Lo que el fuego no devuelve Capítulo 33
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Capítulo 33

Un horno de ciento diez metros que baja de mil ciento noventa tarda cincuenta y tres horas en ponerse a temperatura de mano, y en esas cincuenta y tres horas hay que estar, porque un enfriamiento sin nadie delante es exactamente la misma cosa que una subida sin nadie delante, solo que al revés y más despacio.

Y aquí llevo desde entonces, con el cuaderno nuevo de catorce euros con setenta encima de la mesa de clasificación y la lectura apuntada cada media hora, aunque no pase nada.

Y a las ocho y diez de esta tarde, con las manos llenas de grasa de la reductora del tramo cinco y el móvil en el suelo con el manos libres puesto, me ha llamado mi padre.

Los internos del módulo de enfermería tienen dos turnos de llamadas y el segundo es a las ocho, y me llama todos los jueves, y hoy es viernes, y ha hablado seis minutos y veinte segundos y ha dicho cuatro frases.

— Va vindre el dimarts — ha dicho —. A la cabina quatre. Els quaranta minuts sencers.

— ¿Quién?

— Tu ja saps qui — y se ha oído un carro con ruedas de goma por un pasillo —.

Va dir lo que va fer i com ho va fer, i no va posar cap però.

I después em va dir que ell això ho havia firmat el dilluns i que ja estava presentat, i que venia a dir-m'ho a la cara perquè un paper firmat i una cara són dos coses.

— Papa.

— I no em va demanar res, Ona — ha dicho mi padre —. Ni per a ell ni per a tu. Se'n va anar quan va tocar el funcionari.

Y después, en la cuarta frase, mi padre ha dicho una cosa que no le he oído decir en seis años y siete meses, y la ha dicho con el mismo tono con el que me explicaba a los ocho años por qué el gres blanco salía crema.

— La porta la vaig obrir jo.

Y luego se ha quedado callado esperando a que yo dijera algo, y yo he estado siete u ocho segundos con el móvil en el suelo y las dos manos llenas de grasa, y lo que he dicho ha sido que en el módulo de enfermería dan la cena a las ocho y media y que colgara, y él ha dicho que sí y ha colgado.

Después he ido hasta la mirilla nueve, he mirado, he vuelto y he apuntado la hora y el número en el cuaderno, y he firmado la línea, y no me ha temblado nada, y eso no quiere decir nada, porque a mí no me ha temblado el pulso el 9 de febrero, ni el 16 de febrero delante de un notario, ni el 18 de mayo en la calle Herrero, y de esas tres una salió bien.

Lo que sí ha pasado es que a las ocho y veinte he salido a la explanada de tierra, me he sentado en el escalón de la escalera exterior de chapa con la espalda contra la barandilla y he estado veinte minutos mirando la tapia del cementerio y la higuera de la puerta de la nave de bizcocho, y en veinte minutos no he hecho ni una sola cuenta.

Es lo más raro que me ha pasado en cuatro meses.

———

Jaume Bonastre aparca en la explanada de tierra a las once menos veinte de la noche y sube por la escalera exterior de chapa, y lo oigo cruzar la oficina y bajar el pasadizo, y entra en la nave grande y se para a seis metros de la mesa de clasificación.

Aquí dentro hay tres focos de obra encendidos, hay treinta y un grados a las once de la noche porque un horno que baja los suelta todos, y huele a lo que huele una fábrica cerámica cuando el material acaba de salir, que es a piedra caliente y a nada.

— Han llamado a mi abogado esta mañana — dice.

— ¿Y?

— Y me lo ha contado él, y luego lo he confirmado yo, porque yo esas cosas ya no me las creo hasta que las leo — se queda ahí, a seis metros, con las manos desnudas y sin acercarse —.

Ayer a las nueve y cuarenta de la mañana entró en la unidad de Castellón una comparecencia voluntaria firmada por Ona Falguera Miravet.

— Sí.

— Cuatro folios.

— Cinco.

— Cinco — y da un paso —. En los que declaras que el 18 de mayo firmaste el certificado del 5102 sabiendo para lo que servía. Y que en la comparecencia de la comprobación interna de ese mismo día omitiste un dato que conocías.

— Que es verdad.

— Que es verdad y que te puede costar la habilitación — dice Jaume Bonastre, y ahora sí baja la voz, que es lo que hace este hombre cuando quiere que se le oiga —. Once años. Y el número. Y que no vuelvas a firmar un ensayo en tu vida.

— Lo sé mejor que tú. Yo me sé el artículo.

Y nos quedamos los dos en una nave de Betxí con un horno bajando y tres focos de obra, y yo con el lápiz en la mano y el cuaderno abierto por la página de las lecturas de esta noche, y él a cinco metros con la camisa por fuera y las manos quemadas a la vista.

— ¿Y tú por qué no me lo dijiste? — digo.

— ¿El qué?

— Que el martes 2 de junio subiste veintiséis kilómetros de comarcal con un expediente abierto, diste tu DNI en un mostrador de un centro penitenciario, te sentaste en la cabina cuatro y estuviste cuarenta minutos.

— ¿Y tú por qué no me dijiste que ibas a poner tu número de habilitación en un papel?

— Porque no era tuyo.

— Pues lo mío tampoco — dice.

———

Y ahí es donde esto se para, y se para de verdad, porque ninguno de los dos tiene nada preparado y los dos nos hemos pasado la vida preparando cosas.

En dieciséis semanas este hombre no me ha pedido perdón ni una vez, y yo tampoco, y hoy tampoco lo vamos a hacer, y no por dureza: las dos veces que ha habido algo que perdonar de verdad, el otro ya había ido a pagarlo por su cuenta antes de que le tocara, y las dos veces se ha enterado por un tercero, y a un pago hecho no se le pone encima una frase.

— Tengo una lectura a las once en punto — digo.

— Hazla.

Y la hago. Me levanto, cruzo hasta la mirilla nueve, miro, vuelvo, apunto la hora y el número en el cuaderno con la letra pequeña y recta de rellenar impresos, y firmo la línea, y él me deja hacerlo entero sin moverse del sitio y sin decir una palabra, que son ciento veinte segundos.

Y cuando vuelvo a la mesa de clasificación con la lectura apuntada y el lápiz todavía en la mano, no me siento donde llevo cuatro meses sentándome, que es donde este hombre coloca a la gente sin que la gente se dé cuenta de que la ha colocado.

Me siento en el banco a su izquierda.

Jaume Bonastre Vilaplana no oye por el oído izquierdo desde una explosión de horno de 2013 en la que el tímpano se le reventó y no se le reconstruyó del todo, y por eso este hombre entra en una habitación y elige el sitio, y lleva trece años poniéndose a la derecha de todo el mundo sin pensarlo, y yo lo he visto hacerlo en un despacho de Onda, en Casa Peiró, en la cocina de la Foia, en una era y en una nave del kilómetro cuatro.

Me siento a su izquierda y me quedo ahí, y él no se mueve ni un centímetro en el banco, que es lo primero que hace este hombre desde febrero sin haberlo decidido antes de entrar en la habitación.

Se queda donde está, con la pierna a dos dedos de la mía y la cara girada un poco hacia mí para leerme la boca, y con el oído bueno hacia la pared del fondo, hacia un horno de ciento diez metros que suena, y por primera vez desde febrero este hombre está en una habitación en el peor sitio y se está quedando ahí a propósito.

— No me vas a oír — digo.

— Habla igual.

— Es que te estoy diciendo una cosa importante y no la vas a oír.

— Ona — dice, mirando al frente —. Llevo cuatro meses oyéndote perfectamente y no me ha servido de nada. Prueba así.

Y me río.

Me río una vez, corta, por la nariz, con la boca cerrada, que es la risa que a mí me sale cuando alguien me trae un resultado que no me esperaba, y él suelta el aire y baja los hombros dos centímetros, y en esta nave hay treinta y un grados y tres focos de obra y un horno bajando doce grados cada diez minutos y son las once y cuarto de la noche del viernes 5 de junio.

———

Lo que pasa después pasa con luz y con las dos puertas de la nave abiertas al camino viejo, y no es rápido, y no lo esconde ninguno de los dos.

Le desabrocho la camisa yo, botón a botón, empezando por abajo, y esta vez no me tiembla el pulso en ninguno, y le paso las dos manos por el dorso de las suyas, por los injertos brillantes que no tienen pliegues, y no le digo nada bonito, porque a este hombre lo que le desmonta no es que le digan cosas bonitas.

— Mil ciento setenta — dice él, antes de que yo pregunte.

— No te he preguntado.

— Ya. Es que ya sé cuándo lo vas a preguntar.

— Pues hoy no iba a preguntártelo — y le pongo la palma abierta encima del esternón, y la dejo ahí, quieta —. Hoy quiero saber otra cosa. ¿Puedo?

— Sí.

— Dilo entero.

— Puedes tú — dice —. Y voy a preguntártelo yo también, y me lo vas a contestar, y no me pongas esa cara.

— ¿Puedo? — digo.

— Pregúntamelo otra vez dentro de un rato.

— Te lo voy a preguntar veinte veces.

— Bien.

Y lo demás pasa en el banco de la mesa de clasificación de La Vella, con las manos de este hombre en mi cintura y la luz de tres focos de obra dándonos de plano, sin apagar nada y sin buscar una sombra, y es entera y es lenta y no hay una sola cosa en dos horas que ninguno de los dos haga por costumbre.

Le digo lo que quiero y me lo hace. Me dice lo que quiere y se lo hago.

Me pregunta al oído, en frase completa, si estoy bien, y le contesto, y me hace repetirlo, y a la tercera le tapo la boca con la mano y él se ríe contra la palma, y esa es la primera vez que yo oigo a Jaume Bonastre reírse.

Y hay un momento, ya al final, en que me quedo quieta encima de él con las dos manos abiertas en su pecho y la cara a dos dedos, y no digo nada durante seis o siete segundos.

— Sigue — dice.

— No estoy pensando en ti.

— Ya lo sé — dice —. Sigue igual.

Y sigo.

———

A la una y veinte de la madrugada estamos sentados en el suelo de hormigón con la espalda contra la pata de la mesa de clasificación, él con la camisa puesta y sin abrochar y yo con la camisa de él, bebiendo agua de la botella de dos litros de Quico, y a diez metros hay un horno de ciento diez metros bajando en la oscuridad con las mirillas naranjas.

— Van a venir a por ti — digo.

— Sí.

— Y a por mí.

— Sí — dice Jaume —. Y tú vas a tener a un instructor delante seis o siete veces, y yo cuarenta, y esto va a durar tres años, y en tres años a un hombre le pasan cosas.

— Ya.

— Y no voy a dejar de ser lo que soy. La flota es mía y la gente es mía, y el lunes hay dieciocho conductores que tienen que cobrar y hay dos que van a intentar cobrar dos veces — se pasa la mano por la boca —. Yo no me he vuelto bueno esta semana, Ona.

— Si te hubieras vuelto bueno esta semana yo no estaría sentada en este suelo.

Y ahí es donde me levanto, cojo el cuaderno nuevo, lo abro por la hoja de las lecturas de las once y le pongo el dedo en la línea, y le digo lo que llevo desde el domingo 31 de mayo sabiendo, arriba en el Desert de les Palmes, con el mar delante y ciento cuarenta chimeneas al sur.

— El 11 de febrero yo escribí tres puntos en un folio en la mesa de mi cocina.

Seiscientos mil, el traslado de mi padre y la dirección técnica del grupo con contrato blindado — digo —.

Los tres los tengo. Los cobré el 18 de mayo a las nueve y media de la mañana en una notaría de la calle Herrero, íntegros y con fecha valor.

— Lo sé.

— Pues quiero otra cosa.

— Dila.

— Esto — y señalo con la barbilla los ciento cuarenta metros de nave, el horno, la mesa de clasificación, la playa de material de seis años, la escalera exterior y la pared de mampostería detrás de la que hay una cocina con un hombre de setenta y cuatro años durmiendo —.

La quiero entera y la quiero legal y la quiero pequeña.

Una línea, catorce personas y un laboratorio de verdad con un cuaderno cosido.

Y no la quiero de regalo, ni de indemnización, ni por lo que me debíais, ni con tu apellido delante del mío en una escritura.

— ¿Y cómo la quieres?

— Al cincuenta por ciento y por contrato — digo —. Porque de eso no pienso fiarme nunca.

Jaume Bonastre se queda sentado en el suelo de hormigón de una fábrica precintada con la botella de dos litros entre las rodillas y las mirillas del enfriamiento naranjas a diez metros, y no contesta enseguida, y en los ocho o diez segundos que tarda le veo hacer lo que hace este hombre siempre antes de decir que sí a una cosa, que es contarla.

— ¿Y lo demás? — dice.

— ¿Qué demás?

— Yo.

Y no le contesto, porque a la una y media hay lectura y las lecturas no se saltan por nada, y me levanto y cruzo los diez metros hasta la mirilla nueve con la camisa de este hombre puesta y el lápiz en la mano, y miro, y vuelvo, y apunto la hora y el número debajo de la línea de las once, y la firmo.

Después dejo el cuaderno abierto encima de la mesa de clasificación, con el lápiz atravesado en el canto para que no se cierre solo.

Y me siento otra vez en el banco.

A su izquierda.