Capítulo uno #4
Como Archie me había explicado, lo de hacerse vegana había sido un trampolín en su carrera, pero su seña de identidad era ser una « influencer de la autenticidad», fuera lo que fuera eso.
En resumidas cuentas, se veía a sí misma como la próxima Oprah.
Y viendo lo mucho que influía su carisma en la gente, tal vez lo consiguiera.
Aun así, no dejaba de lamentar el dinero que me iba a costar cada una de esas nuevas peticiones. Casi oía el incesante tintineo de una caja registradora antigua mientras unos símbolos del dólar daban vueltas por encima de mi cabeza.
—Comprendo perfectamente tus reservas —dijo, colocando una mano sobre la mía como para darme el pésame por mis finanzas—. Es por mi editorial. Ellos son los expertos, yo me limito a hacer lo que me piden y Thomas garantiza que así sea. Cuando él está presente, tengo que ceñirme a las reglas.
Thomas se llenó de orgullo. Phoebe lo tenía totalmente engañado, pero yo sabía muy bien quién dirigía el cotarro. El modus operandi de Phoebe —halagarte para que hicieras lo que ella quería— me resultaba bastante obvio.
—¿Puedo ponerme en contacto contigo en caso de que me surja alguna duda? ¿Te alojarás en el hotel de Yarrow Glen? —le pregunté.
—He alquilado una casa en las afueras del pueblo.
Necesito intimidad porque mis seguidores y los paparazzi están pendientes de todo lo que hago.
Pero puedes llamar a Thomas si quieres algo.
Él sí se queda en el hotel. Tengo plena confianza en que él sabrá lo que necesito.
—Volvió a sonreírle, lo cual me empezó a resultar molesto.
Si le hacía más la pelota, Tom-Tom iba a salir rodando.
En ese momento entró la señora Schultz seguida de Archie, que traía otra caja de libros. La colocó encima de la caja anterior.
—Listo —dijo mientras sacudía los brazos—. Tu coche está enfrente de El Colmado de Lou. —Archie le devolvió la llave.
—Gracias, cielo. —Le sonrió. Archie estaba entregado.
—Cuqui está descansando tan a gusto en el asiento de atrás —anunció la señora Schultz, que parecía encantada de complacer a Phoebe.
¡No! ¡La señora Schultz también no!
—Madre mía, Willa. Te ha tocado la lotería con estos dos —dijo Phoebe.
Estaba claro que le gustaba dorarle la píldora a la gente, pero en esa ocasión llevaba razón.
Se dirigió hacia la puerta delantera.
—Creo que nuestro trabajo aquí ya ha terminado —anunció.
Y el mío acaba de empezar.
Thomas cerró la tapa de su tableta.
—Seguimos en contacto —me dijo.
—Ah, una cosa más —dijo Phoebe—. Necesito que me prestes a Archie mañana.
Aunque me sorprendió, Thomas pareció sorprenderse aún más.
—Me temo que no podrá ser —dije—. Necesito que alguien me eche una mano, sobre todo con todas estas nuevas peticiones…, quiero decir, novedades.
—No te preocupes, Thomas te ayudará. Es un hacha en esto.
—Entonces se dirigió a Archie—. Me vendría muy bien que trajeras tú los libros y los carteles de mañana y, sobre todo, que me ayudaras con Cuqui.
Está enamorado de ti y él no se va con cualquiera.
—Miró aposta a Thomas y volvió a centrarse en Archie—.
Me serías de gran ayuda en la casa. Seguro que Willa no quiere que llegue tarde y agotada a la presentación.
Phoebe no me iba a engatusar, pero Archie parecía un cachorrito al que le acababan de dar una pelota de tenis para que jugara en el jardín. No quería chafar lo que para él sería, supuse, una oportunidad única: pasar tiempo en compañía de Phoebe Winston.
—¿A qué hora necesitas que vaya? —le pregunté.
Phoebe sacó el teléfono y tecleó algo en él. Luego se lo pasó a Archie.
—Escríbeme tu número y yo te llamaré.
—Yo puedo apuntar esa información —dijo Thomas mientras abría la tableta y se colocaba en medio de ambos.
—Hablaré yo con él directamente. —Phoebe se quedó mirando a Thomas hasta que este volvió a cerrar la tableta y se colocó al otro lado como un niño que hubiera recibido una reprimenda.
Ella volvió a depositar su atención en Archie, y su tono se suavizó de nuevo—: El coche estará en el hotel.
Puedes pedirle la llave a Thomas. Te mandaré mi dirección cuando esté preparada para que vengas.
Puedo contar con tu discreción, ¿verdad?
Thomas es el único que sabe dónde me alojo.
Archie apenas consiguió asentir con la cabeza. Con su habitual carácter afable, rara vez se quedaba sin palabras. Estaba clarísimo que estaba hechizado.
—Desde el primer momento he sabido que eras un auténtico ángel —le dijo Phoebe.
Y luego a mí—: Nos vemos mañana entonces.
No me cabe duda de que se cumplirán todos nuestros requisitos para que mis seguidores asistan a una presentación perfecta.
Lo único que tenemos que hacer es… —Esperó a que yo acabara la frase.
—¿Unas cuantas llamadas telefónicas? —Me arriesgué.
—Manifestar nuestra intención —me corrigió y sacudió hacia mí un dedo perfectamente cuidado—. Tienes que volver a leer mi libro, Willa.
Lo añadiré a mi lista de cosas pendientes.
Phoebe Winston partió con majestuosidad, con Thomas detrás, tal y como había llegado: como un ciclón. Y yo era Dorothy, atrapada en el vórtice.