Capítulo cuatro
CAPÍTULO CUATRO
C on mucha educación, les pedí a todos que se pusieran en contacto con nosotros a través de la página web y les aseguré que les devolveríamos el dinero lo antes posible.
Casi deseé que Lou siguiera allí para espantarlos con la escoba.
Al final, decidieron confiar en mí y se marcharon.
Cerré la puerta y coloqué el cartel de Cerrado.
La señora Schultz seguía mirando las fotos del periódico.
—¿Es lo que creo que es? —dijo.
Volví a por el portátil.
—Lo estoy buscando en internet. Me gustaría saber de dónde han salido esas fotos.
—Podrían haberlas manipulado, ¿verdad?
—Por supuesto. Alguien que quisiera vengarse de Phoebe.
Me parecería increíble que A. J. publicara una noticia calumniosa justo antes de la presentación en nuestra tienda.
—Mi asombro por las fotos se convirtió en enfado al pensar que A.
J. podría haber acabado con una gran oportunidad para mi negocio a cambio de su propio beneficio.
La señora Schultz se colocó a mi lado mientras tecleaba el nombre de Phoebe en el buscador. Las fotos incriminatorias aparecían en varias páginas web nacionales. Pinché en la primera de ellas y leí la noticia por encima.
—Parece que La Gaceta de Glen ha sido el primer medio en dar la noticia —le dije, sorprendida por segunda vez en cuestión de pocos minutos.
—¿Eso significa que fue A. J. quien hizo las fotos? —preguntó.
—No tengo ni idea.
—¿Los demás medios las habrán publicado sin tener pruebas de que son auténticas?
—Como si no supieras cómo funciona el periodismo del siglo XXI …
—Tienes razón. Qué pregunta.
—En la noticia pone que las fotos se han analizado y que son auténticas… Eso significa que tiene que ser verdad —dije con sarcasmo.
—¿Y quién las ha revisado?
—Eso me gustaría saber a mí también. —Miré hacia el otro lado del escaparate, donde el grupo de personas seguía congregado—. Toda esa gente cree que las fotos son reales.
—Archie dijo que los seguidores de Phoebe eran tremendamente fieles.
—No hay cosa que le guste más a la gente que entronar a los famosos para luego destronarlos. A Phoebe ya le pasó con anterioridad.
—¿Has hablado con ellos? —Thomas dejó de colocar sillas y se unió a nosotras—. ¿Por qué siguen ahí esperando?
—Quieren que les devolvamos el dinero de las entradas —le expliqué. Aunque, al volver a mirar, me dio la impresión de que tal vez quisieran algo más. Parecían enfadados.
¿Quieren que les devolvamos el dinero?
Sin mucho entusiasmo, le di la vuelta al portátil para mostrarle las fotos. Se ajustó las gafas de pasta oscura, se acercó a la pantalla y retrocedió un momento después.
—Oye, estoy segura de que esas fotos no son… —Comencé a decir.
—Tengo que ir a buscar a Phoebe —anunció a toda prisa antes de salir pitando por la puerta principal y escabullirse entre la multitud.
—¿Y ahora qué se supone que debemos hacer? —preguntó la señora Schultz—. ¿Sigue en pie la presentación?
—Es una pregunta excelente. No tengo manera de ponerme en contacto con Phoebe.
—¿Y a través de Archie?
¡Archie, claro! Tecleé su nombre en el móvil y contestó al segundo tono.
—Willa. Iba a llamarte justo ahora. No sé qué hacer.
Phoebe está muy alterada por una llamada que ha recibido.
Me ha dicho que me lleve a Cuqui a dar un paseo y eso he hecho, pero ahora está encerrada en la casa y no me deja entrar.
Dice que necesita estar sola, pero tengo que asegurarme de que se prepare a tiempo para la presentación.
No me gustó el tono de angustia de su voz. No era un asunto del que tuviera que ocuparse él solo.
—¿Tienes las llaves del coche?
—Sí, están puestas.
—Pues vente a la tienda. Sé lo que le pasa… Al menos, en parte. Te lo explicaré cuando llegues.
La señora Schultz y yo nos pusimos a dar vueltas por la tienda mientras esperábamos a Archie. Ella jugueteaba con los flecos de su pañuelo, un tic nervioso que reconocí, y cada vez se agolpaba más gente frente a nuestra tienda. Me coloqué en un rincón para mirar por el escaparate.
—Fabuloso, está ahí A. J. Stringer. Parece que está entrevistando a la gente —dije. Lo último que necesitaba era hablar con un periodista en esos momentos.
En cuanto me acerqué a echar la llave, la puerta se abrió y nos hizo saltar a la señora Schultz y a mí. Era Baz.
—¿Qué pasa ahí fuera? —preguntó.
—Nada, que el acontecimiento más importante que iba a tener lugar en mi tienda se va al traste; eso pasa.
—Me di cuenta de que me temblaba la voz.
Hasta ese momento había intentado no pensar en la repercusión de lo que estaba sucediendo y tenía la esperanza de que al final todo se arreglaría.
Pero al reconocerlo en voz alta acabé con el poco optimismo que me quedaba.
De repente sonó el rápido alarido de una sirena.
Un coche patrulla blanco y negro se detuvo en doble fila en el mismo lugar donde Phoebe había aparcado su Range Rover el día anterior hacía solo…
¿veinticuatro horas? Dos agentes se bajaron del vehículo.
Reconocí a uno de ellos: el agente Shepherd, un chico más o menos de mi edad, treinta y pocos años, con el pelo oscuro rapado.
Como había pasado casi toda su vida en Yarrow Glen, todo el pueblo lo conocía como Shep.
Para mí era como el golden retriever de los polis: se mostraba siempre afable y hacía bien todo lo que le pidieran. Lou enseguida se aproximó a él.
—Tenía que ser Lou quien llamara a la policía —dije a pesar de que sentí alivio al verlos. La gente se apresuró a quitar los coches mal aparcados antes de que los multaran.
La puerta volvió a abrirse y esta vez apareció Archie con Cuqui en brazos.
—¿Qué pasa ahí? ¿Ya están esperando a Phoebe? —dijo una vez más con preocupación en la voz.
En esta ocasión, cerré con llave.
—Señora Schultz, ¿le importa dejar al perro en mi despacho mientras les explico a Archie y a Baz lo que ha pasado?
—Claro que no —contestó la señora Schultz. Archie le pasó a Cuqui.
Les mostré a Archie y a Baz las fotos de Phoebe mientras repasaba la noticia una vez más.
—Buah. No me extraña que Phoebe estuviera tan preocupada —dijo Archie—. La llamada que recibió debía de estar relacionada con eso.
—¿Qué dijo por teléfono? ¿Lo negó? —le pregunté.
—No llegué a saber de qué hablaba, pero me di cuenta de que era una mala noticia.
La cara que puso fue como si alguien se hubiera muerto, pero luego le entró una risa nerviosa que me pareció muy rara en ella.
No le pega ponerse nerviosa…, ni reírse así.
Me dijo que me llevara al perro fuera, y eso hice.
Estaba claro que no quería que oyera la conversación.
—Y, cuando volviste, ¿estaba enfadada?
—No he vuelto a verla. Cerró las puertas de la casa y no me dejó entrar. La llamé, pero no me dijo casi nada. Solo quería que me largara. Puede que estuviera llorando. Era difícil saberlo por teléfono.
La señora Schultz volvió con nosotros, ya sin Cuqui.
—¿Creéis que las fotos son reales? —preguntó Baz.
—Al principio pensé que no, pero al ver la reacción de Thomas y al conocer ahora la de Phoebe…
Empiezo a pensar que sí. Thomas ni siquiera se planteó que fueran falsas.
Aunque fue muy poco tiempo el que pasé ayer con Phoebe, creo conocerla lo suficiente como para afirmar que, si las fotos fueran un montaje, Phoebe lo habría gritado a los cuatro vientos —dije.
—Entonces es verdad que comió costillas de La Barbacoa de Mac el Bocazas. —La señora Schultz se quedó mirando las fotos; estoy segura que para asimilar lo que veían sus ojos, como nos pasaba a los demás.
—Al menos, ha elegido el mejor restaurante para bajarse del carro del veganismo —dijo Baz.
—Siento preguntarlo, pero ¿esto significa que la presentación de esta tarde se cancela? —dijo Archie con timidez.
—Voy a intentar localizar a Thomas. Veamos si todavía es salvable la presentación.
—Lo llamé a su número, pero el teléfono sonó hasta que saltó el buzón de voz.
Colgué y lo volví a intentar. Siguió sin responder.
Le dejé un mensaje pidiéndole que me llamara lo antes posible—.
No contesta —expliqué sin necesidad—. No sé cómo vamos a ponernos en contacto con ella.
—¿Y a través de la editorial o de Vegueso? —sugirió la señora Schultz.
—No es por nada, chicos, pero ¿creéis que se van a molestar en hablar con vosotros? Ahora mismo tienen que estar apagando otros fuegos más importantes.
—Baz tiene razón. —Guardé el móvil en el bolsillo del delantal.
—Phoebe me llamó esta misma mañana. Tengo su número. —Archie se sacó el teléfono de uno de los bolsillos de las bermudas cargo.
Su llamada estaba casi en lo más alto de la lista. Pulsó el botón y accionó el altavoz. Todos estábamos expectantes, pero saltó el contestador y Archie colgó.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
Sentí que algo me rozaba los tobillos y, al bajar la vista, vi una bolita de pelo no más alta que los bajos vueltos de mis pantalones.
—Cuqui, tienes que quedarte donde te hemos dejado —le reprendí con suavidad. Era demasiado mono para enfadarse con él.
—¿Y qué hacemos con Cuqui? —preguntó Archie mientras lo tomaba en brazos.
—Pues devolvérselo a su propietaria. Esto se nos ha ido de las manos. Tenemos que hablar con Phoebe. ¿Sabrías decirme cómo se llega a la casa que ha alquilado? —le pregunté a Archie.
—Puedo llevaros; aún tengo el coche. Además, es la única manera de abrir la verja del recinto, porque el mando está dentro.
—¿Os sigo con mi camioneta y así os traigo luego de vuelta? —propuso Baz—. ¿Le apetece acompañarme, señora Schultz?
—¿Y qué pasa con la tienda? —preguntó la señora Schultz—. No hemos cerrado caja ni hemos preparado nada para la presentación, si es que al final se hace.
—Eso tendrá que esperar. Nos enteraremos cuando hablemos con Phoebe. —Era probable que me estuviera agarrando a un clavo ardiendo, pero en ese momento las palabras de mis padres atravesaron mi cabeza: «Una dosis extra de optimismo nunca viene mal».
—¿Cómo sabes que te dejará entrar en la casa? A mí me cerró con llave —dijo Archie.
—No te preocupes. Esa chica no me va a intimidar. Hemos trabajado mucho para montar todo esto y ahora también es nuestra reputación la que está en juego. Phoebe Winston tiene muchas cosas que explicar.