Capítulo nueve
CAPÍTULO NUEVE
C uando fui a buscar a Loretta, pillé también una parte de la comida sobrante y un pedazo de queso asadero mexicano de uno de los expositores refrigerados.
Sujeté la pecera de Loretta con un brazo y la bolsa de papel llena de comida con el otro, salí de nuevo a la parte de atrás del edificio y subí las escaleras que llevaban al pequeño porche donde se encontraba la puerta de mi apartamento, justo encima de ¿Qué Sería?
La mayoría de los edificios de la calle, separados entre sí por callejones, tenían dos tiendas abajo y, en la planta de arriba, un par de oficinas o de apartamentos acogedores, como era mi caso.
Mi apartamento carecía de escalera interior que comunicara con la tienda, lo cual seguramente me ahorraba un par de centímetros más en las caderas, ya que no podía bajar en mitad de la noche a saciar mis antojos de queso.
Sin embargo, de vez en cuando me venía bien estar cerca para compensar mi triste despensa.
En la pequeña cocina de la tienda solía tener más víveres que en mi casa y más espacio para que mis amigos y yo nos reuniéramos a comer.
El coqueto apartamento con dos habitaciones y un baño tenía el tamaño perfecto para Loretta y para mí.
Durante el verano desarrollé un método para forzar la apertura de las altas ventanas en forma de arco de mi salón con cocina integrada.
El «encanto» de los alféizares atascados y del suelo de madera ligeramente inclinado se compensaban con la facilidad para ir a trabajar y con las vistas del amanecer sobre las montañas del Valle de Sonoma que me ofrecía la orientación este de las ventanas y el porche.
En cuanto solté la pecera, sintonicé para Loretta el programa Trinchado del canal Food Network con cierto sentimiento de culpa por las olas surferas provocadas durante su transporte.
Podría haberla dejado toda la noche en la tienda, pero no estaba segura de cómo se las apañaría sola.
Ted Alien, el presentador de su programa favorito, casi siempre le hacía compañía cuando yo no estaba.
Me duché, me puse unos vaqueros y una camiseta, y me asomé por la ventana del salón. Todavía no había llegado nadie a la carroza, así que me daba tiempo a recrear mi inspiración de última hora: un queso blanco mexicano que combinaría de fábula con los tacos que iba a traer la señora Schultz.
Puse a fuego lento el queso asadero con un poco de nata líquida mientras cortaba los tomates, el cilantro y los jalapeños.
Este queso, claro y suave, tiene una consistencia elástica, debido a un proceso de estiramiento y amasado, y se funde bien.
Además, hay un dato curioso: procede del mismo lugar que una de las razas de perro más famosas: Chihuahua.
Mezclé los ingredientes cortados en dados con el queso bien fundido y busqué en los armarios de la cocina.
¡Bingo! Una bolsa de nachos. Pasé uno de los nachos de maíz crujientes por encima del queso y me apresuré a llevármelo a la boca para no dejar caer ni una gota.
Después de ese bocado cálido y cremoso, hice un pequeño baile.
¿Había en el mundo algo mejor que el queso fundido?
Vertí el queso blanco en un termo ancho para sopas y enrosqué bien la tapa para evitar seguir comiendo. «La buena comida es mejor cuando se comparte», decía siempre mi madre. Y tenía razón.
Me puse una sudadera con cremallera sobre mi camiseta de LA VIDA ES GOUDA y me despedí de Loretta antes de salir.
Por lo general se quedaba embobada con Ted Alien y sacudía la cola larga y roja como el coqueto vestido de una bailaora de flamenco, pero esa noche se limitó a dar una única vuelta alrededor de la pecera y a acomodarse detrás de su casa en forma de piña.
Tal vez se hubiera quedado exhausta después de tanta actividad en la tienda, donde parecía disfrutar saludando a todo el mundo que se acercaba a admirarla.
Salí por la puerta con un paquete de seis botellas de agua y la fiambrera.
Antes de bajar los escalones, encendí la guirnalda de luces que había enrollado alrededor de la barandilla y los pilares del pequeño porche.
Estaba a punto de anochecer y esas luces no solo daban un toque festivo, sino que también contribuían, junto con las dos tenues farolas de abajo, a iluminar la franja de asfalto.
Oí el timbre de la bicicleta de la señora Schultz, que en ese momento se acercaba. Roman y Chet aparecieron trotando desde el callejón para alcanzarla, es probable que atraídos por su rastro de aroma a tacos.
La señora Schultz se bajó de la bici y sacó las bolsas de la cesta del manillar mientras los chicos me ayudaban a cargar con cuatro sillas que estaban debajo del porche. El entusiasmo que me provocaban aquellos deliciosos tacos callejeros solo podía compararse al de ver a Roman.
—Hablemos de Tacos. Buena elección —dijo Roman mientras desplegaba las sillas—. Gracias por la cena.
Chet repitió el agradecimiento. Se remetió el pelo, largo hasta los hombros, por detrás de las orejas y se frotó las manos con expectación.
La señora Schultz curvó hacia abajo los bordes de las bolsas para que fuera más fácil alcanzar la comida.
—Carne asada en esta y carnitas en esta otra. Espero que os guste así.
—Mi queso blanco casero va como anillo al dedo a tu selección. —Levanté la fiambrera.
Por suerte, los tacos eran lo bastante pequeños como para tocar a varios por cabeza y no tener que elegir solo una de las dos opciones. Vertimos con generosidad el queso sobre los rellenos de carne desmenuzada y pico de gallo del interior de las tortillas de maíz calientes.
Mientras devorábamos en silencio los tacos, la mirada de Roman se posó en la carroza. Frunció el ceño, seguramente porque se dio cuenta de que faltaban algunas piezas. Les di la mala noticia del robo.
—Deandra me ha dicho que no somos los únicos. No creo que intenten llevarse la carroza entera, ¿verdad? No me gustaría que perdieras el remolque por culpa de esto —le dije a Chet.
—No creo. De todos modos, tengo el barco atracado en el puerto. Ahora que no vivo en Silicon Valley, puedo permitírmelo.
—¿Cuánto tiempo llevas en Yarrow Glen? —le pregunté a Chet.
—Poco más de cuatro años. Estaba muy quemado en el anterior trabajo y necesitaba un cambio. Vine a esta zona a hacer una cata de vinos con unos amigos y me pareció un pueblo muy tranquilo, de manera que, cuando me harté de aquello, lo dejé todo y me vine a vivir aquí.
—Hay que ser muy valiente para hacer eso —comentó la señora Schultz.
—Tampoco te creas. Ahorré todo lo que pude e hice una buena inversión inmobiliaria que no conllevaba demasiado riesgo. Enseguida me di cuenta de que no servía para esa competitividad tan agresiva.
—¿Crees que te quedarás en Yarrow Glen de forma definitiva?
—Antes le daba vueltas a la idea de vivir en el barco, pero puede que ahora haya más cosas que me retengan aquí.
Me pregunté si se refería a Ginger y supuse que entonces iban en serio. Pobre Baz.
—El señor Schultz siempre quiso un barco. Era uno de sus sueños de jubilación —nos contó la señora Schultz.
Le pasé un brazo por la espalda.
—Siento que no consiguiera disfrutar de la jubilación. Se fue de su lado demasiado pronto, señora Schultz.
—En su momento dije que algún día me iría en barco sola para disfrutarlo por él, pero nunca he encontrado el momento de hacerlo.
—Deje que la lleve en mi barco alguna vez, señora Schultz —se ofreció Chet—. Se tarda un rato en llegar al puerto en coche, pero merece la pena.
—Oh, no pretendía pescar una invitación. —Soltó una risilla—. Nunca mejor dicho.
—Lo sé, pero como ya no salgo tanto a navegar, será una buena excusa para mí.
—A mí me llevó una vez. Es como un miniyate. Le va a encantar, señora Schultz —comentó Roman.
Chet se echó a reír.
—Es solo un bote con cabina, pero creo que le gustará. Podríamos ir todos.
—Venga. Podemos organizado para cuando pase la fiesta de la cosecha, que tendremos más tiempo que ahora. ¿Qué os parece? —Roman sonrió a la señora Schultz y luego a mí hasta que sentí que me ponía roja.
—¡Por mí vale! —exclamó la señora Schultz.
—Me apunto —dije con el deseo de que mis hormonas se comportaran.
La señora Schultz se animó y agarró un segundo taco de la bolsa, depositada en el suelo. Yo ya me había puesto nerviosa con la idea de pasar un día entero con Roman.
—¿Le has dicho a la policía que nos faltan piezas de la carroza? —me preguntó Roman para retomar la cuestión que nos ocupaba.
—Creo que en este momento tienen cosas más importantes de las que preocuparse, como lo de Phoebe Winston.
—Es una locura todo. Hoy ha venido la policía a hablar con Chet —comentó Roman.
Chet asintió mientras se tragaba medio taco de un solo bocado.
—¿Por qué querían hablar contigo? —le pregunté.
—Por las fotos —contestó Chet con la boca llena.
—Ah, claro. ¿Estás completamente seguro de que eran auténticas? —Tuve que preguntar.
Tragó y se limpió un resto de queso del labio inferior.
—A mí me parecieron auténticas desde el principio, pero las pasé por varios programas informáticos por si acaso. Nada indicó que las hubieran manipulado.
—No sabía que hubiera programas que reconocieran las fotos manipuladas. Deandra me contó lo de la memoria USB anónima. ¿No hay ninguna pista de quién podría haberla dejado en su mesa?
—No. Deandra se la entregó a A. J. y este me la entregó a mí.
—¿Y hay alguna posibilidad de que fuera A. J. quien tomara las fotos?
—No sé cómo. Me contó que estaba de bajón por no haber encontrado el modo de contactar con Phoebe para entrevistarla.
¿Cómo iba a sacar esas fotos si ni siquiera sabía dónde se alojaba?
Además, por lo que conozco a A. J., si hubiera tenido ese tipo de acceso a Phoebe, se habría atribuido el mérito de las fotos.
—Tiene sentido, pero como la mataron justo después de que salieran publicadas…
—¿Y cómo iba a saber él que sucedería algo así? Ni él ni nadie… De haberlo sabido, yo no le habría dado luz verde para publicarlas. —Chet agachó la cabeza y dejó que las greñas de pelo le cayeran sobre la cara.