Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2) Capítulo seis
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Capítulo seis

CAPÍTULO SEIS

E speramos en el camino de acceso, bajo un foco de luz fuerte, mientras tres forenses vestidos con monos blancos con cremallera entraban y salían de la casa.

El agente Shepherd fue el primer policía en aparecer.

Nos hizo varias preguntas y nos pidió que nos quedáramos allí «a la espera», que era lo que llevábamos haciendo desde hacía dos horas.

Discutimos todas las teorías que se nos ocurrieron sobre la posibilidad de que hubiera tomado algo de forma deliberada para quitarse la vida o de que se hubiera emborrachado y ahogado por accidente.

Me pregunté si alguno de los descubrimientos de los forenses determinaría cuál de las dos opciones era la causa de la muerte.

Nos apoyamos en la camioneta de Baz, caminamos en círculo y nos turnamos para sentarnos en la cabina con Cuqui, que no quería quedarse solo.

La impresión inicial de haber encontrado a Phoebe muerta en la bañera remitió poco a poco y de pronto fui consciente de que hacía frío.

La señora Schultz era la única persona que iba vestida adecuadamente para la caída nocturna de las temperaturas, ya que después del trabajo acostumbraba a volver a casa en bici.

—Chicos, deberíais esperar dentro del coche porque está refrescando. Iré a buscar a Shep para preguntarle si podemos irnos ya. Es probable que se hayan olvidado de nosotros —dije.

Mientras avanzaba por el camino de acceso, vi que el agente Shepherd hablaba en el césped delantero con un hombre alto enfundado en un traje que le quedaba como un guante y que resaltaba unos hombros anchos.

Aunque me daba la espalda, lo reconocí al instante por el aleteo en el estómago: el detective Heath.

Nos habíamos conocido la primavera anterior durante la investigación de un asesinato.

Ambos éramos nuevos en Yarrow Glen y no sabíamos nada el uno del otro, de manera que, al principio, la confianza brilló por su ausencia.

Más tarde resultó ser hombre decente y un buen policía.

Desde entonces solo lo había visto unas cuantas veces por el pueblo, pero siempre íbamos con prisa y nuestros encuentros nunca se extendían más allá de una conversación superficial.

Al acercarme, oí que le preguntaba al agente Shepherd:

—¿Quién encontró el cadáver?

Shep me señaló por encima del hombro de Heath y este se volvió para verme.

—Willa. —Abrió mucho los ojos oscuros. Creo que era la primera vez que lo veía sorprendido.

Shep se retiró y nos dejó solos.

—Hola. —Detuve la mirada en él más tiempo de lo que pretendía. Casi me había olvidado de lo guapo que era. Las sombras de los focos parecían resaltarle la angulosidad de la mandíbula.

—Estás convirtiendo esto en una costumbre —dijo.

También había olvidado lo impertinente que era.

—Espero que no. Tengo cosas mejores que hacer con mi tiempo —dije.

Se sacó un cuaderno en miniatura del bolsillo de la chaqueta.

Sabía que sería como cuando entras en la consulta del médico y tienes que responder las mismas preguntas que ya te ha hecho el enfermero.

Pero también sabía que sería inútil explicarle que ya se lo había contado todo a Shep, de manera que acepté el interrogatorio y le narré todo lo sucedido antes de encontrar el cadáver de Phoebe Winston.

Cuando acabó con esas preguntas, empezó con otras que el agente Shepherd no había formulado.

—¿Notaste algo fuera de lo normal al entrar?

—¿Además del cadáver en la bañera, quieres decir? —Intenté visualizar algo que no fuera esa imagen—. Sí, ahora que lo dices, había basura fuera del cubo.

—¿A qué te refieres?

—En la cocina. Una parte de la basura que estaba en el cubo se había volcado al suelo. Se nos ha ocurrido que quizá Phoebe intentó ocultar las pruebas en el fondo del cubo por si alguien entraba a la casa.

—¿Qué pruebas?

—Las bolsas y los recipientes de La Barbacoa de Mac. Si pretendía negar que las fotos eran reales, tenía que esconder las bolsas. Seguro que por eso intentó beberse una botella de tequila entera.

El detective Heath no confirmó mis sospechas. Como de costumbre, no soltaba prenda.

—¿Serán capaces los forenses de determinar si ha sido un suicidio o un accidente? —le pregunté.

—Habrá que esperar a que elaboren el informe de toxicología. Eso nos dará una idea, pero en este tipo de casos cuesta determinarlo con seguridad. Depende mucho del estado mental de la víctima. ¿Sabes quién fue la última persona que estuvo con ella?

—Es probable que Archie. Él estaba aquí cuando Phoebe recibió la llamada que la alertó sobre las fotos. A continuación, le pidió estar sola. Archie ya ha hablado con Shep…, con el agente Shepherd —me corregí.

Heath asintió.

—¿Podemos irnos ya? —pregunté.

—¿Detective Heath? —Una mujer vestida con mono blanco se aproximó desde la casa al tiempo que se retiraba la capucha para dejar al descubierto una coleta bien peinada en la base de la nuca.

Heath levantó un dedo que quería decir «espera un segundo» y me dejó sin respuesta. Lo observé mientras se acercaba a la mujer, cuyo pintalabios rojo resaltaba de manera notable sobre su indumentaria monocromática.

Me acerqué a Shep.

—¿Quién es esa?

—Ivy Reynolds, la forense.

La mujer pareció informar a Heath de sus descubrimientos, pero dudé que él fuera a compartir esa información conmigo.

—¿Podemos irnos ya? —le pregunté a Shep.

—Lo siento, pero para eso necesito el visto bueno del detective Heath. Ya viene.

Heath se acercó a mí.

—¿Dónde está Archie?

—Junto a la camioneta de Baz. ¿Por qué? —contesté.

—La muerte de Phoebe Winston no ha sido un accidente ni un suicidio. Ha sido un asesinato.