Lo que el fuego no devuelve Capítulo 34
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Capítulo 34

Yo llevo el agua y recojo las planchas y las subo a la faja de arriba, que es lo que hacía a los once años.

— El divendres et van citar — dice.

— Quantes voltes més?

— No lo sabe nadie. El abogado dice que entre seis y quince en tres años.

— Bo — dice, y no dice nada más de eso.

Y en veinte minutos de descanso me cuenta lo demás como cuenta este hombre las cosas, que es sin ordenarlas y sin darles importancia y sin volverse: que el día 11 estuvo en el chalé de Vila-real una comisión judicial con dos secretarios y una furgoneta y que estuvieron desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde bajando por la escalera, de dos en dos, ochocientas doce carpetas de anillas de lomo ancho con la etiqueta blanca escrita a mano; que se las llevaron todas y que hicieron un acta de cuarenta páginas; que su hermana estuvo las diez horas de pie en el pasillo sin sentarse ni una vez, y que cuando el último de los dos secretarios le pidió que firmara el acta, la firmó y le dijo dónde estaban las tres carpetas de 2019 porque las habían cogido desordenadas.

— Se les va dir ella — dice mi padre.

— Ya.

— Perquè estaven mal posades.

Y después se levanta de la piedra con las dos manos apoyadas en las rodillas, se sacude la pernera, coge el hacha corta del suelo y se va hacia el siguiente pie por la faja de arriba, y a los cuatro pasos se para, sin volverse.

— La firma la vam fer el dijous — dice —. La de Betxí.

— El dieciocho, papa. Estuviste tú delante.

— Ja ho sé — dice —. T'ho dic per si no t'havies enterat.

———

La escritura de La Vella la firmamos el jueves 18 de junio a las once de la mañana en una notaría de Onda, y lo que firmamos es una compraventa, con su precio y su medio de pago, sin donación, sin pacto sucesorio y sin que la haya redactado nadie de esta familia.

En la escritura entran la parcela, las cuatro naves, la chimenea, el pozo, el contador de agua de calibre cuarenta dado de alta el 14 de octubre de 2016 y una instalación de cocción de ciento diez metros con su número de fabricación, todo ello con la carga judicial que tiene y con la que le venga, por un precio que se dice en voz alta delante del notario y que se paga con un préstamo a doce años que me ha dado un banco de esta provincia después de tres reuniones en las que dos hombres de traje me preguntaron por un expediente abierto y yo les contesté con la cifra.

Roc Bonastre Ferrandis firma de vendedor con su nombre y sus dos apellidos y con la mano derecha, y esa mano no tiene la falange del índice desde el año setenta y seis.

Después firmo yo de comprador, y firmo con los míos, que son Bonastre y Vilaplana, que están en mi documento de identidad desde 1993 y que no me los ha dado ni me los ha quitado nadie esta mañana.

Y luego, en el mismo despacho y con el mismo notario, firmo cuatro folios más que traía yo preparados desde hace nueve días, que son las renuncias a todos los cargos que tengo en las tres sociedades operativas del grupo, con efectos inmediatos, sin indemnización y sin plazo de preaviso.

No me lo ha pedido ninguna junta y ninguna junta me lo iba a pedir, porque en esta casa lo que se hace es dejar de llamarte.

Mi padre me mira firmar las cuatro, una a una, y no dice nada, y no dice nada tampoco cuando la notaria le pregunta si quiere que conste algo más en el acta, y en treinta y dos años yo no he visto a este hombre callarse delante de un papel que no le gusta.

Y a las once y cuarenta, en el rellano, ya con el ascensor de rejilla abierto, hace lo único que hace este hombre desde que yo tenía cuatro años, que es alargar la mano derecha y ponérmela en el hombro tres segundos con el muñón por delante, y no me dice hijo, y en treinta y dos años no me lo ha dicho delante de nadie y hoy tampoco hay nadie delante.

———

A mi primo lo veo el 23 a la una y media de la tarde en un bar de la carretera de Almassora, y lo veo porque me llama él a las doce y cuarenta y me pregunta tres veces por teléfono si me viene bien antes de decirme para qué.

Está más delgado y lleva una camisa de trabajo con el nombre de una empresa que no es de nadie de esta familia bordado en el bolsillo, y trabaja de lunes a viernes de siete a tres en un almacén de material de construcción de Almassora, y lo primero que hace cuando me siento es enseñarme una foto del almacén en el móvil, y en la foto no hay nada, es un pasillo de estanterías con sacos.

— Ochocientas referencias — dice —. Yo me sé dónde está cada una. Sin mirar. Me lo sé.

— Ya.

— Es que no me lo crees.

— Ximo, que sí que te lo creo.

Pide dos cafés sin preguntarme y se los paga él, que es lo primero de esas dos cosas que hace en su vida y lo segundo también.

Habla veinte minutos del encargado, de una moto que se ha comprado por fin y que la tiene sin matricular, y de una chica de Almassora que no es la de hace un año y de la que ya no tiene que decir nada su madre.

Y a las dos menos cinco, con la taza vacía y el móvil boca abajo encima del mármol, me hace la pregunta por la que ha llamado.

— ¿Va a entrar?

— No lo sé.

— Jaume.

— No lo sabe nadie, y el que te diga que lo sabe te está mintiendo — digo —. Hay tres peritos con ochocientas doce carpetas y catorce meses de trabajo por delante, y después va un instructor, y después va una sala. Y sí, puede entrar.

Mi primo se queda mirando el mármol de la barra un rato largo.

— Yo declaré cuatro horas — dice —. Novecientas once fotos. Una por una, con la fecha y el sitio. Y me preguntaron catorce veces lo de aquella noche y catorce veces conté lo mismo, y a la doce me puse a llorar delante de dos señores y de una que escribía.

— Ya lo sé.

— No me rayes con que ya lo sabes — y coge el móvil y le da la vuelta y lo vuelve a dejar boca abajo —.

Es que yo no lo he hecho por ti, ¿eh? Ni por la de las baldosas.

Yo lo he hecho porque yo estaba abajo, en el coche, con el móvil al doce por ciento, y llevo seis años contándole a la gente que aquella noche fue otra.

Se levanta antes que yo. En la puerta del bar, ya con las gafas de sol puestas, se para.

— Los jueves subo a verla — dice —. Está bien. Come.

———

Raquel Benlloch aparece en el Grau el 23 de junio a las nueve y veinte de la noche, y aparece andando, con un polo azul marino sin nada escrito y unas zapatillas de calle, entre familias que bajan a la playa con neveras portátiles y sillas plegables.

— Vengo de trabajar — dice —. Y no vengo a por usted.

— Ya lo sé.

— Ya, pero lo digo igual, que si no perdemos veinte minutos.

Nos apartamos a la acera de enfrente, junto a un muro, y me cuenta en once minutos lo que hay, con la voz plana de la funcionaria que ha explicado lo mismo trescientas veces y sin suavizarme una sola cosa.

Que las ochocientas doce carpetas están en un depósito judicial y que hay tres peritos trabajando con ellas y que van a tardar catorce meses.

Que Neus Bonastre Ferrandis declaró como investigada el día 16 y que estuvo dentro cuatro horas y cuarenta minutos y que salió por su propio pie.

Que la Fiscalía ha apoyado el recurso de revisión de la sentencia de 2019 y que eso no es una absolución de nadie y que conviene que se lo digan a la familia claro y pronto, porque la gente oye revisión y entiende otra cosa.

Que Antonio Falguera Garcerán tiene informe favorable de la junta de tratamiento y propuesta de tercer grado para septiembre, con la parte que le toca escrita en un papel y firmada por él, incluida la puerta.

Y que de todo lo que hay en ese expediente, lo que más ha valido no es la libreta, ni el cuaderno, ni el contador de agua, ni los cuatro folios que llevé yo el 18 de mayo, sino cuatro horas de declaración de un hombre de treinta y tres años reconociendo novecientas once fotografías una a una, y que eso conviene que se lo digan a él y en voz alta, porque él no lo sabe.

— ¿Y usted? — digo.

— Yo llego tarde — dice Raquel Benlloch —. Se lo dije a otra persona en abril en una cafetería de la avenida del Mar y no me hizo ningún caso, y menos mal.

Se va andando hacia la avenida, entre la gente que baja a la playa con las sillas plegables y las neveras portátiles, sin darme la mano y sin decir adiós, y a los diez metros levanta la mano por encima del hombro sin volverse, que es la tercera vez en cuatro meses que esta mujer se despide de alguien de esta historia exactamente igual.

———

Me llaman a las diez menos cuarto y contesto de pie en la arena, con los zapatos en la mano, el mar negro delante y las hogueras de toda la orilla todavía sin encender.

Es el que lleva ahora la ruta del sur, que es un hombre que trabajó doce años para el grupo y ahora trabaja para mí porque en Transportes Saguer los dieciocho conductores se vinieron enteros y sin que yo tuviera que llamar a ninguno.

Me cuenta que esta tarde ha habido un coche parado dos horas en el camino viejo de Betxí, delante de la casa de un hombre de setenta y cuatro años, y que cuando él ha pasado con el 7 se ha ido, y que era la segunda vez esta semana.

— ¿Sabes de quién es?

— Sí.

— Bien — y bajo la voz, que es lo que hago cuando quiero que se me oiga —. Mañana a las seis de la mañana pasas por su nave y le dices delante de su gente que si esa casa vuelve a tener un coche en la puerta, el que va a estar aparcado dos horas en la suya voy a ser yo. Y que yo tengo mucho tiempo.

Cuelgo.

Ona Falguera está sentada en la arena a tres metros, con Núria al lado y con los pies descalzos y la caja de piezas testigo entre las rodillas porque en cuatro meses no ha aprendido a ir a ningún sitio sin material, y me ha oído entero, porque llevo cuatro meses hablando por teléfono a tres metros de esta mujer.

— Qué majo — dice Núria.

— Núria.

— Que es un piropo, mujer.

———

Las hogueras de la Nit de Sant Joan en la playa del Grau se encienden hacia las once, y a las once y media la orilla es una línea de veinte o treinta fuegos separados cincuenta metros unos de otros, con familias enteras alrededor, críos con bengalas, gente de espaldas al agua y gente metida hasta las rodillas saltando olas de un palmo con toda la seriedad del mundo.

La nuestra la hace Núria Falguera con dos cajas de fruta, una silla de anea que ha encontrado en un contenedor de la avenida y media docena de palos de una obra, y la monta mal, con todo apretado y sin dejar aire por abajo, y no deja que la ayude nadie, y le echa dos discursos a la caja de fruta, y a la tercera cerilla arranca.

Amparo Segarra ha venido con su hermana y las dos se han traído sillas plegables y una fiambrera de coca de tomate.

Benet Gimeno está de pie a veinte metros mirando el agua con las llaves colgando del índice, porque este hombre no se sienta en la arena de nadie.

Quico Arnau no ha venido, que ya se lo dijimos y él dijo lo que dice, que a la platja s'hi va de dia i a mirar, i prou.

A las doce menos cuarto, con el fuego ya hecho y la gente de las otras hogueras metida en el agua hasta las rodillas, saco del bolsillo interior de la chaqueta los guantes.

Son de piel de cordero, finos, negros, sin forro, cosidos a máquina, y los compro en la misma tienda de Castellón desde 2013 en lotes de tres pares, y llevo doce años poniéndomelos en marzo, en mayo, en agosto y en una comida de bodas, y los llevo puestos en todas las fotografías que existen de mí desde los veinticuatro años.

Los echo al fuego.

La piel no arde como arde la madera. Se encoge primero, se pone del color del hierro, se retuerce hacia dentro por los dedos y se queda hecha un puño de ceniza que aguanta la forma un rato largo antes de deshacerse, y hace un humo que huele mal y que dura poco, y no aplaude nadie y nadie dice nada, porque aquí somos siete personas alrededor de un fuego y solo tres saben lo que acaba de pasar.

Ona Falguera Miravet no mira el fuego.

Me mira las manos.

———

En el maletero traigo una plancha de corcho de las de este año, de las de la faja de abajo, de un metro escaso y cuatro dedos de espesor, con la cara de fuera gris y agrietada y la de dentro roja y todavía húmeda, que pesa lo que no pesa nada y que huele a monte cuando la levantas del suelo; y he subido a por ella a la una menos veinte con las llaves en la mano y sin decirle a nadie a qué iba, y he vuelto por la arena descalzo con un metro de corteza debajo del brazo entre trescientas personas que no me han mirado, porque la noche de San Juan en esta playa nadie mira lo que lleva nadie.

Y traigo otra cosa.

Un trozo pequeño y negro por fuera, arrancado el 24 de abril de un pie de la vaguada de los que se quemaron en el ochenta y siete, que mi padre me puso en la mano aquella mañana y me dijo que lo partiera, y que se me deshizo entre los dedos en negro y en polvo, y que me guardé sin saber para qué.

Echo la plancha nueva. El corcho bueno arde despacio y con una llama corta y hace un humo blanco y espeso que sube recto porque esta noche no hace nada de viento, y huele a monte.

Y después echo el trozo pequeño.

Por fuera está entero. Aguanta entero encima de la brasa cuatro o cinco segundos, con su corteza gris y sus grietas, sin llama, sin humo y sin encogerse.

Y luego se abre por dentro.