Capítulo 32 #2
— Paralela al borde largo, a ciento ochenta y dos milímetros, hay una banda de rayado de tres milímetros que deja un rodillo gastado, y la banda cruza la pieza entera menos en un punto, a cuarenta y un milímetros del borde corto, donde se interrumpe tres milímetros y vuelve a empezar sin desviarse.
Es una muesca en la generatriz de un rodillo.
La clase de cosa que un hornero apunta en el parte y no cambia, porque cambiar un rodillo en caliente son dos horas y una parada.
Deja la pieza en el suelo, con cuidado, y coge del bolsillo del mono un paquete plano envuelto en papel de burbuja y lo abre.
— Esta es de marzo de 2019, de la muestroteca del archivo central, sacada con hoja de préstamo firmada y sellada. Ciento ochenta y dos. Cuarenta y uno. Tres milímetros.
Y coge otra.
— Y esta es del lote 4471, de febrero de este año, con destino Orán, del palé que pesaba ciento setenta kilos menos. Ciento ochenta y dos. Cuarenta y uno. Tres milímetros.
Las pone las tres en fila en el suelo de hormigón, con el reverso hacia arriba y el borde largo paralelo, y saca del bolsillo del mono una regla de acero y la deja atravesada encima de las tres a ciento ochenta y dos milímetros del canto, y no dice nada durante cuatro o cinco segundos, que es lo que tarda cualquiera en ver que la interrupción está en el mismo punto de las tres.
— Ese rodillo no se ha cambiado nunca, porque para cambiarlo hay que parar, y aquí no ha parado nadie en seis años — dice —.
O sea que todo lo que ha salido de esa nave desde el 14 de agosto de 2019 lleva esta firma puesta por detrás, y está en almacenes de tres países, y en obras, y debajo de un cemento cola.
Lo único que hacía falta para leerlo era poder demostrar que ese horno de Betxí sigue vivo.
Levanta otra vez la lámpara.
— Y eso son estas dieciocho.
———
Mi tía Neus Bonastre no se ha movido del sitio en once minutos, y en once minutos no ha mirado ni una sola vez el suelo, y esa es la cuenta que llevo yo haciendo desde que ha bajado el primer palé, porque es la única de esta nave que no ha bajado los ojos a mirar una pieza.
Está de pie a metro y medio de todo el mundo, con la carpeta debajo del brazo izquierdo y la mano derecha cerrada sobre el puño de la chaqueta de punto, y a esta mujer el material no le ha interesado nunca, y ese es exactamente el motivo por el que esto ha acabado así.
— Señora Falguera — dice —. Usted tiene cobrados seiscientos mil euros, un contrato con cinco anualidades y un padre en un módulo de enfermería.
Esta carga sale a las cinco, y a las nueve estamos usted y yo sentadas donde haga falta.
Se retira la comparecencia del 18, se emite un certificado nuevo con la fecha de hoy, y esto de esta noche es una prueba de laboratorio hecha con material propio y con autorización. Firmado y con notario. Antes de comer.
Y Ona Falguera Miravet, que lleva de pie desde las seis de la tarde de ayer y que tiene el canto de la mano derecha levantado en dos sitios de sacar piezas a ciento ochenta grados, se limpia las manos en la pernera del mono, se aparta el pelo de la cara con el dorso de la muñeca y se queda mirándola sin acercarse ni un paso.
— Eso no lo firmo yo — dice.
Y esta vez no es una negativa.
Mi tía no contesta. Deja pasar cuatro segundos, y en esos cuatro segundos, en una nave de la carretera del puerto con la penumbra azul y una lámpara encendida en el suelo, esta mujer de cincuenta y dos años dice en voz baja, sin mover un músculo de la cara, la única frase que le voy a oír decir sobre agosto de 2019 en toda mi vida.
— Yo no mandé matar a nadie — dice —. Yo mandé que ardiera.
———
Lo que pasa después dura seis segundos y lo hace la única persona de esta nave a la que no ha mirado nadie en once minutos, que es el que lleva el apellido que a mí me falta y que en treinta y tres años no ha hecho nada por lo que valiera la pena mirarlo.
Mi primo Ximo ha salido por la puerta seccional en algún momento del rodillo picado y ha vuelto a entrar, y ahora está a cuatro metros de su madre con las dos manos por delante y una pistola pequeña que lleva en la guantera del coche de mi tía desde los años noventa y que era de mi padre, y la tiene cogida de una manera que dice, a cualquiera que haya visto a un hombre coger algo, que este hombre no ha disparado en su vida.
— Que pare esto — dice Ximo —. Que pare, hostia. Que pare ya.
— Ximo — dice mi tía.
— ¡Que yo la llevé! — y le tiembla todo el brazo —. Yo la llevé, mamá. Yo. Desde las cuatro. Yo estaba abajo con el móvil al doce por ciento y tú...
Y dispara.
No dispara a nadie: dispara hacia arriba y a la izquierda, hacia la pared del testero sur, y el tiro entra en el cuadro eléctrico general que hay a la derecha de la puerta pequeña, y la nave del kilómetro cuatro se queda a oscuras de golpe, con un chasquido, un olor a quemado y ese silencio de después que dura lo que dura.
Nadie grita. Alguien se tira al suelo. Yo estoy a cuatro metros de tres piezas de porcelánico y no me muevo, porque en la oscuridad lo peor que puede hacer un hombre grande es moverse.
Y a los ocho o diez segundos se enciende la luz de emergencia de encima de la puerta seccional, esa luz verdosa y pobre de las que van con batería, y en el rectángulo abierto del testero norte, con el cielo del amanecer detrás y las manos vacías, hay un hombre de setenta y un años con las gafas colgando de un cordón y un jersey de pico gris.
Mi padre entra en la nave.
Cruza los veintidós metros de hormigón despacio, sin mirar el suelo, pasa por delante de Ximo y le quita la pistola de la mano con dos dedos y sin decirle nada, y se la mete en el bolsillo del pantalón, y sigue andando.
Llega hasta su hermana.
Y le pone la mano derecha en el hombro.
La mano derecha de mi padre no tiene la falange del índice desde el año setenta y seis, y ese muñón corto y romo lleva cincuenta años señalando cosas y no tocando a nadie, y en la vida he visto yo a nadie tocar a Neus Bonastre Ferrandis, ni un roce, ni al saludar, ni en el entierro de mi madre.
Mi tía no se aparta.
Se queda quieta debajo de esa mano, de pie, en la penumbra verdosa de una luz de emergencia, con la carpeta de anillas debajo del brazo, y por primera vez en cincuenta y dos años se le mueve la cara entera.
— Neus — dice mi padre.
— Roc.
— Això no es parla — dice.
Y esta vez no cierra nada.
Después mi padre suelta el hombro de su hermana, se gira hacia la puerta seccional, hacia donde estamos los demás, y dice lo último que va a decir en esta nave, en voz alta, delante de los dos conductores y del hombre del chaleco y del chaval de la carretilla, que es delante de quien se dicen aquí las cosas para que queden dichas.
— La xiqueta parla el que vullga — dice —. I si parla, no ho paga ningú. Això s'acaba hui.
Y Ona Falguera, que lleva de pie desde ayer a las seis de la tarde y que tiene el canto de la mano derecha levantado en dos sitios, se agacha en la penumbra, recoge del suelo de hormigón las tres piezas, las envuelve una a una en el papel de burbuja y se las guarda.