Capítulo ocho #2
—¿Tú trabajabas allí en esa época?
—Claro. Comencé como auxiliar administrativo a los veintitrés años y llevo allí veintiocho años, así que echa cuentas. No te voy a decir mi edad. —Esbozó una sonrisa que duró solo un momento.
—¿Y decías que Phoebe y Ginger estaban muy unidas?
—Mucho. Ambas empezaron a estudiar allí a tiempo completo más o menos a la vez.
Tenemos un montón de alumnos a tiempo parcial, creo que por eso ellas dos congeniaron tan rápido.
Se complementaban a la perfección. Phoebe era dinámica, siempre tuvo algo especial, incluso antes de ser famosa.
Despertaba mucha envidia entre los demás, tengo que decirte.
Hasta hubo un incidente una vez con uno de los alumnos a tiempo parcial que la acusó de robarle las recetas para los platos del examen final.
Sin embargo, Ginger no tenía celos, no era una chica competitiva.
Todo el mundo la quería, pero a ella no le importaba permanecer en segundo plano.
—Me di cuenta de que a Phoebe le gustaba rodearse de gente que le permitiera mandar—.
Por lo general siempre les pido a los antiguos alumnos con más éxito que contribuyan con la recaudación de fondos; sin embargo, la muerte de Phoebe me ha puesto en una situación complicada —continuó Olive.
Se fijó en nuestro mostrador de degustaciones y se acercó para coger unos trocitos de gouda y guardárselos en una servilleta, como si estuviéramos en una boda y no supiéramos si hay cena después—.
Por eso, cuando recordé que Ginger quería montar una cafetería vegana cuando estaba en la escuela, decidí que ella podría cubrir la parte del premio relacionada con el veganismo.
—Sabía que preparaba aperitivos veganos en la cafetería, pero no que ella fuera vegana.
Olive asintió.
—Ah, sí. Seguro que influyó en Phoebe, que en aquella época no era vegana. Aun así, siempre estaban juntas, compartiendo ideas, haciendo planes para el futuro…
—Humm. Me pregunto por qué no funcionaron esos planes —dije.
Olive se encogió de hombros.
—Phoebe entró en el programa de televisión poco después de que se graduaran. Tal vez fue por eso. En la escuela todos hacen planes a lo grande. Ya seas chef o panadera, siempre sueñas con algo más que cocinar. Al fin y al cabo, es tu pasión.
Con esa edad yo también planeaba abrir un negocio propio con mi prometido y mi mejor amiga.
Sin embargo, mientras yo dedicaba todo mi tiempo a obtener el certificado de quesera profesional, ellos se enamoraron.
Recuerdo que en aquella época tuve pensamientos asesinos fugaces.
¿Sentiría Ginger lo mismo? Habían transcurrido seis años desde su etapa como estudiantes en la escuela, pero mientras ella seguía trabajando en una cafetería, la fama de Phoebe no había dejado de crecer.
¿Y si, después de todo, los celos se habían apoderado de ella?
—Tengo que irme. Llámame cuando tengas la cesta lista, ¿vale? ¡Gracias de nuevo! —Olive se metió un trozo de gouda en la boca y emitió un sonido de placer mientras salía de la tienda con la merienda, cortesía de ¿Qué Sería?
Ahora que su sorteo estaba a salvo, parecía más animada. Supongo que, para Olive Berns y la escuela de cocina, la muerte de Phoebe no era más que un problema pasajero.
Las siguientes dos horas transcurrieron con normalidad.
Sin embargo, cuando llegó el momento de cerrar la tienda, me sentí aliviada.
Justo antes de echar la llave, guardé la vaca lechera que yo misma había confeccionado a modo de espantapájaros y que adornaba la entrada de la tienda desde hacía una semana.
La figura achaparrada estaba envuelta en fieltro marrón y blanco y tenía unas ubres rosas.
La había llamado Guernsey por la raza que pretendía representar.
Tal vez no me hubiera quedado tan bien como pretendía, pero era la primera vez que confeccionaba un espantapájaros, ya que en la granja lechera de mi familia jamás hicieron falta.
La señora Schultz y yo nos apresuramos a terminar las tareas del cierre para ponernos manos a la obra con nuestra carroza de la fiesta de la cosecha.
Desde agosto hasta octubre, coincidiendo con la vendimia, era la temporada turística en los pueblos vitícolas vecinos.
Yarrow Glen era la localidad más pequeña de la zona, con un fuerte arraigo de la ganadería lechera, de modo que solo recibíamos a unos cuantos rezagados que se atrevían a apartarse de los festivales más importantes.
Ese año, la comisión de turismo de Yarrow Glen pretendía atraer más visitantes mediante la celebración de un desfile que concluiría en el parque con una pequeña verbena y un concurso de espantapájaros.
Cada negocio debía colaborar con otro en el diseño de una carroza que representara a ambos.
Yo tenía la suerte de contar con la señora Schultz, que acumulaba mucha experiencia en la creación de decorados teatrales, así que al menos una de las dos era mañosa.
Roman nos invitó a asociarnos con su destilería y acepté encantada.
Me pareció algo lógico, ya que el queso de ¿Qué Sería?
siempre estaba presente en las degustaciones de hidromiel de El Valle de Oro.
Pero debía admitir que esa no era la única razón por la que me alegré.
Trabajar con él era una forma agradable de pasar tiempo juntos sin delatarme.
Roman era encantador y cariñoso, pero su fama de haber salido con la mayoría de las solteras de Yarrow Glen me provocaba cierta inseguridad acerca de cuál era nuestra relación y me obligaba a mantenerme a una distancia prudencial.
Roman y yo decidimos turnarnos para organizar la cena los días que trabajábamos en la carroza.
Esa noche me tocaba a mí y la señora Schultz se ofreció para ir a recoger la comida.
Aunque a regañadientes, aceptó el dinero que le di y se montó en su bici color cereza para recorrer las tres manzanas que nos separaban de Hablemos de Tacos, un puesto situado en el aparcamiento de enfrente de La Gaceta de Glen .
Era uno de los sitios predilectos de los habitantes de Yarrow Glen.