Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2) Capítulo cinco
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Capítulo cinco

CAPÍTULO CINCO

S alimos del centro del pueblo y pasaron más de diez minutos antes de desviarnos a la derecha por una carretera mal señalizada.

Miré atrás para asegurarme de que la camioneta de Baz también giraba.

En otras circunstancias, habría disfrutado de los bonitos colores otoñales desde el asiento del copiloto del Range Rover.

La carretera serpenteante seguía el curso de un arroyo, en cuya orilla los álamos crecían con un color amarillo especialmente llamativo.

Justo cuando empecé a sospechar que nos habíamos perdido, Archie redujo la marcha y señaló una casa de estuco de dos plantas situada detrás de una verja de hierro forjado.

Cuando se estiró para agarrar el mando, que estaba en el parasol junto a mi cabeza, lo detuve.

—A lo mejor deberíamos llamar antes para que sepa que estamos aquí —dije.

Archie bajó la ventanilla y extendió el brazo para apretar el botón del telefonillo. Oí un zumbido, pero no contestó nadie. Percibí el ojo de cristal de una cámara de vigilancia y me pregunté si Phoebe nos estaría observando a hurtadillas desde el otro lado. Archie volvió a pulsar el botón.

—Phoebe, soy Archie —le dijo al aparato.

Cuqui se colocó en el regazo de Archie con las patas en la puerta del coche, como para anunciar también su llegada, pero no hubo respuesta.

—Vale, vamos a entrar —accedí.

Un toque del mando hizo que la verja comenzara a abrirse despacio hacia dentro para permitirnos el paso. Vi por el espejo retrovisor que la camioneta de Baz nos seguía antes de que la puerta se cerrara tras él de manera automática.

Salimos del coche acompañados de Cuqui, al mismo tiempo que Baz y la señora Schultz descendían de la camioneta.

El sol había perdido gran parte de la calidez del mediodía al aproximarse a las montañas.

Al cabo de una hora, anochecería. Cuqui se puso a correr en círculos por el jardín hasta que Archie lo agarró.

Lo primero que pensé fue que se trataba de una simple casa contemporánea, pero al verla más de cerca resultaba deslumbrante, con un camino de acceso de piedra caliza y unos pilares de madera en el pórtico delantero, que era donde nos encontrábamos en ese momento.

—Ojalá tengamos más suerte al llamar a la puerta. —Toqué el timbre con el deseo de que nos abriera.

—¿No deberíamos esperar aquí Baz y yo? No quiero que se sienta acosada —dijo la señora Schultz.

—Os llevasteis muy bien. Puede que se sienta mejor rodeada de caras conocidas, porque seguramente ya habrá leído lo que se dice de ella en internet.

Tampoco contestó al timbre. Volví a pulsarlo y oí que resonaba dentro.

—Me lo temía —dijo Archie apesadumbrado.

—¿Creéis que está ahí dentro? —preguntó Baz.

—¿Dónde podría haber ido si no? —contesté.

—Podría haberse largado del pueblo de vuelta a casa —dijo.

—¿Sin Cuqui? —Archie se llevó el perro al pecho con gesto protector.

Solo había dos ventanas delanteras en el piso de abajo. Baz se bajó del pórtico para meterse entre los arbustos y mirar por una de ellas. Pegó la nariz al cristal con las manos ahuecadas a ambos lados de la cara.

—¿La ves? —pregunté.

—No. —Caminó hacia la mitad del jardín, frente a la casa—. En la planta de arriba hay una luz encendida.

Golpeé fuerte en la puerta.

—¡Phoebe! Somos Willa y Archie. Te traemos a Cuqui.

Archie se encogió de hombros y dijo:

—Supongo que no estamos de suerte.

Como por impulso, intenté abrir el picaporte y, para sorpresa de todos, la puerta se abrió.

—Antes de marcharme intenté abrir y estaba cerrada con llave, estoy seguro —dijo Archie.

—A lo mejor la ha dejado abierta por si veníamos. ¡Phoebe! —grité mientras entrábamos en el vestíbulo.

La casa estaba en silencio. Recorrimos el pasillo, que desembocaba en un salón con cocina abierta y techo de vigas de madera.

Enseguida nos llamaron la atención unos grandes ventanales con puertas correderas que daban a un patio trasero de piedra caliza y a un jardín de diseño cuidadísimo rodeado por la misma verja de hierro de la parte delantera.

—Quien le sacara esas fotos tenía la vista despejada. La mesa de comedor está justo delante del ventanal —observó Baz.

—Pero ahí detrás no hay más que bosque —dijo la señora Schultz—. Aunque tal vez sea un buen escondite.

—¿Y si está dormida? No quiero asustarla —dijo Archie.

Cuqui se revolvió en sus brazos y saltó para dirigirse a la cocina, donde el contenido de un pequeño cubo de basura estaba esparcido por el suelo. El perro arañó una bolsa de La Barbacoa de Mac el Bocazas y metió el hocico en uno de los recipientes de plástico.

—La basura no estaba así cuando me marché —dijo Archie.

—A lo mejor es que se ha ido con prisa —especuló Baz.

—¡Phoebe! —volví a gritar.

No concebía que nos abandonara de ese modo. Aún conservaba la esperanza de que pudiéramos salvar la presentación de esa noche, pero a medida que pasaban los minutos parecía más improbable.

Una vez que Archie apartó a Cuqui de la basura, el perro echó a correr escaleras arriba. Archie lo llamó, pero no sirvió de nada. Temí que se cayera desde uno de los peldaños abiertos, así que fuimos tras él.

En el rellano de arriba, una doble puerta abierta llevaba hasta el dormitorio principal, que era tan grande como para hacer la rueda.

Las cortinas cerradas obligaban a tener la luz encendida, tanto en el dormitorio como en el baño contiguo.

Las lujosas sábanas estaban arrugadas y sobre el tocador había una botella de tequila a la que le faltaba un tercio.

Un cubo de basura vacío volcado. Mis preocupaciones egoístas sobre la presentación de esa noche se esfumaron.

Aquello tenía mala pinta. Me di cuenta de que los demás también lo notaban.

Nadie avanzó mucho más allá de la puerta.

—Quedaos aquí. Quizá se haya dormido en la bañera después de tanto tequila —les dije.

Asintieron mientras yo entraba en la habitación y llamaba a la puerta del baño, que estaba entornada.

—¿Phoebe? —pregunté en voz baja para no sobresaltarla demasiado.

Como no respondía, entré. El baño era casi del tamaño de mi salón. Salvo el tercio superior de las paredes, pintado de gris oscuro, todo estaba revestido de mármol blanco. Los cosméticos de Phoebe cubrían la amplia encimera del tocador, señal de que no se había marchado.

Avancé unos pasos más y vi una mano lacia que colgaba por el borde de la bañera. Reconocí los múltiples anillos de plata de sus dedos. Junto a la muñeca, había un vaso cuadrado en el que quedaba un resto de tequila. Suspiré aliviada. Había empezado a creer que le había pasado algo horrible.

—Phoebe —dije con suavidad para sacarla de su embriaguez.

Al acercarme a la bañera, oí un leve chapoteo y vi que había agua alrededor de mis zapatillas de lona. Desvié la mirada hacia las toallas húmedas y el albornoz de seda empapado, apilados en un rincón. Me olvidé del decoro y me acerqué.

En la bañera gigante, solo un brazo y una rodilla quedaban por encima del agua; el resto del cuerpo se encontraba bajo la superficie. Phoebe Winston yacía allí muerta.