Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2) Capítulo siete
22%

Capítulo siete

CAPÍTULO SIETE

T ras la bomba del asesinato de Phoebe y el interrogatorio adicional por parte del detective Heath, todos necesitábamos relajarnos, así que sugerí volver a ¿Qué Sería?

Allí seguían los ingredientes que había comprado para la presentación de Phoebe, destinados a echarse a perder después de que Archie hubiera anunciado la cancelación oficial en la página web.

Así pues, propuse que cenáramos juntos, aunque en ese momento la comida fuera la última de nuestras preocupaciones.

A veces hacer cosas normales ayuda a procesar la anormalidad.

Baz colocó la mesa rústica y los bancos en su sitio, perpendiculares a la isla de la cocina.

Esparcí un poco de comida para peces en la pecera de Loretta y busqué para Cuqui un poco de pollo en lata y lo mezclé con queso suave.

Accedí a que el perro se quedara con nosotros en la tienda, dado que estábamos fuera del horario comercial y que Archie me había asegurado que los bichones malteses no sueltan pelo.

La señora Schultz fue a buscar la manta de ganchillo de mi abuela, que estaba en el sofá del despacho, y la colocó en el suelo a modo de cama.

El perro dio vueltas encima de ella hasta acercarla a la mesa y acurrucarse.

Parecía tan cómodo que acepté, resignada, que tardaría en recuperar mi manta.

Cocí unos tortellini veganos y me apresuré a tirar el paquete vacío para que Baz no viera que estaban rellenos de ricota elaborada con leche de almendra.

Rehogué unos champiñones cremini frescos con calabaza alargada y con las manzanas verdes que Archie había cortado en cuadraditos y añadí un poco de sidra para que todo hirviera a fuego lento hasta ablandarse.

Tras mezclar la salsa con los tortellini , me salté la receta vegana y espolvoreé una cantidad generosa de mi gouda ahumado favorito, que se derritió al instante.

Pasamos los primeros minutos en silencio mientras degustábamos nuestra ración de tortellini otoñales, pero era imposible olvidar lo que acabábamos de vivir. Y ver la tienda medio acondicionada para la presentación que no había tenido lugar tampoco ayudaba demasiado.

—Esta mañana, cuando consideré todas las cosas que podrían salir mal esta noche, no se me pasó por la cabeza una situación como esta —les dije a los demás.

—A ninguno se nos ocurrió que pudiera pasar algo así —concordó la señora Schultz.

Archie estaba sentado enfrente de mí y comía con poca gana.

—Las fotos han sido un escándalo.

—Y acordaos de lo enfadados que estaban sus seguidores —añadió Baz—. ¿Creéis que la ha matado uno de ellos?

—¿Por haber mentido al decir que era vegana? —Lo pensé un momento—. Iría en contra de lo que defienden, ¿no? Que todas las criaturas sensibles merecen vivir…

—¿Entonces quién habrá sido? ¿La forense está completamente segura de que se trata de un asesinato? —preguntó Archie.

—Tuve oportunidad de hablar con Shep justo antes de irnos. La forense le dijo que había indicios de que alguien la sujetó y la ahogó —nos contó Baz. A veces era útil tener un amigo policía.

—Eso explica el agua derramada en el suelo del baño. —Me estremecí—. Qué horror.

—Quizá algún resto de ADN le dé una pista a la policía. —La señora Schultz apartó su cuenco de comida. La conversación me había quitado el apetito a mí también.

—El ADN solo sirve si el asesino tiene antecedentes y está fichado —nos recordó Baz, que se sirvió unos cuantos tortellini más. Su hambre voraz permanecía intacta.

—Archie, ¿qué pasó hoy? Sé lo que nos has contado sobre la llamada telefónica y demás, pero ¿qué pasó antes, durante el día? ¿Cómo era Phoebe? —pregunté.

Archie soltó el tenedor. Apenas había tocado la comida, cosa muy impropia de él. Aunque estaba hecho un fideo, por lo general comía tanto como Baz.

—No tenía nada que ver con cómo imaginé que sería —comenzó a decir.

—¿En qué sentido?

—Sé que a lo mejor parece una estupidez… —vaciló.

—¿A qué te refieres, Archie? No vamos a pensar que es una estupidez —insistí.

—Ahora que ya no está, resulta feo decirlo, pero me hizo sentir muy incómodo. No paraba de tontear conmigo, pero daba la impresión de que lo utilizaba como arma. De pronto me ordenaba que recogiera la caca del perro y, al momento siguiente, me tiraba los tejos. Muy raro todo.

—¿Crees que habría llegado más lejos si le hubieras seguido la corriente y hubieras coqueteado con ella? —preguntó Baz.

—No lo sé. Era como si le gustara que me sintiera incómodo, como si quisiera avergonzarme.

Pensándolo bien, encajaba con lo poco que sabía de ella.

—Tal vez por eso Thomas parecía celoso cuando ella te pidió que acudieras a la casa para ayudarla.

—Se me ocurrió que quizá eligiera hombres a quienes manipular sexualmente, hombres que imaginaba demasiado tímidos o inexpertos para aceptar sus provocaciones.

Phoebe solo tenía veintiocho años, pero Archie ni siquiera había alcanzado la veintena.

Thomas se acercaba más a su edad, pero la relación entre ambos era un tanto…

extraña—. Me pregunto cómo habrá recibido Thomas la noticia de la muerte de Phoebe.

—Tiene que estar destrozado. ¿Creéis que deberíamos ir a verlo? —preguntó la señora Schultz.

—Es probable que el detective Heath se lo haya llevado a comisaría —dijo Baz.

—Claro. Puede proporcionar bastante información sobre Phoebe. En algún momento tendremos que devolverle a Cuqui —dije—. ¿Qué hacemos con el perro hasta entonces? No tengo comida ni nada para él.

—Me lo puedo quedar yo hasta que veas a Thomas —se ofreció Archie, al tiempo que se agachaba para acariciarlo.

—¿Estás seguro de que a tu madre no le importará?

—Qué va. Le encantan los perros. Ya tenemos a Batman, ¿qué importa uno más? —Batman era el chihuahua de Archie, llamado así por sus grandes orejas picudas y sus manchas negras en forma de antifaz.

—Gracias, Archie. Intentaremos ver a Thomas mañana.

—¿Y hay algo más sobre Phoebe, Arch? —preguntó Baz.

—No demasiado. No le gustaba hacer cosas sola, aunque puede que disfrutara dándome órdenes, como si yo fuera su mayordomo o algo por el estilo.

Por ejemplo, había traído un montón de cartas de sus seguidores y me hizo abrirlas mientras ella me observaba sentada enfrente. Eso podría haberlo hecho ella sola.

—Lo siento, Archie. No debí aceptar su petición para que la ayudaras.

—No, si yo quería ir. Pensé que estaría guay, que a lo mejor me contaba anécdotas sobre Dale caña o sobre la escuela de cocina. Pensé que aprendería cosas de ella, del mismo modo que aprendo cosas de ti como quesera. No imaginaba que fuera así.

—Tendrías que haberla mandado a freír espárragos —dijo la señora Schultz—. Lo siento, Willa.

—Nada que sentir; estoy de acuerdo contigo —dije.

—No podía largarme sin más. Sabía lo importante que era para nosotros esa presentación. —Archie agarró el tenedor, pero solo movió los tortellini de un lado a otro en el cuenco.

—Quiero que sepas que si alguna vez vuelves a sentirte incómodo o despreciado, puedes marcharte de donde estés. Yo siempre te apoyaré.

—Vale. Gracias, Willa.

—Y a usted le digo lo mismo, señora Schultz.

—Te lo agradezco, pero por mi parte no hay problema. Cuando crucé el puente de la jubilación, dejé de aguantar las chorradas de la gente —dijo.

Archie le sonrió y pinchó un poco de pasta. Parecía que había recuperado el apetito.

—Pasó una cosa extraña que ya le conté al detective Heath. Cuando abrí el correo de Phoebe, había un sobre con la foto de un chico. En la foto ponía: «¿Te acuerdas de mí?».

—¿Iba acompañada de alguna carta? —pregunté.

—No, solo la foto, pero a ella no le hizo ninguna gracia.

—¿Y conocía al chico? —preguntó Baz.

—Phoebe me dijo que era un seguidor, pero parecía desconcertada.

—Suena a alguien que la acosaba —dijo Baz.

—No lo sé. No quiso hablar del tema. Me ordenó que tirara la foto a la basura.

—Menos mal que se lo contaste al detective Heath.

Cuando encuentren la foto, averiguarán quién es.

—Pinché unos dados de gouda ahumado y me los comí mientras hablábamos.

El queso siempre me ayudaba a concentrarme—.

Quien la mató no tuvo mucho margen para pillarla sola.

Quienquiera que fuera debió de vigilar la casa.

¿Recuerdas a qué hora te fuiste de allí?

—Justo después de que tú me llamaras —contestó Archie.

Revisé el móvil.

—Te llamé a las tres y cincuenta y dos. O sea, que más o menos la mataron entre esa hora y la hora en que llegamos todos juntos a la casa.

—Pero ¿cómo entró? La verja estaba cerrada y la puerta principal tenía la llave echada cuando me fui de allí —dijo Archie—. Y esa verja era demasiado alta para saltarla.

—Había árboles en la parte de atrás —recordó la señora Schultz—. Es posible que el asesino trepara por uno de ellos para saltar al otro lado.

—O puede que no hiciera falta. Puede que ella lo conociera y lo dejara pasar sin más —dijo Baz.

—Pero si siquiera quiso hablar con Archie… Tenía que ser alguien a quien conociera muy bien —señaló la señora Schultz—. Alguien con quien se sintiera muy cómoda.

—¿Alguien como Thomas? —sugirió Baz.

—¿Thomas? No lo había considerado como un posible sospechoso —dije mientras me planteaba esa posibilidad.

—Pero él estaba coladito por ella —dijo la señora Schultz.

—Ya sabéis lo que dicen sobre la delgada línea entre el amor y el odio —nos recordó Baz.

—Ahora que lo decís, podría ser el sospechoso más obvio. ¿Demasiado obvio quizá?

—Bueno, ¿y quién si no? ¿A quién más le abriría Phoebe la verja? —preguntó Baz.

Me quedé pensándolo.

—¿Y Ginger? Phoebe le contó a Chet que eran viejas amigas de la escuela de cocina y que quería verla aprovechando que estaba en el pueblo. A lo mejor se vieron y pasó algo entre ellas.

—No creo que fuera Ginger. —Baz se puso a la defensiva.

—¿Por qué no?

Se encogió de hombros.

—Porque no.

No insistí, ya que solo se trataba de una suposición.

—Pero estaremos todos de acuerdo en que el momento no ha sido casual, ¿verdad? Las fotos publicadas donde aparecía comiendo carne tienen algo que ver, ¿no?

Esta vez Baz sí me dio la razón, al igual que Archie y la señora Schultz.

—En ese caso, tal vez fuera alguien con quien mantenía algún tipo de negocio —sugirió Baz—. Puede resultar muy molesto que la cara visible de tu empresa sea una estafadora.

—¿Tanto como para venir al pueblo, averiguar dónde se aloja y encontrar el momento perfecto para matarla cuando está sola?

—Sacudí la cabeza—. Me parece demasiado rebuscado.

Sabemos que las fotos se tomaron mientras ella estaba en la casa y, dado que llegó ayer, tuvieron que hacérselas anoche.

¿Quién sabía dónde se encontraba y que en ese momento estaba sola?

Todos nos miramos y volvimos a pensar el mismo nombre: Thomas.

—En cuanto vio las fotos, echó a correr para ir a ver a Phoebe —dijo la señora Schultz.

—Quizá se cruzó con Archie —añadí.

—¿Y cómo llegó hasta allí? Porque el coche lo tenía yo —puntualizó Archie.

—A lo mejor cogió un Uber. Se le veía muy impaciente por ir a verla.

Baz señaló las sobras de mi cuenco, que era su manera de preguntarme si había terminado. Empujé la comida hacia él y me planteé la posibilidad de contarle que era todo vegano, salvo el gouda, pero preferí que siguiera sumido en su feliz ignorancia.

—Puede que pedir un Uber para cometer un asesinato no sea lo más sensato —replicó Baz con la boca llena de tortellini .

—Baz tiene razón. ¿Quién iba a dejar un rastro así? —La señora Schultz llevó su cuenco al fregadero y se acercó a ver cómo estaba Cuqui, que seguía roncando en su camita improvisada.

—Hay mucho criminal bobo por ahí —contestó Archie.

—¿Y si no fue planeado? ¿Y si fue un crimen pasional?

—Me gustó mi nueva teoría—. A lo mejor Thomas estaba tan enfadado con ella como sus seguidores.

Él creía en Phoebe, pero de pronto, tras todos sus esfuerzos para hacer crecer su marca personal, se entera de que ella no es quien dice ser. Eso haría estallar a cualquiera.

—Tenemos que asegurarnos de que el detective Heath sepa todo lo que sabemos nosotros sobre Thomas. Seguramente sea su principal sospechoso —dijo la señora Schultz.

—Eso espero —añadió Archie—. Porque, en caso contrario y hasta donde la policía sabe, el último en ver con vida a Phoebe fui yo. Estoy casi seguro de que soy el principal sospechoso.

—No te preocupes, Arch. No permitiremos que eso ocurra —dijo Baz.

Baz y yo nos miramos a sabiendas de que estábamos pensando lo mismo. Teníamos que asegurarnos de que el detective Heath dirigiera sus sospechas en la dirección correcta. Sin embargo, todavía teníamos que averiguar qué dirección era esa.