Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2) Capítulo dos #3
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Capítulo dos #3

—Un momento. Lo que te gusta no es ese café sofisticado, sino Ginger, ¿a que sí?

Baz cambió de tema.

—Voy a pedir a la barra. Los camareros están a tope. —Se deslizó hacia el borde del banco corrido.

—Ba-az… —Le lancé una mirada que por lo general me servía para sonsacarle más información.

—¿Qué vas a tomar? —preguntó haciendo caso omiso de mi insistencia.

—¿No quieres que compartamos el sándwich Reuben, como siempre?

—¿Con las patatas crujientes? —confirmó.

—Claro. —Miré hacia la barra para ver si había mucha cola para pedir y me llevé una sorpresa—. ¿Esos de la barra no son ellos?

De espaldas, la mujer sentada en uno de los taburetes tenía el mismo tipo menudo y la misma melena rojiza que Ginger, recogida por encima de uno de los hombros.

Y, sin duda, el hombre que estaba a su lado era Chet, ya que su constitución atlética y su pelo rubio de estilo surfero resultaban bastante reconocibles.

Haz los miró.

—Pues sí. —Retrocedió por el banco y se pasó los dedos por el pelo castaño claro—. Creo que mejor esperaré al camarero.

Miré a nuestro alrededor en busca de uno. Vi entonces a Thomas, que estaba solo en una mesa y se llevaba una botella de cerveza a los labios.

—Ahí está Thomas.

—¿Quién es?

—Ese de allí con las gafas y la camisa abrochada hasta arriba.

—¿Ese que tiene una mesa entera para él solo? Pues cuando el bar se llene, lo van a mandar a la barra.

—Voy a preguntarle por el correo ese que me tiene que enviar. —Me deslicé por el banco y me acerqué a su mesa—. Hola, Thomas. —Me miró a través de sus gafas de pasta negra como si no nos conociéramos de nada—. Willa, de la quesería —le recordé. No era buena señal que ya se hubiera olvidado de mí.

—Ah, sí. Perdona, tengo muchas cosas en la cabeza.

—No eres el único. No he recibido las recetas que usará Phoebe y necesito ir a comprar los ingredientes mañana a primera hora. Te agradecería que me las mandaras esta noche.

—Perdona, te las mando ahora mismo. —Su móvil estaba sobre la mesa y, con un golpe de dedo, cobró vida.

Fue entonces cuando vi una chaqueta militar en la silla de enfrente que reconocí de inmediato.

—Ah, veo que A. J. te ha encontrado —dije.

—¿Eh? —Seguía concentrado en el teléfono.

—A. J. Esa es su chaqueta, ¿no?

Apartó el móvil.

—Ah, sí. ¿Lo conoces? Es un tío agradable. Ha ido a pedir otra ronda.

—Le dije que te alojabas aquí cuando vino a la tienda en busca de Phoebe para entrevistarla.

El espíritu distendido de Thomas, cervecita en mano, desapareció.

—¿A qué te refieres? ¿Es periodista o algo por el estilo?

—Sí, trabaja para el periódico local, La Gaceta de Glen .

—Willa. —A. J. estaba detrás de mí con dos jarras de cerveza y me miró como si me fuera a volcar una de ellas sobre la cabeza.

—Me largo de aquí. —La silla de Thomas chirrió en el suelo cuando se levantó a toda prisa en dirección a la escalera.

—Muchas gracias —protestó A. J. Soltó las dos jarras en la mesa derramando un poco de cerveza.

—Lo siento, no sabía que estabas de incógnito —dije.

Salió corriendo detrás de Thomas.

—Vaya —dije para mí misma. Volví a la mesa corrida y revisé el móvil—. Fabuloso.

—¿Qué pasa? ¿Todavía no te ha mandado las recetas? —preguntó Baz.

—Sí, pero me ha mandado seis, ¡seis! Si solo va a elaborar dos, ¿tenemos que comprar los ingredientes de todas? Ni siquiera tengo cuencos suficientes para tanta cosa.

—Bueno, pues compra los ingredientes de dos y que prepare esas dos.

—No puedo hacer eso.

—¿Por qué no? Seguro que se las apaña.

—Tú no la conoces. Además, quiero que todo salga a la perfección. Y lo conseguiré. —Aparté el teléfono—. ¿Quieres que vaya yo a pedir? —Miramos de nuevo hacia la barra—. Uy, Chet se ha ido. Aprovecha y habla con ella.

—Habrá ido al baño.

—Bueno, pero es tu oportunidad.

—Esto ya lo hemos hablado, Wil. Están juntos.

—Pero ¿sabes si están juntos juntos?

—A ver, si está con él, no va a venirse conmigo.

—¿Por qué no? Chet y tú tampoco sois tan diferentes. —Baz levantó las cejas y se quedó mirándome—. Los dos sois majos, de la misma edad y más o menos rubios. ¿Lo ves? No hay tanta diferencia —añadí.

—Sí, somos como dos gotas de agua, solo que él mide quince centímetros más que yo y tiene tableta de abdominales en vez de panza cervecera.

—Siempre te colocas por debajo. Uy, bueno, igual esa no era la mejor frase, pero ya me entiendes.

—¿Alguna vez, en las pelis de acción, la chica del protagonista se va con otro? No tengo la más mínima posibilidad. Además, ya llevan tres meses saliendo.

—¿Por qué todo el mundo se entera de lo que se cuece en este pueblo menos yo?

—Porque te pasas el día trabajando.

—Y hablando de trabajo, pide que te envuelvan mi mitad del bocata. Tengo que volver a la tienda y mirar esas recetas para hacer la lista de la compra.

Baz sacudió la cabeza y, al salir del banco, se chocó contra alguien que pasaba a toda prisa.

—Perdón —dijeron ambos antes de que reconociéramos al hombre alto.

—Hola, Chet —dije.

Qué raro.

—Hola, chicos. Me alegro de veros. Por fin encontré a Ginger —bromeó Chet y continuó hacia la barra.

Baz se desplomó en su asiento.

—Ni la más mínima posibilidad.