Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2) Capítulo ocho #3
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Capítulo ocho #3

Cerré la puerta con llave y saqué a Guernsey, junto con el resto del material, por la puerta que daba al callejón lateral para llevarlo todo hacia la parte de atrás del edificio, donde estábamos montando la carroza.

El estrecho aparcamiento situado entre el edificio y el bosque se quedaba casi desierto después del horario comercial, solo ocupado por mi Honda CR-V , de primera generación y segunda mano, y por la camioneta Chevy de Baz, de manera que teníamos más espacio allí que detrás de la destilería de Roman.

En cuanto llegué junto al viejo remolque de barcos que Chet nos había prestado como plataforma para la carroza, solté la vaca de paja.

Quería ver en qué parte encajaba mejor, pero Guernsey ya empezaba a picarme en los brazos.

Retrocedí para valorar nuestra creación hasta ese momento, pero algo parecía fallar. ¿Dónde estaba la botella gigante de hidromiel? Y el queso de cartón también faltaba. Miré la carroza expoliada con una mezcla de confusión y frustración.

—Hola, Willa.

Deandra Patterson, redactora de La Gaceta de Glen , acababa de aparecer detrás de mí.

Era una mujer de mediana edad con el pelo corto, castaño y sin brillo recogido tras las orejas.

Tenía predilección por las faldas largas de estilo bohemio y por los zapatos cómodos.

Siempre llevaba colgado del hombro un bolso abultado y de gran tamaño que en el concurso televisivo Let’s Make a Deal le habría proporcionado un buen premio.

—¿Interrumpo tu proceso creativo? —preguntó.

—Hola, Deandra. No, es que me acabo de dar cuenta de que faltan varias piezas de la carroza. Quizá no las fijamos bien y el viento las ha arrastrado.

—He oído que otras carrozas han sufrido actos vandálicos; adolescentes que han robado piezas y las han tirado por ahí. ¿Qué os falta? Estaré atenta por si lo veo.

—Una botella gigante de plástico que parece hidromiel. No sé qué tiene eso de atractivo para los adolescentes. Y un queso de cartón. Jo, si antes teníamos poco tiempo, imagínate ahora, que tenemos que empezar casi de cero.

—Vaya, lo siento. He pensado en escribir un artículo sobre estos robos, pero no me gustaría empañar la fiesta de la cosecha. Además, ya hemos recibido demasiada mala publicidad con la muerte de Phoebe Winston.

—Oye, no voy a hacer declaraciones sobre ese asunto.

Levantó las manos con las palmas extendidas.

—Solo he venido por los espantapájaros y las carrozas. Estoy cubriendo los avances para la fiesta de la cosecha. A. J. no deja que me acerque a nada que tenga que ver con Phoebe Winston.

—Ah, ¿y eso?

—Quiere encargarse él. No le gustó mucho cómo hice las entrevistas la última vez que hubo un asunto más oscuro que unas simples gamberradas de adolescentes.

—Se refería, claro, al asesinato en el que me había visto enredada la primavera anterior—.

Cree que no fui lo bastante agresiva. Por eso quiere llevarlo todo él.

Pero a mí no me importa; trabajo para La Gaceta , no para la web de prensa rosa TMZ .

—Entonces, ¿no tuviste nada que ver con las fotos?

—No, pero siento habérselas enseñado a A. J.

—¿A qué te refieres? ¿No las sacó él?

—No. El viernes por la noche dejaron sobre mi mesa una memoria USB que contenía esas fotos. Los días que nos toca cierre de edición siempre nos quedamos hasta tarde.

—¿Y quién puso esa memoria USB en tu mesa?

—Ni idea. La redacción solo se cierra con llave por la noche. Fui a buscar algo de comida y, al volver, estaba en la mesa. No había nadie por allí.

—¿Y por qué las dejaron en tu mesa y no en la de A. J.? Él es el redactor jefe.

Se encogió de hombros.

—El detective Heath me preguntó lo mismo. Mi mesa es la más cercana a la puerta principal y el despacho de A. J. está en la planta de arriba. Tal vez pretendían hacerlo lo más rápido posible y sin llamar la atención.

Me alegró oír que el detective Heath ya la había interrogado, porque eso significaba que también habría interrogado a A. J.

—¿Y cómo reaccionó A. J. cuando le enseñaste las fotos?

—Se puso como un loco. Avisó enseguida a Chet para que viniera a comprobar si eran auténticas.

—¿Chet, el de la destilería?

—El mismo. Es el administrador de nuestra página web. Como no le pareció que estuvieran manipuladas, A. J. decidió seguir adelante con la publicación.

—Me parece una irresponsabilidad.

—A. J. no sabía si otros medios de comunicación también las habían recibido y quiso evitar que le robaran la exclusiva.

Pero ahora, después de todo lo sucedido…

—Sacudió la cabeza—. Estoy encantada de limitarme a mis noticias sobre espantapájaros.

Así que, a ver, ¿qué es el tuyo exactamente?

—Miró mi conato de vaca de paja y dio una vuelta para verlo desde otro ángulo.

—Es una vaca lechera —le dije cuando tuve claro que no lo iba a averiguar sola.

Ladeó la cabeza.

—Ahhh. Ahora caigo. Esa es la cara, esas son las orejas…

—No, esas son las ubres.

—Ah, bueno. Volveré a sacar la foto cuando la termines.

—Buena idea. —Me dio demasiada vergüenza admitir que ya estaba terminada.

Caminamos juntas por el callejón y nos separamos al llegar a la puerta lateral de la tienda.

Volví dentro para buscar a Loretta, pero no paraba de pensar en lo que me acababa de decir Deandra.

Si A. J. no había sacado esas fotos, ¿quién lo había hecho?

¿Sería la misma persona que asesinó a Phoebe?

Tal vez el plan del asesino fuera desde el principio acabar con Phoebe Winston.