Capítulo ocho
CAPÍTULO OCHO
L os domingos normalmente eran días fáciles.
Abríamos tarde y cerrábamos pronto; además, el flujo de clientes solía ser constante y la jornada se pasaba volando.
Ese domingo estábamos solas la señora Schultz y yo, ya que le insistí a Archie para que se tomara el día libre.
Si yo me sentía algo desanimada después de todo lo ocurrido, imaginaba que él estaría aún peor.
La señora Schultz, aprovechando su experiencia como antigua profesora de teatro de instituto, me explicó su truco para levantar el ánimo:
—Cuando elegíamos el vestuario para los personajes, teníamos en cuenta el humor que queríamos transmitir.
Eso es lo que hago todos los días al vestirme.
—Se había puesto un vestido azul ceñido en la cintura y con falda acampanada especialmente llamativo.
Sus bailarinas eran del mismo tono cerúleo, al igual que las flores de su pañuelo de lino—.
¡Convence a tu humor para que combine con tu ropa, Willa!
Por desgracia, la única variación que yo solía introducir en mi vestuario de trabajo era el color de las zapatillas de lona. No me gustaba elegir ropa. En cualquier caso, mi aburrida paleta blanca y beis no contribuía mucho.
—¿Loretta cuenta? —bromeé. Ese día decidí bajar a la tienda a mi ostentoso pez iridiscente rojo y azul para que nos animara un poco. Además, a Loretta parecía encantarle el ajetreo a su alrededor.
—Cuenta todo lo que funcione.
La señora Schultz tenía toda la razón: los colores alegres levantaban el ánimo.
Algo que sí disfrutaba escogiendo era el queso de las degustaciones.
Ese día, me decanté por mostrar las siete categorías de gouda según su maduración.
Primero, corté en cuadraditos un gouda joven, listo para el consumo a las cuatro semanas de su elaboración.
Es un queso amarillo claro, cremoso y suave, y resulta delicioso sin necesidad de acompañamientos.
Mientras escogía los distintos tipos de gouda, la señora Schultz los alineaba en una tabla con la intención de demostrar que, a medida que este queso envejece, aumenta su dureza y se oscurece su color.
El sabor también cambia, por supuesto, y con el tiempo se vuelve más intenso.
Al final del espectro está el gouda añejo, madurado entre doce meses y cuatro años.
Ese queso, duro, dorado y sabrosísimo, lo corté en trozos mucho más pequeños, ya que va mejor en sopas y salsas.
Dejé que la señora Schultz terminara de arreglar la tabla de quesos mientras yo me ocupaba de la devolución de las entradas adquiridas para la presentación de Phoebe.
Encantada de haber terminado por fin con esa tarea, volví a atender a mis clientes.
A los interesados en las muestras de gouda, les enseñé que el revestimiento de cera también ayuda a identificar la curación del queso.
Los quesos más jóvenes tienen la cera amarilla, naranja o roja, mientras el gouda más curado la tiene negra.
Después de almorzar, durante un rato de calma, nos pusimos a recoger las decenas de sillas para devolvérselas a los estafadores que nos las habían alquilado.
Peor que haber pagado más de la cuenta por ellas era no haberlas usado.
Roman vino a recoger los cuencos de cristal que me había prestado y nos ayudó a llevar las últimas filas de sillas al almacén.
Parte de su encanto residía en que siempre estaba dispuesto a echar una mano.
Él ya estaba al corriente del escándalo de las fotos y la muerte de Phoebe, y me preguntó cómo me encontraba. Le expliqué lo sucedido la noche anterior y le conté que había sido yo quien encontró el cadáver. Al instante me dio un abrazo que compensó el miedo de tener que recordarlo.
—Estoy bien —le aseguré mientras me soltaba—. Lo que sí te pido es que no se lo cuentes a nadie. No quiero meterme en líos con el detective Heath por hablar de este asunto antes que la policía. —Las noticias ya volaban en el pueblo sin necesidad de que yo las difundiera.
—No te preocupes. Estaré encantado de que tu nombre permanezca apartado de este asesinato durante el mayor tiempo posible —dijo. Era obvio que se acordaba de lo mucho que relacionaron mi nombre con el asesinato anterior.
—Te lo agradezco. Iba a pasarme por el hotel para ver cómo está Thomas, pero temo toparme allí con el detective Heath o con A. J.
—Lo más sensato es que te mantengas al margen.
Estoy seguro de que ya tienes demasiadas cosas de las que preocuparte.
Sé que estabas muy emocionada con los ingresos extra que te iba a traer la presentación de Phoebe.
Lo siento por ti. —La destilería de Roman era relativamente nueva en comparación con la mayoría de los negocios de Yarrow Glen, y él era consciente de la inestabilidad del primer año y de que cualquier contratiempo suponía un duro revés.
—Phoebe ha salido mucho peor parada. Es difícil quejarse, dadas las circunstancias.
Cuando llegaron los empleados de la empresa de alquiler de sillas, Roman recogió los cuencos prestados y se marchó a su tienda. Aunque ambos teníamos mucho trabajo, no me apetecía que se marchara. Eso no se lo dije, claro.
Fue un alivio que el resto del día transcurriera sin sobresaltos y sin tener que esquivar a A.
J. De vez en cuando miraba por el cristal del escaparate y, si veía que alguien tomaba fotos de mi tienda, me asaltaba la paranoia.
¿Acaso iban a relacionar mi tienda con otro asesinato?
Tal vez solo estaba más sensible de la cuenta.
Después de todo, era la temporada turística y mi quesería de inspiración francesa era un regalo para la vista.
La fachada estaba revestida de molduras anchas color crema con el nombre ¿Qué Sería?
escrito con una caligrafía azul pato a juego con la puerta.
A través de los dos ventanales, a ambos lados de la puerta, los transeúntes podían apreciar los artículos en venta del interior.
Arreglé el expositor de los quesos curados, que estaban dispuestos en ruedas y cuñas.
En la parte más alta de las estanterías había jarras para la leche pintadas de colores chillones, y esculturas metálicas de ovejas y vacas junto a algunos libros sobre queso.
Me di cuenta de que aún tenía expuesto el primer libro de cocina de Phoebe y lo retiré.
Vi por el escaparate que se acercaba una mujer morena y regordeta de pelo rizado y unos cincuenta y tantos años.
Enseguida la reconocí. Se trataba de Olive Berns, la encargada de captar financiación para la Escuela de Cocina Sadler.
Solo la había visto la vez antes, cuando hablamos del sorteo que iba a organizar la escuela con el fin de recaudar fondos para unas becas.
Ese día me pareció entusiasmada con la idea de que su alumna más famosa, Phoebe Winston, viniera al pueblo y aceptara dedicar tiempo a su causa.
En esta ocasión, sin embargo, entró en la tienda con cara de funeral.
—Willa. —Sacudió la cabeza y cerró los ojos con fuerza.
Por un momento, temí que se echara a llorar. Me pregunté si su indumentaria, negra de pies a cabeza, sería en señal de luto. Me volví hacia la señora Schultz sin saber qué hacer, pero parecía tan desconcertada como yo.
Olive Berns levantó los párpados.
—Qué tragedia. Un suicidio. Es espantoso.
Todavía no se había enterado de la verdadera causa de la muerte. Quizá el detective Heath quisiera mantenerlo en secreto durante un tiempo, así que decidí guardar silencio.
—Es terrible —concordé. Fuera cual fuera la causa, era, en efecto, terrible.
—Ni por asomo me creo esas fotos absurdas. En la Escuela de Cocina Sadler era una alumna destacada, no tenía necesidad de mentir sobre su veganismo. Espero que alguien se haga responsable de esto.
—Y yo —dije. De hecho, esperaba que el detective Heath estuviera trabajando en ese sentido.
—Phoebe aparece en todos nuestros folletos y esperábamos colaborar más veces con ella para recaudar fondos. Ahora no solo tenemos que hacer frente a su muerte, sino que encima es un escándalo. Nos pone en una situación muy complicada.
—Estoy segura de que la escuela saldrá adelante. Hay cosas peores.
Como que te asesinen, por ejemplo.
—Tienes razón. Lo más urgente es el sorteo que acabamos de celebrar —prosiguió como si no me oyera—.
Todo el mundo aportó dinero con la creencia de que quien ganara el sorteo acompañaría a Phoebe en la presentación durante su exhibición de cocina.
Pero como eso ya es imposible, no podemos quedarnos con el dinero de la gente sin ofrecer un premio sustitutivo.
—Supongo que tienes razón, pero se trata de una situación extraordinaria. No es algo que se pudiera evitar.
—A la gente no parece importarle. Ya he recibido correos y llamadas al respecto y estoy devolviendo dinero a diestro y siniestro. La mujer que ganó el sorteo ha solicitado el reembolso de su participación, de manera que tenemos que elegir otro ganador y hay que ofrecer un premio sustitutivo.
—Bueno, seguro que se te ocurrirá algo.
—Es aquí donde entras tú. Podríamos ofrecer una cesta de regalo de ¿Qué Sería? en compensación.
Más dinero tirado a la basura. ¿Dejaré de perder pasta algún día por culpa de la no-celebración de esta presentación? Sin embargo, tal y como yo acababa de recordar, había cosas peores.
—Claro. Estaré encantada de ayudar.
—Gracias, Willa. —Se enderezó un poco—. Parece que las cosas se van recolocando. Acabo de visitar a otra de nuestras antiguas alumnas en la cafetería librería de más abajo y ha aceptado impartir una clase de cocina vegana para incluirla en el premio.
—¿Te refieres a Ginger O’Donnell?
—Sí, la misma. ¿La conoces?
—Claro, es un pueblo pequeño.
—No tenía ni idea de que viviera en Yarrow Glen.
Nunca ha hecho ninguna donación al fondo de antiguos alumnos, por eso le perdimos la pista.
—Esto último lo dijo con los labios apretarlos—.
Esperaba de corazón que nos ayudara, dada su relación con Phoebe.
Cuando estudiaban en Sadler, eran uña y carne.