla a domicilio.
Thomas sacudió la cabeza.
—Todo ese asunto tiene que ser un montaje. Nadie puede demostrar que las fotos fueran reales. —Se levantó de un salto y comenzó a pasearse por la habitación con nerviosismo. Cuqui se acurrucó más entre nosotros—. No permitiré que mancillen su nombre ahora que ya no está.
No quería que se callara. Mi prioridad en ese momento no era averiguar si Phoebe había mentido.
—Las fotos se manipulan con mucha facilidad. Me sorprende que alguien creyera que eran auténticas —dije para apaciguarlo.
Baz iba a oponerse, pero le di un codazo.
Darle la razón a Thomas parecía funcionar. Volvió a sentarse en la cama, aunque con los pies en el suelo, como preparado para estallar en cualquier momento.
—Entiendo que te marcharas tan rápido para ir a verla cuando te enseñé las fotos —continué para llevármelo a un terreno amistoso.
—Necesitaba cerciorarme de que estaba bien —dijo.
—¿Y estaba bien?
—No conseguí verla. —Se quitó las gafas y se frotó los párpados cerrados con la parte interior de las muñecas antes de ponérselas de nuevo.
—Pero fuiste a la casa, ¿no?
—Vine a buscar el coche, pero no estaba aparcado. Me acordé de que esa mañana le había dado las llaves al chico de tu tienda.
—A Archie.