Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2) Capítulo uno #2
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Capítulo uno #2

Hasta ese momento me sentía bastante satisfecha con mi aspecto.

A veces recibía piropos por mis ojos azules, y el flequillo me tapaba la frente ancha.

No me importaba tener el rostro redondeado y la nariz respingona.

Medía uno cincuenta y siete desde séptimo curso, pero mi estatura tampoco me había preocupado nunca, salvo cuando necesitaba alcanzar algo de las estanterías superiores.

Y aunque me había ganado mis muslos de piel de naranja con una dieta rica en queso, aún tenía la cintura marcada.

Sin embargo, en ese momento, al lado de la escultural y hermosa Phoebe Winston, no pude evitar sentirme algo molesta por el resultado de la lotería genética.

Con la barbilla perfecta levantada, tal vez más de lo necesario, permanecía a la espera de que alguien acudiera a darle la bienvenida. Accedí.

—Phoebe, hola. Soy Willa Bauer. Encantada de conocerte.

Sus múltiples anillos se me clavaron en la mano cuando me la estrechó.

—Ya nos tuteamos, qué bien. —Tras su sonrisa, tan blanca que rozaba lo antinatural, me dio la sensación de que a lo mejor no le parecía tan bien.

Una cabeza blanca y peluda, no más grande que una pelota de béisbol, con las orejitas caídas emergió del gran bolso que le colgaba del brazo. Oh, no…, el famoso perro de Phoebe. Tendría que haberlo imaginado. Era una auténtica monada, pero por ahí no iba a pasar.

—Es adorable, pero lo siento en el alma; no puede estar aquí. Son normas del Departamento de Sanidad —dije. El perro ladró, un ladridito agudo, como si quisiera protestar—. Lo sé —le dije—. Eres monísimo y lo siento.

Archie salió de su trance y se acercó para calmar al animal con palabras afectuosas. Ya le había visto hacer eso otras veces con su chihuahua, que lo adoraba, y pareció funcionar con el bichón maltés de Phoebe y, por extensión, con su dueña.

—Tienes buena mano con los perros —le dijo ella a Archie—.

Le caes bien. —Con una sola mano, sacó al acicalado perrito del bolso y se lo colocó en el hueco del codo.

Casi parecía un peluche, con los ojos negros y brillantes y una nariz de botón en contraste con el pelaje blanco del resto del cuerpo.

—Hola, Cuqui —arrulló Archie.

—¿Te sabes su nombre? —Phoebe pareció encantada.

—¡Claro! —De pronto, al darse cuenta de que acababa de quedar como su seguidor número uno, continuó con timidez—: Lo… lo vi en Instagram. Si quieres, puedo quedarme fuera con él.

Phoebe le pasó el perro, que comenzó a lamerle la cara de inmediato.

—¿Y tú cómo te llamas? —preguntó ella.

—Archie.

—Encantada de conocerte, Archie.

Fue, sin duda, un saludo mucho más cálido que el que yo había recibido.

Sonó incluso un poco coqueto. Archie tenía la cara cubierta de pecas, salvo en la zona de la mejilla izquierda, donde se apreciaba una mancha de nacimiento color vino; en ese momento, sin embargo, su pálida tez se sonrojó ligeramente.

—¿Te importaría meterlo en el coche? —le preguntó ella.

Me sorprendió que Phoebe hubiera accedido sin rechistar. Archie hacía milagros.

—Yo puedo ocuparme… —comenzó a decir Thomas.

—Thomas, ¿le das a Archie la llave? —lo interrumpió Phoebe.

En silencio, Thomas le pasó el llavero que tenía en el bolsillo.

—¿Es ese coche? —Archie señaló el Range Rover blanco que se veía desde el escaparate y que bloqueaba el lado más cercano de la calle—. Vas a llamar mucho la atención si lo dejas allí en doble fila. ¿Quieres que te lo aparque bien?

—Buena idea, Archie. Gracias. ¿Lo ves, Tom-Tom? Eso es tener iniciativa —dijo.

Thomas bajó la vista hacia sus Nike blancas impolutas con aire avergonzado.

Ella volvió a prestarle atención a Archie.

—Puedes poner a Cuqui en su cuna, que está en el asiento trasero. Y, de paso, ¿serías tan cielo de traer las cajas de libros firmados del maletero? Necesito la fuerza de tus músculos.

Tuve que apretar los labios cuando crucé la mirada con la señora Schultz, porque sabía que se estaba riendo por dentro, al igual que yo.

Había una retahíla de adjetivos positivos para definir a Archie, pero «fuerte» no aparecía en la lista.

Era desgarbado, con unos brazos y piernas larguiruchos que ni su camiseta ni sus pantalones cortos de camuflaje lograban disimular.

Sin embargo, el halago de Phoebe pareció funcionar porque su entusiasmo era obvio.

—Claro que sí. —A Archie le faltó tiempo para salir de la tienda con el perrito.

Presenté entonces a la señora Schultz, quien, tras varios cumplidos y para sorpresa mía, también pareció engatusada por la carismática Phoebe Winston.

Cuando se enteró de que la señora Schultz en el pasado había sido profesora de teatro en un instituto, ambas se pusieron de inmediato a cantar a pleno pulmón el estribillo de There’s No Business Like Show Business .

La señora Schultz, con su pelo corto rizado y su amplia sonrisa, adquirió entonces un aire a Ethel Merman que nunca antes le había visto.

Cuando acabaron, Phoebe le dijo:

—¿Puedo pedirle un favor enorme? No hay agua para Cuqui en el coche y no quiero que pase calor.

—Claro, ahora mismo le llevo agua —contestó la señora Schultz.

—De botella, si no le importa.

—Ah, claro, por supuesto.

—En un cuenco de cerámica. No usamos plásticos. —Phoebe arrugó la nariz al pronunciar la palabra «plásticos».

—No hay ningún problema. —La señora Schultz se dirigió hacia la parte de atrás de la tienda y cruzó la puerta batiente para entrar en el almacén y satisfacer la petición de Phoebe.

El cierre de la puerta delantera no había servido de mucho.

Chet, el ayudante de la destilería de hidromiel, entró tan tranquilo.

El pelo revuelto, que le llegaba a los hombros, le cubría los angulosos rasgos del rostro y sus expresivos ojos que en ocasiones parecían esconder pensamientos profundos.

Se detuvo en seco al ver a Phoebe. Daba la impresión de que la chica provocaba ese efecto en la gente.

—¿Te conozco? —le dijo ella a Chet.

—Eh… Vengo a ver a Willa —contestó él con incomodidad.

—Hola, Chet. No me digas que tenía que haberle preparado una tabla de quesos a Roman —dije.

Era yo quien le suministraba el queso a Roman, el propietario de la destilería de hidromiel El Valle de Oro, para las catas.

Roman y yo, además, éramos buenos amigos y poco a poco avanzábamos hacia la posibilidad de algo más.

—No sé nada de una tabla de quesos —dijo Chet, para alivio mío.

Por un breve instante, vi que Phoebe le hacía un gesto silencioso con el ceño fruncido a Thomas antes de volver a exhibir la misma sonrisa que había desaparecido en el instante en que la señora Schultz se fue al almacén.

Thomas carraspeó y se dirigió a Chet.

—Lo siento, pero tenemos que restringir la presencia de seguidores en la tienda para preparar el acto de mañana por la noche.

—¿Seguidores? —dijo Chet mientras nos miraba a los tres con ojos inquisitivos—. Disculpa, pero no sé de qué me hablas. —Se volvió hacia mí y añadió—: Aunque soy muy seguidor tuyo, Willa.

Me eché a reír.

—Gracias, Chet. Chet trabaja en la destilería de enfrente —les expliqué a Phoebe y a su ayudante—. Deberíais pasaros por allí cuando acabemos. Puedo presentaros a Roman. ¿Habéis probado el hidromiel? Es una bebida alcohólica que se prepara con miel. Ay, espera, ¿eso hace que no sea vegano?

—De todos modos, no tengo tiempo. Tom-Tom, a ver la lista. —Phoebe chascó los dedos, y Thomas retiró la tapa del iPad tan raudo como un soldado raso que golpea los talones a la orden de firme de su sargento. La chica parecía deseosa de que Chet se marchara.

Él la ignoró y se dirigió a mí:

—Se suponía que había quedado con Ginger al salir de trabajar, pero no está.

—Ginger, su novia, trabajaba en la librería cafetería que se encontraba a un par de edificios de ¿Qué Sería?

—. Tengo el teléfono sin batería y es posible que me haya mandado algún mensaje.

He pensado que a lo mejor tú la habías visto.

—Lo siento, pero no. A lo mejor sigue trabajando. ¿La cafetería ya ha cerrado?

—¿Os referís a Ginger O’Donnell? —interrumpió Phoebe, cosa que me pilló por sorpresa.

—Exacto —dijo Chet.

—Ginger es amiga mía. Fuimos a la escuela de cocina juntas. Me enteré de que se había trasladado aquí, pero no sabía si aún vivía en el pueblo. Esperaba verla. ¿Serías tan cielo de decirle que he venido a Yarrow Glen?

—Claro. ¿Quién eres? —Osó preguntar Chet.

Thomas resopló y exclamó:

—¡Es Phoebe Winston!

Chet chascó los dedos.

—¡Ah, sí! La de los panfletos de Willa. Ginger nunca me ha hablado de ti, pero se lo diré.

—Dile que le envié un mensaje la semana pasada, aunque no sé si sigue teniendo el mismo número. Han pasado varios años.

—Claro, se lo diré. Nos vemos, Willa.

—¡Que encuentres a Ginger! —contesté.

Al salir, sujetó la puerta para que Archie entrara con una caja pesadísima decorada con el logo de la editorial.

—¿Dónde dejo esto, Willa? —preguntó Archie con la voz tensa por el esfuerzo.

—En el suelo, junto a la caja registradora —dije.

Al momento, oí que la caja de libros caía con un ruido sordo.

La señora Schultz salió entonces de la trastienda con un cuenquito de cerámica y una botella de agua mineral, tal y como le habían ordenado.

Ella y Archie fueron juntos a la calle. En cuanto ambos pusieron un pie en la acera, Thomas cerró la puerta.

Phoebe volvió a centrar toda su atención en mi tienda.

—Bueno, vamos al lío. —Miró a su alrededor, pero no supe con exactitud qué sentimientos le provocaba lo que veía.