Capítulo dos
CAPÍTULO DOS
D ejé que la señora Schultz y Archie se marcharan a casa un rato antes de lo habitual.
Al día siguiente nos esperaba una larga jornada con la presentación de Phoebe fuera del horario comercial, como ella había insistido.
Mi lista de cosas pendientes era tan larga como el tique de la compra de una gran superficie.
Sin embargo, justo después de cerrar me puse a hojear los dos libros de cocina de Phoebe para reproducir alguna de sus recetas de cocina veganas.
Me sentía culpable por tener tan poca experiencia con el queso vegano que vendía en la tienda y quería hablar de él de primera mano, aunque solo contara con una receta en mi haber.
El primero de sus libros contenía recetas basadas en los retos del programa de televisión Dale caña , de manera que solo había una sección vegana y, además, las recetas parecían bastante complejas.
¿Quién iba a saber que se podía preparar bizcocho de ortiga de tres maneras distintas?
(O de una, si me apuras). Al final me decanté por un aperitivo sencillo que aparecía en el libro más reciente y que se elaboraba con crema de queso vegano y mozzarella vegana, ambas de Vegueso, acompañadas de cebollino, chalota y ajo.
Lo más divertido era que los bocaditos en forma de bola iban rebozados con una capa de nueces pecanas muy picadas mezcladas con especias.
Cuando acabé, los dejé enfriar en la nevera mientras lavaba los cuencos y utensilios que había utilizado.
Mi mejor amigo y vecino de al lado, Baz, atravesó en ese momento la puerta batiente y trajo del almacén el armazón para el espejo de demostraciones con ruedas que él mismo había diseñado y en el que llevaba una hora trabajando.
Parecía una pizarra portátil para un profesor de más de dos metros de altura.
Aplaudí con emoción y dejé los platos secándose mientras contemplaba el armazón más de cerca.
—Baz, eres un genio.
—Ya te dije que algo se me ocurriría —dijo a la vez que se enderezaba hasta alcanzar su metro setenta y cinco de estatura.
—Jamás lo puse en duda —contesté con total sinceridad.
Baz no solo era el hombre para todo a quien subcontrataba La Ferretería de Carl cuando hacía falta, sino que también era un experto carpintero.
La tabla de quesos que me fabricó la primavera anterior, con las palabras Nuestra quesera favorita grabadas bajo mi nombre, exhibida con orgullo en una de las paredes de la tienda, era solo una pequeña muestra de su talento.
—Solo nos falta un detallito pequeño pero fundamental —observé.
—Ya, ya… El espejo. Mañana, en cuanto Carl abra la ferretería, compraré una hoja de espejo flexible para ver si nos sirve.
—¿No estás seguro de que sirva? No me asustes…
—Va a quedar bien. No te preocupes.
—Es fácil decir que no me preocupe…
—De eso nada. No es fácil decirlo porque, cuando Willa está estresada, todo el mundo se estresa.
Iba a protestar, pero lo cierto es que Baz no andaba muy desencaminado.
Eso era lo mejor de ser su amiga: no nos ocultábamos nada.
A lo largo de los meses, Baz se había convertido en el hermano pequeño que perdí…
, o algo parecido, ya que nadie podría sustituir jamás a mi hermano Grayson.
Sin embargo, nuestras conversaciones distendidas curaban una parte de esa herida.
—De acuerdo, me relajaré —le prometí.
—Bien.
—En cuanto pase lo de mañana. —Sacudió la cabeza con resignación—. ¿Sabes qué me vendría bien para aliviar la ansiedad? —le pregunté casi de manera retórica.
—Queso —contestó sin dudar.
Me conocía demasiado bien. Saqué de la nevera la bandejita de bolas de queso vegano cubiertas de nueces mientras él se lavaba las manos.
—Creo que ya se habrán endurecido. Quedarían muy monas con unos palitos de galleta salada clavados, pero como estamos en confianza, picaremos las bolas con los dedos. Puede que me quede algún trozo de pan de pretzel si te apetece.
Se secó las manos y se dispuso a coger una.
—¿Qué son?
—Bolas de queso vegano con…
Apartó la mano.
—Ah, entonces no.
—¿No vas a probarlas siquiera?
—Mira, ya conseguiste que comiera otros quesos que no fueran cheddar . Confórmate con eso.
—Vale. Poquito a poco. Pero es algo sano que no te va a matar.
—Nunca se sabe. Mi cuerpo podría sufrir un colapso.
Le di un mordisco a una de las bolitas mientras intentaba disimular mis propias dudas. La textura crujiente de las pecanas contrastaba de una manera agradable con el núcleo cremoso, impregnado de la calidez que aportaban la guindilla en polvo, la canela y la nuez moscada.
Baz esperó mi veredicto.
—No van a convertirme, pero si tuviera alguna alergia a los lácteos o me planteara hacerme vegana…
—O si estuvieras en una isla desierta y no tuvieras nada que comer…
Ignoré su comentario.
—Han aprobado el examen. Dejaré el resto en la nevera para que la señora Schultz y Archie las prueben mañana.
Baz se echó a reír. A él no podía engañarlo. ¿Qué le iba a hacer si me había criado en una granja lechera y llevaba vendiendo y comiendo toda la vida queso del de siempre?
Me fijé en la hora y me dirigí a la puerta principal para cerrar con llave.
—De todos modos, ahora tengo que concentrarme en otras cosas…, como en Phoebe Winston.
—¿Está ella aquí? —Justo cuando me disponía a cerrar, entró A. J. Stringer, el redactor jefe de La Gaceta de Glen .
—Buenas tardes también a ti, A. J.
—Ah, sí, hola, Willa.
Sin importar la estación, era raro ver a A.
J. vestido con algo que no fuera una de esas chaquetas militares verdes con muchos bolsillos encima de una camiseta y unos vaqueros gastados.
El periodista, de unos treinta años, no se había molestado en arreglarse un poco para la posible entrevista a Phoebe Winston ni había intentado darle a su pelo negro y rizado otro aspecto que no fuera el de recién levantado.
Sobre el torso llevaba una bolsa de lona desgastada, cuya correa sujetaba con una mano.
—¿Está aquí esa chica o no? —Echó un vistazo rápido a la tienda y le lanzó un breve saludo con la cabeza a Baz, que se acercó a nosotros.
—Lo siento, estuvo aquí antes, pero ya se ha ido —le informé.
Lanzó un suspiro profundo.
—Vaya por Dios. Esperaba poder entrevistarla para la edición de mañana. No me vendría mal un nuevo impulso para La Gaceta .
—Algo positivo, por una vez —dijo Baz.
La primavera anterior, La Gaceta de Glen había estado a la altura de otros periódicos más importantes, ya que proporcionó información privilegiada sobre el asesinato del crítico de una revista a la agencia de noticias Associated Press.
Sin embargo, ese no era el tipo de publicidad que deseábamos en Yarrow Glen…
, a excepción de A. J., que quizá en esa ocasión sintiera, por primera vez en su breve carrera como periodista, la emoción de una noticia de envergadura.
—He invitado a Deandra a la presentación de mañana —le dije, refiriéndome a una de sus redactoras más antiguas.
Aunque empezamos con mal pie cuando nos conocimos debido a ciertos asuntos relacionados con un cadáver, Deandra se había convertido en una aliada y siempre introducía alguna noticia sobre las actividades de ¿Qué Sería? en el periódico.
—Lo sé —contestó—. Pero quiero entrevistar a Phoebe con más calma; me gustaría que me concediera una exclusiva. Su editor no contesta mis llamadas. ¿No tendrás su número, por casualidad?
—Lo siento, no lo tengo. Pero su ayudante se aloja en el hotel. Inténtalo a través de él. Se llama Thomas Doolittle.
—Gracias por el consejo. —A. J. se marchó a toda prisa. Por fin cerré la puerta.
Su petición me recordó que debía mirar el móvil, pero me llevé un chasco.
—Thomas no me ha enviado todavía las recetas de Phoebe. Señal de que va a ser un día ajetreado.
—¿Por qué no sigues tu propio consejo? —propuso Baz.
—¿A qué te refieres?
—Busquemos a Thomas en el hotel, y que nos dé las recetas. Y de camino picamos algo en El Sótano.
—¿Te he dicho alguna vez que eres un genio?
Baz consultó el inexistente reloj de su muñeca.
—Han pasado más de diez minutos. Ya estás tardando.
Nuestro apetito, cada vez mayor, me impulsó a completar en tiempo récord y con la ayuda de Baz las tareas posteriores al cierre de la tienda.
Recorrimos las dos manzanas de Pleasant Avenue que nos separaban de Main Street y llegamos al histórico Hotel Yarrow Glen.
Construido a principios de siglo, estaba situado entre dos hileras de árboles de hoja perenne.
Era un edificio blanco y simétrico que contaba con un acogedor porche y un vistoso balcón de las mismas dimensiones en el segundo piso.
Dos grandes jarrones flanqueaban la puerta y proporcionaban un estallido de color gracias a sus flores de color burdeos.
Entramos en el modesto vestíbulo. A la derecha había una bonita escalera con balaustrada, pero lo que llamó mi atención fueron los troncos ardientes de la chimenea.
Alrededor de esta había una zona para sentarse con un sofá Chesterfield y dos sillones orejeros a ambos lados de lo que parecía una mesa de centro de nogal antigua.
El lustrosísimo suelo de madera estaba cubierto con una alfombra de estampado oscuro.
Otra alfombra alargada a juego conducía hasta el ornamentado mostrador de recepción, que se encontraba al fondo.
Cuando entramos al hotel ya teníamos un hambre voraz, así que decidimos que Thomas podía esperar.
Con un rápido saludo con la mano para eludir a Constance, la charlatana recepcionista, enfilamos el pequeño pasillo situado a la izquierda del pintoresco vestíbulo.
Al fondo había una puerta roja con la lista, impresa en un papel ajado, de las bandas acústicas que tocaban cada fin de semana después de las ocho.
El bar no tenía cartel, pero eso no era ningún problema para la clientela.
Aunque el hotel había cambiado de dueño muchas veces a lo largo de su historia, El Sótano, que en sus orígenes hacía las veces de bodega, seguía siendo el lugar de reunión preferido de los lugareños.