Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2) Capítulo uno
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Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2)

Lo que el gouda se llevó (Misterios En La Quesería 2)

Por Korina Moss

© inepub.com

Capítulo uno

CAPÍTULO UNO

— Q ueso a la cerveza bávaro.

Deslicé por el mostrador de degustaciones el pequeño cuenco con mi versión del obatzda alemán, como un camarero al servir una birra, para la pareja de mediana edad que tenía delante. Sin embargo, como buena quesera, le había dado una ventaja considerable al queso, en detrimento de la cerveza negra.

—Es diferente del queso a la cerveza estadounidense —continué—.

Los alemanes inventaron esta receta para aprovechar el queso blando antes de que se echara a perder.

Se mezcla con mantequilla y especias. El tono anaranjado lo aporta el pimentón.

Se puede elaborar con una combinación de camembert, brie , queso crema, pero también existe una versión más auténtica con un queso bávaro fuerte.

En este caso he mezclado ambos: camembert y romadur.

Extiendan un poco en ese pan de pretzel y díganme qué les parece.

La pareja había entrado en busca de alguna idea original para la reunión previa al partido de fútbol que se iba a disputar entre dos grandes rivales: California y Stanford. Me di cuenta de que, después de oler la penetrante mezcla, aún tenían dudas.

Archie, mi fiel amigo y empleado, se encontraba a mi lado, detrás del mostrador, observando la conversación. Yo era su mentora desde la primavera anterior, cuando comenzó a trabajar en mi tienda.

—Les comprendo —les aseguró Archie—. A mí también me daba un poquito de miedo probarlo cuando lo preparamos. Lleva unos sabores intensos, pero está delicioso, créanme.

Debieron de confiar en el afable diecinueveañero, porque agarraron un pedazo del pan de pretzel con sal de la cesta, extendieron la crema generosamente y se lo metieron en la boca con arrojo. Asintieron con una sonrisa de satisfacción.

—Qué bueno está —dijo el marido mientras untaba más.

—Por algo existe desde la década de 1920 —dijo Archie al tiempo que les pasaba una de las fichas que habíamos escrito esa mañana con la receta.

Me aparté para que él se encargara del cobro con la señora Schultz, que también llevaba conmigo desde la apertura de mi tienda ¿Qué Sería?

, hacía siete meses, y que ahora permanecía al lado de Archie en el mostrador de caja.

Bajo el delantal, la señora Schultz llevaba una blusa, un pañuelo colorido al cuello y una falda de tablas que dejaba al aire sus bonitos tobillos.

Era algo de lo que se sentía muy orgullosa, ya que estaba «en plena sesentena», como a ella le gustaba decir.

Esa mañana les había explicado, a ella y a Archie, la historia del queso obatzda mientras experimentábamos con varias recetas hasta dar con esa mezcla, la mejor de todas.

Al otro lado del escaparate, las hojas, de un intenso rojo anaranjado, aún colgaban de los árboles de Júpiter que salpicaban la acera de Pleasant Avenue y que incitaban a preparar recetas otoñales contundentes.

Esa era otra de las cosas que me encantaban del queso: que nunca estaba fuera de temporada.

Mientras Archie cortaba y envolvía los quesos que la pareja había decidido comprar, me fijé en un chico de veintitantos años que se acercaba vacilante a la tienda sin apenas atreverse a cruzar el umbral.

Se daba un aire a Clark Kent, con el pelo engominado, unas gafas de pasta oscuras y la camisa abotonada hasta la nuez.

Como el alter ego de Superman y a pesar de su aspecto modesto, también tenía unas facciones atractivas y un cuerpo atlético.

Al acercarme a recibirlo, noté que entraba una brisa fresca que en ese momento atribuí a un cambio en el fabuloso clima de octubre en Yarrow Glen, que por lo general se mantenía en los 20 °C, aunque bajaba a medida que nos acercábamos a noviembre.

Sin embargo, días más tarde, me plantearía si no fue una señal de lo que estaba por venir.

—¿Puedo ayudarle? —le pregunté.

A pesar de la indecisión en su lenguaje corporal, observaba la tienda con mucha atención.

Seguí su mirada mientras me preguntaba qué pensaría encontrar cuando se plantó frente a la puerta abierta.

La tienda ¿Qué Sería? estaba diseñada para explorarla de cerca.

Solo entonces apreciabas las variaciones en la textura y el color de los quesos, y te atrevías a aspirar la intensidad de sus fragancias.

En mi negocio había quesos enteros recubiertos de cera y cuñas envueltas procedentes de todo el mundo que, apilados en mesas antiguas de patas torneadas, destacaban entre los distintos botes de condimentos, aceitunas y mermeladas.

Las estanterías recicladas que ocupaban una de las paredes estaban abarrotadas de más quesos curados mientras que enfrente, en el mostrador de caja y en el de degustaciones, se exhibían los quesos blandos en vitrinas refrigeradas.

Cuando por fin recuperé su atención, me preguntó:

—¿Trabaja usted aquí?

Bajé la vista hacia mi delantal de ¿Qué Sería? color trigo que llevaba encima de una blusa blanca de algodón y unos pantalones caqui y que dejaba más que clara la respuesta a su pregunta. Tenía, incluso, la blusa remangada.

—Sí, soy la propietaria, Willa Bauer. ¿En qué puedo ayudarle?

—Ah, eres Willa Bauer. —Se relajó de forma patente—. Hemos hablado por teléfono. Soy Thomas Doolittle, el ayudante personal de Phoebe Winston. —Hablaba con un ligero ceceo e hizo un esfuerzo por sonreír.

—¡Sí, claro! Thomas, encantada de conocerte.

Le extendí la mano para saludarlo como es debido. Él sacó la suya del bolsillo de los vaqueros y por fin avanzó un poco más hacia el interior del local para estrechar la mía. Me di cuenta de que en la otra mano llevaba una tableta.

Se inclinó hacia mí y me dijo en voz baja:

—Lo… lo siento, pero van a tener que salir del local. —Señaló a los del queso a la cerveza, que seguían pagando su compra.

—¿Perdón?

—Phoebe ha venido para echar un vistazo a la tienda antes de la presentación de su libro de cocina, que tendrá lugar mañana, y no queremos que nadie la moleste.

—Son clientes míos, no seguidores de Phoebe.

—Todo el mundo quiere algo de Phoebe, aunque no sean seguidores suyos.

—Pues lo siento, pero esta tienda es para mis clientes…

—Thomas, no seas bobo. —Quien acababa de entrar no era otra que la mismísima Phoebe Winston.

Reconocí a la despampanante joven de veintiocho años gracias a mi labor de búsqueda en las páginas de cotilleos sobre famosos, pero cualquiera se habría dado cuenta, a simple vista, de que se trataba de alguien importante.

La gente normal no tenía esa piel radiante ni esa postura perfecta ni ese halo inefable a su alrededor.

Su presencia llenaba el local. Los clientes del queso a la cerveza la miraron y también lo percibieron.

La señora Schultz y yo habíamos oído hablar de Phoebe Winston, pero no sabíamos casi nada sobre ella hasta que la empresa de queso vegano con la que trabajamos se puso en contacto con nosotras para llevar a cabo la presentación de su nuevo libro de cocina/autobiografía/autoayuda titulado Mi auténtica yo; un viaje hacia la bondad, la autenticidad y el veganismo .

Sin embargo, no podíamos decir lo mismo de Archie.

Hacía seis años que había visto la temporada completa de Dale caña , un concurso de telerrealidad a medio camino entre Gran Hermano y el programa de cocina Trinchado , en el que había aparecido Phoebe Winston.

Los distintos capítulos, retransmitidos tres veces por semana, mostraban la vida en común de los participantes y su competición en la cocina, aunque los espectadores podían mantenerse conectados las veinticuatro horas del día a través de la aplicación.

Después de aquello, Phoebe Winston se convirtió en la nueva estrella de los realities .

Archie nos había confesado que fue su primer amor platónico adolescente.

Por eso ignoré el hecho de que la pareja del queso a la cerveza pareciera invisible a sus ojos, que ahora solo miraban a Phoebe.

La señora Schultz terminó con el cobro, y la pareja se marchó agradecida echando un último vistazo atrás.

Phoebe le lanzó un gesto casi imperceptible a su ayudante Thomas que, como era previsible, cerró la puerta cuando salieron los clientes.

Salvo en casos de mal tiempo, la puerta siempre permanecía abierta en horario comercial para incitar la entrada de los transeúntes, pero ese día haríamos una excepción.

Recibir a una famosa como ella para que diera una charla e hiciera una demostración culinaria en mi pequeña tienda había sido todo un golpe de suerte.

Su estilo de vida estaba en auge, y sus seguidores en redes sociales eran fieles y devotos.

Tardaría horas en describir el aspecto estilizado y deliberadamente casual de Phoebe Winston: una chaqueta blanca corta sobre un jersey fino a juego remetido por unos pantalones anchos de color rosa metalizado que se ajustaban perfectamente a su estilizada figura.

Con ese atuendo, yo habría parecido un malvavisco sudoroso.

Su espesa melena rubia era igual de impecable y sencilla, con la raya en medio y las puntas desflecadas por debajo de los hombros.

Algo avergonzada, me coloqué el pelo corto detrás de las orejas y me revolví el flequillo con la esperanza de disimular las hebras grises prematuras que asomaban como luces de neón contra mi cabello negro azabache.

Dios mío, si solo tenía treinta y tres años…

Hacía poco había hablado con mi madre por teléfono y, al quejarme de las canas, me dijo que ella nunca se había quejado de las suyas, ganadas con largas jornadas de trabajo en la granja.

Si me preguntaran, diría que es una recompensa bastante chunga para un trabajo tan duro.