Lo que el fuego no devuelve Capítulo 35
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Capítulo 35

Una caña de las de la romería mide dos metros y pico, pesa lo que no pesa nada y hay que llevarla vertical durante ocho kilómetros, y a la altura del barranco de Fraga se te ha dormido el brazo derecho y te la pasas al izquierdo, y eso lo hace todo el mundo a la vez y siempre en el mismo sitio, y es lo único de esta fiesta que nadie ha organizado.

Salimos de la plaza Mayor con la gente, con el cinto verde puesto y el pañuelo, entre catorce mil personas que andan a la misma velocidad porque no se puede andar a otra, y en cuatro horas y media subimos por el camino de la Magdalena hacia el cerro con las cañas por delante, y a la izquierda queda el mar y a la derecha el Desert de les Palmes con la calima ya subiendo, y por el camino la gente que va delante te tapa y la que va detrás te empuja un poco y nadie se enfada.

Núria va tres metros por delante cantando una cosa que tiene la melodía de una canción que todo el mundo se sabe y una letra que no es la suya, algo sobre una señora que ha traído una caña de dos metros en el autobús de las siete y diez y sobre lo que le ha dicho el conductor, y en el segundo estribillo ya la canta la gente de alrededor, que no la ha oído en su vida.

Amparo Segarra viene con su hermana y con dos sillas plegables de las que se cuelgan del hombro, y a la altura del Camí Fondo dice por primera vez que se sienta y no se sienta.

Quico Arnau no ha venido. Quico Arnau ha cumplido setenta y cinco años el 2 de febrero y tiene desde octubre un contrato de asesoramiento de dos horas al día, de lunes a viernes, firmado, con su nómina y su alta, y de esas dos horas hace cinco o seis, y lo que ha dicho de la romería es lo que dice él de casi todo, que ell ja ha pujat prou vegades a peu a llocs.

Y mi padre está en Betxí, porque hoy le toca turno.

———

La Vella lleva funcionando de verdad desde el 7 de noviembre.

Una línea. Una sola, la tres, la corta, la de los formatos medianos, con su prensa, su secadero, su esmaltadora y ciento diez metros de horno de rodillos que no se ha vuelto a apagar y que ahora está donde tiene que estar y con los papeles que tiene que tener: expediente de reapertura, proyecto visado, licencia ambiental, autorización de emisiones, un inspector que subió en septiembre y estuvo cuatro horas y volvió en enero y estuvo dos, y una placa de acero atornillada en la pared de la sala de control con el número de la instalación.

Catorce personas. Ocho de producción, dos de mantenimiento, dos de expedición, Amparo y yo.

Ocho de esas catorce trabajaron en esta nave antes de agosto de 2019 y las ocho vinieron por su pie, y a dos las llamé yo y a seis las llamó Quico, y con dos de ellas la conversación de la primera semana fue larga y difícil y con una fue muy corta, y ese es el precio del edificio en el que estamos y lo pagamos todos los días un poco.

Amparo Segarra pidió la prejubilación en Valdús en septiembre y la cogió el 1 de octubre, y el 2 de octubre estaba aquí a las siete menos cuarto de la mañana con un metro y una libreta midiendo la sala del laboratorio, y en cinco meses ha montado nueve metros de encimera, un archivo, una muestroteca que empieza en el cero y un sistema de cuadernos de ensayo cosidos de tapas de hule que compra en una papelería de Onda a catorce euros con setenta.

Núria acabó el ciclo en junio con la mejor nota de su promoción y entró aquí en octubre a diseñar producto, y tiene una mesa junto a la ventana del sur y un contrato con su nombre, y en cinco meses ha sacado dos series y ha discutido a Amparo una carta de color, y las dos tenían razón a medias, que es lo peor que puede pasar en un laboratorio.

Y mi padre entró el 15 de septiembre.

Sale del centro de inserción social de Castellón a las siete menos veinte de la mañana, coge el autobús de las siete y diez, hace los veintiséis kilómetros de pie porque va lleno y a las ocho menos cuarto está en el vestuario poniéndose el mono.

Vuelve a las siete de la tarde y duerme allí.

Y los sábados y los domingos que le tocan, también.

Es hornero. No es encargado, no es jefe de nada y no firma un parte, porque eso no puede ser y porque él no lo ha pedido. Lo que hace es lo que sabe hacer, que es mirar por una mirilla y decir a los cinco segundos lo que hay dentro, y estar delante cuando sube y estar delante cuando baja.

En febrero, en un cambio de formato, se equivocó un operario con la velocidad y perdimos hora y media, y mi padre lo vio venir con veinte minutos y no dijo nada, y después me lo dijo a mí en la puerta del vestuario, y le pregunté por qué no lo había parado él.

— Perquè no em toca — dijo.

— Papa, eran hora y media.

— Ja ho sé — dijo, y se guardó el bocadillo en el bolsillo del mono —. I ell demà ho sabrà per a sempre.

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Lo que no está arreglado sigue exactamente donde estaba.

Hay tres peritos trabajando desde julio con ochocientas doce carpetas de anillas en un depósito judicial y calculan que acaban a finales de este año.

Hay un procedimiento abierto en el que Jaume Bonastre Vilaplana ha declarado cuatro veces y va a declarar más, y hay otro en el que la que declara soy yo, y llevo dos, y en la primera estuve tres horas y veinte minutos y salí sabiendo mucho mejor lo que hice el 18 de mayo de lo que lo sabía al entrar.

Mi habilitación está suspendida cautelarmente desde noviembre y por eso los certificados de esta casa los firma Amparo Segarra, que se rehabilitó a los cincuenta y nueve años haciendo un curso de cuarenta horas por las tardes y que no me lo ha echado en cara ni una vez y que me lo va a echar en cara toda la vida.

La sentencia de 2019 se revisó en octubre.

Mi padre no está absuelto. En la sentencia nueva hay dos folios en los que se dice lo que hizo, con la hora y con la puerta, y él firmó ese relato antes de que se dictara, y en esta casa nadie habla de eso y todo el mundo lo sabe, incluidos los ocho que trabajaron aquí antes de agosto de 2019.

Neus Bonastre Ferrandis vive en un chalé de trescientos metros de Vila-real con una habitación en la que hay estanterías metálicas de suelo a techo y no hay nada encima.

Sale a comprar los martes y los viernes.

Su hijo trabaja en un almacén de material de construcción de Almassora, no del grupo, y le va bien, y hace fotos de todo.

Y a la Foia no sube nadie sin avisar.

Eso no lo ha dicho nunca nadie en voz alta y funciona igual.

Hay una era, dos hectáreas de alcornoques marcados con una raya de pintura a la altura del pecho, un pozo, una almazara de 1912 con las dos hojas cerradas y un candado, y una casa de piedra en la que hay dos personas y en la que se levanta uno a las cinco y la otra a las seis menos cuarto.

Los de la cuadrilla de Aín llaman antes de subir a pelar, y llevan treinta años haciéndolo, y ahora llaman igual pero llaman a otro número.

La mujer que sube de Eslida tiene llave.

Benet Gimeno para el coche en la era y no apaga el motor hasta que sale alguien.

Y Roc Bonastre sube tres veces al año, en abril a marcar, en junio a mirar cómo pelan y en octubre a mirar el monte, y las tres veces avisa el día antes por teléfono y las tres veces dice lo mismo, que es que pasaba por allí, y desde la Foia no se pasa por ningún sitio, porque la Foia es el final de un camino.

———

Comemos en la explanada de la ermita, en el suelo, con la fiambrera de Amparo y la tortilla de la tía de Betxí, entre catorce mil personas sentadas en la ladera, y a las tres y media Jaume Bonastre se sienta detrás de mí con la espalda contra una piedra y el sol de plano y las manos a la vista, que las tiene desde junio siempre a la vista.

Y aquí, con la Plana entera abajo y las chimeneas al sur y la caña clavada en la tierra al lado, me hace la pregunta que lleva desde enero sin hacerme y que hoy me hace porque hoy hay ruido y hay gente y así, si contesto que no, se pierde.

— El piso de la calle Enmedio.

— ¿Qué le pasa?

— Que lo pagas desde hace trece meses y duermes en él ocho noches al año — dice —. Y que la de la mercería me para cada vez que bajo, y me pregunta por ti, y yo le contesto que muy bien, y a mí eso me pone de un humor de perros.

— Ya.

— Ya no es una respuesta.

— Luego — digo.

———

Volvemos a Betxí a las nueve y media de la noche.

En la explanada de tierra del final del camino viejo hay ocho coches y una furgoneta, porque el domingo por la noche entra el turno y el turno de esta casa son cuatro personas.

La chimenea de cuarenta metros tiene ahora una escalera nueva y un pararrayos y sigue teniendo el nombre borrado por arriba, y por encima del remate sale humo blanco y recto, y en Betxí hay gente que la sigue usando para saber si va a llover.

Mi padre está en el porche del vestuario acabándose el bocadillo antes de irse a coger el autobús, con el mono puesto y las manos limpias.

— Filla.

— Papa.

— La tres l'he deixada en meseta. Entren a les deu.

— Ya lo sé.

— Ho dic per si de cas — dice, y se levanta, y se sacude las migas de la pernera —. La temperatura puja sola. Lo difícil és baixar-la.

— Eso me lo llevas diciendo desde que tengo ocho años.

— Perquè és veritat des que tu tens huit anys.

Y se va andando hacia el camino con la mochila colgando de un hombro, a coger el autobús de las diez menos veinte que lo lleva a dormir a un edificio de Castellón donde tiene que estar a las once, y desde la puerta del vestuario lo veo llegar a la altura de la tapia del cementerio y girar la esquina.

———

En la nave grande hay veintitrés grados y ese olor a piedra caliente y a esmalte crudo, y la línea tres está parada hasta las diez, y en el horno hay una tanda que entró a las cinco de la tarde y que lleva desde las ocho y veinte bajando.

Doscientas piezas de treinta por sesenta, que es el formato pequeño de la línea tres y el único que podemos hacer aquí sin cambiar la carga del horno.

Es la cuarta prueba de un tono que llevamos desde noviembre buscando y que Núria quiere llamar de una manera y Amparo de otra.

El esmalte lo hemos formulado aquí, con lo que había: el agua del pozo de esta parcela, que lleva hierro y sulfatos y que en esta fábrica fue una lata durante veinte años y que mi padre se pasó dos décadas pidiendo que corrigieran; los lodos de la depuradora de la línea, que hasta noviembre se pagaban por llevárselos; y el polvo del pulido, que es lo que se barre.

Nada de eso vale nada por separado y de todo eso sobra.

Con eso sale un gris que a las cuatro de la tarde tira a verde por un lado y que a las diez de la noche, con la luz de la nave, no tira a nada, y que no está en ninguna carta de color de este sector porque no lo ha buscado nadie nunca, porque a nadie se le ocurre buscar un color en el cubo de los residuos de su propia planta.

Jaume Bonastre está delante de la mirilla dieciocho, en la zona de enfriamiento, con las manos en la espalda y la cabeza un poco inclinada, mirando cómo pasa el material por debajo.

Se ha quedado ahí de pie con el oído bueno hacia el horno, que es lo que hace este hombre desde el 5 de junio cada vez que quiere oír una máquina y no a una persona.

Me pongo a su lado. Cojo el cuaderno de la mesa, apunto la hora y la lectura de la zona dieciocho, firmo la línea y lo dejo abierto con el lápiz atravesado en el canto.

— He avisado a la de la mercería — digo —. Dejo el piso el 30 de junio.

— Otra vez — dice Jaume.

Me pongo a su izquierda, en el lado por el que no oye, y no repito nada. Dentro del horno hay doscientas piezas bajando despacio hacia un color que no existía, hecho con lo que a los dos nos sobraba.