Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2) Capítulo nueve #2
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Capítulo nueve #2

—Lo siento, Chet. Era imposible que lo supieras. Tú no eres el responsable.

—La policía debe de pensar que las fotos están relacionadas con el asesinato. En caso contrario, no me habrían hecho tantas preguntas —dijo Chet.

—Parece demasiada coincidencia, sí —convine—. Alguien quiso humillarla. ¿Sería la misma persona que la quería muerta? ¿O fue causa-efecto?

—A. J. no me dijo que quisiera humillarla publicando esas fotos. No era nada personal. Solo se trataba de una noticia que acababa de aparecer en su mesa. Literalmente —insistió Chet—. Es amigo mío. Va a la caza de noticias, pero no es mala persona.

—No me malinterpretes… No lo estaba acusando de nada. Solo pretendo encajar todas las piezas de lo que sucedió hasta el momento de su muerte.

Nos llamó la atención el crujido de un papel cerca de nuestros pies, donde una bolita de pelo blanca estaba metiendo las narices en los tacos que aún quedaban.

—¡Cuqui! ¡Apártate de la comida! —lo reprendió Archie mientras se acercaba hacia nosotros subido en su monopatín. En una mano llevaba una bolsa de la compra llena de cosas.

Coloqué al perrito sobre mi regazo.

—Deberías ponerle una correa para que no se pierda —le sugerí a Archie.

—Suele obedecer. De todos modos, Phoebe me dijo que lleva un dispositivo de seguimiento en el collar por si se pierde.

—No tiene culpa de reconocer la buena comida cuando la huele —añadió Roman.

—¿Qué haces aquí, Archie? Se suponía que ibas a descansar —le recordé.

—¿Con mi madre en casa encima de mí después de lo que pasó ayer? Imposible. —Archie trajo otra silla de debajo del porche para sentarse con nosotros y soltó la pesada bolsa en el suelo—. Más malas noticias: Cuqui y Batman no se llevan bien. Nada bien. —Parecía decaído.

—¿Quién es Batman? —preguntó Chet.

—Mi chihuahua. Tendrá que cuidar de Cuqui otra persona. No puede seguir en mi casa. He traído su comida y varios juguetes para él.

Le di un beso a Cuqui en la cabeza.

—Yo me lo quedo, pero como no puede entrar en la tienda, estará solo todo el día… Parece un perrito muy sociable. ¿Tú tienes perro en casa, Chet?

Chet sacó un poco de carne de su taco y se la dio al perro.

—Nunca he tenido perro, pero cada vez que veo los perros de los demás me dan ganas de tener uno. No me importaría quedármelo durante una temporada, aunque antes tendría que preguntárselo a mi casero.

—Estupendo, gracias. No haría falta si Thomas se ocupara de él. Será mejor que vaya a verlo mañana. También quiero averiguar si había alguien más, aparte de él, que supiera dónde se alojaba Phoebe.

—Yo sé de otra persona —dijo Archie con gesto sombrío.

Le puse una mano en el hombro para darle ánimos.

—Me refiero a alguien que pudiera haberla matado.

La señora Schultz le ofreció a Cuqui los restos de su taco.

—¿Y los propietarios de la casa que Phoebe alquiló?

—Bien pensado, señora Schultz. ¿Cómo podríamos averiguar quiénes son?

—No estarás pensando en investigar otro asesinato, ¿verdad? —me preguntó Roman—. Dijiste que te mantendrías al margen.

—Dije que quería mantenerme al margen de Heath y de cualquier tipo de publicidad, pero no de la investigación. Archie fue la última persona conocida en ver a Phoebe con vida —le expliqué.

—Estuve todo el día con ella hasta que se enteró de lo de las fotos —añadió Archie para ponerle al corriente.

—Entiendo. O sea, que el detective Heath piensa… —Roman no terminó de formular la frase. Nadie quería decir juntas las palabras «Archie» y «sospechoso».

—Al detective Heath le gusta conocer todos los hechos primero, pero me gustaría quitarle el nombre de Archie de la cabeza lo antes posible —comenté—. Y, Chet, te ruego que no le menciones nada de esto a A. J. Esta es una conversación entre nosotros, no para La Gaceta .

—Soy amigo de A. J., pero él puede conseguir las noticias solito. Yo solo me ocupo de la maquetación. Todo lo que oigo es confidencial, no os preocupéis —dijo.

La actitud escéptica de Roman cambió.

—Si Phoebe alquiló la casa a través de una página web, encontraremos el nombre de los propietarios en internet.

—Aparte del hidromiel, se te dan bien otras cosas, ¿eh, señor Massey? —le dije a Roman, agradecida por la ayuda a la causa de Archie.

—Y verás cuando descubras mis otros talentos. —Me guiñó un ojo, lo cual volvió a elevar mis niveles de oxitocina.

No dejé que su flirteo me impidiera continuar.

—Buscaré la casa en las páginas de alquileres vacacionales, a ver qué encuentro. Por lo general no ponen la dirección completa, pero como conozco el aspecto de la casa, la reconoceré en las fotos.

—¿Y eso? Dijiste que Archie era el único que estuvo con Phoebe —preguntó Chet.

Uy . De todos modos, supuse que pronto saldría a la luz.

—Fuimos a hablar con ella cuando vimos las fotos. Y fui yo quien encontró el cadáver.

—Por desgracia, Willa le ha pillado el gustillo a encontrar cadáveres —dijo Roman.

—También es mala suerte. Pero su don es la investigación —intervino la señora Schultz.

—Conseguí resolver el caso una vez, pero no me importaría que fueran dos de dos. Con la ayuda de todos, por supuesto —dije.

—¿Y qué hay que hacer? —preguntó Chet.

—Hacemos preguntas y nos planteamos distintas teorías. Como ahora. Tal vez los propietarios de la casa alquilada sepan algo.

—O quizá tengan algo que ver —especuló Roman—.

Quizá cuando los propietarios averiguaron que le iban a alquilar la casa a Phoebe Winston, decidieron robarle algunas fotos para ganar dinero vendiéndoselas a la prensa amarilla.

Lo que no sabían es que Phoebe les iba a proporcionar mucho más de lo que esperaban al pedir comida de La Barbacoa de Mac.

—La única pega es que esas fotos las entregaron gratis —le recordé. Dejé que Cuqui saltara al suelo desde mi regazo para mendigar más comida.

—Willa tiene razón. Las fotos no se vendieron. Las dejaron de manera anónima en la mesa de Deandra —insistió Chet, mientras el perro le lamía un resto de salsa de taco de los dedos.

—Además, esa teoría hace aguas por otro lado —dijo Archie—. Phoebe me contó que la casa se alquiló a nombre de Thomas. Estaba un poco obsesionada con que la gente no supiera donde se alojaba. Al menos a mí me lo pareció, pero supongo que tenía sus razones.

—Vale. Entonces puede que los propietarios no tuvieran nada que ver con esto, pero alguien más sabía dónde encontrarla. —Lo pensé un poco más—. Quienquiera que fuera, también pudo verla entrar en mi tienda el día anterior y seguirla en coche hasta la casa —propuse.