Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2) Capítulo diez
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Capítulo diez

CAPÍTULO DIEZ

R oman y Chet se ofrecieron para limpiar la carroza y poner la bici de la señora Schultz a buen recaudo. Yo me retiré a mi apartamento con Cuqui e invertí la poca calma que me quedaba en la difícil tarea de llamar a la madre de Archie. Cuando colgué, me derrumbé.

Era reconfortante tener a Cuqui. Se había hecho un ovillo a mi lado en el sofá sobre una esquina de la manta de punto de mi abuela.

No me importaba. La decoración chic-desaliñada que a mí me gustaba había pasado a ser desaliñada, sin más, tras las ocho mudanzas que había vivido mientras trabajaba en distintas queserías de todo el país.

Le puse pienso y agua en sendos cuencos, pero estaba demasiado concentrado en los concursantes de Trinchado de la tele, que en ese momento preparaban un menú de lengua de ternera y tarta de fruta, como para prestar atención a su propia alimentación.

Me maravillaba la capacidad de los concursantes para mantener la calma bajo presión y no perder la concentración.

Yo también sentía que la situación era apremiante.

Cuanto más tiempo fuera sospechoso Archie, más costaría desviar la atención de Heath a otra persona.

Tenía que haber un error en las cámaras de vigilancia, alguien tenía que haber entrado en la casa después de que Archie saliera.

Thomas. Ese día se fue de mi tienda a toda prisa para ver a Phoebe. Fue justo antes de que yo llamara a Archie y le dijera que viniera a la tienda. Thomas tuvo que ver a Phoebe en la casa después de que Archie se marchara. Pero ¿por qué no lo grabaron las cámaras?

De un salto, me levanté del sofá, y Cuqui se puso a ladrar.

—Perdona, pequeño —lo tomé en brazos—. ¿Qué te parece si me ayudas a hablar con Thomas?

Salí del apartamento con él y eché a correr por las escaleras hasta mi Honda CR-V .

El Sótano estaba a solo dos manzanas, pero en ese momento no tenía paciencia para caminar.

Una vez en el coche, crucé a toda pastilla el aparcamiento con Cuqui encima y giré por el callejón de La Ferretería de Carl, donde una figura me obligó a pisar el freno.

Mi corazón pareció detenerse a la vez que el coche.

Baz estaba delante de los focos, con los ojos muy abiertos, pero ileso. Menos mal .

Se acercó a la ventanilla mientras yo dejaba de agarrar fuerte e instintivamente a Cuqui y dejaba que se me ralentizara el corazón.

—Me cago en todos los arándanos, Willa.

—Perdona, Baz. ¿Estás bien?

—Qué alegría que tus frenos funcionen mejor que mis reflejos. ¿A qué viene tanta prisa?

—Sube y te lo explico por el camino.