Capítulo tres
CAPÍTULO TRES
A l día siguiente tendría que haber estado cansada después de haber pasado toda la noche dando vueltas en la cama sin parar de soñar que buscaba, sin éxito, los ingredientes de las recetas en los pasillos del supermercado.
Pero la ilusión de que todo saliera a pedir de boca mantuvo mis pilas cargadas incluso durante el bajón de la tarde.
Bueno, también ayudó el gouda que picoteé.
Acabábamos de recibir un pedido de gouda noord-hollandse , un queso que debe su nombre a la ciudad holandesa de Gouda, donde se elaboró en sus orígenes.
Hoy en día, el término «gouda» se aplica a un determinado tipo de queso, aunque no proceda de esa región, puesto que ya se fabrica en todo el mundo.
Sin embargo, el gouda noord-hollandse tradicional, preparado con leche de vaca del norte de Holanda, es insuperable.
Ese día me había deleitado arrancando trocitos de una cuña de doble maduración, cuya textura quebradiza se volvía cremosa en cuanto entraba en contacto con la lengua.
Tal y como me había prometido, Thomas se pasó por allí.
Para mi sorpresa, su presencia resultó bastante útil: consiguió suficientes sillas para todos los asistentes con reserva y reorganizó el fondo del local para acomodarlos cuando llegaran.
La señora Schultz se hizo cargo de la tienda mientras nosotros atendíamos al repartidor que nos trajo las sillas hasta la puerta que daba al callejón lateral.
—Gracias por buscar asiento para todos —le dije a Thomas mientras ayudábamos a descargar las sillas plegables blancas de dos en dos y las apilábamos contra la pared del almacén—. He sido incapaz de encontrar una empresa que me las trajera con tan poca antelación. Y menos un sábado.
—Solo hay que decir que son para Phoebe Winston. Siempre da resultado —contestó.
—¿Cómo empezaste a trabajar para ella, por cierto?
—Yo trabajaba como encargado de recursos humanos en Vegueso.
Me pidieron que hiciera de interlocutor con ella después de que saliera el vídeo de Cuqui y de que Phoebe anunciara que era vegana.
—Al recordarlo, esbozó una sonrisa—. Vino a una reunión y…
supongo que le gustó lo que vio. Me pidió que quedáramos para que le diera algunos consejos sobre Vegueso, como conocedor de la empresa, y al cabo de una semana dejé mi puesto y empecé a trabajar para ella.
—Guau. Otra vez el destino, ¿eh?
No era de extrañar su disgusto cuando Phoebe le pidió ayuda a Archie. Seguro que le traía recuerdos de ese momento.
El repartidor volvió del camión con un datáfono portátil para que le pagara con tarjeta. Me oí chillar a mí misma cuando me fijé en el precio desorbitado del alquiler de las sillas.
—¿Preguntaste antes el precio? —le grité a Thomas.
—Me dijeron algo de un recargo por urgencia. Voy a empezar a colocarlas en la tienda. —Cargó una silla en cada brazo y empujó la puerta batiente.
Al parecer, lo que daba resultado no era nombrar a Phoebe, sino la disposición a dejarse sacar los cuartos. Pero ya no había vuelta atrás. Pasé la tarjeta de crédito por la máquina.
—¿Está ella? —preguntó el repartidor.
—¿Quién?
—Phoebe Winston. ¿Está? No me importaría conocerla.
—Y a mí no me importaría que me cobraran un precio razonable por las sillas, pero parece que los dos nos vamos a quedar con las ganas. —Firmé en la pantalla y el chico se marchó gruñendo por la puerta del callejón.
Thomas parecía tener controlado el tema de las sillas, de manera que me puse con las bolsas de comida que esa mañana había comprado en El Colmado de Lou en cuanto abrieron a las nueve.
Me llevaría una hora, como mínimo, cortar, separar y pesar los ingredientes.
Miré en los pocos armarios que había en mi pequeña cocina mientras me preguntaba en qué momento se me había pasado por la cabeza que tendría suficientes cuencos a juego para colocarlo todo.
Necesitaría ir a recoger otros cuencos, aunque estuvieran desparejados, de la cocina de mi apartamento y esperar que fueran suficientes.
Loretta, mi pez betta , pareció observarme con atención desde su pecera, situada sobre la encimera.
Ese día decidí bajarla a la tienda, porque tenía previsto acabar tarde.
Ella y yo siempre veíamos juntas el programa Trinchado del canal Food Network, de manera que percibí su rechazo cuando se dio cuenta de mis dificultades a la hora de preparar tantos ingredientes.
—Loretta, no soy Ted Alien, ya lo sé. Él siempre lo tiene todo bien colocado en cestas perfectas, pero yo no soy capaz ni de encontrar un juego de cuencos iguales.
—¿Alguien ha dicho un juego de cuencos iguales?
Me di la vuelta y me encontré a Roman, el propietario de la destilería de hidromiel El Valle de Oro y el chico que me llenaba de endorfinas cada vez que llegaba con su encanto y sus andares relajados.
En él, todo transmitía despreocupación, desde sus camisetas con cuello de pico, sus vaqueros y sus botas de cowboy hasta su barba de tres días.
Traía un palé de cartón lleno de cuencos de cristal que depositó en la isla de la cocina.
Su sonrisa torcida se ensanchó al ver mi reacción.
—¿De dónde los has sacado? —Mi sorpresa se convirtió en alborozo cuando un recuento rápido me indicó que tendría más que suficientes.
—Anoche, después de hablar contigo por teléfono, me acordé de que conozco a alguien que va a abrir un restaurante y se los he pedido prestados. Luego habrá que devolvérselos.
—Claro, no hay ningún problema. Dale las gracias de mi parte a tu amiga.
—Amigo —corrigió.
Mejor aún . Si algo sabía de Roman, es que tenía un montón de amigas. Por eso había dado por hecho que sería una mujer.
—Todo el mundo me está ayudando muchísimo. Entre tú y Baz, he conseguido todo lo que necesitaba. La señora Schultz lleva todo el día al pie del cañón mientras yo me ocupo de los preparativos. Ah, y también está Thomas, el ayudante personal de Phoebe Winston.
Thomas levantó la vista de las sillas que estaba colocando en filas iguales.
—Thomas, te presento a Roman, de la destilería de hidromiel de enfrente.
—Sí, ayer mencionaste su negocio. Me encantaría visitarla —dijo Thomas antes de acercarse para estrechar la mano de Roman. Era mucho más agradable cuando no estaba Phoebe.
—Pásate cuando quieras —le dijo Roman. Luego se dirigió a mí—: ¿Dónde está Archie?
—Phoebe le ha pedido ayuda —contesté.
El aura de Thomas cambió de inmediato.
—Voy a por más sillas —dijo para justificar su ausencia.
Me cercioré de que estuviera al otro lado de la puerta batiente antes de comentarle a Roman:
—Creo que está dolido porque Phoebe le ha pedido a Archie que haga su trabajo. Phoebe y Thomas tienen una relación un tanto extraña. Ella lo llama Tom-Tom.
Thomas llegó con dos sillas más y me callé. Volví a centrarme en los cuencos.
—No sabes cuánto te agradezco que me los hayas traído. Anoche, cuando me desahogué contigo por teléfono, no esperaba que buscaras cuencos para mí.
—Ya lo sé. Pero que a ti no te guste pedir favores no significa que no me apetezca ayudarte. Vale la pena a cambio de esa sonrisa. Exacto, esa misma.
No podía evitarlo, me hacía sonreír. Y sonrojarme.
—Será mejor que vuelva a la destilería para que Chet pueda marcharse. —Miró hacia la tienda—. Parece que tienes bastante gente. Igual necesitas un cordón de terciopelo y un portero. ¿Hablamos pronto?
—Claro.
Vi que Roman se abría paso entre el gentío agolpado en la parte delantera del local. En una situación normal, me habría encantado ver tantos clientes, pero ninguno compraba queso. Volví a mirar el reloj.
—Me pregunto si toda esa gente ha reservado su plaza antes de que se agoten las entradas o si pretenden entrar sin ella. No me gustaría tener que echarlos.
—Tendrás que explicarles que no hay posibilidad de quedarse de pie —dijo Thomas—. Phoebe es muy estricta en eso.
Volvió al almacén en busca de más sillas.
Cobarde.
Me acerqué a la caja, donde la señora Schultz parecía aturullada, algo muy impropio de ella, mientras sacaba el ordenador portátil de debajo del mostrador.
La primera mujer de la fila llevaba unos tacones kilométricos, una falda de tubo y un pelo perfectamente engominado que me trajo a la memoria aquel icónico vídeo de Robert Palmer.
Al instante, la reconocí como la recepcionista del restaurante La Parrilla del Damasco.
La primavera anterior habíamos tenido un par de desencuentros cuando intenté demostrar que Derrick, su novio, era responsable del asesinato de Guy Lippinger.
—¿Puedo ayudarte? —pregunté.
—He venido por las entradas de Phoebe Winston —dijo con sequedad.
—Eres Angela, la recepcionista de La Parrilla del Damasco, ¿verdad?
—Mis padres siempre decían que las malas noticias se reciben mejor si te las da un amigo en vez de un desconocido.
Tenía que compensar todas las veces que la había evitado en el restaurante desde nuestros incómodos rifirrafes de la primavera anterior—.
Soy Willa. Creo que nunca hemos tenido la oportunidad de presentarnos de manera oficial.
—Soy la gerente del restaurante desde que Derrick no está. —Se detuvo para lanzarme una mirada de reproche antes de continuar—. Y sí, sé quién eres.
Se acabó la vía de la simpatía.
—Me temo que estamos completos —le dije.
—No, sí tengo entrada —me corrigió.
—Lo que quiere es que le devolvamos el dinero —explicó la señora Schultz.
—Todos queremos que nos lo devuelvan —añadió una chica alta y castaña que se encontraba justo detrás de Angela.
Las diez personas que en ese momento estaban en la tienda asintieron.
Sonó el teléfono y le pedí a la señora Schultz que contestara mientras yo me colocaba detrás del mostrador e intentaba enterarme de lo que pasaba. Abrí el ordenador y entré en la lista de asistentes de la presentación.
Lou, el propietario del colmado situado dos locales más abajo, entró con una escoba en la mano y los labios apretados. El delantal verde le quedaba suelto sobre el cuerpo delgado. Se pasó la mano libre sobre el pelo canoso.
—¿Todo esto es por lo de Phoebe Winston? —Gruñó. Se quedó mirando a la gente arrugando las pobladas cejas—. No pueden aparcar en doble fila, señores; impiden la salida de mis clientes.
—Voy a poner orden, Lou. Perdona.
Soltó un gruñido de indignación y se marchó tan abruptamente como había entrado.
No conseguía abrir nuestra web, solo me aparecían mensajes de error. Parecía como si estuviera estropeada. Me acerqué a la señora Schultz, que intentaba atender a un cliente por teléfono.
—Sí, un momento, no cuelgue, por favor. —Pulsó el botón de llamada en espera—. Otro cliente que quiere que le devuelvan el dinero de la entrada —me susurró.
—¿Qué está pasando? —pregunté.
La señora Schultz no tenía respuesta.
La mujer alta de detrás de Angela volvió a intervenir:
—¿No habéis visto internet?
Como mi gesto seguía siendo de desconcierto, Angela soltó con fuerza la edición vespertina de La Gaceta de Glen sobre el mostrador.
—Phoebe Winston es una impostora. No es vegana. Y de auténtica no tiene un pelo.
Había estado demasiado ocupada para salir a coger uno de los periódicos gratuitos del dispensador que estaba en la calle.
Justo entonces me fijé. En la primera página aparecía una foto de Phoebe Winston.
No era el retrato publicitario que yo misma le había proporcionado a Deandra para anunciar la presentación de nuestro evento de ese día.
Era una foto robada a color. No cabía duda de que se trataba de Phoebe, que parecía comer algo con las manos.
Le di la vuelta al periódico doblado para ver la parte de abajo, donde se veían otras tres fotos de la chica, esta vez ampliadas.
Lo que comía parecían costillas. Por si no quedaba claro, a su lado había una bolsa donde se leía «La Barbacoa de Mac el Bocazas» encima del logo del restaurante.
La Barbacoa de Mac era el asador más importante de la zona por una razón: era el mejor.
Hasta donde yo sabía, no servían platos veganos, todo era carne.
Incluso la verdura y las alubias llevaban manteca de cerdo.
Si era cierto que estaba comiendo algo de Mac, la reina vegana estaba a punto de perder su trono.